La curiosidad del hombre medieval


Con frecuencia se nos presenta la historia de la búsqueda del conocimiento como una evolución que, por arte de magia, salta del imperio Romano de Occidente al Renacimiento. De pronto, surgen unos seres casi sobrenaturales en el siglo XV que lo descubren todo, lo inventan todo. No fue así, la ciencia conoció un impulso sin parangón durante el siglo XII, y la civilización occidental progresó tecnológicamente de forma arrolladora a lo largo del medievo.

Este pequeño estudio pretende ser un reconocimiento a aquellos individuos que, desde los conventos, abadías y obispados, pese a todos los riesgos, se esforzaron en conocer y dar a conocer las leyes del universo.

Aristóteles (980-993 AC) afirmaba que “todos los hombres tienen naturalmente el deseo de saber”. Por más que las instituciones traten de reificar el universo imaginado, persiguiendo a quienes deseen ir más allá, la curiosidad consustancial al hombre acaba encontrando caminos para burlar las restricciones de cada período histórico. Caminos definidos por la máxima de Horacio, que sería elegida como lema de la Ilustración por Kant: Dimidium facti, qui coepit, habet: sapere aude, incipe! (“Quien ha comenzado, ya ha hecho la mitad: atrévete a saber, empieza!”). Atrévete a conocer, osa pensar por ti mismo, el primer paso es el más difícil.

Caída del Imperio Romano (cristiano).

El Imperio Romano de Occidente fue degradándose por el impacto de las diferentes crisis, a las que, muy debilitado, no fue capaz de responder adecuadamente. Este período se inicia en el siglo III, tras los intentos de reunificación y reorganización de Aureliano y Diocleciano. A partir del año 270 los emperadores dejan de lado la ficción y se hacen llamar dominus et deus, señor y dios.

Resultado de imagen de caída del imperio romano de occidenteHasta entonces los cristianos habían sido ferozmente perseguidos. Desde el punto de vista romano, cometían el peor de los pecados: no reconocían los fundamentos del Imperio, ni la divinidad de los emperadores. Eran clara y llanamente una organización subversiva judía.

Esta situación cambia en el año 313, cuando Constantino proclama la libertad de creencia, y, por tanto, la tolerancia del cristianismo. Ahora es posible iniciar la lucha de las organizaciones judeocristianas ortodoxas contra la heterodoxia y el paganismo. Este proceso de eliminación de la competencia se consolida con el establecimiento del cristianismo como religión de estado por Teodosio el grande en 380. Pronto los funcionarios ambiciosos adoptarían la nueva religión como oportunidad de progreso.

Por otra parte, tanto Constantino como Constancio dejan a las villas y ciudades sin la posibilidad de poseer patrimonios propios y recaudar impuestos locales. La consecuencia para el conocimiento es el cierre de colegios, y el fin del sistema educativo romano.

La degradación del Imperio continuaría con dirigentes cada vez más débiles, hasta que Odoacro depone a Rómulo Augústulo en el año 476. Esta es la fecha generalmente aceptada del fin del Imperio.

La búsqueda del conocimiento por las rendijas teológicas.

El sistema educativo romano ha desaparecido, y la Iglesia cristiana se ha convertido en la única dueña de la red de poder, poniendo férreas fronteras al pensamiento. Cualquier iniciativa que desafíe el monopolio institucional será violentamente combatida.

Pero el extinto imperio romano también ha dejado un arma de conocimiento: un idioma común a todos los estudiosos del mundo de entonces, el latín.

Para cubrir la carencia de una red educativa, Carlomagno (742-814) inició una reforma en 782: abrió escuelas en catedrales y obispados siguiendo la tradición pedagógica del trívium – gramática, retórica y dialéctica – y quadrivium – aritmética, geometría, teoría musical y astronomía – de los monasterios desde el siglo VI (Thuillier, 2010, pág. 30).

Pese a que la curiosidad era considerada fuente de pecado, las mentes inquietas del quadrivium encontraron rendijas en el corsé religioso. Gentes como Guillermo de Conches se atrevieron a saber alegando que Dios no podía contradecirse a sí mismo, debía aplicar leyes a su creación. Por tanto, era lícito usar la ciencia para conocerlas, porque eso permitía conocer mejor su obra. No obstante, eso no ocurría sin enfrentamientos:

Quieren que todos los demás sean compañeros de su ignorancia; no quieren que los demás se dediquen a la investigación; quieren que creamos a la manera de los campesinos, sin buscar la razón de nada”. Guillermo de Conches (1080–1145), Philosophie du monde (Thuillier, 2010, pág. 26)

Guillermo de Conches (abajo,derecha) y Godofredo V de Anjou (abajo, izquierda) en un manuscrito del siglo XIII. Fuente: Wikipedia

Se oponían a la libre búsqueda de conocimiento el temor de muchos teólogos del Trivium a perder preponderancia frente a los pensadores del quadrivium, pero se oponían al inmovilismo dos conceptos. Por un lado, la teología Credo ut intelligam et intelligo ut credam de San Agustín (354-430), y más tarde de Anselmo de Canterbury (1033-1109): creo para entender, entiendo para creer. La fe es la última justificación de todas las cosas, pero el estudio y la comprensión consolidan la fe.

Por otra parte, el método escolástico de recopilación, ordenamiento y recuperación de información, permitía recoger el conocimiento de paganos como los filósofos griegos y sus traducciones al árabe. Un sistema predecesor de la enciclopedia francesa del siglo XVIII, que no tomaba posición frente al contenido, o la procedencia de los autores.

Uno de los pioneros del pensamiento escolástico, Pedro Abelardo (1079-1141), proponía la duda sistemática: si Dios había creado la naturaleza de manera que producía efectos sin que interviniesen fuerzas extraordinarias, las leyes mediante las cuales la naturaleza se desarrollaba podían ser estudiadas y debatidas. Ni siquiera hay necesidad de hacer intervenir una voluntad particular de Dios.

Con toda seguridad, el hecho de que las plantas salgan de la tierra es querido por el Creador. Pero esto no sucede sin una razón. Para que la cuestión quede clara, comenzaré por conceder que las plantas nacen de la tierra. No obstante, ésta no es pura; se trata de una mezcla que contiene en cada una de sus partículas los cuatro elementos (tierra, agua, aire, fuego) con sus cualidades propias… si la tierra ordinaria produce vegetales, la razón es que los elementos fundamentales, ocultos a nuestra vista, desencadenan necesariamente ciertos procesos físicos”. Adelardo de Bath, citado por Thuillier (2010:26)

Así, Gerberto D’Aurillac, luego papa Silvestre II en 999, difundía la ciencia árabe en Francia, y en los pórticos de la catedral de Chartres aparecen autores paganos como Pitágoras, Aristóteles, Euclides o Ptolomeo.

Ya en el siglo XII, la abundancia de textos traducidos del árabe incentiva el uso de la razón, mientras alrededor de las grandes catedrales se crean Universidades: Bolonia (1088), París (1150), Oxford (1167). La investigación continúa desde la desacralización de la naturaleza (Thuillier, 2010, pág. 31).

Reunión de los doctores de la Universidad de París, a partir de un manuscrito medieval, probablemente en torno al siglo XV. Fuente: http://medievalimago.org/2014/08/23/a-universidade-medieval-um-enorme-e-significativo-legado/

La revolución cultural del siglo XII

En 1277 se condena la propuesta de que Dios, aunque omnipotente, pueda crear algo tan contradictorio como los espacios vacíos en el universo, ni pueda dar al universo movimientos rectilíneos porque implicaría un universo infinito y eterno, y dejaría espacios vacíos. Se condenaron 219 argumentos filosóficos, muchos de ellos de Aristóteles, pero otros cuantos de Santo Tomás de Aquino.

Este cambio impulsó la ciencia al permitir nuevas ideas. Por ejemplo, una de las hipótesis teológicas circulantes a partir del siglo XIII era que, sin espacios vacíos, tenían que existir otros mundos en algún sitio. ¿Cómo serían? ¿Estarían habitados? Y si lo están, ¿serían como nosotros?

Algunas argumentaciones alcanzan altos techos de sofisticación. Conozcamos a un par de tipos interesantes:

Abelardo de Bath (1080-1152)

Resultado de imagen de abelardo de bathInglés, estudiante en Tours y profesor luego en Laon, viajó siete años alrededor del Mediterráneo antes de regresar a su país natal.

Fue un traductor incansable del árabe de las obras de autores griegos, y muy consciente del valor de la ciencia para los maestros árabes. La investigación debía estar basada en la razón, y no en la autoridad de la obra que se tomase como referencia.

Yo, en efecto he aprendido de mis maestros árabes a tomar la razón como guía, pero tú, sometido a los falsos pretextos de la autoridad, te dejas conducir con un ronzal.” Adelardo de Bath, citado por Thuillier (2010:28)

En lo que refiere a la astronomía, Abelardo de Bath afirma que, aunque Dios esté en el origen de todas las cosas, existe un orden natural que expresa una estructura susceptible de ser comprendida. Por tanto, las trayectorias de los astros obedecen a leyes numéricas.

Podría seguir hablando de su comprensión de la gravedad, o de la presión atmosférica, pero eso no sería lo realmente importante. Lo que importa es que, en un mundo de autoridades, Abelardo osó pensar por sí mismo.

Roberto Grosseteste (1175-1253)

Resultado de imagen de grossetesteFranciscano nacido en Stradbroke, desempeñó el cargo de Obispo en Lincoln durante el siglo XIII. Fue el alma de la escuela de Oxford, que junto con la de Chartres promovía el pensamiento de la filosofía natural.

Su concepción de la ciencia implicaba un principio del empirismo de los ilustrados del XVIII, recuperando para el método científico el concepto de explicación del fenómeno. Estas ideas influyeron notablemente en otros pensadores de la época, que fueron alumnos suyos: Bacon, Ockham, Scoto, etc.

Fue el primer escolástico en comprender la visión aristotélica del doble camino del pensamiento científico: generalizar de observaciones particuales a una ley universal, para después deducir de estas leyes universales la previsión de situaciones particulares. Ambos caminos debían ser verificados o invalidados mediante experiencia empírica. También impulsó la idea de la matemática como herramienta de comprensión de la naturaleza.

He elegido Abelardo de Bath y Robert Grosseteste por ser grandes desconocidos a nivel popular, pero pude haber citado a Alberto Magno, Roger Bacon, o Tomás de Aquino por poner algunos ejemplos. Wikipedia ha publicado un breve recopilatorio.

El progreso tecnológico

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Aceñas medievales en Zamora.

Pero sobre todo fue un período de progresos tecnológico: forja, navegación, agricultura, arquitectura, armamento… pese a que, en las escuelas, se despreciaba las artes mecánicas.  Sirva como ejemplo un dato que ilustra el avance técnico de finales del primer milenio: “Sería una exageración hablar de una revolución industrial, pero los hechos son claros. En un censo inglés de 1086 se registran 5624 molinos de agua para 3000 comunidades. Incluso los campesinos vivían entre maquinas.” (Thuillier, 2010, pág. 32)

Hugo de San Víctor (1096-1141) trató de integrar la tecnología en los centros de enseñanza superiores – hoy diríamos de crear universidades politécnicas -, sin éxito. El prejuicio que establecía que los hombres libres no trabajaban con las manos fue más fuerte.

Se desarrolla un crecimiento demográfico y la formación de grandes centros urbanos que tienen de la naturaleza una visión mucho más abiertas que los monasterios. La naturaleza desacralizada podía obtener el status de realidad objetiva, susceptible de ser estudiada.

Concluyendo

El conocimiento se funda en una evolución ininterrumpida, no hubo un salto en el vacío entre los filósofos clásicos y el renacimiento. Pese al férreo corsé teológico, la curiosidad y la imaginación se filtraron entre las grietas del monopolio teológico cristiano.

Sin embargo, se estudiaba y desarrollaba la llamada filosofía natural, una ciencia física adaptada a la época y sometida a los límites de Dios. En cambio, los comportamientos sociales se reducían a los roles definidos en la estricta cosmovisión cristiana. Su investigación, si acaso, era cosa de la Inquisición. Esta razón explica en buena parte el retraso de las ciencias sociales al siglo XIX.

Pero no por su sujeción a la teología deberíamos menospreciar a los científicos medievales, muy al contrario deberíamos admirarles. Lo resume Patapievici (Miller, 2008, pág. 549):

Los hombres de antaño habían de reconciliar una imagen científica del mundo, griega, pagana y materialista, con una exigencia absoluta, derivada de la certeza de la Revelación.

Para los medievales existían la Razón y la Revelación, el mundo de los sentidos y Dios. Existía, de igual manera, la parte del universo cuyo centro era la Tierra y aquella otra cuyo centro era Dios, como también existían lo visible y lo invisible. No les resultaba fácil conciliar aquellos mundos, por ello vivían en tensión.

Parte de la extraordinaria fertilidad de la cultural medieval se debe al hecho de que lograron vivir dicha tensión a una altura intelectual que, a nosotros, hombres que hemos optado únicamente por la mitad siniestra de la imagen, se nos escapa casi en su integridad.

Nosotros hemos relegado por completo la otra mitad de la imagen, la del lado derecho, y por ello sólo somos capaces de la creatividad de lo visible, privados casi completamente de la creatividad de lo invisible. Vivimos amputados.


Bibliografía

Aristóteles. (980-993 ac.). Naturaleza de la ciencia; diferencia entre la ciencia y la experiencia. Recuperado el 04 de noviembre de 2017, de http://www.filosofia.org/cla/ari/azc10051.htm

 

 

 

Miller, K. (2008). El concepto de la ciencia medieval no es una contradicción de términos. Realidad: Revista de Ciencias Sociales y Humanidades(117), 541-550. Recuperado el 04 de noviembre de 2017, de https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=3654396

 

Thuillier, P. (julio-septiembre de 2010). La revolución científica del siglo XII. ContactoS(77), 24-32. Recuperado el 04 de noviembre de 2017, de http://www.izt.uam.mx/newpage/contactos/anterior/n77ne/siglo12.pdf

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