El siglo XIX: y llegó la modernidad


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Niños mineros. Fuente: https://timeline.com/photos-what-working-life-looked-like-for-kids-on-the-first-labor-day-bbdf53b10a25

Es un siglo con mala reputación. Tildar a alguien o algo de decimonónico es peyorativo. Como si fuese un siglo perdido, en el que la humanidad se hubiese dedicado a esperar tranquilamente el siglo XX para ser civilizada.

No fue así, es el tiempo del progreso por prueba y error a gran escala. Es la época en la que Europa intentó digerir las revoluciones cimentadas por la Ilustración. Se consolidaron nuevas instituciones tras destruir las antiguas. Algunos centros de poder se transformaron para resistir, y aquí siguen en formas menos dañinas, como las monarquías. Se tomaron rumbos sin destino confesable como el colonialismo, pero el mundo se ensanchó. Algunas ideas humanistas y científicas se llevaron a la degeneración absoluta, como la teoría de la evolución llevó al darwinismo social, pero el hombre común trepó hasta la cumbre. La construcción de los estados-nación condujo al imperialismo y el etnocentrismo nacionalista, pero emergieron nuevas naciones. La revolución industrial rompió la barrera malthusiana y la población humana se puso a crecer en forma exponencial, pero en condiciones de dudosa humanidad.

Innumerables sucesos, incluidas sangrientas reformas y no menos sangrientas contrarreformas, lo recorrieron. Acabó como suelen acabar estas cosas entre humanos, con una guerra total y global, tan absurda como inevitable.

En fin, que de esos polvos centenarios venimos.

Introducción

El siglo anterior había sembrado las semillas. El pensamiento ilustrado dio un salto adelante sin precedentes al poner en la cumbre de la sociedad al hombre. Todavía no al hombre común, ni a la mujer, fuese o no común, pero ya no era necesaria la pertenencia a una estirpe de sangre para progresar. Se había consolidado una nueva clase social con conciencia de sí misma: la burguesía. Todavía no tenía el poder, pero quería tenerlo. Eran los ciudadanos de los que hablan las declaraciones de derechos y constituciones del siglo XVIII.

Se habían producido dos movimientos políticos de gran calado, que propagaron su ejemplo a otras sociedades bajo la forma de un efecto contagio. La Revolución Gloriosa de 1688 en el Reino Unido demostró que era posible imponer límites al derecho monárquico, mientras que la guerra de independencia de las Trece Colonias americanas certificaba palpablemente la posibilidad sacudir el yugo colonial y fundar un estado basado en ideas humanistas.

En Francia, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 marcó el momento en que la jerarquía basada en los orígenes divino y/o de cuna perdía la soberanía en los grandes países europeos en favor del pueblo, fuera eso lo que fuese. Otro hito sin precedentes.

Mientras tanto, la Revolución Industrial instalada en Inglaterra desde mediados del siglo XVIII había dejado obsoletas las predicciones de Malthus. Estaba transformando por completo la sociedad, de agrícola a industrial, y de las aldeas hacia las ciudades, con una nueva demografía que, aparentemente, suprimía los límites al crecimiento humano.

La ciencia del conocimiento de la Ilustración había derivado en otra modalidad de aplicación práctica inmediata al comercio y a la industria: la tecnología. Así el ferrocarril revoluciona el transporte terrestre. En 1825 se inaugura la primera línea en Inglaterra, y en 1869 los EEUU ya han tendido una línea transcontinental. Las comunicaciones de voz se convierten en instantáneas con el telégrafo (1832), el teléfono (1876) y la radio (1895). Podemos hablar de la primera Globalización.

La revolución capitalista y su impacto social

El gran motor de cambio, aquél que guiaría todos los demás, fue económico. Europa ya partía de unos amplios índices de desigualdad entre países en 1800 (Martínez Galarraga, La gran divergencia, pág. 13), la Revolución Industrial iniciada en solitario en Inglaterra amplió la tendencia: en ciudades como Londres o Ámsterdam el salario medio podía cuadruplicar el del resto de Europa.

Los cambios aportados en la economía no se limitaron a la política monetaria o industrial, transformaron la sociedad de arriba abajo. Quitaron a quienes estaban arriba – la aristocracia por herencia de sangre – y los sustituyó la burguesía, que tenía el poder económico, pero carecía de espacio político en el sistema monárquico absolutista. En palabras de Acemoglu y Robinson, se abrieron las puertas al hombre nuevo, al recién llegado por sus propios méritos.

La desigualdad se mantuvo, o se acrecentó, mientras burguesía y aristocracia tendían a converger. La pobreza siguió imperando para las clases bajas, que ahora se veían liberadas de sus ataduras a la tierra por mor de las servidumbres, pero pasaban a depender de un sistema de explotación no menos implacable.

Se pueden apreciar cuatro etapas a lo largo del siglo XIX, aunque las fechas variarán para cada país:

De 1816 a 1848 se mantienen los frenos al crecimiento industrial: agricultura de baja productividad, mantenimiento de sectores industriales tradicionales como el textil, baja calidad y carestía del transporte, resistencia a la unión de capitales para formar empresas de gran tamaño, persistencia del proteccionismo y las dificultades monetarias.

Hacia 1830 el Reino Unido era el país más industrializado del mundo, con un 44% de la mano de obra en el sector industrial, y una producción que triplicaba la media mundial. En este período Bélgica, Francia, EEUU, Alemania y Suiza empezaron a desarrollar su sector industrial (Ramón Muñoz & Badia Miró, pág. 9).

Entre 1848 y 1873 se desarrolla y diversifica la producción industrial, cambia la estructura agrícola, crece la demanda, se liberaliza el comercio y se extiende internacionalmente, mejoran los transportes y las comunicaciones, cambia la estructura empresarial con la aparición de medios financieros.

Con una fuerte inversión del estado y de la banca, Alemania inicia hacia 1870 una industrialización basada en el crecimiento de sectores como la industria química, la producción de acero y material eléctrico. Empresas que requieren grandes capitales en estructuras cartelizadas, y un fuerte impulso de la educación.

Diez años antes, en 1860, los barcos a vapor con casco de acero extienden el comercio a todos los puntos del globo. En 1869 se abre al tráfico marítimo el Canal de Suez, que sólo permite la navegación a motor, incentivando la migración tecnológica. La tecnología de la refrigeración refuerza el transporte marítimo de bienes alimenticios.

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Canal de Suez, finales del siglo XIX

De 1873 a 1896 aparece la primera Gran Depresión, que coincide con el declive de la economía británica. Caen los precios de las materias primas por la entrada en los mercados de nuevos productores – Australia, América, India, … – reapareciendo el proteccionismo, se frena la expansión agrícola, se incrementa la competencia industrial forzando una bajada de precios y rendimientos decrecientes del capital. La crisis fuerza la introducción de nuevas formas de organización productiva, y la fusión de capitales industriales y financieros.

Entre 1896 y 1914 se desarrollan tecnologías basadas en nuevas fuentes de energía – derivados del petróleo y electricidad, sobre todo – que inician la Segunda Revolución Industrial, partiendo con ventaja aquellos países que todavía no habían profundizado en la primera. Crecen de manera importante las industrias de gran capital para la producción en masa, como la siderurgia, la aplicación de motores de explosión y eléctricos, y el desarrollo de la industria química. La Segunda Revolución Industrial y el desarrollo tecnológico posibilitarán el desarrollo colonial y el imperialismo.

La Segunda Revolución Tecnológica requirió una mayor implicación del sistema educativo, incluyendo la educación técnica y el conocimiento científico.

Dos objetos de deseo de las burguesías propagaban los cambios: en lo económico, el capitalismo; en lo político, el estado-nación liberal.

El pensamiento económico

Una de las consecuencias derivadas de la Ilustración fue el nacimiento de las ciencias sociales. Tanto la economía como la sociología se impulsaron hacia el estatus de ciencias, aunque no sin reticencias.

Antes de la industrialización, la riqueza se acaparaba desde el comercio, fue la era del mercantilismo. Entre el final del siglo XVIII y mediados del XIX aparece una protoindustria, que proporcionaba trabajo a los trabajadores del campo en épocas de poca actividad. Es en ese entorno que Adam Smith publica su Riqueza de las naciones en 1776, el año de la declaración de independencia de EEUU. Otros teóricos difundieron ideas que afectaron en gran manera a la estrategia empresarial de la época, llevándola por caminos fácilmente transitables, pero de incierto destino.

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Jean-Baptiste Say. Fuente Wikipedia

Uno de estos teóricos de renombre fue Jean-Baptiste Say (1767-1832) que dio nombre a la ley de Say, o ley de los mercados: la producción total de bienes en un sistema económico determinado implica una demanda agregada que es suficiente para comprar todos los bienes que se ofrecen. O, dicho de otra forma, la producción crea su propia demanda. A partir de aquí James Mill llega a afirmar que “Si el poder de compra de una nación se mide exactamente por el producto anual … cuanto más se incremente el producto anual, más – por ese mismo acto – se expandirá el mercado nacional, el poder de compra y las compras reales de la nación”. Malthus tenía muchas dudas al respecto, y hacía bien.

David Ricardo. Fuente Wikipedia

Al igual que Say, David Ricardo (1772-1823) era un hombre adinerado, aunque su riqueza procedía de la tierra. En 1817 publicó su Ley de Hierro, según la cual los salarios “son el precio necesario para permitir a los trabajadores subsistir y perpetuar su raza, sin aumento ni disminución”. Quienes trabajan tienen la pobreza por destino, y nada de lo que se haga podrá cambiarlo (Galbraith, 2007, págs. 89,98).

No es sorprendente que apareciesen nuevas ideas aglutinadoras de clases sociales más desfavorecidas. Owen, Saint-Simon y otros se agrupan bajo la denominación de socialistas utópicos. Mientras, Karl Marx (1818-1883) provee de sustento teórico, incluidos estatutos y manifiesto, a la I Internacional socialista, fundada en 1864 como movimiento internacional de lucha por los derechos del proletariado: si el capital es internacional, la fuerza obrera también tendrá que unirse.

El cambio demográfico

Una de las consecuencias del nuevo paradigma económico fue el cambio de ratios de supervivencia por cantidad a ratios de calidad: ya no hacía falta tener muchos hijos[1] para que sobreviviesen unos pocos, era mejor concentrarse en unos pocos para que pudiesen conseguir trabajos mejor cualificados y aportar mayores salarios. El nuevo modelo demográfico aparece con las mejoras médicas, que reducen la tasa de mortalidad, para, a continuación, constatar una reducción del índice de natalidad cuando se aplican frenos preventivos malthusianos: control de los índices de fecundidad y retraso de la edad nupcial.

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Población mundial y europea, siglos I-XX (en millones de habitantes)

Alimentar una población creciente favorece la aplicación de capital a la agricultura, mediante técnicas tanto expansivas como intensivas que permitan evitar la aparición de rendimientos decrecientes de la tierra.

Ahora bien, que la población creciese no implica necesariamente una mejora de los modos de vida. El atractivo de los salarios relativamente alto produce una fuerte migración interna del campo hacia las ciudades, que crecen con más rapidez de la que emplean los poderes públicos en construir infraestructuras urbanas. El número de horas trabajadas anualmente, que era de unas 2.500 antes de la Revolución Industrial, alcanzaría niveles cercanos a las 3.500 horas hacia 1830, para disminuir paulatinamente hasta las 1.500 actuales.

El resultado es aglomeración, desigualdad, pobreza y empeoramiento de las condiciones de vida. Mejoran los índices de escolarización y alfabetización, disminuye la mortalidad infantil, pero por el contrario disminuye la esperanza de vida entre 1800 y 1850. Pero debemos distinguir entre las zonas rurales – Surrey tenía una esperanza de vida de 45,1% – y las de industrialización intensiva – por ejemplo, Manchester, con una esperanza de supervivencia al nacer de 25,3%. (Martínez Galarraga, La revolución industrial, pág. 25).

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Familias desalojadas con sus pertenencias. Hacia finales del siglo XIX, unas 45.000 familias perdieron sus viviendas en Londres. Fuente: http://www.historyextra.com/article/bbc-history-magazine/life-19th-century-slum-victorian-london-homes-hell

El crecimiento poblacional sin precedentes forzaría las grandes migraciones europeas hacia los EEUU de América, pero también hacia Argentina, Brasil, Australia y Canadá. Las fomentan el crecimiento demográfico, la expulsión laboral de los trabajadores agrarios, las expectativas económicas en los nuevos estados, y las cadenas de pago del billete de viaje[2]. Se estima que entre 1820 y 1915 unos 60 millones de europeos habían migrado del continente.

Cronología revolucionaria

Uno de los conceptos que más unen a los pueblos es un buen enemigo, a poder ser exterior. Francia cumplió ese papel de forma brillante durante la primera mitad del siglo. En la segunda mitad las guerras se convirtieron en algo más pragmático de la mano de Bismarck.

1789-1848: Revoluciones burguesas

Entre 1789 y 1799, en Francia se produjeron continuos vaivenes en el impulso revolucionario, según dominasen fracciones más o menos radicales, pero siempre bajo la supervisión de los partidos burgueses. Una buena razón para que las fuerzas contrarrevolucionarias europeas iniciasen guerras para impedir que cundiese el ejemplo en su propio patio.

En 1799 Napoleón Bonaparte encabeza un golpe de estado militar que acaba con la etapa revolucionaria del período. Paulatinamente acumula poder, hasta autocoronarse emperador en 1804. Fue el principio de una etapa de consolidación republicana, desarrollo de la economía capitalista, y el gran impulso al imperialismo.  Sus conquistas en la expansión europea extendían las ideas republicanas, mientras en Francia se consolidaba en el poder una clase formada por la nobleza y la alta burguesía.

A la caída de Napoleón en 1814, se restaura la monarquía, que nunca se había ido del todo. Se inicia la Restauración, en la que se pretende regresar a los principios de orden, jerarquía y tradición. Pero algunas cosas ya habían cambiado para siempre. En los congresos internacionales celebrados entre 1814 y 1822, los estados reparten sus áreas de influencia en Europa para que nada cambie: fragmentación política en Italia y Alemania a beneficio de Prusia y Austria, limitación territorial de Francia, confirmación del dominio británico sobre los mares, expansión de Rusia que engulle Finlandia, Besarabia y Polonia. Esta unión absolutista se vuelca en la represión de cualquier estallido revolucionario: Alemania (1819), España (1820), Nápoles (1821).

Hasta 1830, en que una insurrección en París contra la monarquía de Carlos X inaugura una nueva etapa revolucionaria de alcance limitado. Las revoluciones se extienden a Bélgica, Polonia, Italia, Alemania. Ya emerge un nuevo tipo de monarquía liberal en Reino Unido, Bélgica, y Francia, mientras se mantiene el absolutismo en Austria, Prusia, Rusia.

Mientras tanto en las colonias españolas y portuguesas americanas se libraba una guerra por la independencia, y los EEUU de Norteamérica se expandían demográfica, territorial e industrialmente.

1848-1849: Revoluciones democráticas

La burguesía intenta un nuevo ataque al poder con el fin de desplazar a la aristocracia – incluidas las élites burguesas – pero aparece una gran diferencia respecto de las anteriores: los planteamientos liberales se han contaminado por los ideales democráticos que aportan las clases medias urbanas. La revolución transcurre entre revueltas campesinas y obreras por las hambrunas y epidemias causadas por una nueva depresión económica, que, si no provoca la revolución, sí agrava su alcance.

En Francia se proclama la República, iniciando una era de democratización. En junio se produce un levantamiento obrero, reprimido de forma sangrienta[3], que precede el desmantelamiento del programa social republicano. En noviembre se aprueba una constitución que, de facto, preparaba el régimen conservador de Luis Bonaparte.

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Lamartine, ante el Ayuntamiento de París, se niega a la utilización de la bandera roja, 25 de febrero de 1848. Fuente Wikipedia

En Italia las fuerzas revolucionarias convirtieron la unificación nacional de los estados en su objetivo. Coincidiendo con la revolución vienesa de marzo, estalla la insurrección contra la dominación austríaca del Piamonte, Lombardía y Venecia. En otoño, se producen revueltas populares en Venecia, Florencia y Roma, aplastadas por el ejército francés. La revuelta de 1848 se convirtió en un fracaso para los estados italianos, la paralización de su lucha nacional y el fin de las repúblicas constitucionales. A partir de 1849 queda claro que la lucha nacional no puede contar con el apoyo de los príncipes, ni las fuerzas extranjeras.

También estallaron revueltas en varios estados alemanes, que acabaron disueltas por las fuerzas prusianas al año siguiente. En paralelo Prusia impulsa un núcleo de unión con varios estados alemanes, vista con malos ojos por Austria. No cuajó.

En Austria se produjo una insurrección que acabó con el bombardeo de Viena y el triunfo de las fuerzas imperiales, con el consiguiente retorno al conservadurismo. En su imperio estallaron revueltas nacionalistas con intentos independentistas de Chequia y Hungría, también aplastados al año siguiente.

Sin embargo, hay que resaltar que las revoluciones de 1848 no fracasaron del todo: en Francia se restableció el sufragio universal masculino, el Piamonte italiano retuvo su autonomía, la influencia austríaca disminuyó en Alemania, y por toda Europa se abolió el feudalismo y sobrevivieron regímenes parlamentarios.

1849-1870: Revoluciones nacionalistas

En Francia, Luis Napoleón Bonaparte se convierte en emperador tras un golpe de estado en 1852. Crece la industria de modo espectacular, se desarrolla el urbanismo, se crean grandes bancos, se adopta el librecambismo. Es un imperio autoritario hasta 1859, y liberal desde entonces hasta 1870 en que se instaura la tercera república francesa. Entre controversias y escándalos, se afianza un modelo liberal en el que la enseñanza se convierte en obligatoria, gratuita y laica.

En Italia Víctor Manuel II había accedido al trono del Piamonte-Cerdeña tras las revoluciones de 1848. El acuerdo con las fuerzas tradicionales y burguesas permitió el inicio de un nuevo proceso de unificación. En 1859 Austria es derrotada por una alianza franco-piamontesa. Por el tratado de Zurich Lombardía es cedida a la soberanía del Piamonte, a cambio de ceder la Alta Saboya y Niza a Francia. Se unirán al nuevo estado mediante plebiscito otros ducados. Mientras tanto, Garibaldi ha expulsado la monarquía borbónica de Sicilia y Nápoles, y reconoce como soberano a Víctor Manuel II. En 1861 se reunirá en Turín el primer parlamento italiano, cinco años más tarde se les unirá Venecia, y en 1870 Roma, tras la derrota de Francia por Prusia.

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Garibaldi y Víctor Manuel II. Fuente: http://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/garibaldi-el-heroe-de-la-liberacion-de-italia_10419

Entre 1849 y 1862 concurren en Alemania dos procesos: una reacción conservadora a las revoluciones de 1848, y un importante crecimiento económico gracias a la intervención financiera del estado en la masificación industrial. Bajo la dirección de Bismarck, Prusia se pone a la cabeza del movimiento unificador que se consigue tras guerras territoriales contra Dinamarca, Austria y Francia. En 1871 Guillermo I se corona emperador de Alemania, que se convierte en una potencia industrial siguiendo un modelo propio.

En EEUU se inicia el enfrentamiento entre el Norte y el Sud tras el nombramiento de Abraham Lincoln en 1860, que acabaría con la victoria del Norte en la Guerra de Secesión, librada entre 1861 y 1865. Esta victoria supuso el fortalecimiento del poder federal y la abolición oficial de la esclavitud. EEUU impulsa su supremacía económica gracias a la abundancia de materias primas, un importante desarrollo agrícola, un aumento del consumo gracias al impacto demográfico de la inmigración, y un crecimiento cuantitativo y cualitativo de su industria, fundamentada en la tecnología propia de la Segunda Revolución industrial.

Así llegamos a un final de siglo en el que han cambiado por completo el marco político y su distribución territorial. Los mapas de Europa y América ya se parecen poco a los del siglo XVIII.

El fruto revolucionario: el estado-nación

Hemos visto la evolución basada en revoluciones y contrarrevoluciones durante el siglo, que conduce a unos estados liberales de nuevo cuño, con un sistema económico capitalista e industrial y la práctica desaparición del feudalismo y las monarquías absolutas. Pero estos estados necesitan consolidarse, y lo harán mediante el nacionalismo en primera instancia, y su exaltación imperialista más tarde. Veamos qué significan estos conceptos en el entorno histórico del siglo.

El liberalismo…

Es la primera ideología que propone un orden alternativo a las monarquías absolutas, inspirado por la Ilustración. Es también la perfecta plataforma para el capitalismo: el individuo es protagonista, su libertad no tiene otros límites que la libertad de los otros y la ley, del acuerdo entre individuos nace la comunidad política. De aquí se deduce el papel reducido del estado, ya que de la tensión de intereses nace el equilibrio beneficioso para el conjunto. La autoridad política debe limitarse a garantizar el cumplimiento de las reglas básicas de intercambio y de los derechos individuales.

En los estados de nuevo cuño el sufragio es censitario, otorgando a la burguesía el control político casi monopolístico. Sólo mediante revoluciones se amplía y llega a ser universal, aunque siempre masculino[4].

En lo filosófico, el romanticismo se opone al racionalismo de la Ilustración. Este movimiento exalta la sensibilidad, la intuición y la imaginación en el arte. También los románticos apoyan la supremacía de los valores individuales, apoyando a las naciones como expresión colectiva de individualidades.

…y sus detractores

Como reacción al liberalismo aparecen otras ideologías conservadoras que llegarían a ser dominantes en la reacción a los movimientos revolucionarios.

Si recordamos que los movimientos revolucionarios son dirigidos por la alta burguesía, y a partir de 1848 se les unen las clases medias, era previsible que las clases bajas se apoyaran en ideologías opuestas a liberalismos y conservadurismos: socialismo y anarquismo.

El socialismo propone que, al contrario de lo que propugna el liberalismo, el estado actúe para alcanzar de manera programada nuevos estadios de desarrollo que aseguren el bienestar colectivo de las clases obrera y campesina. Rechazan tanto la tradición como la libre competencia, y cimientan su utopía en la solidaridad y la posesión común de bienes y recursos. Un terreno abonado para las propuestas marxistas.

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I Internacional Obrera fundada en Londres en 1864, escenario del enfrentamiento entre Marx y Bakunin. 

Los anarquistas van más allá, y asumen también una sociedad en la que el estado no existe, o tiene un papel residual, pero el acuerdo voluntario entre los sujetos llevará a una sociedad libre y armónica. Es la versión revolucionaria del buen salvaje, del hombre bueno corrompido por la sociedad, que volverá a ser bueno si se elimina la coacción de la autoridad.

El nacionalismo estatal del estado-nación

A efectos de predecir la estabilidad del estado, debemos distinguir entre dos tipos de nación. Uno es la nación política, el sujeto en el que reside la soberanía y que se hace equivaler al pueblo desde la revolución francesa de 1789. El otro es la nación cultural, comunidades construidas históricamente, con símbolos propios. De lo anterior se deduce que nación y estado no necesariamente coinciden, cuando lo hacen hablamos de estados-nación. Un ejemplo puede ser el estado-nación del Reino Unido, una nación política compuesta por cuatro comunidades culturalmente diferenciadas: Gales, Inglaterra, Escocia e Irlanda del Norte.

Cuando la formación del estado centralizado no coincide con los sentimientos nacionales existentes en ese momento, es necesario crear una identidad común, frente a la que se definirán los ciudadanos. Esta identidad ha de ser construida, con frecuencia mediante la aculturación de las naciones preexistentes, o su represión coactiva. La unidad nacional del estado se convierte entonces en el fundamento del orden social, que se legitima para luchar con todas las fuerzas a su alcance contra cualquier enemigo, sea interno o externo, real o simbólico.

Históricamente se conocen dos modelos de proceso de construcción de la nación estatal. El germano-italiano construye el sentimiento nacional sobre todo aquello que tienen en común las identidades nacionales preexistentes. El francés empieza por la construcción de un estado, que se impone de arriba hacia abajo, laminando cualquier otra cultura que pudiese existir mediante la imposición de un idioma común y unos valores cívicos desde la escuela.

Es el nacionalismo la ideología que impulsa tanto a construir la unidad nacional de los nuevos estados nación, como a reivindicar los derechos de autodeterminación de las naciones sin estado. En la Europa del siglo XIX podemos diferenciar dos tiempos: hasta 1870 un nacionalismo humanista, a partir de ese año el nacionalismo se convierte en autoritario, y convenientemente exacerbado, en imperialismo.

Por el imperio hacia la nación y el colonialismo

Circulaba la idea de que los estados nacen de la guerra. El militarismo cohesionaría la sociedad en torno a un liderazgo centralista, justificado por el imperialismo (Lewellen, 1994, pág. 72).

Mapa de Europa en 1815. Fuente: http://annalesdeltiempo.blogspot.com.es/2010/10/los-mapas-de-la-europa-del-siglo-xix.html

Los estados-nación consolidan internamente su estructura nacional mediante un patriotismo vertical, de arriba hacia abajo. Su magnificación lleva al concepto de misión nacional, que debe ser aplicada en el exterior de sus fronteras para adquirir una pátina de prestigio internacional. El peso de cada estado-nación, nuevo o viejo, en el concierto internacional depende de la extensión de sus colonias. Lo expresa claramente el príncipe Von Bulow en su discurso de 1899: “Si los ingleses hablan de una Gran Bretaña, si los franceses hablan de una Nueva Francia, y si los rusos progresan en Asia, nosotros también tenemos derecho a reclamar una gran Alemania (…)[5]”.

Podríamos pues definir imperialismo como la doctrina política que justifica el militarismo como cohesionador social de la nación, mediante la expansión territorial como reafirmación internacional. Cualquier disidente interno que se oponga a esta misión nacional y la amenace, puede ser, y casi siempre será, destruido. Y ya de paso, se reafirma la identidad nacional de los ciudadanos del estadio-nación, cuyo deber es colaborar en los objetivos de la comunidad política.

Cuando los colonizadores se encuentran con los nativos en los territorios extranjeros a colonizar, surge un choque cultural que conduce el pueblo perdedor (el colonizado) a la disonancia: de pronto, sus leyes ya no tienen sentido, y deben obedecer otras que desconocen. El colonialismo es consecuencia de la hegemonía política intencionada, basada en la fuerza, de un grupo cultural sobre otro (Bohannan, 2010, págs. 280-281).

En resumen, imperialismo y colonialismo no son sinónimos, ni aparecen necesariamente unidos. Puede darse imperialismo sin colonización, pero en general esto significará que la población nativa ya no existe, física, o como mínimo, culturalmente.

La colonización probablemente tampoco habría sido posible sin dos componentes fundamentales de la mentalidad de la época: etnocentrismo y racismo. Bohannan (2010, pág. 278) comenta que dos premisas cegaban a los europeos. Por un lado, la jerarquización que situaba en lo más alto de la pirámide a los hombres civilizados, y por tanto cualquier otro pueblo tenía que ser necesariamente inferior. Por otro lado, el conocido concepto del buen salvaje, que, aunque de origen muy anterior, la Ilustración había popularizado. Relegaba a los pueblos no europeos a estados infantiles, que necesitaban de la ayuda civilizadora de las grandes naciones.

Figure 3. Poster from a Galibi Exhibition at the Jardin Zoologique d'Acclimatation, Paris. Gallica – Bibliothèque national de France (http://gallica.bnf.fr).  
Cartel de una exhibición del zoo humano, en París. Fuente https://www.researchgate.net/figure/270081300_Poster-from-a-Galibi-Exhibition-at-the-Jardin-Zoologique-dAcclimatation-Paris-Gallica

Ayudaban a esta visión las doctrinas pseudocientíficas que fomentaban el darwinismo social[6], como la del conde de Gobineau[7], Herbert Spencer[8], o el propio Darwin[9]. Y es que “…el racismo es una ideología que conforta a los nacionales pobres sin privilegios, diciéndoles que, sea como sea, pertenecen a una raza superior” (Mario Erdheim, 1993)[10].

Resume la importancia del discurso racista Foucault: “En realidad, no fue otra cosa que la inversión, hacia fines del siglo XIX, del discurso de la guerra de razas, o un retomar de este secular discurso en términos sociobiológicos, esencialmente con fines de conservadurismo social y, al menos en algunos casos, de dominación colonial.” (Foucault, 1993, pág. 59)

Estas fueron las bases ideológicas que, mezcladas en diversas proporciones a la mayor conveniencia para sus fines, utilizarán los agentes coloniales protegidos por el imperialismo de los estados-nación europeos. Es evidente que existió una mítica política irracional, modelada y fomentada por el cálculo económico – ergo, racional – de las élites europeas.

Concluyendo

Creo que a estas alturas es evidente que el siglo XIX no fue el siglo aburrido que nos transmiten las películas de la época, con su moral victoriana y su amplia hipocresía. Por el contrario, es el período en el que se construye nuestra contemporaneidad, con todos sus defectos y alguna virtud, que digo yo que la tendrá.

Otro sesgo que se encuentra en ocasiones es que el siglo XIX supuso un retroceso respecto de la Ilustración del siglo anterior. Tampoco esta afirmación es cierta, por más que las contradicciones de la Ilustración salgan a la luz con descaro en su aplicación política. Hay que recordar que, si bien la Ilustración supuso la primacía del humanismo y la racionalidad, ninguno de estos conceptos fue pleno. Se proclama la igualdad de los hombres ante la ley, pero el propio Montesquieu niega que los negros puedan tener alma. Se extiende el sufragio, pero quedan excluidos de él las mujeres en general, y los hombres pobres en particular. Darwin proporciona una profunda revisión científica a las creencias, pero, siendo él mismo un defensor de la eugenesia, facilita argumentos para el darwinismo social y el racismo.

Entre tantas contradicciones, eran de esperar las convulsiones del siglo entre un mundo viejo que se resistía a morir, y un mundo nuevo que no era menos depredador que el anterior. Si el feudalismo de las monarquías absolutas era un freno al crecimiento social y al desarrollo político, capitalismo y liberalismo destruyen las barreras a la explosión demográfica en unas condiciones que todavía no constituyen una mejora real para la mayoría menos afortunada.

Este nuevo mundo que nace fomenta la aparición de nuevos países, que se refuerzan con un nacionalismo estatal, en muchos casos laminador de las culturas preexistentes. Ese nacionalismo de origen militar, basado en el capitalismo, necesita expandirse para lograr la cohesión social interior, y el no menos importante prestigio social exterior. Si para ello es necesario aplastar culturas ajenas desde el eurocentrismo más feroz, bienvenido sea el método, puesto que es en bien de los propios salvajes. Gracias a misioneros y exploradores sus culturas desaparecerán, con frecuencia también lo harán sus propias poblaciones, pero sea todo ello en bien de la civilización y la salvación de sus almas.

No es sorprendente pues que el siglo finalizase con una inevitable gran guerra, legitimadas por nacionalismos, sus consecuencias imperialistas, y la búsqueda de la riqueza que aporta el capitalismo a unas élites renovadas.

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Caricatura de Europa en los albores de la I Guerra Mundial. Fuente http://www.wargamer.com/articles/the-great-war-a-strategic-videogame-compendium/

A cambio, conocimos nuevos modelos de sociedad aportados por las ideologías y las ciencias sociales, extendidos por la universalización de la educación en buena parte de Europa. El socialismo utópico, los intentos de comprensión de la civilización de Marx o Comte, el método científico, el desencantamiento del mundo que propondría Weber, … Todos ellos impensables si se hubiese perpetuado el predominio de las monarquías absolutas y su consiguiente religiosidad institucional.

En resumen, un siglo de construcción con sus grandes altibajos y enfrentamientos, sin el cual nuestra civilización no sería hoy lo que es. Sin el nacimiento de las ideologías del siglo XIX, y su confrontación para reformar el mundo, hoy nuestra civilización europea – otra cosa es el mundo en su conjunto – sería mucho peor. Por mucho que cueste creerlo.


Trabajos citados

Bohannan, P. (2010). Para raros, nosotros. Introducción a la Antropología Cultural. . Madrid: Akal.

DOCUMENTOS SOBRE IMPERIALISMO-COLONIALISMO. (s.f.). UOC.

Figuerola Garreta, J. (2008). El imperialismo. Barcelona: UOC.

Figuerola Garreta, J. (2008). Expansión del capitalismo: transformaciones económicas y sociales. Barcelona: UOC.

Figuerola Garreta, J. (2008). Nacionalismo y consolidación de los estados burgueses. UOC.

Foucault, M. (1993). Genealogía del racismo. Buenos Aires y Montevideo: Altamira. Recuperado el 11 de mayo de 2017, de https://docs.google.com/file/d/0B-qYUtgasee5WTVUU0ZLVGhHSlE/edit?pli=1

Galbraith, J. K. (2007). Historia de la economía. Barcelona: Editorial Ariel SA.

Grau i Mateu, J. (2008). La restauración y las revoluciones burguesas (1815-1848). UOC.

Grau Mateu, J., & Puigvert i Solà, J. (2008). Los orígenes del mundo contemporáneo. Las transformaciones políticas. Barcelona: UOC.

Grau Mateu, J., Puigvert i Solà, J., & Sala i Vila, N. (2008). Los orígenes del mundo contemporáneo. Las transformaciones económicas. Barcelona : UOC.

Lewellen, T. C. (1994). Introducción a la antropología política. Barcelona: Ediciones Bellaterra 2000, SL. Recuperado el 09 de diciembre de 2017, de https://antroporecursos.files.wordpress.com/2009/03/lewellen-t-1983-introduccion-a-la-antropologia-politica.pdf

Martínez Galarraga, J. (s.f.). La gran divergencia. Barcelona: UOC PID_00178193.

Martínez Galarraga, J. (s.f.). La revolución industrial. Barcelona: UOC PID_00178194.

Ramón Muñoz, R., & Badia Miró, M. (s.f.). Crecimiento, convergencia y divergencia en la primera globalización (1820-1914). Barcelona: UOC.

Vallès, J. M., & Martí Puig, S. (s.f.). La política com a activitat (I): el context cultural. Barcelona : UOC.


Notas y comentarios

[1] Una cuarta parte de los nacidos no cumplían el año de edad, y sólo la mitad conseguía cumplir 20 años.

[2] Cada emigrante aportaba dinero para pagar el billete de otros miembros de la familia.

[3] Fueron miles los muertos y heridos, se detuvo a 12.000 personas, 4.500 de las cuales fueron deportadas a campos de trabajo en Argelia.

[4] Las mujeres tendrían que esperar hasta el siglo XX para acceder a los sufragios activo y pasivo. Ver, por ejemplo, Wikipedia.

[5] (DOCUMENTOS SOBRE IMPERIALISMO-COLONIALISMO, pág. 12)

[6] El darwinismo social sostiene que las teorías evolutivas de Darwin pueden aplicarse en instituciones humanas. Nace de interpretaciones a lo publicado por Darwin, que no lo menciona explícitamente en su obra, aunque no es difícil encontrar citas en este sentido (ver comentario 11).

[7] Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (1853)

[8]Lewellen (1994, pág. 72) referencia a Herbert Spencer (1820-1903) como el “principal portavoz de las más extremas interpretaciones de la teoría evolucionista

[9] Es relativamente fácil encontrar comentarios relativos a la superioridad de la raza civilizada en sus escritos, o incluso de la eugenesia. Por ejemplo: “…En consecuencia, los miembros débiles de las sociedades civilizadas propagan su especie. Nadie que haya asistido a la cría de animales domésticos dudará que esto debe ser muy perjudicial para la raza humana. Es sorprendente ver la rapidez con la que la falta de cuidado o el cuidado mal llevado a cabo conduce a la degeneración de una raza doméstica, pero exceptuando el caso del hombre mismo, casi nadie sería tan ignorante como para permitir que sus peores animales se reproduzcan”. Darwin (1871), Parte 1, Cap. V: Natural Selection as affecting Civilized Nations.Cita obtenida el 13 de mayo 2017 de

http://studylib.es/doc/8451952/eugenesia-%C2%AB%E2%80%A6

[10] Citado por Jorge Marcelo Tuero (2007) en el blog:

https://jorgemarcelotuero.wordpress.com/2007/01/20/nocion-de-xenofobia-tuero-y-trabajo-practico-de-relaciones-internacionales-fente/

2 comentarios sobre “El siglo XIX: y llegó la modernidad

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