(III) Sálvese usted mismo.


Ilustración de cabecera: Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Fuente: El País.

En los dos capítulos anteriores he definido el contexto histórico y cultural en el que se produce la transición española a la democracia liberal. Un proceso que ocurrió con un siglo de retraso respecto de las demás naciones de nuestro entorno. Sin embargo, esta evolución – o “ruptura pactada”, como la definió Santiago Carrillo – no es el objetivo de esta serie, el fin es determinar los vectores del cambio que nos han traído hasta la sociedad española actual.

Este artículo se focalizará en el período de los años 80, cuando en Occidente se inicia la revolución conservadora de la mano de Ronald Reagan en EEUU, y Margaret Thatcher en Gran Bretaña. Mientras tanto, el paradigma económico del Consenso de Washington se impone en las instituciones económicas globales – que tampoco necesitaron mucha presión para ello – y las políticas económicas y sociales de los respectivos gobiernos.

Uno de los aspectos de cambio abrupto del que se habla menos es el del traspaso de responsabilidad sobre la vida privada, del Estado al individuo. Teniendo en cuenta que la generación actualmente en el poder en España nació entre 1972 (Pedro Sánchez) y 1981 (Pablo Casado), hay que presumir que este enfoque afectó a sus procesos de socialización primarios. Es decir, tuvo que marcarles profundamente.

Mientras tanto, en España creíamos haberlo visto ya todo en la década anterior, pero descubrimos que todavía nos quedaba virginidad por destrozar con las reformas económicas del PSOE, llevadas a cabo con la frialdad del cirujano que amputa un miembro al que le teníamos cariño. El cierre de astilleros y grandes empresas metalúrgicas sería por nuestro bien, pero dolió.

Por no hablar de eventos como el de la OTAN (de entrada, no, pero luego, ya sí). Ya lo advirtió el ínclito Alfonso Guerra: “A este país no lo va a reconocer ni la madre que lo parió”. Cierto, pero tampoco al PSOE después de ellos.

En cualquier caso, abandono el ejercicio comparativo entre la evolución de la cultura occidental en general y la española porque – sustos golpistas aparte – la convergencia con Europa fue extremadamente rápida en términos generacionales, y los detalles históricos del período, ampliamente conocidos.

Por tanto, la pregunta que me gustaría responder en esta ocasión es: ¿fue la revolución conservadora de los años 80 un breve paréntesis en el Estado de Bienestar, o indujo un cambio permanente en la cultura occidental?

El gasto social en la postguerra.

Para comprender las dimensiones del impulso social, político y económico de la gran revolución conservadora de los años 80, hay que recordar la situación que llevó al llamado Welfare State, el Estado del Bienestar, y los treinta años de crecimiento económico que siguieron a la segunda guerra mundial.

A partir de 1945, en el período de postguerra, se observan dos grandes tendencias: una fuerte reducción de la desigualdad interestatal, y el aumento de la participación del estado en la economía.

Si en 1939 el primer decil de los países más ricos acaparaba un rango de 35-45% de la riqueza mundial, posteriormente se reduciría a un entorno entre 25-35% hasta la década de 1980, volviendo a incrementarse con posterioridad[i].

El gasto público se incrementó notablemente, aunque con importantes diferencias entre estados según su adherencia mayor o menor a los principios keynesianos de la economía, y también según el componente social[ista] del gobierno de turno:

Porcentaje del gasto gubernamental sobre el PIB a precios corrientes (1913-1999) [ii]
  EEUU GB Francia Alemania Suecia España
1938-1940 19,8 28,8 23,2 42,4
1980-1984 31,7 44,1 47,0 48,0 37,5
1995-1999 35,6 41,0 53,6 49,7 61,1 42,0
2007-2011 40,5 49,9 55,1 45,8 52,5 42,7

Durante la guerra el gasto militar alcanzó porcentajes entre el 42% de EEUU y el 50% de Alemania, lo que requirió de un fuerte incremento de la presión fiscal y de la intervención de los estados para regular la economía.

¿Por qué los gobiernos decidieron incrementar el gasto público? Al finalizar la contienda contra los modelos imperialista de Japón, y fascista de Alemania e Italia, estalló entre los vencedores una cierta euforia democratizadora. Aparecen las Naciones Unidas, se declaran los Derechos Humanos, … La presión sobre los gobiernos aumentaba, especialmente en el caso de EEUU, donde retornaban soldados que habían estado en contacto con ambientes de mayor socialización en el terreno de combate europeo, y las mujeres, que habían ocupado una parte importante del mercado laboral en sustitución de los soldados, y lo hicieron con gran éxito[iii].

Por otra parte, tampoco los gobiernos se sentían tan reticentes como lo hubiesen estado antes de 1939, porque les bastaba con mantener, o rebajar ligeramente, la presión fiscal. La simple reducción del gasto militar liberaba suficientes recursos para invertirlos en la economía y en la sociedad.

Así, el gasto social en tanto por ciento del PIB de la mediana de la OCDE pasó aproximadamente de un 7% en 1945 a superar el 20% hacia 1975. Obviamente, con grandes diferencias entre países: en este segundo año, los países nórdicos se situaban ya por encima del 25%, mientras España, que arrancó de mucho más atrás, se quedaba en el 15%[iv].

Trabajadores de la Unión Sindical UAW Local 200 desfilando en el día del Trabajo, en 1950. Fuente: Museo de Windsor

Pero que nadie piense que todos los gobiernos posteriores a 1945 tuvieron un marcado componente socialista, ni mucho menos. Sin ir más lejos, las políticas relativamente más tímidas de Eisenhower – presidente republicano – en el gasto público crearon el entorno propicio para fuertes revueltas. Protestas de los trabajadores de todo tipo, pero también de una segunda oleada del movimiento feminista, y de la población negra discriminada todavía luchando por alcanzar la igualdad.

Thatcher y Reagan, la revolución conservadora.

La estanflación que siguió a la crisis del petróleo de 1973-74, en un entorno de bipartidismo casi perfecto tanto en EEUU como Gran Bretaña, llevó al poder a dos políticos peculiares.

La esencia del pensamiento de Margaret Thatcher, Primera Ministra del Reino Unido entre 1979 y 1990, puede resumirse en este extracto de una entrevista, que traduzco literalmente:

Creo que hemos pasado un período en el cual a demasiados niños y gente se les a dado a entender que, si “yo tengo un problema, ¡es trabajo del gobierno hacerle frente!” o “tengo un problema, ¡iré y recibiré una subvención para hacerle frente!” “yo no tengo casa, ¡el Gobierno debe alojarme!” y así están arrojando sus problemas sobre la sociedad, ¿y quién es la sociedad? ¡Tal cosa no existe! Hay hombres y mujeres individuales y hay familias y ningún gobierno puede hacer nada excepto mediante gente y la gente mira por ellos mismos primero. Es nuestra obligación preocuparnos por nosotros mismos y entonces también mirar por nuestro vecino y la vida es un negocio recíproco…”

Este pensamiento deja por completo de lado el concepto de solidaridad social, porque no es la obligación del gobierno resolver los problemas de las personas. Cada cual que cuide de sus cosas, y cuando ya lo tenga todo resuelto, entonces, y sólo entonces, debe preocuparse por los demás. Respecto del dinero, Mrs Thatcher dice un poco antes:

…es el gran motor, la fuerza motriz de la vida. No hay nada de malo en tener un montón de dinero…. No es el hecho de tener dinero. [El problema es] si llega a ser la única cosa en tu vida y quieres el dinero sólo porque es dinero…. El ejercicio del espíritu y la inspiración es lo que haces con ese dinero. No hay nada malo en querer más…” [v]

Y aquí tenemos la negación del principio de redistribución de la riqueza. El único problema para Margaret Thatcher es cuando el dinero se convierte en el objetivo per se, pero es un dilema moral en el que tampoco va a intervenir el estado. Y menos la sociedad, esa cosa que no existe.

Si lo enfocamos desde el punto de vista sociológico, el retroceso también es espectacular, prácticamente hasta los orígenes de esta ciencia social, cuando los grupos sólo eran masas de individuos, cuyo comportamiento era básicamente egoísta – brutalmente egoísta, dirían los gurús del momento –  y resultante de la psicología individual.

Ronald Reagan, que fue presidente de los EEUU de 1981 a 1989, iría un paso más allá al exigir que el estado esté a las órdenes del pueblo. Olvidémonos de liderazgos, de objetivos sociales, de planificación… Lo dice muy claramente en este discurso de 1989 (pueden activarse los subtítulos en castellano si se desea)[vi]:

Extraigo dos párrafos del discurso, donde manifiesta su creencia en un gobierno limitado, que no intervenga en la vida privada de los ciudadanos:

…de vuelta a los 60, cuando empecé, me parecía que habíamos revertido el orden de las cosas, que mediante más y más reglas y regulaciones e impuestos confiscatorios, el gobierno estaba cogiendo más de nuestro dinero, más de nuestras opciones, y más de nuestra libertad.”

“…hay una clara relación de causa y efecto aquí que es tan limpia y predecible como las leyes de la física: cuando el gobierno se expande, la libertad se contrae”

Lo que no dice es qué ocurre cuando alguien es mucho más libre que los demás, porque como diría la señora Thatcher, ha conseguido más dinero, lo que no es malo en absoluto. Es decir, el gobierno debe hacer lo que le diga el pueblo, o a quien pueda comprar los medios para interpretar al pueblo.

Obviamente, ambos tuvieron como claros enemigos a los movimientos sociales y asociaciones de interés de la época. Los sindicatos en primer lugar, a los que tanto el uno como la otra doblegaron por la fuerza acelerando su caída en ambos países.

Fotografía de cabecera del artículo “Thatcher’s Economic Legacy” (en inglés), muy recomendable para quienes deseen aprender más sobre la relación entre el gobierno conservador de la primera ministra y los sindicatos.

Serían pronto sustituidos por otro modelo más moderno de movimientos sociales, pero eso ya lo veremos más adelante. Por ahora, es tiempo de responder a la pregunta del día.

¿Fue la revolución conservadora de los años 80 un breve paréntesis en el Estado de Bienestar, o indujo un cambio permanente en la cultura occidental?

Según de qué economía hablemos, fue una cosa u otra. Si volvemos a mirar la tabla anterior, el crecimiento del gasto público de los estados se estancó en España después de 1995, frenó notablemente en el período, o incluso tuvo una disminución neta en Gran Bretaña, pero siguió creciendo con posterioridad.

Ahora bien, gasto público no significa necesariamente gasto social, ni mucho menos redistribución de la riqueza. En el gráfico siguiente se hace evidente que, a partir de 1979 en el Reino Unido y de 1980 en EEUU, la participación del 1% más rico en el ingreso nacional creció con fuerza, y no ha vuelto a descender, excepto en épocas de crisis financieras[vii].

Participación 1% 1910-2010

Por tanto, debemos admitir que las ideas neocons vinieron para quedarse, aunque con desigual fortuna en la economía de los diferentes países.

Ahora bien, la individualización, el concepto de la responsabilización de cada persona en los avatares de su propia vida, caló profundamente en la sociedad, y especialmente en quienes en aquella época estaban todavía en su etapa de socialización primaria: los nacidos entre 1970 y 1985. En España, es la generación de Albert Rivera, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias o Pablo Casado. Mirando a nuestro alrededor, Matteo Salvini o Emmanuel Macron.

No quiero decir que todos ellos hayan sido poseídos por el espíritu de Ronald Reagan, porque en el proceso de socialización primaria actúan muchas instituciones, incluyendo la familia o el estado, aparte de una determinada moral. Pero tampoco dudo de la influencia – fuese ésta mayor o menor según la ideología de los agentes de socialización – del espíritu de la época en su educación.

Ahora bien, en la mayoría de los sistemas políticos y administrativos de nuestro entorno se aplica actualmente, a sabiendas o por interiorización, lo que Nikolas Rose[viii] calificaba como la subjetivación en la era de lo postsocial. Esas formas que calificaba de gobernamentalidad operan a través de obligaciones mutuas en comunidades, definidas  estas como “redes de lealtad con las que uno mismo se identifica existencial, tradicional, emocional o espontáneamente, en apariencia, más allá y por encima de cualquier valoración calculada, basada en el propio interés”.

Es decir, ya no se gobierna la comunidad, sino mediante la comunidad, sea ésta la familia, el barrio, la iglesia, o el club deportivo al que se adscriba el individuo. Por lo tanto, ya no es, por ejemplo, obligación únicamente del estado garantizar la seguridad, sino de los propios sistemas de vigilancia que decidan establecer – y pagar – las personas que allí residen. Lo mismo podría aplicarse a la sanidad, la educación o la jubilación.

Quién no consiga obtener los medios suficientes para autosatisfacer sus necesidades, o no quieran intentarlo, se condena a la marginalidad. Y quienes estén marginalizados recibirán la atención de expertos que, citando a Berger[ix], los curarán de su desviación mediante terapias, o acabarán siendo anulados por el sistema, utilizando para ello todos los medios que la ley del momento permita. La aplicación de los estigmas correspondientes derivará en aporofobia, la forma de etnicidad que condena a los pobres por su pobreza,  que por su visibilidad provoca rechazo y temor cuando contradice la visión subjetiva de la sociedad.

¿Exagero? Pongamos algunos ejemplos:

Hasta la puesta en marcha del programa Obamacare (que Trump y el partido republicano luchan por erradicar), en EEUU el tratamiento médico depende del seguro médico del que dispongas, o en su defecto del dinero que puedas reunir. Dicho de otra forma, procura sufrir sólo enfermedades que puedas pagar, porque si no puedes, la diñas.

Sin ir tan lejos, cuando una persona se registra en el sistema de empleo español, la ayuda proporcionada asume que es incapaz de encontrar trabajo. Un empleo cuya existencia se da por garantizada.

En cuanto a las prestaciones por desempleo, la cosa es sencilla: si has trabajado en determinado régimen de la seguridad social[x] podrás percibirlas. O, dicho de otra forma, si no has sabido encontrar empleo recientemente en el sector adecuado, no tienes ningún derecho, aunque eso sí: te enseñaremos a hacer el currículo.

El mismo Presidente de Francia, Emmanuel Macron, nos ha dado recientemente un ejemplo ilustrativo de la penetración en la identidad colectiva de una determinada moral: acusa a un joven desempleado de no querer encontrar empleo.

Esta perspectiva es frecuente en conversaciones privadas – como ocurre con la xenofobia latente en la sociedad española, por ejemplo –  incluso entre los mismos funcionarios que atienden a los desempleados. Es la misma lógica de la acusación  de fraude de la Vicepresidenta de entonces al colectivo de desempleados: no tienen empleo porque son unos vagos que no quieren encontrar trabajo.

Imagen del cómic Esclavos del trabajo
Muy recomendable entrevista a Daria Bogdanska en eldiario.es: “Nos han lavado el cerebro para pensar que cada uno es responsable de su propio éxito o fracaso”.
https://www.eldiario.es/cultura/libros/lavado-cerebro-pensar-responsable-fracaso_0_814369198.html

Hablaremos más delante de la tendencia del empleo en los próximos años, por ahora mi objetivo es únicamente recalcar que en 1990 seguíamos bajo la influencia del modelo ultraliberal de Estado, cultivado en el sustrato tradicionalista propio de la cultura política española.

Una maravilla de cóctel, a la que sólo falta el aderezo de las revoluciones tecnológicas. Pero eso no ocurrirá hasta 1993.


Referencias

Aceros, J. C. (s.f.). Les institucions socials. Estructures socials y realitats objectives. Barcelona: UOC.

Berger, P. L., & Luckmann, T. (2015). La construcción social de la realidad (24ª reimpresión, 1ª ed.). Buenos Aires: Amorrortu.

Pérez Oliva, M. (10 de mayo de 2017). Cortina: “lo que molesta de los inmigrantes es que sean pobres”. El País. Recuperado el 10 de mayo de 2017, de http://cultura.elpais.com/cultura/2017/05/08/actualidad/1494264276_545094.html

Tello Aragay, E. (s.f.). L’acceleració del creixement. Barcelona: UOC.


[i] (Tello Aragay, pág. 10)

[ii] Datos extraídos de la Tabla 1 – Porcentaje del gasto gubernamental sobre el PIB a precios corrientes (1913-1999). (Tello Aragay, pág. 11)

[iii] (Tello Aragay, pág. 10)

[iv] (Tello Aragay, pág. 18)

[v] De la entrevista de Woman’s Own, realizada en 1987. El texto íntegro que contiene ambos extractos puede consultarse en inglés en la web de la ex-primera ministra: https://www.margaretthatcher.org/document/106689

[vi] En caso de preferir la versión escrita, está publicada en http://newlearningonline.com/new-learning/chapter-4/ronald-reagan-on-small-government

[vii] Elaboración propia utilizando las bases de datos de Piketty: http://piketty.pse.ens.fr/fr/capital21c

[viii] Citado por Aceros, páginas 52-53.

[ix] (Berger & Luckmann, 2015, págs. 89-93)

[x] No es de general conocimiento: sólo el Régimen General de la Seguridad Social contempla ambos casos, los subsidios y las prestaciones por la pérdida de trabajo. Por ejemplo, el Sistema Especial Agrario sólo incluye prestación, pero nunca subsidio (excepto en Extremadura y Andalucía), y el servicio doméstico no genera ningún tipo de protección por desempleo a sus cotizantes.

Para más información sobre prestaciones y subsidios de desempleo, podéis consultar este artículo donde los analicé con mayor detalle:

https://aliensocial.wordpress.com/2017/09/03/la-proteccion-por-desempleo-parches-varios-prepara-incluido/

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