¿De dónde salimos? ¿Quién nos hace? Una respuesta.


Hace poco alguien me preguntó de dónde había salido un tipo como yo. Es una buena pregunta, porque soy un espécimen extraordinario, entendiendo el adjetivo en el sentido que le da la primera acepción de la RAE:

  1. Fuera del orden o regla natural o común.

O sea, raro. Un producto claramente artesanal, entendido como opuesto a producto normalizado. Porque el mercado de tiernos infantes manchegos en los años 50 tendía a producir muchos más Sanchos que Quijotes: individuos bajos de chasis para adquirir estabilidad, de torso abarrilado, bracicortos, piernifuertes, reducida estatura para poder vendimiar las cepas bajas, y cabeza digna de ser cubierta por una boina de la talla 60, o más. En cambio, yo estoy más cerca de un Quijote barrigudo con talla de alero de baloncesto.

Con la inconsciencia de la juventud, llegué a pensar en su día que era un prototipo de manchego del futuro. Vamos, que la genética había experimentado para averiguar si era viable un manchego alto, bracilargo y piernifino. Pura inocencia. Con la experiencia se aprende que la explicación más realista es casi siempre la que se basa en el principio de Hanlon: “Nunca atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez”.

Sospecho que los humanos somos montados uno a uno por unos seres imaginarios. Por ejemplo, orcos en Alemania, elfos en Irlanda,  gnomos en Francia, trols en España… Entidades sin vocación, que curran a contrapelo. Son quienes llegaron tarde al reparto de empleos en las oficinas del paro de Nunca Jamás. Trabajan para cumplir, esforzándose lo mínimo para no ser enviados a Mordor, porque les ha caído una maldición, o algo así.

Imaginemos por tanto que estamos contemplando un taller infernal en el que trabajan un duende resabiado, al que llamaremos A, y un aprendiz, al que llamaremos B. Les ha tocado guardia dominical, son las dos de la tarde de un domingo invernal, y aún no han comido.

  • Me voy a comer.
  • A, no podemos, ha llegado un encargo urgente.
  • Retén el parto.
  • Eso todavía no sabemos hacerlo, que son los años 50.
  • Pues que lleven a la madre a un hospital.
  • Es un pueblo manchego, el hospital más cercano está a una hora en coche.
  • Pues que vayan.
  • No tienen coche, y en carro no llegan.
  • ¡¡Cagüen to lo que se menea!! No tienes iniciativa, B. Te auguro un futuro muy negro. Te veo preparando crías de hiena, y eso con suerte.
  • Pero, A…
  • ¡Venga, calla!! Vamos a despachar al crío éste de los cojones. A ver, busca un esqueleto.
  • A, es que ya no quedan esqueletos enteros…
  • ¡¡Cagüen tos mis riles !! Trae un juego de vértebras, y calla, que está a punto de soltárseme la mano collejera, y te puede desgraciar. Yo voy a buscar órganos internos.
  • ¡A tus órdenes, A!

Pasan unos minutos, y vuelve A con un carrito, dónde lleva unas neveras con pulmones, tripas, y esas cosas.

  • Oye B, ¿qué has hecho?
  • Preparar el esqueleto del torso.
  • ¿Cuántas vértebras has puesto, baladre?
  • Las que había en el paquete.
  • ¿Las has contado?
  • No, pero lo hago ahora mismo. Una, dos, tres, …. treinta y cuatro y treinta y cinco.
  • ¿Y cuantas debería tener?
  • ¿Treinta y cuatro? ¿Frío o caliente?
  • Treinta y tres, inútil.
  • Vale, A. ¿Lo desmonto?
  • ¿Y perder quince minutos más con el hambre que tengo? Ya va bien. Total, los humanos sólo cuentan los dedos de los recién nacidos. Por cierto, ¿Has contado las costillas? Veo muchas.
  • Lo normal, trece a cada lado.
  • ¿¿Trece?? ¿¿TRECE??
  • Ahí no me pillas A: son trece, que me acuerdo del cursillo…
  • ¡¡Me cagüen los cursillos y los cursillistas!! ¡¡Baladre, que no sirves ni para tomar por culo!!

A se acerca a la mesa de montaje porque nota algo raro. Algo más que también es raro, quiero decir.

  • ¿Y las costillas esas de abajo? ¿Por qué están curvadas hacia fuera?
  • Es que las había puesto del revés, y luego me ha costado un poco encajarlas del derecho…
  • Genial, hemos conseguido un esqueleto para un barrigón de metro noventa. Y eso, antes de que se pueda haber llevado a la boca ni un triste torrezno. B, ¡trae otro juego de tripas, que habrá que rellenar ese hueco que has dejado! Con las que he traído no le llega el intestino al culo.
  • ¿Cuántos metros traigo?
  • Diez metros, mínimo. ¿Dónde has puesto los miembros?
  • ¿En plural? ¿Le ponemos dos, como a los tiburones? Yo sólo le he puesto uno que trajo C de los chinos para gastar una broma.
  • No, imbécil, digo los miembros grandes: brazos y piernas.
  • Es que lo que quedan son sobras… Los tiré esta mañana al contenedor de reciclaje porque andaban desemparejados.
  • ¡¡Cagüen todos los elfos calvos!! Tú trae las tripas, que ya veremos cómo lo arreglamos.
  • ¡En seguida, A!

A se asoma al contenedor, y reflexiona en voz alta.

  • Hostia, pues es verdad. No hay dos brazos ni dos piernas iguales. Bueno, para los miembros superiores me las apaño con estos de orangután, que parecen en buen estado. El muchacho no va a ser muy hábil, pero se podrá rascar a gusto muslos y entremuslos.
  • ¡A! ¡A! Aquí están las tripas de 10 metros. Ondia, ¡qué brazos más raros!

Le cae una colleja a B

  • ¡Ay!
  • Tú, fíjate en lo que te tienes que fijar, y déjate de bacinerías. Trae dos piernas, a ver cómo lo arreglamos. No, del reciclaje no, que no hay ninguna que sirva.
  • ¿Entonces?
  • Acércate al control de calidad, y a ver si han retirado alguna esta mañana, o ayer. Mientras, voy a meter las tripas.

Se asoma B por una puerta, y grita.

  • ¡A!
  • ¿Qué, Beeeeeee?
  • Hay dos piernas, pero una es de la talla 84 y otra de la 86.
  • ¿Y los pies?
  • Uno del 45 y otro del 47.
  • ¿Pero son simétricos? ¿Un pie izquierdo y otro derecho?
  • Sí. Pero estaban en la papelera, y creo que es porque tienen los dedos…
  • ¡¡Me importan dos chorras cómo tenga los dedos!! Lo dotamos de una dosis extra de pereza y así no le dará por usarlos. Ni se va a enterar.
  • Tienes razón, A. Además, con las piernas de diferente talla, mejor que no le dé por correr.
  • Tú hazme caso, que tengo experiencia. Que a los jóvenes os enseñan todo eso de la calidad, y os encegáis. Hale, ve montando.

Pasa unos diez minutos.

  • ¡Elfos, qué hambre tengo! Menos mal que estamos acabando.
  • Ya sólo nos falta el cerebro.
  • ¿Cerebro? ¡Ya decía yo que nos faltaba algo!
  • Sobre todo, a ti, B. Venga, ten un poco de iniciativa, ¡puto gnomo sobrealimentado! Seguro que donde has encontrado las piernas hay cerebros.
  • Lo que tú digas, A. Voy a mirar.

B se aleja. A está concentrado en los accesorios: una dosis extra de pereza, poco apetito para que no eche músculos y se le rompa el chasis, … Al menos, ha encontrado dos ojos del mismo color. Uno hipermétrope y el otro astigmático, pero tampoco se puede tener todo.

B se acerca con un cerebro en las manos. Cuando está a unos cuatro metros, tropieza con el envoltorio de las tripas, el cerebro cae sobre su pie, y se lleva una patada de B en plan remate a puerta. La masa gris sale rodando por el suelo. A la para con el pie, se agacha, la recoge y se la queda mirando mientras frota las circunvoluciones cerebrales con las mangas de su bata blanca. O, mejor dicho, la bata que era blanca anoche cuando entró de guardia.

  • ¡Qué grande! ¿Dónde lo has encontrado? ¿En control de calidad?
  • No, A. He tenido que ir hasta diseño. Es un modelo que se llama Proto no sé qué.
  • ¿Proto? ¿No será Prototipo? ¿Y no ponía algo de que no se podía utilizar para producción?
  • Bueno, había letras, pero eran pequeñitas y con el hambre, pues no me apetecía leer.
  • ¡Joder, qué suerte la mía! ¡Trae otro, que éste además anda abollado por la parte del prefrontal!
  • No hay, A.
  • ¿Cómo que no hay, B? ¿Quieres decir que en la cadena de producción hacen humanos sin cerebro?
  • Pues no lo sé, A. Como es mi primera semana…
  • ¡A tomar por culo, que nos van a cerrar la cafetería!

A abre el cráneo por la bisagra superior, lo mete dentro tras soplarle alguna que otra pelusilla, cierra con la fontanela súper-adhesiva, va a coger la cabellera, y se da cuenta de que sólo quedan kits pilosos púbicos. Le pone tres: uno en cada lateral y otro en la parte superior. Cuando llega a la parte de arriba se le acaba el tubo de pegamento, así que extiende el poco que queda. Tampoco vendrá de un alopécico más o menos. Y con vello púbico en el cráneo, mejor que se quede calvo cuanto antes.

Coge un cordón umbilical del colgadero de cordones, y lo pega al ombligo.

  • ¡Beeeeeeeeee!
  • ¿Qué, maestro?
  • Empaqueta esto en una placenta, y llévalo a envíos urgentes, que yo me voy a comer. ¿Te pido una hamburguesa, una chuletas, qué?
  • Soy vegano, maestro.
  • ¡Cagón tos los ancestros de los dioses del Olimpo! ¡Vaya suerte la mía! Y aún me quedan ocho horas de guardia…
  • Pídame una ensalada, maestro.
  • ¡Un pijo, te voy a pedir yo! Venga, lleva al infeliz este a envíos, y luego vienes a la cafetería.
  • Como si ser vegano fuese…
  • ¡¡Te estoy oyendo, Beeeeee!!

Un par de horas después, mi madre acunaba en sus brazos un bebé de seis kilos, seis.


NB.- En la imagen de cabecera, podéis ver a A, B y C comiendo en la cafetería.

 

Gracias por dejar un comentario. Nota que no se aprobarán aquellos que superen las 250 palabras, o contengan afirmaciones no demostradas. Por ejemplo, si afirmas que la madre de algún personaje público ejerce la prostitución, tendrás que aportar pruebas.

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