Jubilados vs doctores: la primera, natación


Ayer me acerqué por el Casino para echar la partidita con los amigos. Me senté con Atufado y Alien, que andaban discutiendo de si el presidente del Gobierno debe, o no, aceptar pirañas en su bidé. El camarero, Antonio, que ya me conoce, me preguntó desde la barra si podía ir bendiciendo mi café. Obviamente, le dije que ya iba tardando.

Abro inciso. Para la gente poco religiosa, explico en qué consiste la bendición del café. Se prepara una taza de café solo muy corto, y se deposita en una superficie, a poder ser, plana. El oficiante, Antonio en este caso, agarra una botella destapada de algún espirituoso inocente – o sea, blanco y transparente – como orujo o cazalla, y lo agita sobre el café recitando “yo – sacudida – te – sacudida – bendigo – sacudida -”, como si la botella fuese uno de esos sonajeros que utilizan los curas para echar agua (agua, ¡qué poco savoir vivre!) bendita. El resultante es algo menos que un carajillo, que es un invento del diablo (a quién se le ocurre ponerle diminutivos a según qué cosas), pero mucho más espiritual que un triste café solo. Cierro inciso.

El Alien, que es un portento ese muchacho, lástima que sea tan feo, me preguntó cómo me había ido esa mañana en el hospital, con el traumatólogo.

Ya que estamos, lo cuento en público para que los jovenzuelos entendáis un poco mejor la perspectiva senior de esa animadversión entre médicos y viejunos.


Hace una semana que recibí una carta del hospital del pueblo, notificando que debía pasar por Traumatología o atenerme a las consecuencias. Eso me desconcertó, porque ya estoy en tratamiento con el departamento de psiquiatría por eso de las tonterías que se me ocurren que, según el Doctor Sugrañes, son culpa de mis traumas de infancia. ¿Más traumas? ¿Y habían hecho todo un departamento sólo para curar traumas? ¿Tan mal estábamos los del pueblo del órgano de colocar la boina?

En fin, como no era cosa de ofender a la sanidad pública con mi ignorancia de su carta, me acerqué a la hora convenida. Puntualmente, una voz femenina me llamó por el interfono y me dijo que me dirigiese a la consulta. Que, ya que estamos, ¿no podrían ponerles un nombre a las consultas?

  • Don Bigardo baladre, diríjase a la consulta Viriato. – Por poner un ejemplo.

Pero no, despistan diciendo cosas como:

  • Señor Baladre, acuda a la consulta GX06.­

Luego se extrañan de que nos perdamos y acabemos, por poner un ejemplo, en la GH06, que resulta ser de Ginecología. Algún ginecólogo se ha llevado un susto cuando me ha visto con las alpargatas en el estribo, pero no escarmientan.

A lo que iba, que a la tercera atiné con la oficina en cuestión. Había allí un muchacho con el pijama habitual y una bata blanca, que por el acento no era de mi pueblo, y por el color de piel, tampoco de mi continente. Parecía majete, pero ya se sabe que la primera obligación del jubilado es escurrirse vivo de la consulta del médico, mintiendo todo lo que sea necesario. No es nada personal, sólo un derecho reconocido por el no sé qué de Ginebra.

  • Buenos días señor Baladre, ¿cómo está usted?

Ya empezamos con las preguntas trampa. Estás en el médico, así que no puedes decirle que estás bien, y si le dices que está mal, acabas con un tacto rectal.

  • Bueno, he tenido siglos mejores, pero vamos tirando como podemos.

Sin compromisos. Si quiere saber algo que se lo curre.

  • Me refería a su lumbalgia.

¡Acabáramos! Hace tres o cuatro meses me dio un dolor de riñones de esos que parece que tengas cuatro testículos en la espalda y te los estén quitando con un escoplo. Mi mujer se empeñó en que fuese a urgencias. Allí tengo que reconocer que me lo medio apañaron, y me dijeron que ya haríamos seguimiento. Pues eso, ahora se despiertan éstos. Se ve que me tomaron en serio cuando les dije que tenía unos putos gnomos con martillos pilones traumatizándome la espalda, y coherentemente, aquí estoy: en traumatología.

  • Ah, eso. Pues bien, hace tiempo que no me duele.
  • ¿Le suceden lumbalgias con frecuencia, don Bigardo?

Yo me lo vi venir, e intenté una estrategia preventiva.

  • Sólo cuando hago ejercicio, doctor.

Me ignoró totalmente, que es una habilidad que adquieren rápido, los jodíos estos.

  • Pues tiene usted que hacer ejercicio.
  • Si ya quería yo prepararme para las olimpíadas de 2020, ¿sabe usted? Pero la lumbalgia me fastidió el plan de entrenamientos, y he acabado relajándome un poco…

Efectivamente, me estaba ignorando, porque el tipo siguió a la suya.

  • Debería usted practicar natación.

Cuerpo a tierra, que el tío dispara a dar. Y es que una vez decidí hacerle caso a un traumado de estos. Os lo cuento también, ya que estamos.

Recuperé un bañador que me regaló mi mujer, y yo escondí para que no lo encontrase y le diese la mala idea de llevarme a la playa. Claro, que cuando me lo compré no había una barriga que presionase la cinturilla, y yo tenía unos músculos que rellenaban los camales.

Equipado con eso y una toalla, me dirigí a la piscina municipal, compré un Bono – que no sé yo por qué les llaman como al Presidente, sería aficionado el hombre – , me cambié en el vestuario y salí.

Se me acerca un jovenzuelo, que afirma ser monitor, y me pregunta si soy nuevo. Le digo que no, que ya estoy muy usado. Insiste en si había ido antes a la piscina, le aclaro que ni de coña, pero que estoy allí porque mi médico dice que el agua arreglará mi espalda. Me dice que vale, pero que me ponga el gorro. Entiendo que se refiere a la boina, y le digo que la he dejado en el coche.

  • Pues sin gorro no se puede bañar.
  • ¿Y eso?
  • Es por higiene.
  • Pero si llevo la barba limpia de hoy.
  • Es por los pelos.

Me lo quedé mirando por si iba de guasa, pero el individuo estaba totalmente serio. Entonces me fijé en que, efectivamente, todos los vejestorios que chapoteaban en la piscina llevaban una especie de condón de colorines en la chaveta. Vale, lo entiendo para otros, pero si fuera por cabello, yo tendría que ponerme traje de neopreno para tapar todo el cuerpo, excepto la cabeza. Para entendernos, las zonas más pobladas de mi testa son la barbilla, las orejas y las cejas, y no necesariamente en este orden. En cuanto a mi espalda, podría pasar por una capa de piel de oso. Pero lo que necesito según el enterao éste es un gorro.

Se me ocurrió una excusa.

  • ¿Tienen de la talla 64?

Encontrar boinas de mi talla cuesta un montón, no iban a tener gorros.

  • Es talla única, pero son muy flexibles.

Transigí finalmente, ¿qué otra cosa podía hacer? Ahora, ya os digo que disfrutar, lo que queremos decir cuando decimos disfrutar, de momento yo no estaba disfrutando. Me encasqueté, no sin muchos esfuerzos, el puto gorro que adquirí por unas perras en la oficina de la piscina.

No sé si os lo habéis puesto alguna vez, pero es como meter la cabeza en un torno. La cosa esa tira de la frente hacia arriba, de las orejas para dentro, y te junta el cogote con el pescuezo. Eso sí, abre tanto los ojos que parece que te fijas mucho.

Volví a la piscina con el condón coloreado – de fucsia, según me dijo la chica que me lo vendió – puesto. Me señala el pitiminí uno de los carriles y me dice que es el mío.

  • Pues si ese es mi carril, dígales a esos tres que se salgan, que a mi me gusta tener espacio.
  • Es que el carril es compartido.
  • ¿Y ese de ahí que está vacío?
  • Ese es para natación de competición.
  • Yo me estoy preparando para las olimpíadas de Madrid.

Me miró como con asco – debía de ser del Atleti, o algo – y repitió que ese era mi carril. Para mí que cuando Cervantes escribió el soneto, estaba pensando en el personajillo este: luego, incontinente, caló la gorra, requirió el manguito, miró al soslayo, fuese y no hubo nada.

De modo que, abandonado a mi suerte, esperé a que no hubiese nadie cerca, entré en la piscina, y observé horrorizado que el bañador hacía burbuja. Es decir, los camales se hinchan como manguitos y tiran de tu culo hacia la superficie, mientras parece que lleves unos bragueros del siglo XVIII, pero sin cortes. Disimuladamente, estiré la tirilla de la cintura del bañador por atrás, y emergió una burbuja gigantesca de mi baja espalda, justo en el momento en que pasaba el monitor por allí. Me lanzó una mirada francamente asqueada, pero yo ya había metido la cabeza en el agua para disimular.

Por cierto, tengo que aclarar que a mí me enseñaron a nadar braza, y nada más. Y tampoco braza, braza, sino braaaaazzzzzaaaaaa.  Es lo mismo, pero sin prisas. O sea, que puedo elegir entre nadar como una rana peluda en un mal día, o jugar al submarino hundido. De modo que me tiré cuarenta minutos creando un atasco tras otro con mi braza lenta, y recibiendo manotazos en los pies de los que nadaban más rápido que yo, que eran todos.

Cuando ya me cansé de ser mirado con malos modos, golpeado, y humillado, salí del agua. Inmediatamente se me acerca el monitor y me suelta:

  • ¿No me dijo usted que tenía dolor de espalda?
  • Pues sí.
  • ¿Entonces, por qué ha estado todo el rato nadando braza? Es lo peor que se puede hacer para el dolor de espalda.
  • ¿Cómo?
  • Claro, ¿no sabe usted que para la lumbalgia hay que nadar de espaldas, o si no sabe, crol, pero nunca braza?
  • ¡Joputa!

El cabronazo aún sonreía satisfecho cuando cayó al agua, del puñetazo que le di en el pecho. Corrí de la piscina a toda pastilla, pasé por el vestuario para recoger mi bolsa, salí al aparcamiento y me marché sin quitarme ni siquiera el gorro de baño.

Efectivamente, después de la sesión de braza pasé dos semanas de baja con unas dolorosísimas contracturas en los hombros, y la ciática en celo. Entenderéis, por tanto, que yo no estuviese dispuesto a volver a una piscina, al menos desarmado.

De modo que le dije al traumatero:

  • No sé nadar, doctor, y el agua me da mucho respeto.
  • Ah, pues entonces tendrá que salir a caminar.

—————–

Ya os contaré otro día como acaba la historia, pero la moraleja es que el gran adversario del jubilado es el médico especialista. Da igual en qué se haya especializado. Por eso los viejunos nos confabulamos contra ellos haciendo acopio de argumentos, e intercambiando entre nosotros métodos de éxito. Pero eso ya os lo cuento otro día, que ahora me siento en pecado y necesito otro café bendecido.

¡A más verse!

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