La Revolución mundial de 1917. Una síntesis


La Revolución Rusa de 1917 fue un evento que ocurrió en el lugar equivocado y en el peor momento posible: ni Rusia cumplía las condiciones para una revolución marxista, ni la Primera Guerra Mundial parecía permitir veleidades como un cambio radical de gobierno.

La consecuencia es que rápidamente el bolchevismo fue abandonando por el camino tanto la idea de una utopía socialista, como su internacionalismo. Su único objetivo entre 1920 – cuando los bolcheviques vencen a los aliados y a las fuerzas rusas blancas – y 1945 fue mantener el poder mediante su gran innovación: el partido leninista.

Así, intentó exportar su modelo en Europa, cosechando fracaso tras fracaso, hasta que el propio capitalismo le brindó involuntariamente la posibilidad de expandirse al abandonar la Unión Soviética, para que luchase en solitario frente al ejército alemán.

Fue el Ejército Rojo el que realmente ganó la guerra para mayor gloria de los EEUU de América, que se afianzaron como el mayor prestamista mundial. Y es, quizás, la mayor ironía que en su competición con el capitalismo, le proporcionase a éste sus 30 mejores años de crecimiento.


Eric Hobsbawm concibe la Revolución Rusa de 1917 como hija de la guerra del siglo XX, que acaba por convertir los procesos revolucionarios en una constante mundial para, al final, terminar siendo la salvadora del capitalismo global (Hobsbawm, 2018, pág. 62 y 91).

Partiendo de esta perspectiva, he dividido su período de influencia en este siglo XX corto en cuatro fases: el contexto bélico del bienio 1917 y 1918, un período inicial en el que se produce un efecto contagio de la revolución, los intentos – generalmente fallidos – de exportar intencionadamente su revolución en el período de entreguerras, y finalmente la consolidación de la condición de superpotencia de la URSS con su expansión neocolonialista.

La segunda dimensión es el contexto económico, político y social en cada continente. El efecto fue muy diferente en una Europa de fuerte nacionalismo, en la que las grandes potencias todavía mantenían sus imperios, mientras Asia y África todavía se encontraban en gran parte controlados por las potencias vía colonialismo, EEUU acababa de convertirse en potencia mundial gracias a la guerra, aunque manteniendo su aislacionismo, y una América Latina que se encontraba en una etapa de búsqueda de estabilidad tras salir de la dominación ibérica.

Bienio final de la I Guerra Mundial (IGM): 1917-1918.

A principios del siglo XX Rusia era un imperio de enorme extensión, fundamentalmente agrícola, escasamente industrializado, con unas vías de comunicación muy deficientes. No se daban las condiciones para una revolución burguesa como la francesa de 1879, o la gloriosa inglesa del siglo XVIII, ni mucho menos una revolución obrera de corte socialista como la había pensado Marx. No en una sociedad de burguesía escasa y débil, con un proletariado prácticamente inexistente.

Sin embargo, la revuelta de 1905 había puesto en jaque al imperio, y la revolución de marzo de 1917 había forzado la abdicación del zar. En ese vacío de poder, fue relativamente sencillo para los bolcheviques ocupar el gobierno en octubre (Hobsbawm, 2018, pág. 69).

Así como en Rusia la decisión de participar en la Primera Guerra Mundial (IGM) partió de las élites con el rechazo popular, hasta 1916 – en que la dureza de la guerra cambió esa perspectiva – la Europa de los imperios vivió en un clima de exaltación patriótica. Cuando cayeron los imperios vencidos, se instauró una época de inestabilidad que parecía el caldo de cultivo adecuado para la revolución proletaria. Por ello, al diseñar el nuevo mapa del mundo, los vencedores se aseguraron de cerrar un cordón sanitario alrededor de Rusia con la creación de estados basados en sentimientos nacionalistas exacerbados, que todavía subsisten en forma de populismos excluyentes.

En paralelo – con gran enfado de Italia – Gran Bretaña y Francia se repartían las colonias de los vencidos, que ya habían distribuido en ocasiones mediante acuerdos secretos anteriores como el de Sykes-Picot (Veiga Rodríguez, 2009, pág. 54). Cuando las fuerzas expedicionarias regresan a sus países con experiencia militar, se producen movimientos revolucionarios en el contexto colonial.

En China, el imperio no había soportado la presión comercial de las potencias europeas y al colonialismo de Japón, acabando por instaurar una república.

Período inicial: efecto contagio.

El objetivo de Lenin había sido la revolución socialista mundial, una visión internacionalista basada en el ideal marxista de la sociedad sin clases. Pero el secreto de la supervivencia del gobierno bolchevique sería su gran innovación política: un partido único dirigido por profesionales, jerárquico, activista, disciplinado (Hobsbawm, 2018, pág. 83). Es el modelo que intenta imponer la III Internacional Socialista en 1920, hasta acabar expulsando otros movimientos más moderados, o simplemente con un modelo diferente de partido.

Desde 1918 se había producido un efecto contagio en todos los continentes, visualizado en los correspondientes partidos comunistas. Así, se crean efímeros gobiernos de inspiración revolucionaria en las naciones resultantes del desgajamiento de los imperios europeos vencidos, o en Latinoamérica estallan revueltas estudiantiles. Incluso aparecerían movimientos en EEUU apoyados por descendientes de inmigrantes finlandeses, y los trabajadores del tabaco en Cuba formarán soviets.

Pero el modelo soviético también había demostrado la posibilidad de triunfo. Líderes como el mariscal Josep Broz “Tito” tomaron buena nota de ello, al igual que otros fundadores de movimientos de liberación nacional en Asia y África.

En China, mientras tanto, se había establecido una alianza entre el Kuomingtang, que aceptó tanto la ayuda militar como el modelo soviético, y el Partido Comunista Chino (PCC) en la guerra civil.

No obstante, nada de esto ocurre sin resistencia. Además del cerco de pequeños estados nación nacionalistas en Europa, se crean cuerpos de lucha contra los grupos revolucionarios, y se apoyan con mayor o menor disimulo comandos de acción directa, como los Freikorps que asesinaron en Alemania a Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht el 15 de enero de 1919 (Martínez, 2017).

Período de entreguerras: insurrecciones fallidas.

Después de 1920 ya parecía claro para todos que la revolución no sería ni socialista, ni universal (Hobsbawm, 2018, pág. 72). La prioridad era la consolidación de los bolcheviques en el poder, y el crecimiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) que, ya bajo el mandato de Stalin, iniciaría un drástico plan para industrializar Rusia a costa de su campesinado y de costosas depuraciones del partido comunista.

Stalin

Sin oportunidades para expandirse directamente por la fuerza, la URSS sostiene y financia intentos de golpes armados allá donde existe una oportunidad: en Alemania y Bulgaria (1923), Indonesia (1926), China (1927), Brasil (1935), o incluso financia movimientos con objetivos alejados del modelo soviético ruso, como el sostén económico del Congreso Nacional Africano en su lucha contra el apartheid. Todos ellos fracasan (Hobsbawm, 2018, pág. 78).

Post II Guerra Mundial (IIGM): expansión del comunismo y guerra fría.

Si la IGM proporcionó el contexto para la Revolución Rusa, fue la IIGM la que posibilitó la expansión de la URSS y su consolidación geoestratégica como la otra superpotencia mundial, enfrentada a EEUU y sus aliados.

Como afirma Hobsbawm, salvó militarmente al capitalismo al soportar el peso de la guerra en el frente del este europeo, y vencer, pero también al proporcionar “un incentivo al capitalismo para reformarse… y abandonar la ortodoxia del libre mercado” (Hobsbawm, 2018, pág. 91).

En los países del este de Europa que invadió en su lucha contra el nazismo estableció áreas de influencia, y en algunas de los estados-nación creados para aislar la revolución consiguió mediante subterfugios políticos y la fuerza militar – es decir, amenazando con el uso de la fuerza, o ejerciéndola – establecer gobiernos títeres. Antes de 1950 ya estaba formado el llamado Bloque del Este con gobiernos soviéticos en parte de Alemania, Polonia, Bielorrusia, Ucrania, Checoslovaquia, Bulgaria, Hungría, Países Bálticos, Moldavia, …

Otros movimientos nacidos de fuerzas partisanas y del método de guerrilla triunfaron en Yugoslavia (Tito) y Albania (Hoxha).

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Frente a esta expansión del modelo soviético, EEUU reaccionó mediante financiación condicionada[1], la creación de la red militar de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN, en 1949), la intervención militar o encubierta contra cualquier amenaza comunista a lo largo del mundo, y la caza de brujas del macartismo a partir de 1950. Al finalizar la IIGM, la situación era la de la llamada Guerra Fría, en la que se rehuía el enfrentamiento directo entre la URSS y EEUU, pero se luchaba de continuo en terceros países: guerra de Corea, de Vietnam, Guatemala, Angola, Cuba, y un largo etcétera.

En China, tras una larga guerra civil, finalmente triunfa el Partido Comunista (PCC) y se proclama la República Popular China en 1949, aunque posteriormente este país, liderado por Mao Ze Dong, acabaría tomando otro derrotero independiente de la URSS, construyendo su propio modelo, más adecuado para alcanzar sus objetivos.


La conclusión es que en la década de los años 50 aproximadamente un tercio de la población mundial vivía en regímenes comunistas, inspirados en mayor o menor grado en la Revolución Rusa de 1917. Mientras tanto, y dentro del clima de guerra larvada entre el comunismo y capitalismo, este último se había reformado, proporcionando a los países capitalistas los treinta años de mayor crecimiento de la historia reciente.


[1] Como el Plan Marshall, que excluía a países liderados por partidos comunistas.


Referencias y bibliografía

Conferencia de Paz de París (1919). (s.f.). Recuperado el 15 de marzo de 2019, de Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Conferencia_de_Paz_de_París_(1919)

Figuerola Garreta, J. (2009). La Gran Guerra y la Revolución Rusa. Barcelona: UOC.

Hobsbawm, E. (2018). Capítulo II – La revolución Mundial. En Historia del siglo XX 1914-1991 (págs. 62-91). Barcelona: Planeta, SA.

Martínez, J. L. (13 de enero de 2017). El asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, crimen de la socialdemocracia. La izquierda diario. Recuperado el 14 de marzo de 2019, de https://www.laizquierdadiario.com/El-asesinato-de-Rosa-Luxemburgo-y-Karl-Liebknecht-crimen-de-la-socialdemocracia

Veiga Rodríguez, F. (2009). El mundo de entreguerras. Barcelona: UOC.

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