1933: discursos de Roosevelt y Hitler


Parece que nos encaminemos a repetir la Historia, con unos EEUU de América cada vez más aislados y mirando hacia dentro, permitiendo en Europa la aparición de lo que se tiende a denominar “Democracias iliberales”, probablemente porque la expresión “democracias limitadas con un fuerte componente ultranacionalista” suena bastante peor, además de ser más largo. En palabras de Viktor Orban (2014):

“Crear un Estado iliberal, un Estado no liberal que no rechaza los principios fundamentales del liberalismo tales como la libertad, y podría listar unos cuantos más, pero que no hace de esta ideología el elemento central de la organización del Estado, sino que, en cambio, incluye un enfoque diferente, especial, nacional”. 

Citado por Joaquín Estefanía. El País, 23 de junio de 2019: La crisis de los 20 años

Lamentablemente, en este tiempo se convierte en un imperativo recordar, y comparar. No sólo los contextos históricos, sino incluso las actitudes. Por ejemplo, ¿se imagina alguien a algún mandatario europeo de 2007 acusando tan abiertamente a la banca de su responsabilidad en la crisis, como lo hizo Roosevelt?

Con ese ánimo traigo aquí el comentario de dos discursos de 1933: el de investidura del presidente F.D.Roosevelt, y el primer discurso tras ser nombrado canciller de la República de Weimar de Adolf Hitler.


1)     Discurso de investidura del presidente Roosevelt, 4 de marzo de 1933.

Nuestra más ardua tarea, la primera, es hacer que el pueblo vuelva al trabajo. No es un problema insoluble si nos enfrentamos a él con prudencia y valentía. Puede realizarse en parte mediante la contratación directa por parte del gobierno, actuando como en un caso de guerra pero dirigiendo estos esfuerzos hacia los trabajos más necesarios para estimular y reorganizar la utilización de nuestros recursos naturales. […]

Por último, en nuestro camino hacia la recuperación del trabajo necesitamos dos garantías para impedir que vuelvan los males anteriores: debe haber una supervisión estricta de todas las operaciones bancarias, así como de los créditos e inversiones; hay que poner fin a la especulación con el dinero del prójimo y establecer las disposiciones necesarias para contar con una moneda adecuada y saludable. […]

Como último recurso para afrontar la crisis pediré al Congreso un poder ejecutivo amplio para librar la guerra contra esta emergencia, con un poder tan grande como el que me sería conferido si de hecho fuésemos invadidos por un país extranjero.”


Más que ante un discurso de investidura con un programa de gobierno detallado – del que, probablemente, Roosevelt no disponía – estamos frente a una arenga que intenta crear un contexto de lucha contra la depresión económica. Ya la primera frase es clarificadora: “Este es un día nacional de consagración[1], y se refuerza con la conocida proclama, poco después, de “Sólo debemos tener miedo al propio miedo”. El recién investido presidente utiliza un tono de movilización, con múltiples expresiones bélicas para disponer a su pueblo a la acción: “Esta nación pide acción, y acción ahora”, “…tratando el trabajo como trataríamos la emergencia de una guerra”, “Debemos actuar, y actuar rápidamente”, “Estas son las líneas de ataque.”, o incluso “…como si estuviésemos de hecho siendo invadidos por un enemigo extranjero”.

Los argumentos del discurso se estructuran básicamente en cuatro líneas: no sois responsables porque “el pueblo de los Estados Unidos no ha fallado”, los responsables son sólo aquellos que “han fallado por su propia obstinación y su propia incompetencia”, existe una solución que requiere un “amplio poder ejecutivo para librar una guerra contra la emergencia”, pero ante todo “…enfocamos nuestras dificultades que conciernen, gracias a Dios, sólo cosas materiales”. Con ello acota y desmitifica los problemas, identifica a los responsables, proporciona una vía de solución, y finalmente impele a la acción.

Todo esto no deja de sorprender, ¿qué impulsa a un mandatario recién investido a emitir un discurso de ambiente bélico en tiempos de paz? En octubre de 1929 se habían producido los conocidos días negros de la bolsa norteamericana como consecuencia de la explosión de una espiral especulativa causada, entre otras razones más profundas, por la llegada a la empresa norteamericana de “un número excepcionalmente alto de promotores, arribistas, impostores y todas sus supercherías” (Galbraith, El crash de 1929, 2013, pág. 206).

Este crac deviene tras doce años de mandato republicano de 1920 a 1932, con la aplicación de las normas liberales disponibles en su armería ideológica: bajadas de impuestos a la gran empresa, suspensión de las leyes antimonopolio, y abundancia de excedentes de capital buscando su rentabilidad en la especulación. A ello se superpone el fundamentalismo religioso dominante en los 5 primeros años de la década, que se plasma en normas morales legisladas. El mejor ejemplo es la prohibición de bebidas alcohólicas, sobre cuyas consecuencias no es necesario extenderse.

El último presidente republicano al que le tocó lidiar con ello, Hoover, fue incapaz de mejorar la situación. El demócrata Roosevelt, precedido por el prestigio obtenido como gobernador del estado de Nueva York, ganará ampliamente las elecciones de 1932 y se enfrentará a la situación armado con un símbolo – el New Deal -, la influencia del economista J.M.Keynes, un círculo importante de grandes asesores – el Brain Trust – y grandes dosis de improvisación (Galbraith, Historia de la economía, 2007). Pero entre sus armas destaca la del gobierno como actor y supervisor económico en tiempos de crisis, lo que explica su justificación de una economía de guerra. La implicación del gobierno en la economía del país es una idea de franca heterodoxia, que en cualquier otra circunstancia hubiese sido rechazada por la muy liberal élite industrial norteamericana.

Es en este contexto en el que deben entenderse los párrafos extractados del discurso que se proponen para análisis. En el primer párrafo, se habla de acción y trabajo, y se desliza el planteamiento del Estado como actor económico reclutando fuerza laboral para ejecutar proyectos de estimulación y reorganización del uso de recursos. Es decir, el Estado como proveedor de infraestructuras, y a través de ello, empleo directo y estímulos a la actividad privada.

El segundo párrafo se dirige directamente hacia el sector que más influyó en la propagación de la crisis: la banca. Declara que debe existir una supervisión de las actividades bancarias para evitar los riesgos especulativos en el sector, anunciando la separación entre banca financiera y de depósitos para proteger tanto los ahorros como la economía productiva. También incluye en el paquete de medidas el establecimiento de provisiones para proteger la moneda.

El último es la reclamación de un amplio poder ejecutivo para gobernar mediante decretos si las Cámaras no actúan. Es el punto en el que mayor incidencia tiene la imagen de una economía de guerra.

En conclusión, es un discurso atípico, beligerante, exigente y al mismo tiempo reconfortante, que prepara a los distintos actores para una actuación nunca vista en tiempo de paz en EEUU: el gobierno federal estadounidense dirigiendo la economía con amplios poderes.

Es una arenga, y su representación, el nuevo contrato social: el New Deal.

2)     Discurso de Hitler, febrero 1933

El 19 de noviembre de 1932, el presidente Hindenburg recibe una solicitud firmada por veinte signatarios, de los cuales al menos cuatro son miembros de la élite industrial y terrateniente de Alemania, y apoyados por otros miembros poderosos de la sociedad de forma más discreta. Franz von Papen, el canciller que apoyó a Hitler frente a Hindenburg a cambio de una – luego se vería – efímera vicecancillería, fue otro elemento decisivo (ArchivoFernández-Xesta, 2014). Como no, el temor a socialismo y comunismo – que en conjunto alcanzaron casi tantos votos como el partido nazi en julio de 1932 – fue un elemento decisivo en la decisión final de Hindenburg y de la cúpula del capital alemán.

El discurso se sitúa el 1 de febrero de 1933, pocos días después del nombramiento como canciller de Adolf Hitler, y empieza así:

Más de catorce años han transcurrido desde el infortunado día en que el pueblo alemán, deslumbrado por promesas que le llegaban del interior y del exterior, lo perdió todo al dejar caer en el olvido los más excelsos bienes de nuestro pasado: la unidad, el honor y la libertad. Desde aquel día en que la traición se impuso, el Todopoderoso ha mantenido apartada de nuestro pueblo su bendición. La discordia y el odio hicieron su entrada. Millones y millones de alemanes pertenecientes a todas las clases sociales, hombres y mujeres, lo mejor de nuestro pueblo, ven con desolación profunda cómo la unidad de la nación se debilita y se disuelve en el tumulto de las opiniones políticas egoístas, de los intereses económicos y de los conflictos doctrinarios.

Adolf Hitler, discursos 1933-1938, páginas 1-3. Editorial Kamerad.

Es para él un doble triunfo. Porque, además, su designación persuade a la gran patronal de la conveniencia de su cooperación con el partido nazi. Aquí triunfan por fin los esfuerzos de Hitler para ganarse a la cúpula económica alemana. A diferencia del fascio de Mussolini, el Partido Nacionalsocialista de Hitler tuvo muchas dificultades para su reconocimiento, probablemente debido tanto al rechazo del capitalismo presente en su retórica, como a la imagen de la propia figura de su líder (Bréville, Marin, & Rekacewicz, 2011).

Lo dicho explica las ausencias en el discurso. El orador no necesita hacer referencias a acciones concretas de gobierno. Ni, a diferencia del discurso de Roosevelt, le conviene apuntar hacia la banca o los agentes económicos como culpables de la situación de Alemania. Ni siquiera se permite una mínima referencia anticapitalista. El discurso se dirige directamente a la sociedad, apoyándose en grandes conceptos nacionales y valores patrióticos. Es, sobre todo, un discurso de exaltación de su persona como caudillo capaz de resolver la crítica situación de la nación alemana.

Para comprobarlo, es útil fijarse en los elementos de la oratoria de Hitler, sobre todo en dos de sus dimensiones: el volumen y la gesticulación. Lo primero que subrayan es el orgullo del pasado frente a la vergüenza del presente, de la que culpa a quienes perdieron la guerra en 1918 y firmaron el armisticio: se exalta al mencionar a “los hombres de noviembre de 1918”. Sigue con el objetivo simbólico que justifica su acceso al poder: “la resurrección de la nación alemana”. Finaliza con algo común a la mayoría de los demagogos, el acceso al poder por un tiempo limitado como un sacrificio personal que dedica al bienestar de los demás.

Otra importante diferencia con la retórica de las sociedades democráticas es la ausencia de inclusión del pueblo alemán como agente de participación en la recuperación. Según este discurso, Alemania está inmersa en la decadencia y la degeneración económica y política, pero serán él y su – porque es el propio Hitler quien lo ha creado prácticamente de la nada – Partido quienes trabajarán para resucitar a la nación.

Tras el nombramiento, Hitler convocará nuevas elecciones el 5 de marzo de ese mismo año, y se dedicará a eliminar por cualquier medio disponible – incluidos la violencia extrema, y los recursos del Estado – cualquier frente de oposición organizada en ese mes de campaña. Poco después el parlamento, en el que obtuvo más del 47% de los votos, aprobaría la Ley Habilitante que permitía al canciller obviar las Cámaras, e incluso ningunear la propia Constitución.

En consecuencia, del discurso cabe destacar al menos tres líneas importantes. La primera, que Hitler enfoca el poder como un liderazgo personal, y no colegiado, ni compartido con el pueblo. La segunda, que su discurso de nombramiento está tan vacío de propuestas reales, como repleto de simbología: la patria, la nación. La tercera, que no es un liderazgo integrador, sino excluyente: la nación y la patria, el pueblo, todo ello se supedita a lo representado por el Partido Nacionalsocialista.

En resumen, a diferencia del discurso de Roosevelt, no es la propuesta de un líder, sino la exposición de un caudillo.


[1] Esta frase no aparece en las actas del discurso, pero sí en las grabaciones sonoras. Pueden compararse al respecto (Roosevelt, FRANKLIN D. ROOSEVELT, 32nd President of the United States: 1933 ‐ 1945. Inaugural Address, 1933) y (Roosevelt, President Franklin Roosevelt 1933 Inauguration, 1933).


Referencias y bibliografía

ArchivoFernández-Xesta. (20 de noviembre de 2014). Von Papen, vicecanciller de Hitler a cambio de permitirle su acceso al poder. ABC Actualidad. Recuperado el 17 de marzo de 2019, de https://www.abc.es/segunda-guerra-mundial/personajes/20141113/abci-franz-papenbigrafia-201411200526.html

Bréville, B., Marin, C., & Rekacewicz, P. (2011). Los años negros. los “mecenas” de Hitler y Mussolini. En Atlas histórico de LE MONDE DIPLOMATIQUE (págs. 38-39). Cybermonde.

Galbraith, J. K. (2007). Historia de la economía. Barcelona: Editorial Ariel, SA.

Galbraith, J. K. (2013). El crash de 1929. Barcelona: Editorial Ariel, SA.

Hitler, A. (1 de febrero de 1933). Adolf Hitler: discurso del 30 de enero de 1933. Berlín, Alemania. Recuperado el 17 de marzo de 2019, de https://www.youtube.com/watch?v=9t_7K6QF89o

Hobsbawm, E. (2018). Capítulo II – La revolución Mundial. En Historia del siglo XX 1914-1991 (págs. 62-91). Barcelona: Planeta, SA.

Keynes, J. M. (1919). The Economic Consequences of the Peace. Recuperado el 15 de marzo de 2019, de https://www.google.com/search?rlz=1C1CHBF_esES831ES832&ei=eJuLXO3oKo2oa9_Ln7gD&q=the+economic+consequences+of+the+peace+fecha+de+publicaci%C3%B3n&oq=the+economic+consequences+of+the+peace+fecha+de+publicaci%C3%B3n&gs_l=psy-ab.3…397837.400965..401264…0

Martínez, J. L. (13 de enero de 2017). El asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, crimen de la socialdemocracia. La izquierda diario. Recuperado el 14 de marzo de 2019, de https://www.laizquierdadiario.com/El-asesinato-de-Rosa-Luxemburgo-y-Karl-Liebknecht-crimen-de-la-socialdemocracia

Mazower, M. (2001). El templo abandonado: auge y caída de la democracia. En La Europa negra. Desde la Gran Guerra hasta la caída del comunismo. (págs. 17-56). Ediciones B.

Mazower, M. (2001). La crisis del capitalismo. En La Europa negra. Desde la Gran Guerra hasta la caída del comunismo. (págs. 125-160). Ediciones B.

Roosevelt, F. D. (4 de marzo de 1933). FRANKLIN D. ROOSEVELT, 32nd President of the United States: 1933 ‐ 1945. Inaugural Address. Recuperado el 16 de marzo de 2019, de The American Presidency Project: https://www.presidency.ucsb.edu/documents/inaugural-address-8

Roosevelt, F. D. (04 de marzo de 1933). President Franklin Roosevelt 1933 Inauguration. Washington, EEUU. Recuperado el 16 de marzo de 2019, de https://www.youtube.com/watch?v=MX_v0zxM23Q&feature=youtu.be

Veiga Rodríguez, F. (2009). El mundo de entreguerras. Barcelona: UOC.

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