Cuando Hitler y Stalin decidieron repartirse Polonia


En marzo de 1938 Hitler decidió anexionar Austria a Alemania, lo que estaba explícitamente prohibido por los acuerdos de Versalles de 1939: la famosa Anschluss. Los aliados – Francia y Alemania – no hicieron nada al respecto.

Más tarde, en la cumbre de Munich de finales de 1938, Hitler decidió anexionarse los Sudetes, parte de Checoslovaquia. Y ya que pasaba por allí, el país entero. Los aliados estuvieron de acuerdo.

Mientras tanto, Stalin llevaba cuatro años pidiendo a las potencias europeas que firmasen con la URSS un acuerdo de defensa mutua, porque se veía venir que Alemania iba a atacar tarde o temprano. Francia y Gran Bretaña se hacían los sordos porque en el fondo les hubiese encantado asistir como espectadores a una guerra ruso-alemana.

De modo que cuando Ribbentrop – ministro alemán de asuntos exteriores – ofreció a Molotov – su equivalente soviético – firmar un acuerdo por el que se repartían Polonia, y ya que estaban le regalaban a Stalin los países bálticos y vía libre para atacar Finlandia, éste no se lo pensó. El acuerdo Ribbentrop-Molotov se firmaría a finales de agosto de 1939, con un Führer convencido de que los aliados, una vez más, mirarían a otro lado.

El 1 de septiembre la Wehrmacht invadió Polonia por el oeste, y diecisiete días más tarde lo haría el Ejército Rojo por el este. Y ahí estuvo el error de cálculo de Hitler: Francia y las potencias de la Commonwealth le declararon la guerra el 3 de septiembre, y le brindó dos años a la unión Soviética para que su ejército se recuperase de las purgas de Stalin.

En resumen, un pacto contra natura entre fascistas y soviéticos que convenía aparentemente a ambos, pero que sería en definitiva la derrota de Alemania y el triunfo de la URSS, que además se quedaría con los países conquistados.


Hitler llevaba tiempo reclamando un corredor de unión entre Alemania y el entorno de Danzig, poblado por mayoría alemana, pero Polonia se mostraba inflexible ante cualquier reclamación.

Polonia era, a principios de 1939, un estado independiente. Sus límites con Alemania se trazaron al finalizar la I Guerra Mundial, en los acuerdos de Versalles. Las fronteras con la URSS, en cambio, no estaban tan claras. Ni todos los polacos quedaban dentro de ellas, ni era un estado homogéneo en cuanto a los orígenes étnicos y nacionales de su población: además de polacos, residían bolsas de mayoría alemana, ucraniana, bielorrusa, entre otras minorías. Lo refleja el Mapa 1.

Nationalities_in_Second_Polish_Republic_ca._1931.png: Based on work by Henryk Zieliński, colored and translated in June 2007 by Krzysztoflewderivative work: Rowanwindwhistler (talk) – Nationalities_in_Second_Polish_Republic_ca._1931.png, CC BY-SA 3.

Los actores principales en esta partición 1939-1940 son dos países, personalizados en sus máximos dirigentes, concentradores de un poder casi absoluto: Hitler y Stalin. Los secundarios, las otras potencias europeas – Italia, Francia y Gran Bretaña – y los propios polacos. Veamos sus motivaciones por separado, empezando por los secundarios que ayudan a comprender el contexto.

Francia, Gran Bretaña y Polonia.

Chamberlain, el Primer Ministro de Gran Bretaña, seguía fiel a su política de apaciguamiento y renuncias frente a Alemania, mientras que Francia, debilitada, confiaba en las defensas establecidas en la frontera con Bélgica, Alemania e Italia, en la línea Maginot. Ninguno de los dos Estados se sentía preparado para una guerra en toda Europa. Tampoco, por cierto, Hitler sentía el menor deseo de una guerra total.

De hecho, fue el propio Hitler quien, presumo que involuntariamente, suscitó la reacción antifascista de las masas británicas y francesas con la ocupación de Checoslovaquia en marzo de 1939 (Hobsbawm, 2018, p. 160), presionando a sus líderes. Aun así, Chamberlain seguía dispuesto a negociar con Hitler, y aunque inicia las negociaciones para alcanzar un acuerdo de defensa con Polonia, lo hace imponiendo condiciones vergonzantes[1].

En resumen, la huella de la Gran Guerra y la Revolución de 1917 pesaban excesivamente en el ánimo de sus dirigentes. En ese momento, nadie quería una guerra de ámbito europeo, ni siquiera los alemanes (Hobsbawm, 2018, p. 160).

Mapa 2 Emplazamientos defensivos de Polonia en 1939. Fuente: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Rzeczpospolita_1939_Polish_divisions.png

Por su parte, Polonia temía a Alemania, como demuestra la distribución de sus defensas (ver Mapa 2), pero no esperaba un ataque por el Este. De hecho, ya había vencido a los soviéticos en una guerra entre 1919 y 1921, que acabó con el reparto territorial del tratado de Riga (Evans, 2017, p. 678). Hitler consideraba que, a diferencia de los checos, el ejército polaco estaba atrasado, mal dirigido y peor equipado. Como se pudo comprobar después, no le faltaba razón.

Hitler.

El 23 de mayo de 1939, Hitler comenta a algunos de sus dirigentes militares:

No es Danzig lo que está en juego. El problema que se nos plantea es expandir nuestro espacio vital en el Este y garantizar el suministro de alimentos…

(Evans, 2017, p. 673)

El concepto de espacio vital (Lebensraum) es básico para entender las motivaciones nazis al inicio de la segunda guerra mundial. No se trata tan solo de expandir territorialmente Alemania, hay que hacerlo obteniendo espacio, liberado previamente de otras razas consideradas inferiores, que sólo pueden ser toleradas como esclavas y proveedoras de alimentos (Evans, 2017, p. 33).

En realidad, la decisión de invadir Polonia ya había sido tomada en marzo de 1939 (Evans, 2017, p. 672). Para conseguir sus objetivos sin correr el riesgo de la apertura de otros frentes no deseados, en mayo Alemania firma un Pacto de Acero con Italia, y tratados de no agresión con Dinamarca, Letonia y Estonia.

Pero Hitler es consciente de que necesita asegurarse la neutralidad de la URSS, que dispone de una amplia frontera con Polonia. En agosto, los ministros de Exteriores de Alemania, Ribbentrop, y de la URSS, Molotov, empiezan a discutir el reparto de Polonia, que es firmado por Stalin el 23 de ese mismo mes (Evans, 2017, pp. 673-675).

Stalin.

Desde 1934, Stalin había tratado de llegar a una alianza con Francia y Gran Bretaña, pero éstas seguían desconfiando enormemente de la Unión Soviética, a la que consideraban fuente de subversión. Ambas potencias hubiesen preferido, con mucho, una guerra germano-soviética. De igual forma y por las mismas razones, Stalin prefería una guerra europea entre Alemania, Francia y Gran Bretaña que las desgastase, sin que la URSS se viese involucrada. En realidad, Stalin era consciente de que necesitaba tiempo para armar, reagrupar y reconstruir el Ejército Rojo tras las purgas de 1937 (Veiga Rodríguez, 2009, p. 15), y así prepararse para un asalto alemán que sabía inevitable: mejor tarde que temprano (Evans, 2017, p. 674).

Por el motivo anterior, cansado de esperar un acuerdo con las potencias occidentales, temeroso de un enfrentamiento con Alemania en solitario (Hobsbawm, 2018, p. 156), cuando Ribbentrop ofrece un acuerdo de paz que, en sus cláusulas secretas, le permite recuperar territorios polacos y bálticos, Stalin lo acepta (Evans, 2017, p. 674). Inmediatamente tras la firma del pacto, y en señal de buena voluntad, los soviéticos reúnen a unos 4.000 alemanes en territorio soviético, de los cuales unos 1.200 eran comunistas, y los entregan a la Gestapo (Evans, 2017, p. 675).

La partición de Polonia.

A Hitler no le preocupan excesivamente las amenazas de declaración de guerra de Gran Bretaña y Francia en caso de invadir Polonia, porque considera a sus dirigentes cobardes y nulos (Evans, 2017, p. 672), incapaces de entrar en guerra para defender ”países distantes de los que sabemos muy poco”, en palabras de Chamberlain, referidas en su momento a Checoslovaquia (Hobsbawm, 2018, p. 159). Así, el 22 de agosto Hitler les dice a los dirigentes militares que

Francia e Inglaterra han adquirido compromisos que no están en condiciones de cumplir. En Inglaterra no hay rearme real, sólo propaganda.” 

(Evans, 2017, p. 679).

De modo que la invasión quedará fijada para el 26 de agosto de 1939, y vendrá precedida por una fuerte campaña de propaganda en la que se acusa a los polacos de maltratar de forma violenta a la población alemana en su territorio. Ciertamente, la política polaca hacia los habitantes de etnia alemana no era precisamente justa, pero se exageraron hasta lo grotesco. Siempre apuntando hacia la reunificación de Danzig, un mero pretexto, la propaganda estaba destinada al exterior, porque los alemanes ya despreciaban a los polacos, a quienes veían como personas sucias y atrasadas, competidores a la baja en el mercado laboral (Evans, 2017, p. 678).

El 24 de agosto, Hitler comunica a Mussolini sus planes. Éste, entendiendo que se le informa de hechos consumados, responde que Italia no está en disposición de ofrecer ayuda militar en caso de guerra, y se ofrece a organizar una conferencia de paz. Hitler se ve obligado a cancelar la orden de ataque del 26, cuando sus tropas ya estaban alcanzando la frontera polaca. El gobierno alemán organiza un simulacro de disposición a negociar, culpa a británicos y polacos de que se haya frustrado, y da la orden de avance para el 1 de septiembre. Antes, miembros de las SS disfrazados de soldados polacos organizan unos incidentes en la frontera para justificar el último paso.

A las 5 de la madrugada del 1 de septiembre de 1939 un acorazado alemán inicia el bombardeo del depósito de municiones polaco de Westerplatte (Evans, 2017, p. 681), el 3 de septiembre Gran Bretaña, Australia, Nueva Zelanda, Francia, Sudáfrica y Canadá declaraban la guerra a Alemania. El 17 de septiembre el Ejército Rojo, habiendo finalizado el conflicto rusojaponés en Manchuria, avanza sobre Polonia desde el este. El 28 la frontera se establece en un nuevo acuerdo, y el 6 de octubre de 1939 se rinden las últimas fuerzas polacas. Éste fue el mapa resultante (Mapa 3).

Mapa 3 By Map_of_Poland_(1945)_corr.png: User: Adam Carrderivative work: Rowanwindwhistler (talk) – Map_of_Poland_(1945)_corr.png, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=11310560

Conclusión.

La partición de Polonia, consecuencia de las cláusulas secretas – que serían negadas por la URSS hasta que llegase la glasnost – supone el inicio de la segunda Guerra Mundial. Aunque no el inicio de las hostilidades en el frente oeste, que aún habría de esperar hasta la invasión de Dinamarca en abril de 1940, debido a la extenuación del ejército alemán tras la Blitzkrieg en Polonia (Veiga Rodríguez, 2009, p. 18). Es, sin duda, la consecuencia de mayor relevancia, pero no la única.

Para la humanidad, es también el inicio de las atrocidades cometidas en Polonia por los alemanes. No en vano, el 17 de octubre, Hitler anunciaba a un grupo de altos dirigentes nazis que “… su única utilidad para nosotros es como depósito de mano de obra”. Sólo en el último trimestre de 1939, se estima que murieron 65.000 polacos y judíos no combatientes (Evans, 2017, pp. 38-39). Se convertirían más tarde en millones los fallecidos de todas las nacionalidades con la instalación de 6 campos de exterminio (ver Mapa 4).

Mapa 4 Campos de exterminio en la Polonia ocupada, 1942. Fuente: https://encyclopedia.ushmm.org/images/large/467bd15d-d804-4915-bf66-acca71f40778.gif

Tampoco el comportamiento soviético con la población ocupada resultó más humano. Ocuparon 201.000 kilómetros cuadrados de superficie, con una población de 13 millones de habitantes. De ellos, se estima que 1,5 millones fueron deportados a Siberia, siendo judíos un tercio de ellos, y 500.000 fueron encarcelados. Los fallecidos se cuentan por cientos de miles (Evans, 2017, pp. 75-76).

Por último, supone también el primer paso en la expansión de la URSS hacia occidente. Retuvo a Polonia y los países bálticos – Estonia, Letonia y Lituania, también concedidos en el acuerdo Ribbentrop-Molotov – en su área de influencia tras la guerra, además de los países del este de Europa conquistados en el avance del Ejército Rojo hacia Berlín. Una situación que se prolongaría hasta el colapso de la URSS en 1989, y una base fundamental para las estrategias durante la guerra fría.


[1] Para los británicos, el acuerdo sólo sería efectivo en caso de que los polacos no mostraran “una obstinación provocadora o estúpida” frente a las demandas alemanas (Evans, 2017, p. 671).


Referencias y bibliografía

Evans, R. J., 2017. El Tercer Reich en el poder. Barcelona: Grup Editorial 62, SLU.

Evans, R. J., 2017. El Tercer Reich en guerra. Barcelona: Grup Editorial 62, SLU.

Hobsbawm, E., 2018. Historia del siglo XX 1914-1991. Barcelona: Planeta, SA.

Judt, T., 2006. Postguerra. Una historia de Europa desde 1945. s.l.:Taurus Santillana.

Veiga Rodríguez, F., 2009. La Segunda Guerra Mundial. Barcelona: UOC.

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