Crónicas de Ptaguj (6): la familia


El MHS ya envía sus cartas directamente, sin ni siquiera tenerlo que pedir… Me siento accesorio, superfluo… Ya no pinto nada en este mundo virtual… Soy un administrador obsoleto…

Hale, ahí os lo dejo, y que sus den.


(Imagen de cabecera: monumento estadounidense a la imbecilidad)


Engreídos humanos a quienes valoro en lo que se merecen: casi nada. Pese a los repetidos engaños del felón que administra estas páginas, y que he descubierto que me proveía de aderezos para la paella valenciana en lugar de las hierbas estimulantes que le exigí, he decidido continuar ilustrándoos con los orígenes de las instituciones Gujdarianas. No lo hago por vuestro conocimiento, que, aparte del desarrollo de la tecnología genética, me importa un bledo. No, lo hago para que toméis ejemplo y seáis más conscientes de vuestra inferioridad como sociedad.

Hablemos hoy de la familia.

El principio de la familia natural Gujdariana basada en la herencia es sencillo: la abolimos.

Existía en los orígenes un modelo familiar similar al vuestro, basado en la herencia genética y material, pero aportaba graves inconvenientes. El primero de ellos es la fuerza del proceso de socialización, lo que significa que el hijo de una pareja de imbéciles será, con toda probabilidad, otro imbécil, que a su vez se reproducirá generando más imbéciles, y así hasta el infinito. Diréis que la consecuencia es que siempre hay imbéciles disponibles para quienes dirigen el estado, y eso es positivo. Tendréis razón, pero el inconveniente es que en las sociedades cerradas el producto final es una sociedad imbécil de arriba abajo, incluidos los dirigentes.

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Ejemplo de familia dirigente imbécil admirada por un pueblo estúpido.

Y si por casualidad o mutación genética sale alguien diferente en una sociedad imbécil, lo más habitual es que acabe marginado por sus congéneres, cuando no muerto. Claro que, si luego le ponéis un nombre chulo en inglés, pongamos por ejemplo Bullying, pues igual parece otra cosa y se le puede echar la culpa a individuos concretos en lugar de cambiar el sistema. Pero me estoy desviando.

Como inciso, convendría diferenciar en este escrito la imbecilidad, la idiotez y la estupidez.

  • La imbecilidad es genética. Básicamente es alguien incapaz de aprender a utilizar las herramientas a su alcance. Sería el individuo que muere de sed porque no pilla el mecanismo del botijo. En general, agredirá a cualquiera que sí sepa beber del botijo porque ni se le ocurre que podría aprender de él.
  • La idiotez es una variante de la imbecilidad, en la que el individuo sí tiene la capacidad de comprender el mecanismo del botijo, pero se niega a aprenderlo por principios, por orgullo, o por cualquier otra razón de idiota. Matará a los bebedores de botijo por subversivos.
  • La estupidez consiste, en cambio, en ser capaz de aprender los mecanismos de toma de decisión, pero no usarlos nunca por un principio superior. Es la clase de individuo que cegaría el pozo de agua para impedir que quienes vienen a llenar el botijo lo vacíen.

Imbéciles e idiotas sólo son peligrosos para sí mismos, aunque cuando alcanzan una determinada masa crítica en la sociedad pueden llevarla a la inacción, y de ahí a la desaparición. En cambio, la estupidez puede llevar a la destrucción por la vía rápida, porque el estúpido tiende a imponer a los demás su propia estupidez por la fuerza, destrozándolo todo en nombre del bien común. Cierro aquí este necesario inciso.

Sin querer entrar todavía en ello, pero sabed que la Gran Crisis Gujdarian se inició por el enfrentamiento entre cuatro clanes imbéciles de nuestro planeta, y que el nivel de imbecilidad de la vuestra ha llegado a tal punto que se está cargando el planeta del que dependéis. No es éste, por tanto, un asunto baladí. Pero de todo eso, ya hablaremos también más adelante si ello me apeteciera o apeteciese, que este lenguaje vuestro es un lío.

¿Cómo resolvimos el problema de la familia hereditaria? Preguntaréis asombrados. Pues cambiando la familia natural por la sorteada. En cada agrupación Gujdarian se forma un grupo de cría. Tan pronto salen del marsupio, nuestros retoños son depositados allí para su desarrollo.

Crecen en cachorrerías – lo que vosotros llamaríais una guardería – pero para los Gujdaris es la más valiosa de las instituciones, porque se responsabiliza del período de socialización más básico. Tanto lo valoramos, que cualquier atisbo de incompetencia entre educadores se castiga obligando al sujeto, o sujeta, en cuestión a adoptar a los cachorros, o cachorras, más insoportables y estúpidos, o estúpidas. Si después de un período de dos años el retoño, o retoña, sigue igual de insociable, todos ellos son invitados a participar en unos Juegos. Y no, no me refiero a esos Juegos de los que se sale vivo.

Cachorrería durante la hora de recreo.

Para el resto de las crías, al cumplir la edad estipulada para ser considerados infantes, y que depende de sus resultados en un examen público, son sorteados y adoptados por los adultos de su mismo sexo a quienes les haya tocado en suerte, o desgracia. De este modo, un hijo cobarde puede tener un padre valiente, y una hija menos inteligente una madre sapientísima. Estos lazos se disuelven cuando las crías alcanzan la edad adulta, y los padres y madres adoptivos son libres para repetir la experiencia si son lo bastante insensatos para hacerlo.

En cuanto a los cachorros incapaces de superar el examen de infancia pasados diez años, los entregamos a las asociaciones guerreras para que ejerzan de sparrings en los combates a vida (o sea, hasta que alguien la pierde).

Así se consigue una sociedad homogénea e igualitaria. En cambio, vuestro sistema de preservación de la herencia genética garantiza otro tipo de homogeneidad, que es la homogeneidad incultural e igualitarista, que no es lo mismo que igualitaria. Aseguráis que los padres – porque, mayoritariamente, en vuestra sociedad conserváis la trazabilidad de los genes – puedan amargar la vida de su camada proyectando en ella sus miserias. Así, como dije antes, el nivel de estupidez de cada generación pueda superar al de la anterior mediante la transmisión intergeneracional de imbecilidad, idiotez y estupidez.

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Oigo voces entre la audiencia que afirman que exagero. ¿De verdad? Recordad que en vuestra sociedad – cierto que fortalecida en este ámbito por el cabroncete de B.Baladring y su religión – cualquier imbécil puede ser padre o madre, y tomar todas y cada una de las decisiones educativas de sus hijos hasta que éstos alcancen la edad de dieciocho años.

Es decir, garantizáis por ley que el cachorro que acaba de nacer será educado según las imbecilidades (o idioteces) de la pareja de individuos de los que hereda la genética, y de ese modo reproduzca, amplificadas, las características de sus progenitores. Y para asegurar que es así, les otorgáis la condición de adultos a una edad fija, sin comprobar que, efectivamente, lo son. Luego les dais el arma definitiva de destrucción masiva, que es el voto, y os sorprendéis de lo que resulta. Genial.

Bueno, pequeñines, aquí acaba la lección de hoy. En la próxima misiva, si es que me apetece, hablaré (o no) de algo que nos encanta a los Gujdaris machos: la guerra.

Que sus den cariñosamente, baladres.

Enlace al anterior capítulo. Enlace al capítulo siguiente

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