Crónicas de Ptaguj (7): las guerras lúdicas


Para que me sintiese útil, K.Baladring me ha sugerido que me apoye en la pared para que él pueda practicar el tiro al blanco. Obviamente me he negado, y K. ha empezado a sospechar que igual ya ha contado demasiado sobre las intimidades Gujdarianas. Así que he comprado en el mercado una bolsita de perejil y se la he entregado en forma de pago, jurando que la compré en un callejón oscuro.

Así es cómo he conseguido que se digne enviar otra entrega de las Crónica de Ptaguj, espero que os complazca.


Deleznables criaturas humanas, habiéndome visto satisfecho con la bolsita de hierba de la risa que me ha entregado el Administrador Baladre, ampliaré vuestros escasos conocimientos con la explicación de las guerras lúdicas (fúnicas para quienes hablen el anglosajón) en Ptaguj.

Tened presente que sus motivaciones no tienen nada que ver con las pintorescas justificaciones que soléis utilizar los humanos para resolver por la vía bélica los conflictos a los que vuestro limitado intelecto no halla solución. Aquí no se trata de conquistar territorios, o de enemistades entre líderes. No sería posible porque a) no necesitamos más territorios, que sabemos son finitos, y b) nuestros dirigentes se odian siempre entre sí, en la misma medida que nosotros a ellos, pero eso se resuelve en el golpódromo.

No, se trata de una estrategia consciente de control de la población de machos adultos. ¿Por qué no de hembras? Pues porque la naturaleza así lo ha decidido, y por término general por cada hembra nacen tres machos. Además porque, por motivos que los machos no alcanzamos a comprender, las hembras nos han dicho que así debe ser, y que cuando seamos hembras lo entenderemos. Sospecho que nos manipulan, pero no acabo de entender cómo.

Sea como fuere, como a los machos nos encanta hacer la guerra, tampoco nos preocupamos mucho.

Entenderéis que puesto que dominamos el uso de la energía – o eso nos han dicho las hembras – no podemos utilizar armamento tecnológico. Se acabaría la diversión en un santiamén si soltásemos bombas cuánticas, por ejemplo. Tampoco le vemos la gracia a utilizar drones, o tanques, aviones, etc. porque así no se conoce gente. Es como el sexo, masturbarse con un rascador de espalda está bien, pero fornicando con los amigos se divierte uno mucho más. Pues eso mismo, preferimos las matanzas artesanales, cara a cara.

Resultado de imagen de batallas legiones romanas
Tropilla Gujdari formando para el rancho.

Entenderéis por tanto que sigamos haciendo las guerras con espadas cortas y escudos. Únicamente en caso de notable inferioridad numérica se permite el uso de armamento bélico a distancia, como los arcos y las flechas. También utilizamos caballería. ¿Cómo? os preguntaréis, puesto que no tenemos caballos. Pues muy sencillo, cuando un guerrero alcanza el fondo de las líneas, se sube encima de un guerrero del otro bando y se transforma en un caballero. Y el enemigo en caballo, claro. Esa parte de los juegos de damas y ajedrez la habéis aprendido de nosotros.

Habréis comprendido que en el campo de batalla sólo hay machos, y, como regla general, no nos rascamos la espalda porque eso distrae y a la que te descuidas tienes algún órgano apreciado de tu cuerpo rodando por ahí.

Alguien pensará que es injusto que las hembras no puedan divertirse también. Ya he explicado en capítulos anteriores por qué no es conveniente que participen directamente en el combate. En primer lugar, porque son blanditas y no duran casi nada, y en segundo y definitivo lugar porque se ponen a pensar y acaban diñándola, unas veces bajo fuego enemigo, otras incluso antes de salir del campamento. Los machos las aceptamos, pero sólo en tareas puramente femeninas y aburridas. Por ejemplo, como estrategas.

Hembra estratega celebrando una victoria.

Y así precisamente es como empezó la Gran Crisis de Ptaguj, pero todavía es pronto para hablar de ella. Un poco de paciencia, inmaduros especímenes Homo.

¿Cómo se inician las guerras? Pues típicamente, porque el Archimalandre se aburre y se dedica a buscar problemillas que resolver. Un caso típico es que algún emisario se cruce accidentalmente con una región donde la imbecilidad haya alcanzado máximos. Se identifican un par de poblados con niveles cercanos de IIEE (Imbecilidad, Idiotez, o Estupidez Endémicas) y se les ofrece un incentivo para enfrentarse.

No hace falta tampoco buscar mucho para incentivarlos, al fin y al cabo son imbéciles. En muchos casos ha bastado con prometer la vida eterna a los muertos. No os lo vais a creer, pero funciona: ¡la vida eterna a los muertos! Y, si por alguna razón, como por ejemplo la injerencia de una hembra, lo anterior no cuela, ningún líder macho se resistirá a un jamón de premio para el ganador.

Gujdaris imbéciles en el momento de darse cuenta de que eso que están atacando es su pueblo, y el enemigo está justo detrás de ellos.

La Archimalandría General proporciona el terreno, se sortean los campos, y se queda un día y una hora determinada. Obviamente, la televisión lo retransmite porque es un acontecimiento deportivo de primer orden.

Ya sabéis, como una Super-Bowl, pero sin espectadores en directo porque se producen muchas desgracias. Es que, en general, los guerreros armados hasta los dientes, y con la atopedrina – el equivalente a vuestra adrenalina – saliéndoles por las orejas, suelen llevar mal eso de que les insulten a ellos o a sus madres. Así fue cómo, en una ocasión, ambos bandos de combatientes se unieron contra los espectadores y los exterminaron. Luego siguieron a lo suyo.

Desde entonces sólo se admite la presencia de cámaras y de Gujdaris totalmente prescindibles, que una cosa es controlar el crecimiento de la población, y otra que se carguen por la buenas al Archimalandre, a todos sus herederos, y, lo que es peor, a todos sus rivales. Ni os imagináis el atasco que se organizó en el golpódromo.

Bien, hasta aquí la lección de hoy. En el próximo capítulo os contaré lo que siempre habéis querido saber, pero no os atrevíais a preguntar: ¿qué colgajos es la Gran Crisis Gujdarian? Pues a eso vamos.

Claro, que también depende de que me guste la hierba aromática que me ha traído el Administrador Baladre. Como se me antoje luego, digamos, marmitako, ahí os quedaréis con vuestras dudas.

Hale, a vuestras cosas de Homo.

Enlace al capítulo anterior. Enlace al capítulo siguiente

2 comentarios sobre “Crónicas de Ptaguj (7): las guerras lúdicas

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