Crónicas de Ptaguj (9): verdadera historia de la civilización humana


Nueva entrega de las crónicas de Ptaguj remitida por el MHS (Muy Honorable Señor) K.Baladring, esta vez explicando por qué los Gujdaris, en su elevada sabiduría, han tenido a bien llevarnos graciosamente por estos caminos de civilización.

(Pocas bromas con el engendro, que mis colgajos estuvieron en juego en la anterior publicación, y todavía no me he recuperado del susto).


Apreciados mentecatos. Notad que lo de apreciados es para quedar bien, que ni os aprecio ni nada. Y menos habiendo convivido entre vosotros desde la Edad Mediocre.

Como os iba relatando, nuestra especie, por sí misma, está condenada o bien a un cuello de botella biológico, con escasa variedad genética debido al reducido grupo de hembras supervivientes, o bien a la extinción si siguen encabezonadas en no querer tener conocimiento balístico de macho alguno. Por esta razón, nuestra especie bajó la mirada hacia el espacio exterior, y los planetas habitados que controlamos.

Por desgracia, el número de planetas de dónde podríamos obtener una solución al problema es extremadamente reducido. No existiendo ninguna especie cuya genética sea naturalmente compatible con la nuestra, y teniendo en cuenta que los machos carecemos de un yo femenino capaz de actuar con inteligencia y ser creativos, fuimos eliminando mundos que a) estuviesen muy avanzados tecnológicamente y pudiesen aprovechar la ocasión para destruirnos, o b) no lo estuviesen en absoluto y no fuesen capaces de aportar una solución tecnológica. Una vez realizado el triaje, sólo nos quedasteis vosotros, a los que habíamos calificado de lo peor de lo peor, y con razón.

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Una excepción: los insectores sí disponen de la tecnología necesaria, pero cuando la reina se enteró de que nos habíamos cargado las hembras, se puso hecha una fiera y nos mandó a tomar por un esfínter del que carecemos.

Corría el siglo XIV, y andaba por entonces G.Baladring aplicando un filtro eugenésico que bautizamos como la Peste Negra, cuando nos llegó la notificación de la Gran Crisis. Si pensamos que el mensaje llevaba algún que otro siglo vagando por el espacio desde su emisión (no diré cuantos para que ningún listillo se ponga a buscar Ptaguj en el mapa estelar), podríamos deducir que la resolución requería soluciones relativamente rápidas, siglo arriba o siglo abajo.

Durante la Edad Mediocre, forzada por la religión que el jodido B.Baladring había puesto en circulación, ya intentamos pegarle un empujón al conocimiento. Eso ocurrió allá por vuestro siglo XI. Desgraciadamente no llegó muy lejos porque teníamos dos limitaciones: las mujeres con talento eran quemadas vivas por no sé qué de brujería, y los hombres con un profundo yo femenino – o sea, inteligentes, que curiosamente los hay también – tenían que ser prelados de alto rango, o acababan también en la hoguera. Aclaro que se trataba de hogueras individuales, no fuera cosa de que al atar al poste un hombre y una mujer se pusieran a fornicar alegremente, escandalizando las almas puras de prelados, inquisidores y verdugos seglares.

Ejecución de Giordano Bruno el 17 de febrero de 1600. Y eso que era fraile dominico…

Con esas limitaciones no anduvimos muy lejos, pero por una vez nos unimos unos cuantos Hacedores de Mundos durante vuestros siglos XV y siguiente, y parimos – es un decir – el Renacimiento. La cosa funcionó hasta que nos dimos cuenta de que la humanidad se estaba centrando en cosas tan superfluas como el arte, que a nosotros nos importaba un pijo (un pijo vuestro, por supuesto). Por suerte, avanzó la política en la dirección adecuada gracias al cachondo de Nicolás Maquiavelo, cuya influencia todavía os llega en forma de no-políticas de Estado. Ahí tenéis, por ejemplo, la no-política de regulación inmigratoria de la Unión Europea, sin ir más lejos.

Pero dejando el gran avance en teoría política, la cosa no iba muy lejos porque una clase de machos que habíamos criado a nuestra imagen y semejanza – la nobleza: guerra, diversión, y poca reflexión – no paraba de poner trabas y se dedicaba con entusiasmo a frenar cualquier progreso. Ahí fue cuando decidimos ensayar en Inglaterra una pequeña revolución – que ellos calificaron de Gloriosa, aunque tampoco había para tanto – que pareció mejorar algo las cosas dejando filtrar hacia arriba algo del talento tecnológico.

Pero en el resto de Europa la nobleza insistía en divertirse, fornicar y matar como si fuesen Gujadris. Tuvimos que ponernos serios y planificar algo más rotundo. Empezamos por Francia. Lo que ocurre es que por problemas de idioma la cosa no fue todo lo bien que convenía: les dijimos que de la humanidad nos interesaba sobre todo la cabeza, y se pusieron a cortarlas.

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Un noble, todavía pensando en qué cenará esa noche. La visión de futuro nunca fue el punto fuerte de su clase.

Para cuando les explicamos que las cabezas sin algo de cuerpo debajo no servían, era tarde. Tuvimos que enviar a uno de los nuestros, N.Baladring – que vosotros conocéis como Napoleón Bonaparte – a poner algo de orden. Una vez más, como lleva ocurriendo desde el inicio de la Historia, los británicos y los españoles se opusieron a cualquier intento de civilización, echando unos a J.Baladring – más conocido como José Bonaparte – y cargándose los otros a N.

Mientras tanto, en la Inglaterra dónde habíamos ensayado la Revolución, un individuo se estaba forrando vendiendo unos telares, cosa cuya utilidad ignoro. Vimos que de esa tontá podíamos sacar provecho, e ideamos una revolución industrial que pudiera cambiar la sociedad en la dirección que a nosotros nos interesaba: si no había forma de mejorar la calidad de la especie humana, mejoraríamos la cantidad. Y así fue, al convivir más gente en menor espacio, los especímenes humanos os pusisteis a fornicar como locos, y la población empezó a crecer.

Luego vinieron las revoluciones burguesas del siglo XIX, y sobre todo la segunda Revolución Industrial y el capitalismo, a la que en Europa sólo se resistieron los españoles, reacios a cualquier cambio que no se pueda ejercer marcha atrás. El caso es que la población crecía exponencialmente, pero curiosamente el talento agregado se mantenía constante y cercano a cero en todos los ámbitos, excepto ese que tanto nos gusta, y que tan implantado lleváis en vuestra naturaleza: la guerra. Pero claro, a nosotros las bombas y demás instrumentos de matanza colectiva no nos resultan de utilidad porque os superamos ampliamente. Ahí, en capacidad de destrucción ciega, sólo nos ganáis en entusiasmo.

Secuencia en la que se aprecia la suplencia de habilidad con entusiasmo, en lo que a temas de matarse se refiere.

Se nos ocurrió una idea brillante, como no podía ser de otra forma: organizamos una Guerra Mundial, de todos contra todos, a principios del siglo XX. Así la masa creyente, de escaso valor para nuestro proyecto de creación de talento, sería eliminada. Con ello pretendíamos aislar a los especímenes más dotados intelectualmente. Pues no, las clases altas consiguieron convencer a las clases bajas, en general, para que se mataran en su nombre, con lo cual la cosa quedó peor que estaba.

Tampoco contamos con vuestra afición a las matanzas. Os gustó tanto la primera, que organizasteis por vuestra cuenta una Segunda Guerra Mundial. Como la situación se estaba volviendo peligrosa a base de recortar humanidad, ideamos un escenario que satisfizo a todos: la Guerra Fría. Y por fin, la tecnología empezó a crecer también exponencialmente.

Tengo que confesarlo: nos relajamos. Olvidamos vuestra naturaleza, esa que tanto éxito os proporcionó durante la época de selección de la subespecie triunfante Homo Sapiens2, pero que ahora pone una fecha final a vuestra existencia. Como hacéis las cosas sin pensar a largo plazo, crecéis muy rápido en un planeta que ya os tira – y no poco – de las sisas.

Y como tampoco es que seáis una especie cooperadora, pues ni se os ocurre replantearlo. Según los cálculos de M.Baladring (con M de Malthus, ahí lo dejo) quedan unos veinte años para que vuestra civilización colapse, y unos cincuenta para llegar a una situación de cuello biológico, o, incluso, una posible extinción en menos de un siglo. Mal vamos.

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No es que nos importe demasiado que vuestra especie desaparezca, ya le hemos echado una ojeada a un par de alternativas, pero eso significa otra treintena de milenios de espera hasta que las ratas o las cucarachas florezcan tecnológicamente, y no podemos esperar tanto.

En la próxima, y última entrega, os hablaré de los posibles escenarios que contemplamos, pero una vez constatado que poco se puede hacer con vuestra naturaleza, ya con pocas ganas. Que sí, que seguimos en ello, pero como a disgusto.

Me despido una adivinanza: salen dos humanos, uno se llama Mad y el otro Max. ¿Cómo se llamará la civilización superviviente al colapso?

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K.Baladring riendo su propio chiste.

Enlace al capítulo anterior. Enlace al capítulo siguiente

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