Desmintiendo tontás (1): el cambio climático y la Termodinámica


Son sabidos los argumentos que defienden las corporaciones negacionistas del cambio climático. No voy a entrar en ellos puesto que la mayoría se basan simplemente en denostar los resultados científicos, y me niego a discutir con terraplanistas y mostrencos similares.

Me interesa mucho más cómo lo interpreta la ciudadanía en general. Esos malentendidos de “sentido común” que calan en los electores españoles, y que influyen en que en nuestro Estado no exista un movimiento ecologista lo suficientemente fuerte para transformar las instituciones. Aparte, obviamente, de los muchísimos errores cometidos por el único partido político con mimbres para gestionar las políticas relacionadas con el cambio climático. Pongamos que hablo de EQUO.

Aquí van unas cuantas ideas de mi cosecha, si alguien conoce algún otro argumento básico que podamos desmontar, no dudéis en utilizar los comentarios, e incorporaré lo que me sugerís al cuerpo del artículo.


Antes de empezar, me gustaría recordar que el gran peligro del cambio climático no es la temperatura en sí, que es un indicador, sino la cantidad de energía que señala. Para ello, debemos repasar someramente los conocimientos de Termodinámica de bachiller.

El principio cero de la Termodinámica viene a decir que dados dos entornos con temperaturas distintas – es decir, que almacenan cantidades diferentes de energía – se tenderá al equilibrio.

Esto es bastante obvio: para que un café con leche ardiendo resulte templado y se pueda beber, añadís leche fría, de modo que la temperatura tenderá a equilibrarse en un punto intermedio.

El primer principio de la Termodinámica predice que la energía total de un sistema cerrado permanece constante. Es otra obviedad: en invierno cerráis las ventanas de una habitación para calentarla, y en verano las abrís para que corra el aire y se enfríe. Es decir, hacéis que el sistema – una habitación en este caso – sea cerrado para conservar la energía, o abierto para disiparla.

Otra forma más conocida de este principio es aquello de que la energía ni se crea, ni se destruye, sólo se transforma.

La discusión aquí es si la Tierra es un sistema abierto, o cerrado. Pues depende precisamente del efecto invernadero, que impide que parte de la energía que nos envía el sol rebote de nuevo hacia el exterior. Es decir, los gases de efecto invernadero cierran poco a poco, cada vez más, la atmósfera, y el propio sistema energético planetario.

Por último, el segundo principio de la Termodinámica enuncia que los procesos derivados del consumo de energía sólo pueden ocurrir en una dirección, y son irreversibles. Aquí habría que empezar a hablar de Entropía, pero la explicación se complicaría en exceso.

Digamos que, si interactúan dos sistemas a diferente temperatura, el más caliente inicialmente no se va a calentar más, o que una máquina no puede generar más energía de la que recibe.

En términos de uso cotidiano, no podemos regenerar la gasolina yendo marcha atrás, o recogiendo los gases de escape. En resumen, que es fácil sacar el dentífrico de su envase, volverlo a meter cuesta mucho más.


Vamos ahora con las primeras tontás.

¿Qué sube la temperatura un grado? ¿Y qué? Con bajar el termostato del aire acondicionado pues ya está arreglado.

Quien diga eso debería pensar en términos de cantidad. Para subir un grado la temperatura de un dedal de agua basta con un mechero, lo que significa poca energía. Para calentar una bañera ya necesitamos unos cuantos kilovatios. ¿Y para subir un grado un mar? ¿Y todos los mares y océanos? Pues eso, mogollón de energía. Lo mismo con la atmósfera.

Por tanto, el problema no es el grado de temperatura, son los cuchitrones de potorrones de energía que se acumulan en el sistema, y no tienen salida. Como la energía ni se crea ni se destruye, y tiende al equilibrio en el conjunto del sistema, pues se transformará en energía cinética y gozaremos de huracanes que lo arrasarán todo, o se transformará en energía potencial y subirán los mares o se derretirán los polos, o simplemente el calor hará que los ríos se desequen con más rapidez y se concentren las lluvias en algunos lugares, mientras que el resto sufrirá sequías.

Sin mencionar que el aire acondicionado enfría emitiendo aire caliente a la atmósfera…

Bueno vale, se están derritiendo los polos y sube el nivel del mar. ¿Y a mí qué, si yo vivo en Madrid?

Esta frase la he escuchado de unos cuantos pseudo científicos en Youtube: las acciones del cambio son locales. Es decir, no pasa nada si se derriten los polos, porque allí no vive casi nadie, y si arde el bosque amazónico, pues ya se apañarán los brasileños y allegados.

Estos teóricos están decididos a ignorar los principios de la Termodinámica asignando sistemas cerrados a cada región. O sea, que le ponen puertas al campo. Y al mar. Y al aire.

Pero la falsedad del supuesto es obvia: los océanos y mares se comunican, y la atmósfera es un sistema global. Si no fuera así, no existiría, por poner un ejemplo, la corriente del golfo: los británicos pasarían un frío del carajo, y nadie podría habitar el norte de Europa. De la misma forma, y por suerte para quienes vivimos en el norte, existen grandes corrientes atmosféricas globales. Asumir que el dióxido de carbono generado en el norte se queda en el norte nos supondría, sin duda, un pequeño problema porque prácticamente hemos deforestado nuestros territorios.

En resumen, el planeta es un sistema que se cierra, pero dentro de él es imposible contener las corrientes marítimas o los grandes movimientos de masas de aire. A menos que la Tierra sea plana, entonces igual sí.

Un último apunte. Si el escéptico vive en Madrid, me permito recordarle que alimentar a esa megaciudad requiere el equivalente a la superficie de cuatro provincias. Más le vale que no haya sequía, porque si la hubiera tendrá que echarle ficus a la ensalada, y será plato único.

El cambio climático tiene un origen natural, no hay nada que hacer al respecto.

En realidad no importa lo más mínimo el origen del cambio, el problema es que la actividad humana lo está multiplicando al cerrar el sistema planetario con gases invernadero. Es decir, sea o no de origen humano, lo que sí sabemos es que determinados gases tienden a causar un efecto invernadero, incrementando los efectos del calor recibido de forma natural (o no). Y esos gases salen de nuestro consumo, sin duda alguna. 

De hecho, hay unos cuantos efectos multiplicadores debidos directamente a la influencia del incremento de temperatura. Por ejemplo, el deshielo del permafrost – territorio permanentemente helado en Siberia – está liberando a la atmósfera ingentes cantidades de gases que estaban allí permanentemente (ya no) almacenados, lo que acelera el cambio. Se podría afirmar tres cuartas partes de lo mismo del deshielo de los polos y la consiguiente liberación de dióxido de carbono retenido.


De momento aquí me detengo. En un próximo capítulo revisaré las implicaciones de la hipótesis Gaia en el cambio climático.

Saludos,

Firma VJ Espada

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