El Prusés y la sentencia.


Tras mucho dudar, me he decidido a opinar sobre la sentencia al Prusés hacia la independencia de Cataluña. He dudado, porque a estas alturas la mayoría de las personas han solidificado tanto sus posiciones que el dichoso proceso es más una fe cuasi religiosa, que un proceso político. No exagero, tiene todos los ingredientes:

  • Un componente sobrehumano basado en el nacionalismo más clásico: la República Catalana como utopía dónde todo quedará resuelto, lo que es indudablemente falso porque nada construido por arquitectos tan incompetentes como Torra puede arreglar nada.
  • Unos sacerdotes independentistas que mienten al afirmar que conocen perfectamente la divina utopía y se dignan revelarla al pueblo, cuando no tienen más propósito que vivir del pueblo hasta que puedan dominarlo.
  • Una fuente de todo mal que se denomina España, habitada por seres perversos denominados españoles (ojo, que en algunos casos aciertan).

En el otro lado, tres cuartas partes de la misma ceguera, solo que cambiando los términos: la utopía es España, y el dios malvado que ciega a los catalanes es la República Catalana y sus supuestos sacerdotes malvados.

Estamos pues en dos posturas irreconciliables porque están basadas en una fe fundamentalista, incapaces de entenderse donde ambas creencias se excluyen mutuamente. Se necesitarán unos cuantos agnósticos para deshacer el atasco.

Como precisamente soy prácticamente inmune a las creencias, creo que soy la persona adecuada para opinar sobre la sentencia del Tribunal Supremo. Ya lo advierto: no gustará a los creyentes.


¿Cómo se hubiese evitado todo esto?

Para comprender el punto de partida, creo conveniente recordar a Goffman y su análisis del comportamiento público como un escenario teatral. Esta perspectiva es adecuada para observar cómo hemos llegado hasta aquí, con la representación de varias comedias bufas que acaban en drama, y esperemos que no sea tarde o temprano en tragedia.

Hay que empezar diciendo que antes de 2005 ya existían las raíces para todo lo ocurrido. Lo advirtió repetidamente Pascual Maragall.

Y ahí empezó la comedia, con Felipe González, Alfonso Guerra y otros pontífices burlándose de los fieles.

Con el ínclito Rajoy recogiendo firmas contra el Estatut por toda España.

Con el ingenuo de Zapatero acordando la versión final del Estatut con Mas, a espaldas del propio President de la Generalitat Pascual Maragall.

Con los bomberos pirómanos del PP abriendo un proceso de revisión ante el Tribunal Constitucional, mientras miraban para otro lado con los estatutos andaluz y valenciano, plagios aguados del catalán.

Con los ladrones institucionales de CiU subiéndose al carro del soberanismo para evitar las investigaciones por corrupción.

Y, por fin, con los secuaces del PP acomodados en la fiscalía solicitando penas improbables – la rebelión – para poder llevar el proceso judicial a su terreno en la Audiencia Nacional, en lugar de permitir que se celebrase en su ámbito jurídico natural: Cataluña.

Todos los que participaron son, cuando menos, responsables y en un mundo ideal deberían haber precedido a Junqueras y compañía en la prisión. Pero este es un mundo posible, muy lejos del ideal.

En resumen, que esto va de corruptos – PP y CiU, que se sepa – y arrogantes pontífices con carnet del PSOE. Sin ellos, todo lo ocurrido después hubiese sido imposible.

La sedición.

Tras declinar la imaginaria – como ya habían advertido tantos juristas prestigiosos – acusación de rebelión,  el Tribunal Supremo hace un análisis sumamente detallado de las condiciones en que se basa la acusación de sedición. La clave de la visión del Tribunal se encuentra en la página 60 del texto de la sentencia (las negritas son mías):

“Todos los acusados ahora objeto de enjuiciamiento eran conscientes de la manifiesta inviabilidad jurídica de un referéndum de autodeterminación que se presentaba como la vía para la construcción de la República de Cataluña. … Eran conocedores de que lo que se ofrecía a la ciudadanía catalana como el ejercicio legítimo del «derecho a decidir», no era sino el señuelo para una movilización que nunca desembocaría en la creación de un Estado soberano.Los ilusionados ciudadanos que creían que un resultado positivo del llamado referéndum de autodeterminación conduciría al ansiado horizonte de una república soberana, desconocían que el «derecho a decidir» había mutado y se había convertido en un atípico «derecho a presionar». Pese a ello, los acusados propiciaron un entramado jurídico paralelo al vigente, desplazando el ordenamiento constitucional y estatutario y promovieron un referéndum carente de todas las garantías democráticas.”

Es decir, que el Tribunal Supremo nos sitúa ante una obra teatral, un engaño monumental a la una ciudadanía “ilusionada” para que cometa delitos mientras persigue una utopía imposible. Y esto no deja de ser sorprendente, ¿por qué la ciudadanía estaba ilusionada por la secesión? Ahí no entra el Tribunal porque eso sería, sin duda, tema para la política, pero estoy seguro que hubiese sido interesante conocerlo.

Una vez comprobado – siempre según el tribunal – que el delito que corresponde es el de sedición perpetrada por autoridades, aplica la pena mínima: 10 años de prisión, con la posibilidad de beneficios penitenciarios inmediatos. Y ya de paso, deja ir un bofetón jurídico al recordar a la fiscalía que las penas son individuales y no pueden ser endurecidas colectivamente. Lástima que en lugar de una colleja no les hubiese enviado a galeras por prevaricación, por iniciar una querella que nunca debió serlo, al menos en esos términos exagerados por motivos falseados.

Dos conclusiones.

La primera, que los reos deberían haber leído a Gandhi, especialmente Junqueras que es historiador, y sus consideraciones acerca de la ética de responsabilidad del dirigente. Es decir, no engañes para que la ciudadanía asuma tus responsabilidades – porque el delito de desobediencia está penado con 1 a 4 años, y eso hicieron quienes votaron el 1-O, u obstaculizaron la acción de la justicia frente a la Consellería de Hacienda –  y en cualquier caso, asume tu responsabilidad y no lo niegues como se escuchó repetidamente durante el juicio, ni huyas para hurtarte a las consecuencias de tus actos.

La segunda conclusión es que este es un peligroso – para los políticos – precedente: quien manipule y engañe llevando las masas a delinquir en mor de un ideal inexistente puede ser procesado por ello. Claro, que eso será si no dominas a la fiscalía para evitar la querella.

Pero que quieren, a mí me habría hecho una ilusión tremenda haber visto a Rajoy y Artur Mas sentados en el banquillo.

Y ahora, ¿qué?

He oído hablar mucho de peticiones sin sentido, como la insistencia en la propuesta de un referéndum de autodeterminación que es, sencillamente, tan imposible como la legislación paralela que se inventaron los procesados. Los políticos supuestamente de izquierdas saben perfectamente que no es posible esa consulta vinculante. Mienten con fines políticos, pura y llanamente.

Quienes proponen que debería aprobarse una amnistía, de muy dudoso encaje constitucional, van en la misma línea. De nuevo, por favor, dejen de pedir lo imposible porque se añadirá leña al fuego de las expectativas no cumplidas.

Por último, se habla mucho de indultar a los procesados de forma parcial o total. Aquí es simple opinión mía, pero creo que hacerlo en este momento sería un error político, ya que le daría más alas a los pirómanos de uno y otro lado. Es una posibilidad que el gobierno debería reservar como valor en una necesaria, aunque hoy por hoy muy improbable, futura negociación.

En cualquier caso, es tiempo para la política, sin hurtar el cuerpo como hizo el gobierno de Rajoy al derivar cobardemente un problema político al sistema judicial. Hay que hablar, efectivamente, pero no con creyentes, sino con seres racionales, mientras los haya, que alguno seguro que queda.

Una posible solución.

Como no sería responsable publicar una lista de quejas sin aportar nada positivo al debate, aquí va mi propuesta.

Hay una opción que podría satisfacer a todas las partes no empecinadas en conseguir el derramamiento de sangre – porque en estas condiciones, acabará por haberla – en las calles de Barcelona. Propongo que se renegocie con generosidad el estatuto de autonomía para lograr los objetivos que planteaba el de 2006, corrigiendo previamente las inconstitucionalidades.

Tras el proceso estatutario, no sé si lo recordarán, pero es mandatorio un referéndum de aprobación. Y una vez llegados ahí, que cada cual juegue sus cartas. Incluidos los procesados, previo indulto de inhabilitación. Si es que quieren participar, claro, porque si no fuera así, ahorrémonos el indulto.


Finalizo rogando – aunque quizás no sea la palabra adecuada en este contexto – menos fe y más razón. El agnosticismo ni hace crecer cuernos y rabo, ni nubla la mente. Doy fe de ello.

Firma VJ Espada


NB: Para más información sobre otras visiones del Procés, recomiendo leer dos artículos previos sobre el tema en este mismo blog (como no): Construyendo independentistas: el Prusés, y El Prusés desde la perspectiva sociológica.

2 comentarios sobre “El Prusés y la sentencia.

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  1. Estoy de acuerdo en tu opinión y en tu análisis. Coincido plenamente. Estar con todos los catalanes no es posible de momento sin decantarte hacia unos u otros. En mi opinión hace falta una gran movilización contra el autoritarismo de la sentencia, tal y como es calificada por prestigiosos juristas e intelectuales.

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    1. Miguel, ninguna movilización cambiará la sentencia. Una vez publicada, solo un tribunal superior la puede modificar – el TEDH de Estrasburgo, en concreto – pero eso lleva tiempo.
      Si acaso, las movilizaciones deben encaminarse a obligar a los políticos a negociar, y dentro de ese contexto, hablaríamos de indulto.
      Cualquier otra vía me temo que nos lleva de nuevo al entorno de la fe.

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