La primera etapa de la Guerra Fría: gritar mucho para que nada cambie


¿Cómo se relacionan la invasión de Hungría por la URSS (1956), Bahía Cochinos (1961), el discurso de Kennedy en Berlín (1963), la primavera de Praga (1968) y el golpe de Estado en Chile (1973)?


En los últimos compases de la segunda Guerra Mundial, los tres principales dirigentes aliados en ejercicio se reunieron en las conferencias de Yalta – 4 al 11 de febrero 1945: Churchill, Roosevelt y Stalin – y Postdam – 17 de julio al 2 de agosto 1945: Attlee, Truman y Stalin – para distribuir sus áreas de influencia una vez acabadas las hostilidades.

Mapa 1 – Pacto de Varsovia (1955) y OTAN (1949) en Europa. Fuente: https://elordenmundial.com/mapas/europa-telon-de-acero/

A partir de 1949, las dos superpotencias resultantes de la Segunda Guerra Mundial – EEUU y la URSS – ya no querían correr el riesgo de alterar el equilibrio mundial puesto que ambas disponían de arsenales atómicos, ni tampoco podían permitirse ceder. De hecho, EEUU y sus aliados occidentales fundan la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) al calor de la doctrina Truman, a la que la URSS opone en 1955 el Pacto de Varsovia (ver Mapa 5). Formalmente, los hechos trascurren durante el primer período de la Guerra Fría.

Por tanto, los procesos que se relacionan en el enunciado tienen en común el de constituir momentos de tensión que ponen en riesgo este equilibrio.

Estudio de casos.

En Hungría (1956) y Praga (1961), la URSS reaccionó desplegando a sus tropas y reprimiendo ambos intentos de democratizar el socialismo. Si tenemos en cuenta que Yugoeslavia y Albania no estaban alineadas con Moscú, hubiesen debilitado su influencia justo en la frontera europea con Alemania Federal y Austria. De haber cambiado de bloque Hungría y Checoeslovaquia, Occidente hubiese tenido frontera directa con la URSS, que no podía permitirlo[1].

Occidente protestó y elevó el tono, pero no intervino (Hobsbawm, 2018, p. 232) porque también estaba interesado en mantener el – aparentemente – frágil statu quo.

La gran diferencia con los supuestos anteriores es que, en el área occidental, EEUU, que ya se había involucrado militarmente en Corea y todavía estaba librando la guerra en Vietnam, prefería utilizar métodos indirectos: exiliados en Cuba, militares golpistas en Chile, o financiación de guerrillas contrarrevolucionarias en Centroamérica. Porque, en cualquier caso, EEUU tampoco podía permitirse gobiernos comunistas o filocomunistas en su área de influencia (Hobsbawm, 2018, p. 256).

En el mismo sentido cabe situar el discurso de John F. Kennedy en Berlín, tras años de bloqueo soviético sobre la zona occidental de la ciudad, y dos años después de la construcción del simbólico muro. Es un mensaje de solidaridad, una arenga que invita a la resistencia. Sin embargo, al igual que la retórica utilizada tras el aplastamiento de los intentos de cambio en Hungría y Checoslovaquia, no vendrá acompañada de acciones concretas que pudiesen provocar una reacción armada de la URSS contra Occidente.

La Guerra Fría.

Es la tónica general durante el proceso histórico de la Guerra Fría, que tanto hubiese podido ser llamada Paz Caliente[2] por los constantes puntos de tensión entre ambos bloques. EEUU había decidido aplicar la doctrina Kennan, elaborada en el llamado “telegrama largo” de 1946. Kennan partía de la teoría de que la URSS, con una sociedad atrasada y bárbara, regida por autócratas, sólo era sensible al uso de la fuerza (Hobsbawm, 2018, p. 237). Por tanto, EEUU debía mostrarse inflexible (Hobsbawm, 2018, p. 240).

En el otro lado, Moscú simplemente no podía permitirse ser transigente. La administración soviética era consciente de que había obtenido su posición en un momento en que los aliados necesitaban desesperadamente el aporte del Ejército Rojo para vencer a la Alemania nazi, y cualquier negociación sólo podía llevarla a una posición más débil. Puesto que veían a EEUU como a una verdadera superpotencia en todos los órdenes, temían acabar convertidos en otro satélite estadounidense, cuando no destruidos por el armamento atómico[3] (Hobsbawm, 2018, pp. 237-238).

Conclusión.

Con inflexiones a lo largo del tiempo, la situación perduró hasta el colapso del sistema soviético, representado por la caída del muro de Berlín en 1989. Más de cuarenta años de discursos agresivos, de momentos de altísima tensión, como ocurrió con los misiles en Cuba, de inflexibilidad por ambas partes, y de rearmamento hasta niveles tan estrafalarios que permitían destruir el planeta entero miles de veces. Un disparatado crecimiento del gasto militar fomentado por lo que Eisenhower llamó “el complejo militar industrial” (Hobsbawm, 2018, p. 239).

Y, mientras tanto, la sociedad evolucionó en todos los aspectos, impulsada por las propias dinámicas de Guerra Fría, pero también gracias a su capacidad de ignorar los discursos apocalípticos.


[1] Lo explica con toda claridad Stepan Chervonenko, embajador de la URSS en Praga en 1961:

El principal motivo que nos empujó a tomar esta decisión [de intervenir militarmente con fuerzas soviéticas], fue la necesidad de preservar el equilibrio del poder en las relaciones entre oriente y occidente. Aunque, por supuesto, también nos interesaba conservar el sistema establecido en Checoeslovaquia”.

[2] Hobsbawm (2018, p. 232) menciona la expresión “paz fría”, sin embargo, considero que, como período trufado de conflictos, calentada por las posiciones intransigentes, las amenazas nucleares, y los discursos encendidos de tono agresivo, calificar al momento de “paz fría” resulta desconcertante.

[3] Respecto del riesgo de hecatombe nuclear, no deja de ser curiosa la anécdota que relata Hobsbawm en la nota al pie de la página 233: que Mao asumiese que no importaba si se producía una guerra nuclear, porque aún quedarían 300 millones de chinos para repoblar el planeta.


Referencias y bibliografía

Hobsbawm, E., 2018. Historia del siglo XX 1914-1991. Barcelona: Planeta, SA.

Judt, T., 2006. Postguerra. Una historia de Europa desde 1945. s.l.:Taurus Santillana.

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