Historias de MI puta mili: (1) El reconocimiento médico


Como no tengo a quién contar historias de mi puta mili, he decidido publicarlas. Sin ahorrar ninguna. Voy a incluir aquellas que me humillaron, las que me acojonaron, y también otras en las que fui un tanto cabroncete. Empezaré por una humillación.

Espero que os gusten, y os invito a compartir experiencias parecidas, si las tenéis, con una salvedad: quienes os librasteis del servicio militar os podéis ahorrar el esfuerzo. Gracias.


Acababa yo de cumplir 21 años, la mayoría de edad por entonces. Un dos de enero del año 1976, en los inicios de la transición y con un ejército ciegamente franquista y orientado a combatir en el interior, me enviaron en tren a Zaragoza. Hicimos noche durmiendo vestidos en un hangar con literas, y nos sacaron al día siguiente para desde allí embarcar en un avión Hércules a Tenerife. Del aeropuerto, al campamento de reclutas.

Allí me raparon, intentaron darme un uniforme de mi talla con un éxito parcial – entonces medía 1,92 y pesaba 82 kilos – porque si bien pude obtener un glamuroso – es ironía, por supuesto – uniforme de faena, no tenían botas del 47 ni uniforme de paseo. De hecho, no me dejaron salir del cuartel en el primer mes hasta que llegó uno de Madrid. Un poco corto, pero aceptable. Las botas llegaron poco después, mi talla exacta.

Nos hicieron pasar también un reconocimiento médico, que, en mi modesta opinión de lego en medicina, no era ni lo uno, ni lo otro.

De entrada, pusieron al centenar largo de reclutas en pelota picada. Ni las zapatillas nos permitieron llevar. Nos formaron en fila. A más de cien jovenzuelos con las hormonas a tope y la virilidad mitificada. Nuestra mayor preocupación – el ejército se mostraba poco receptivo con homosexuales, transexuales y otros sexuales – es que corriera el aire entre nuestro pene y el culo de delante, por lo que pudiera pensar el propietario del culo. Y, por la cuenta que nos traía, metiendo culo por si el de detrás tropezaba. Vamos, lo que siempre nos decía nuestro entrenador de baloncesto al final de los partidos igualados: “¡Sin contacto físico!“. Así, fuimos pasando uno tras otro, pero manteniendo las distancias.

Nos subieron por turno a una báscula con un medidor de estatura acoplado. Con el peso la cosa fue bien, pero llegó la hora del tallaje. El tipo que tenía que bajar el listón mediría metro sesenta de puntillas, y mi cabeza quedaba a unos dos metros del suelo. Presintiendo que no iba a alcanzar, hice ademán de bajar yo mismo el listón, pero me gané una bronca al grito de “¿Para qué te crees que estoy yo aquí, recluta?”. Luego el individuo en cuestión pegó un salto, se colgó del travesaño, que bajó con toda la fuerza del peso del soldadito para incrustarse en mi cabeza, despojada del amortiguador natural del pelo. Resultado: tallaje 1,89. Los tres centímetros que faltan es lo que hundí el cuello en el tronco al recibir el golpe.

Pero la mayor humillación estaba por llegar. Nos formaron a una treintena de espaldas a la pared. Decidió en ese momento mi zona genital enviar un mensaje de picor severo al cerebro, y éste reaccionó enviando allí a la mano derecha. Habida cuenta de que no se interponía obstáculo textil alguno entre mis bajos y la mano, y allí todos andábamos de lo más natural, el ejercicio digital se fue acelerando sin control, no dejando punto por rascar.

En eso estaba yo, rascando entusiasmado mi zona genital con la mano más diestra de la que disponía, cuando el alférez al mando de aquella pantomima grita:

— ¡Meted la mano derecha en la boca y soplad!

Fue acercarme la mano a la boca y notar el tufillo. Solo entonces recordé que mis bajos llevaban varios días sin tocar el agua. Miré la mano, levanté la vista, vi cómo el puñetero oficial médico me miraba con guasa, e hice lo único que podía hacer: meter la mano en la boca procurando no inspirar en el trayecto, y soplar.

Pocas veces me he sentido más avergonzado de mí mismo, sin salvar a mi cuerpo por tenderme una trampa, ni a mi mente por no intuir que aquello iba de control de hernias.

Dos días en el ejército y ya odiaba a los mandos y a mí mismo.

Gracias por dejar un comentario. Nota que no se aprobarán aquellos que superen las 250 palabras, o contengan afirmaciones no demostradas. Por ejemplo, si afirmas que la madre de algún personaje público ejerce la prostitución, tendrás que aportar pruebas.

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