Historias de MI puta mili: (2) Higiene


Para gente de mi edad y procedente de entornos urbanos bastante civilizados – siempre teniendo en cuenta que éramos hijos más o menos díscolos del franquismo – las condiciones del ejército por entonces mostraban un salto de espaldas al pasado, con doble tirabuzón y caída de cabeza.

Como cabe suponer, no te contaban de entrada los detalles, los ibas descubriendo poco a poco, sobre la marcha (militar, se entiende). El segundo día comprendimos cual iba a ser el nivel de higiene personal durante los tres meses de instrucción.

Habrá quién no se lo crea, pero palabrita del niño Bigardo que así es cómo lo recuerdo.


La tarde de ese día descubrimos que los retretes no tenían tapa, y literalmente rebosaban mierda y orines. También, por más que buscamos, no encontramos las duchas. El que más y el que menos se retuvo las ganas de defecar, meó dónde y cómo pudo detrás del barracón, y asumió otro día sin higiene corporal.

Al día siguiente de nuestra llegada estrenamos rutina. El toque de corneta para pasar revista fue la primera sorpresa. Nos explicaron que teníamos unos pocos minutos para formar en el patio, que los tres últimos recibirían un castigo en forma de limpieza de letrinas o similar, pero que no era necesario salir completamente vestidos: solo era obligatorio llevar el cinto, la gorra y las botas. A partir de ese día, a primera hora, era curioso ver el atuendo de cada cual y la escasa uniformidad de la tropa. Se reconocía a los perezosos de esos de “…cinco minutos más…” porque llevaban el atuendo de dormir – en versión de cada cual, había incluso alguno que salía con pijama, nunca vimos a nadie con camisón – y las tres prendas obligatorias del uniforme.

La segunda sorpresa, bastante desagradable, fue descubrir que solo teníamos agua dos horas por la mañana y otras dos por la tarde. Este hecho explicaba unas cuantas cosas: los reboses de las tazas de los retretes comunales, que la limpieza de letrinas fuese un castigo, y la ausencia de tapa sobre las tazas. Desde un punto de vista meramente productivo, sin tapa era mucho más seguro subirse encima de la taza para evacuar las aguas mayores sin resbalar.

Seguíamos sin saber cómo nos ducharíamos, hasta que esa mañana nos hicieron formar delante de la compañía en pelota picada, cada uno con chanclas o descalzo, a elegir, una toalla y una pastilla de jabón. Nos pusieron en marcha a paso ligero hasta quedar enfilados enfrente de una estructura de vigas de madera que sostenían dos largas tuberías.

A una orden, el sargento abrió un grifo, empezaron a caer chorrillos de agua desde los agujeros practicados en la tubería, y dieron orden de avanzar en dos filas. Entonces lo entendí. En el tiempo que tardábamos en caminar bajo los seis metros de tubos a paso de marcha teníamos que mojarnos, enjabonar nuestros cuerpos, y enjuagarnos. Obviamente, con el agua a temperatura ambiente. Suerte que aquello era Tenerife, pero también era enero, así que se pasaba un fresquete estimulante, siendo positivo.

Ese día empecé a conocer a mis compañeros: los que caminaban tan apartados como podían de la tubería para no mojarse, los que se paraban y frenaban a todos, los que acollejaban a los que se detenían y los que tenían paciencia, los exquisitos que se llevaban el champú además del jabón y salían por el otro extremo cubiertos de espuma, … A medida que salíamos de la estructura, seguíamos caminando mientras nos secábamos para entrar en el barracón duchados, secos y listos para una jornada de divertidos ejercicios militares.

El primer día me sentí orgulloso al salir del agua, creía yo, totalmente limpio y enjuagado. No fue hasta ponerme la ropa interior, y luego la camisa, que no detecté algunas zonas a las que les había sobrado jabón y faltado agua. Era una sensación curiosa esa de caminar notando como iban reventando burbujas tanto en mis axilas como en mi entrepierna. Si no lo habéis probado nunca os lo recomiendo, tiene su guasa.

Debo decir además que al cabo de unos pocos días ya dejé de tener ese problemilla, y para cuando terminé el cuartel en marzo era capaz incluso regodearme en los tres metros finales.

A lo que incluso me acostumbré fue a cagar en alto, dejando caer mis excedentes abdominales sin salpicar, aunque eso me costase una gorra. Pero esa anécdota la dejaremos para otro día.

La moraleja por hoy es que cuando las condiciones de vida son duras, uno se adapta. Aún hoy, me sorprendo al recordar que alguien tan tiquismiquis como yo llegase a contemplar todo aquello como normal al cabo de un par de semanas.

De modo que seguí odiando a los mandos, pero ya un poco menos a mí mismo.

Gracias por dejar un comentario. Nota que no se aprobarán aquellos que superen las 250 palabras, o contengan afirmaciones no demostradas. Por ejemplo, si afirmas que la madre de algún personaje público ejerce la prostitución, tendrás que aportar pruebas.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

Salva Solano Salmerón

Bacineamos de to lo que se menea

Joven Furioso

Escritos, divagaciones y un chancletazo al libre albedrío.

Vota y Calla

No te metas en lo que SÍ te importa

Blog del Gran Baladre

Bacineamos de to lo que se menea

Blog de Gregorio López Sanz

Bacineamos de to lo que se menea

Colectivo Novecento

Blog de economía crítica y pensamiento político

REMEMORACIÓN

Memoria de las víctimas, Historia y Política

Economistas Frente a la Crisis

El pensamiento económico al servicio de los ciudadanos

A %d blogueros les gusta esto: