(2) Cazadores-recolectores: vosotros felices, nosotros no.


Durante decenas de miles de años, el Homo Sapiens vivió de lo que cazaba o recolectaba, y ese hecho todavía condiciona vuestro comportamiento. Cuando una mujer de hace unos treinta mil años encontraba una fuente de azúcar – pongamos que una higuera –  cargaba con todo lo que podía para la tribu, y el resto procuraba llevárselo puesto. De la misma forma, cualquier alimento que generase grasas, como reserva energética de futuro, era bienvenido. El resultado son los menús de hamburguesas grasientas, patatas fritas, y helado. Es el instinto del hartazgo que todavía sobrevive en vuestros genes.

Claro, que los humanos de la época recorrían continuamente grandes superficies para conseguir su alimento, de modo que adquirían la constitución de un corredor de maratón. El Homo Sapiens actual, en cambio, tiende a adquirir la elegancia física de una cucaracha gigante.

Hay más peculiaridades en la vida de las tribus nómadas. Por ejemplo, el concepto de familia nuclear era absurdo. ¿Cómo saber de quién es cada niño si las relaciones sexuales no podían ser controladas? Y aún sabiéndolo, ¿merecía la pena preocuparse por la educación de un cachorro humano en particular, cuando la tribu depende de la capacidad de los más débiles? La familia era la tribu. Hay quien achaca también las dificultades de la monogamia y las neurosis derivadas de la relación paternofilial humana a la falta de adaptación de vuestras sociedades, con instintos diseñados para un nivel de convivencia más amplio. Pero claro, el dios del patrimonio exigía saber quién es hijo de quién para asignar las herencias, de modo que la familia tribal dejó de tener sentido con la sociedad agrícola.

Pero por ahora, mantengámonos en la sociedad cazadora recolectora, entre los 70.000 años de distancia desde la revolución cognitiva, hasta la revolución agrícola, hará unos 12.000.

Principios sociales.

Desde el inicio de vuestra andadura bípeda, los miembros del género Homo compartís con vuestros primos primates cuatro principios sociales:

  • Principio de dominación. La jerarquía social se basa en este principio – Si puedo zurrarte, te zurraré – que tiene su contrapartida en la aceptación o rechazo de la afirmación – Vale, asumo que me puedes zurrar, o Y un pijo, que te doy yo -.
  • Principio de parentesco. Así se forma la familia: Llevas mis genes, así que te quiero por mucho que en el fondo te odiaría si no fuésemos familia.
  • Principio de especialización. En esto se fundamenta la división de funciones por sexo, edad, habilidades… Puedes confiar en lo que yo sé hacer, si yo puedo fiarme de que me ayudarás con lo que sabes hacer.
  • Principio de cooperación. Basado en la teoría del “gen egoísta”: Te ayudaré mientras me convenga.

Pero los humanos, en vuestra vida social, ampliasteis la extensión y número de los principios.

  • Principio de contrato. El acuerdo se vuelve vinculante: yo haré esto por ti, si tú haces aquello por mí, y si no cumples vete buscando otra tribu.
  • Principio del rol. Los humanos diferenciáis entre el papel que os corresponde hacer socialmente, y lo que hacéis por motivos personales: Te estoy haciendo daño, pero realmente no soy yo quién lo hace. O lo que podríamos llamar el principio de no es nada personal, son negocios.
  • Principio de clasificación. Socialmente nos ordenamos en base a muchos más criterios que los primates: Yo soy mejor que tú en esto, pero reconozco que tú puedes hacer mejor aquello.
  • Principio de propiedad. Se comparten cosas porque su propietario lo desea, pero siguen siendo suyas: tienes los derechos que yo, como dueño, te reconozco.
  • Principio del coste-beneficio. La mayoría de las decisiones se toman en función del menor coste que acarrean, o del mayor beneficio que aportan: haré esto para ti si me recompensas, o dejaré de hacerlo si me supone un coste demasiado elevado.
  • Principio de redes. El individuo no es solamente relevante en cuanto a sus habilidades, sino a las que puede reunir: puedo conseguir que mis amigos colaboren contigo… o no.
  • Principio de masas. El individuo se guía por el comportamiento de los demás, lo que implica que el tamaño del grupo debe ser lo suficientemente pequeño para que pueda ser observado: lo hago así porque los mejores cazadores lo hacen, y si ellos se tiran por un barranco, pues allá que voy yo también.

La teoría del chismorreo.

Pero, para que estos principios sean aplicables a un grupo, este debe ser lo suficientemente pequeño para que cada individuo conozca a los demás, y sea capaz de valorar a cada uno de los miembros.

Yuval Noah Harari menciona en su libro Sapiens que la investigación sociológica ha llegado a la conclusión de que el máximo tamaño de un grupo unido tan solo por el lenguaje directo es de 150 individuos, homo más, homo menos. Es el mayor tamaño que permite que cada individuo pueda establecer relaciones con el resto sin encontrarse con desconocidos en la tribu, cuyos valores, rol, capacidades, y habilidades no conoce.

Basta el prestigio personal de cada cual para asignarle una posición en la organización. Pensad que, con 150 miembros en el grupo, el número de relaciones que pueden llegar a formarse es de 5,7 multiplicado por un 10 seguido de 262 ceros. Obviamente tienen éxito muchísimas menos, pero para consolidarlas se requiere el chismorreo. Quién puede ser interesante conocer, quién no, qué grupo de cazadores funciona y cuál vuelve casi siempre con las manos vacías, etc.

Cabe suponer por tanto que los grupos de cazadores-recolectores tenían un tamaño reducido, cargaba con pocos materiales, cotilleaban como urracas, y adoptaban culturas dispersas: diferentes lenguajes, distintos dioses y formas de adorarlos, diferente organización, etc. Puesto que además competían por los frutos de cada territorio, cabe suponer que sus encuentros ocasionales no serían excesivamente amistosos.

Vida de mierda (o sea, estupenda).

Obviamente, todo es relativo, pero si comparamos la vida del cazador-recolector tal y como la recordamos con la de generaciones siguientes, era bastante buena. No solían pasar hambre o desnutrición, y disponían de una dieta rica y variada que los mantenía en forma.

Teniendo en cuenta que muchas de las enfermedades más virulentas se transmiten desde animales con los que se convive, y no era el caso, cuando el cachorro humano superaba los primeros años de vida podía alcanzar edades de entre cuarenta y sesenta años mientras pudiese seguir a la tribu en sus desplazamientos.

El fuego.

Ya hace unos 300.000 años que el género Homo utiliza el fuego de manera harto liberal. Cierto es que algunas de sus aplicaciones son de gran utilidad. Desde la mayor facilidad de digestión de la comida cocida o asada, el suministro de calor de calor durante los meses fríos, o la defensa frente a depredadores.

Otras aplicaciones, sin embargo, eran muy útiles para los humanos, pero a las demás especies nos hacía polvo. Cuando un grupo de humanos llegaba a un bosquecillo, por ejemplo, la mejor forma de alimentarse era prenderle fuego. Así se podía cazar a los bichos que huían, y los que no conseguían escapar eran comidos ya precocinados. Sin contar con que el bosque incendiado podía transformarse mediante el fuego en una sabana, donde fuese más sencillo cazar en el futuro.

Así resultaba fácil seguir vuestro rastro de incendio en incendio, y de desaparición de especies en desaparición.


Comprenderéis que nos teníais contentos, no solo a los insectos, sino también al resto de la flora y la fauna. Excepto a los extinguidos, que esos ya, ni contentos ni enfadados.

Por eso, entre todas las especies no humanas tramamos algo, de lo que ya hablaremos.

Hale, ¡mucha mierda!

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Referencias

Bohannan, P. (2010). Para raros, nosotros. Madrid: Akal, S.A.

Harari, Y. N. (2014). Sapiens. Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial, SAU.

Gracias por dejar un comentario. Nota que no se aprobarán aquellos que superen las 250 palabras, o contengan afirmaciones no demostradas. Por ejemplo, si afirmas que la madre de algún personaje público ejerce la prostitución, tendrás que aportar pruebas.

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