Historias de MI puta mili: (4) Justicia militar


Otro aspecto chocante del ejército en los años 70 – ignoro si sigue siendo así – es el concepto de justicia. Te rompe los esquemas previos por completo.

Mejor os lo cuento con dos ejemplos.


Hay que aclarar que el código penal militar considera que es necesaria la voluntariedad para estimar la responsabilidad en la comisión de delitos, pero inmediatamente a continuación asume que la voluntariedad se da por defecto, a menos que conste lo contrario. Es decir, si la cagas eres culpable hasta que demuestres lo contrario.

Además, el código considera que son responsables del delito, no solo sus autores, sino que también sus cómplices, encubridores, y cooperadores necesarios para su comisión, incluso si solo fuera en grado de tentativa.

Bien, recordad estos principios.


No podíamos salir del cuartel más que cuando tuviésemos permisos, que eran raros y cortos. Pero, además, yo no tenía uniforme el primer mes y estaba confinado en el cuartel. Tampoco es que me importase mucho, porque no se me había perdido nada en la ciudad, y lo que contaban de la policía militar los que salían habría puesto los pelos de punta, si los hubiésemos conservado. El resumen es que tenía tiempo de sobra para pasear por el cuartel y curiosear aquí y allá.

Uno de los sitios que visité fue la piscina. No es que pensara en bañarme, que ya pasaba bastante frío con las duchas a la intemperie, simplemente estaba al lado de la cantina y fui a curiosear.

Unas cadenas rodeaban al trampolín mayor, con un cartel colgando de ellas. Me acerqué, y leí que aquel accesorio de la piscina se encontraba bajo arresto mayor por homicidio. La cosa me pareció tan chocante, que regresé a la cantina y le pregunté a uno de los soldados que servían allí qué significaba aquello. El hombre me miró como se mira a un pringado, y me explicó que un idiota había saltado del trampolín habiendo poca agua, se abrió la cabeza y murió. En el juicio se consideró un accidente doloso, pero el elemento necesario para que se produjese la muerte fue el trampolín, y como alguien o algo tenía que responsabilizarse, y el zopenco que saltó ya no estaba para echarle las culpas, la pagó el trampolín.


La segunda experiencia con el concepto de justicia militar la tuve poco después. Ya os he contado que para defecar teníamos que subirnos sobre la taza para evitar todo lo que flotaba en ella en la medida de lo posible, por tanto la cabeza quedaba al descubierto por encima de las puertas de los retretes individuales. Me confié. Ese día llevaba puesta la gorra de servicio, y olvidé guardarla en un bolsillo antes de ponerme a cagar.

Estaba yo concentrado en no hacer olas, cuando alguien agarró la gorra y salió corriendo. Habida cuenta de la tesitura, obviamente no pude salir tras él para recuperarla. Eso era un problema, porque lo menos que me podía pasar es tener que pagar una nueva, y lo más probable es que me pusieran alguna sanción por haberla perdido.

Y digo haberla perdido, y no haber sido robada, porque cuando fui a explicárselo al soldado de la cantina con quien ya tenía confianza de tanto estar por el cuartel, me contestó que ni se me ocurriese denunciarlo. Me explicó el principio de “En el ejército no hay ladrones”, ergo si yo denunciaba estaba calumniando al ejército y me podía caer la del pulpo. ¿Qué hacer? Me sugirió que preguntase por la compañía, porque a esas alturas ya debía estar operativo el negocio de compraventa de prendas robadas. Perdón, quise decir perdidas en la mano de alguien.

Francamente, me costó aceptarlo. Apenas llevábamos un par de semanas en el cuartel, ¿cómo iba alguien a montar un negocio como ese en tan poco tiempo? Pues efectivamente, lo había. Alguien me lo señaló, fui a pedirle una gorra de servicio, y previo pago de la cantidad estipulada, que no recuerdo, abrió una taquilla que no era la suya, y me dio la prenda que necesitaba. Fui a probármela, y desde luego el tipo que la había perdido previamente tenía una cabeza que no sería ni la mitad de la mía. La gorra aquella me quedaba, para entendernos, como si fuera una maqueta a escala 1:3 de lo que debía ser la prenda original. Además, de tan pequeña no se me sujetaba, y a cada movimiento de la cabeza amenazaba con salir disparada.

Me quejé, le dije al chorizo aquél que estaba dispuesto a pagar por la mía, que todavía debía estar disponible, pero se ofendió al insinuar que él me había robado, y se negó a seguir negociando.

Creí que la primera vez que apareciese de servicio me llevaría una bronca por llevar aquella ridiculez, pero no. De hecho, terminé el servicio militar con aquella gorra de muestra sin que nadie me dijese nunca nada. Cómo sería de habitual aquél trance en ese ejército, y suerte que no había ladrones.

A día de hoy, sigo sin entender cómo Berlanga, o Cuerda, han desperdiciado esta fuente de ideas surrealistas. ¿Os imagináis que al principio de “Amanece, que no es poco” hubiese aparecido un rótulo diciendo “Basada en hechos reales”? Pues eso.


En ese momento mi malestar hacia los mandos seguía, pero a ello se sumó la desconfianza hacia mis propios compañeros. Y, obviamente, la sensación de estar en una pesadilla inducida por alguna droga, porque todo aquello no me parecía ni medio normal.

Gracias por dejar un comentario. Nota que no se aprobarán aquellos que superen las 250 palabras, o contengan afirmaciones no demostradas. Por ejemplo, si afirmas que la madre de algún personaje público ejerce la prostitución, tendrás que aportar pruebas.

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