(3) Agricultores: nosotros felices, vosotros jodidos pero contentos.


Hace unos 12.000 años empezó a producirse una revolución en vuestra forma de vida, que tiene dos versiones. Según la primera y oficial, ocurrieron varios cambios en vuestro estilo de vida, de forma paralela en varios continentes, y prácticamente casual. Y la vida de todos había cambiado por completo hacia el año -3500[1], cuando se domestica el cultivo de la vid.

  • En algunos lugares, grupos de Sapiens – para entonces ya os habíais cargado a todas las especies hermanas del género Homo – encontraron variedades de cereales cuya conversión en alimento era conocida. Los humanos se establecieron alrededor de los campos.
  • En otros casos, fue a la inversa. Para construir lugares megalíticos con fines sociales o religiosos os pusisteis a cultivar cereales porque no os podíais desplazar durante los años que durasen las obras.
  • A alguna lumbrera Sapiens se le ocurrió cercar el terreno alrededor de manadas para retener a los animales y no verse obligados a correr detrás de ellos hasta extinguirlos.

Los cereales se extendieron gracias al cultivo dirigido, los humanos se asentaron para cuidar de sus cosechas, y los animales empezaron a saber cómo se las gastaba el Homo Sapiens. Desde las tribus que les cortaban el hocico a los cerdos para que no pudiesen husmear y escapar, pasando por la muerte de los recién nacidos para que las madres ovinas o vacunas siguiesen produciendo leche indefinidamente, o la castración sistemática a los caballos para volverlos más dóciles. Todo cariño.

Por su parte, los humanos vivieron hacinados en un mundo mucho más violento porque huir no era ya una opción. Llegaron las enfermedades originadas en el ganado, las dietas monótonas, las epidemias, y el trabajo de sol a sol durante todo el año. A cambio, existía alimento disponible en malos tiempos. Siempre y cuando no pasasen sequías, tormentas, inundaciones, enfermedades del ganado, y otras modalidades de malos tiempos. Esa clase de calamidades que los cazadores-recolectores solventaban más fácilmente desmontando el  campamento y caminando hasta otra zona más adecuada.

Otro efecto secundario es que, si bien los grupos nómadas procuraban restringir los embarazos para que el exceso de chiquillería no los frenase, las sociedades agrícolas asentadas en el terruño ya no tenían freno, y se pusieron a multiplicarse. Los hijos se convirtieron en una inversión de futuro, había que tener cuantos más mejor para poder cultivar más campos. Eso consumió los escasos excedentes agrícolas y ganaderos, lo que impulsó las sociedades a ampliar los campos de cultivo mediante talas, incendios controlados, o guerras de conquista. Así se pasó de los 8 millones de cazadores-recolectores del año -10000, a los 250 millones de agricultores en el siglo +I.


Claro, que hay otra forma de verlo. La vida del Homo Agro empeoró notablemente, pero determinadas especies animales, incluida la propia Homo Sapiens, se multiplicaron, al igual que determinados cultivos. Es decir, muy mal para el Sapiens como individuo, muy bien para la Evolución. Y para los insectos en general, y los coleópteros en particular, esa supuesta revolución agrícola fue una maravilla. Ya no teníamos que correr detrás de las manadas, o buscar cultivos salvajes de grano. Bastaba con quedarse cerca de los humanos para comernos lo que cultivaban y contagiarles enfermedades, porque también virus y bacterias crecieron en una multitud feliz.

Una jugada maestra de Gea, sin duda, porque ¿quién domesticó a quién? ¿De verdad los humanos domesticaron los cereales y algunos animales? ¿No serían precisamente esas especies animales y vegetales las que consiguieron esclavizar a la humanidad, y ponerla a su servicio?

Pero la genialidad radica en que estáis convencidos de haber dado un gran paso adelante gracias a vuestro ingenio e inteligencia. Gea os aplaudió.


Y así, con rapidez evolutiva gracias al alto crecimiento, aparecieron las instituciones, que trajeron consigo a las élites: la clase sacerdotal, los reyes, la nobleza, los generales y unas cuantas sanguijuelas más que se dedicaron alegremente a fundirse cualquier excedente alimentario, cuando no a deleitarse extrayendo los escasos bienes de la prole agrícola para su mayor provecho. Pero de eso hablaremos en detalle en el próximo capítulo.

Con todo ello, apreciados humanos agrícolas y ganaderos, y parásitos en general, nos despedimos por hoy.

Como siempre, os deseo mucha mierda.

 

 

 


[1] Por mucho que a los escarabajos nos guste el Heavy metal, para no andar con AC/DC utilizaré una notación más sencilla: son negativos los años anteriores al año cero de vuestra era, y positivos los años posteriores.


Referencias

Bohannan, P. (2010). Para raros, nosotros. Madrid: Akal, S.A.

Harari, Y. N. (2014). Sapiens. Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial, SAU.

 

 

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