Historias de MI puta mili: (5) El alférez canijo y canoso


Obviamente, no solo teníamos un esbozo de vida propia, también dedicábamos mucho tiempo a la instrucción y al ejercicio físico. Durante uno y otro luchábamos como podíamos contra el destino en forma de mandos militares y objetos malévolos de todo tipo.

Dedicaré este capítulo y los próximos a algunas anécdotas que creo representativas del espíritu militar.


Hasta entonces habíamos convivido sobre todo con el sargento y, de vez en cuando, hacía su aparición el teniente. Del segundo ya hablaré (mal) más adelante, pero ahora quería mencionar a los alféreces.

Para entendernos, un alférez es un universitario que decide hacer el servicio militar como oficial, ignoro a través de qué camino exactamente. A mis efectos, el caso es que no eran militares de carrera por lo que en privado se podía hablar con ellos como con cualquier otro compañero, pero en público no dejaban de ser mandos algo más razonables que el promedio.

No eran los únicos universitarios que tenía a mi alrededor. Otros habían optado por ir agotando prórrogas hasta acabar la licenciatura, y habían sido reclutados en ese momento. Eran fáciles de reconocer porque eran reclutas con unos pocos años más, y una especie de paz de espíritu en la mirada, supongo que por haber acabado la carrera. Dio, además, la casualidad de que decidieron agruparlos a todos en mi compañía, que resultó en consecuencia tener un nivel intelectual muy superior al promedio. Aparte de proveernos de servicios médicos y jurídicos gratuitos.

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El CETME

Bien, el caso es que nuestro teniente decidió que había que ponernos en forma. Nos sacaron al patio en formación con el uniforme de faena – botas, pantalones anchos y una especie de saco con mangas y cuello – y nos hicieron coger a cada uno un CETME. Para quién lo ignore, eso era el fusil de asalto del ejército español en aquellos años, un cacharro de más de un metro y unos cuatro kilos y medio descargado.

Ahí estábamos, en posición de descanso, cuando vemos acercarse a un alférez. El hombre tenía la cara curtida y todo el pelo blanco, muy delgado, con una sonrisa de esas que son más de ojos que de boca. El sargento nos lo presenta y nos dice que el oficial es el encargado de ponernos en forma, porque somos algo así como mierdas con el culo gordo. No recuerdo que él dijese ni una palabra.

Cuando el sargento acabó con su arenga, el alférez se dio la vuelta y dio orden de marcha a paso ligero. Eso significa pasos cortos muy frecuentes, con el arma sujeta en diagonal frente al cuerpo.

Cuando estuvimos solos con el oficial marchando delante nos miramos unos cuantos con sonrisas de suficiencia. Éramos jóvenes, robustos, y estábamos en forma. Aquello era pan comido.

Media hora más tarde el fusil pesaba cinco o seis quintales, las piernas empezaban a parecer ajenas, y los pulmones a doler. Aproximadamente la mitad de la compañía se había descolgado y caminaba arrastrando los pies soportando las broncas consiguientes de los soldados de refuerzo que cerraban la marcha.

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Quitando las caras tiznadas y el equipo, que los reclutas no tienen asignado, esta es más o menos la pinta que teníamos.

Pero nosotros éramos jóvenes, fuertes, estábamos en forma, y no éramos nada razonables, así que seguíamos al alférez canijo y canoso tan bien como éramos capaces.

Un cuarto de hora después las botas pesaban cinco o seis quintales cada una, los pulmones estaban a punto de salir por la boca a buscar aire, y las piernas eran un foco de dolor entre las uñas de los pies y la cintura. Pero además de jóvenes, fuertes, en forma y obstinados, teníamos nuestro orgullo, así que seguíamos al galgo uniformado, que ni siquiera tenía la decencia de sudar.

En esto que se gira el abuelete estrellado – los alféreces llevan una estrella en el hombro – con su sempiterna sonrisa en la mirada, y sin dejar de marchar – ¡de espaldas! – al mismo ritmo, nos suelta:

Bueno, creo que ya está bien por hoy. Seguidme que conozco un atajo.

Gira a la izquierda y, siempre al mismo ritmo, empieza a subir por la pendiente de un monte. Si cuesta abajo por una carretera estábamos agotados, ni os cuento lo que es correr por terreno desigual y resbaladizo cuesta arriba.

Obviamente, él llegó mucho antes a la cima, y siguió marcando el ritmo allí mientras nos arrastrábamos penosamente monte arriba. Cuando llegamos a su altura de nuevo se dio la vuelta y empezó a bajar por la otra ladera en dirección al cuartel sin aflojar ni acelerar la frecuencia de sus pasos ni siquiera en un decimal. Por nuestra parte, lo que hacíamos ya no era marchar sino arrastrar nuestros cuerpos.

Cuando llegamos al patio detrás del monstruo canoso éramos una docena del centenar y pico que había iniciado la marcha. Allí nos esperaba el teniente, que saludó al alférez, se nos queda mirando, y nos suelta:

Bueno, veo que habéis conocido al alférez …. Habéis tenido suerte, no siempre se puede presumir de que nos entrena un campeón de campo través. Y ahora dejad los CETME y preparaos para la ducha.

Tuvimos premio: nos dejaron estar en la ducha hasta que fueron llegando los demás. Cuando los que habíamos sobrevivido fuimos capaces de hablar, empezaron a oírse cosas como “Cagüen todos los antepasados del puto canoso”, “Con que el viejales éste no iba a aguantar ni diez minutos…”, “Cagüen todos los corredores de campo a través del universo”, …


Eso sí, a unos pocos el hombre aquél nos puso realmente en buena forma. Por el contrario, la mayoría de los reclutas que nunca fueron capaces de seguirlo sufrieron múltiples castigos.

Así fue cómo comprobé que, por más amistoso que pareciera, ningún oficial era de fiar. Nunca. Porque no se sabe cuándo, pero seguro que te acaba jodiendo.

Gracias por dejar un comentario. Nota que no se aprobarán aquellos que superen las 250 palabras, o contengan afirmaciones no demostradas. Por ejemplo, si afirmas que la madre de algún personaje público ejerce la prostitución, tendrás que aportar pruebas.

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