Historias de MI puta mili: (6) Día de tiro con CETME


Además de cargar con el puñetero CETME a la hora de hacer ejercicio y de desfilar, nos enseñaron a desmontarlo y volverlo a montar sin que sobrasen piezas, limpiarlo, engrasarlo… Nos enseñaron de todo, excepto a usarlo.

Llegué a pensar que esta gente era más sabia de lo que parecía, y no pondría un arma cargada en manos tan poco fiables. Me equivoqué, por supuesto, y un buen día fuimos al campo de tiro con las escopetas gordas.


Bajamos de los camiones en una explanada acabada en un monte de unos treinta o cuarenta metros de alto que destacaba como un grano enorme en el culo del mundo. A los pies habían puesto un montón de dianas.

Nos mandaron situarnos en una hilera, rodilla en tierra, mirando hacia las dianas, y meter el cargador. Fueron pasando los instructores para comprobar que no habíamos quitado el seguro – alguna colleja voló, así que algún impaciente hubo – y cuando el teniente se aseguró que todos apuntábamos hacia delante, mandaron echar atrás el cerrojo para meter una bala en la recámara. Luego dieron orden de fuego a discreción tiro a tiro hasta agotar la munición. 20 cartuchos si no recuerdo mal.

No soy hombre de armas de fuego, siempre me han divertido más los clásicos, como las espadas, pero reconozco que los primeros disparos, hasta que le tomas la medida al retroceso, fueron entretenidos. Después, como de todas formas no podía ver la diana que me tocaba, y no tenía ni idea de dónde estaba atinando, si es que lo hacía, ya me puse en modo mecánico y fui apretando el gatillo sin más hasta vaciar el cargador. Eso me dio tiempo a fijarme que el pobre montículo estaba siendo acribillado en toda su extensión y no solo en su base, e incluso escuché silbar más de una bala que se perdía por encima.

Durante todo este tiempo no paraban de insistir en que mantuviésemos siempre el cañón hacia delante. Entiendo su obsesión, porque el tamaño de las balas de 7,62 – el cartucho completo mide un poco más de 7 centímetros de largo – no hacía presagiar nada bueno si alguna se escapaba en la dirección equivocada.

Repetimos el ejercicio cuerpo a tierra, con similares resultados. Y cuando digo similares, me refiero a los disparos al aire, y a otros que impactaban a mitad de ladera. Aproveché que ya le había pillado el tranquillo y que no tenía demasiado interés por el tema para observar a mis compañeros. Descubrí alguno que no solo tenía los dos ojos cerrados y cara de estreñimiento, sino que incluso apartaba la cara para no ver dónde daba. Debían ser adoradores de la diosa Tierra que se sentían mal por meterle balazos. No sé.

De nuevo las repeticiones de alto el fuego, mantened los fusiles siempre apuntando hacia delante, etc. Nos reparten otro cargador y esta vez nos ordenan disparar en modo ráfaga. No sé si lo habéis hecho alguna vez, pero con el retroceso tan bestial que tenía el trabuco aquél, era casi imposible evitar que el final de la ráfaga se fuese hacia arriba y a la derecha, trazando surcos en diagonal sobre el monte.

Ese fue el momento que eligió un compañero con el CETME encasquillado para ponerse de pie y girar el cuerpo – arma incluida – 180 grados apuntando al teniente mientras gritaba “mi teniente, mi teniente, esto no va…” sin dejar de apretar el gatillo para ver si se desatascaba. Suerte que los demás ya estábamos cuerpo a tierra, y que el dios de los idiotas no quiso que se liberase el arma en ese preciso momento. Con toda la calma del mundo el oficial le pidió el CETME al recluta patoso, y cuando lo tuvo a buen recaudo le soltó dos bofetadas seguidas al imbécil que, a mí, que estaba en su ángulo de tiro, me supieron a gloria. La primera vez que veía hacer a aquél teniente algo provechoso para la tranquilidad de mi espíritu.

Mientras se llevaban al asesino de masas potencial, los instructores pasaron para revisar los CETME, comprobar que todo estuviese en condiciones, repitieron otra vez las mismas instrucciones con una pequeña variante –“Si alguien vuelve a girarse con el CETME le pego un tiro yo mismo” -, nos dieron otro cargador, y nos dijeron que disparásemos a ráfaga estando de pie.

Con tanta instrucción, revisión de armas, y el shock del tonto del culo que se había girado, nadie se dio cuenta de que habían aparecido unas ovejas por la cumbre. Nos pusimos a disparar. Como el CETME tendía a desviarse, en un momento dado vi una oveja en el punto de mira y del susto levanté el dedo del gatillo. La mayoría dejó de disparar por propia decisión, y los instructores andaban gritando “¡¡alto el fuego!!” como energúmenos. Justo a tiempo, porque el pastor se había lanzado como un loco a llevarse sus ovejas, exactamente por el lado en el que estábamos disparando unos segundos antes…

Un momento, ¿dije estábamos, en pasado? Pues mal dicho, porque unos cuantos, sea porque ya estaban medio sordos por la escandalera que lían un centenar de CETMEs disparando a la vez y no escucharon a los instructores, sea porque estaban en estado de shock con los ojos cerrados intentando imaginarse lejos de allí, o sea porque simplemente les apetecía matar unas cuantas ovejas, seguían disparando. Llegué a ver cuatro o cinco surcos de balas subiendo por la colina hacia las ovejas y el chiflado del pastor que corría detrás de ellas.

Finalmente, no pasó nada, pero estoy por decir que fue de milagro. Del pastor y sus ovejas no llegué a saber nada más. Tampoco volvió a repetirse el dislate suicida de repartirnos cartuchos, de esos que matan.


Para este capítulo me gustaría hacer un par de reflexiones. La primera es que, si bien el teniente al mando de mi compañía era, como se verá más adelante, un soberano capullo, el tío tenía valor y no se asustaba fácilmente. Hay que reconocérselo porque ese día se ganó, si no mi aprecio, sí al menos mi respeto.

La segunda es que si de entre un centenar de españolitos normales de a pie quedó demostrado que había media docena francamente peligrosos para sí y para los demás – el que se dio la vuelta, y los que siguieron disparando después de que apareciesen las ovejas -, sospecho que la proporción no será menor en países como EEUU de América, donde cualquier imbécil puede comprar un arma de asalto. Pensadlo, porque eso explica unas cuantas cosas.

Gracias por dejar un comentario. Nota que no se aprobarán aquellos que superen las 250 palabras, o contengan afirmaciones no demostradas. Por ejemplo, si afirmas que la madre de algún personaje público ejerce la prostitución, tendrás que aportar pruebas.

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