(5) ¡Mierda, los imperios!


A gran diferencia de los coleópteros – seres doblemente más avanzados que vosotros ya que tenemos dos dimensiones: la individual y la colectiva – los Sapiens sois xenófobos por naturaleza. La evolución os hizo así, los vuestros son los buenos, y los otros no. Tiene sentido porque cualquier otro grupo será considerado, como mínimo, un competidor por los recursos en un contexto cazador-recolector, o un enemigo si nos situamos en una cultura – es un decir – agrícola.

No es casualidad que muchos nombres de etnias vengan a significar lo mismo para ellas mismas: la palabra esquimal inuit significa la gente; en Alaska y Siberia residen los yupik, las personas reales; en Sudán los dinka son personas, mientras que los nuer son las personas originales; y así.

De modo que asimiladlo: lo lleváis impreso. Pero claro, eso supone toda una serie de problemas en las sociedades agrícolas. ¿Cómo comerciar con los otros si ni siquiera hablan el idioma de las personas? ¿Y cómo cultivar tierras si luego la gente tiene que luchar para salvar las cosechas de los ajenos que no son nuestra gente y que se las quieren quedar?

Pues así nacieron los imperios. El primero que se reconoce como tal es el acadio de Sargón (ojo, no confundir con Saurón) el Grande, hacia -2250. Empezó siendo rey de una pequeña ciudad-estado en Kish, y en pocas décadas había conquistado buena parte de la región. Sin duda, este hombre fue un culo inquieto y muy ambicioso.

Sin embargo, los primeros imperios se basaban en un principio de tipo simiesco: “Tú me pagas tributos, y yo no te zurro”. Esta filosofía es difícil de manejar a largo plazo porque tarde o temprano las personas se rebelan contra aquellos con los que no comparten su cultura, por muy conquistadores que sean.

El problema lo resuelve Ciro II el Grande de Persia hacia el -550. Con toda la prosopopeya de personaje tan preclaro, declara a los otros conquistados que él es su emperador, que todos y cada uno de sus vasallos deben amarlo, y sobre todo que sepan lo afortunados que han fueron al haber sido conquistados por Persia. Es decir, que cualquiera que fuese la cultura de la etnia conquistada, pasaba a ser más o menos persa en lugar de lo que fuera antes.

Una visión imperial benevolente, inclusiva y global que en la práctica significa la aculturación de los pueblos sometidos por la vía del establecimiento de un contrato político: “Tú me amas y me obedeces, y yo te proporciono seguridad y orden. Y si no te gusta, pues te mato, pero sin acritud“.

Fue realmente una idea genial, porque ahora los otros eran parte del nosotros, gustasen o no de ello. Y así se acabaron los inconvenientes que he mencionado al principio: no puedes ser xenófobo si los otros resultan ser nosotros también. El imperio diseminaba dentro y fuera de sus fronteras ideas, instituciones, costumbres, leyes, igualaban culturas y normalizaba medidas y monedas, facilitando el comercio. Una maravillosa simplificación de la gestión para los gobernantes imperiales, previsibilidad, estabilidad y orden para los gobernados.


Todavía nos falta definir qué es un imperio. Es un gobierno sobre pueblos diferentes entre sí, con fronteras flexibles y territorio potencialmente ilimitado (obviamente hasta tropezar con otro imperio). Y así fue cómo se redujo drásticamente la diversidad cultural de vuestra especie.

Claro, que esto traía consigo el inconveniente de qué hacer durante proceso.

Supongamos que el pueblo de los Pulgones, con religión animista que atribuye vida a todos los seres de la naturaleza, es invadido por el imperio Termita, politeísta.

En una primera fase, todo aquél Pulgón que apoyase a los Termitas con la excusa de que traían tecnología, conocimiento, comercio, etc. serán considerados traidores a la ancestral cultura Pulgón y ejecutados por los suyos, mientras que quienes resistan al invasor serán declarados traidores al imperio y ejecutados por los otros. Un proceso doloroso, con fuertes divisiones y enfrentamientos internos.

Los Monty Python describieron perfectamente esta etapa de confusión:

Pasadas un par de generaciones, la cultura animista pulgona se habrá ido olvidando, los jóvenes se habrán formado en la cultura termita, y serán politeístas. Aunque podrán rezar también a sus antiguos dioses, porque el imperio Termita los habrá asimilado. Sin embargo, los pulgones serán considerados ciudadanos de segunda clase, y un tanto abandonados a su suerte, cuando no exhaustivamente explotados a la mayor gloria del imperio.

Cuando pasa algún siglo que otro, ya será difícil establecer quién fue Pulgón en origen y quién Termita. Aparece una sociedad híbrida, con una cultura básicamente termita, pero con elementos pulgones. Entonces, en algún momento, un descendiente patricio de Pulgón será coronado emperador Termita.

Ya no habrá marcha atrás, la cultura Pulgón será tan solo un recuerdo. E incluso cuando el imperio desaparezca por alguno de los muchos motivos que los han hecho desaparecer a lo largo de la Historia, los ex-Pulgones ex-Termitas se encontrarán con que no hay futuro, ni probablemente un pasado al que regresar.


Citando otro ejemplo más realista y menos insecto, Roma fue fundada hacia -753, pero hasta el año +48, bajo el reinado del emperador Claudio, no se admitieron bárbaros romanizados en el Senado. Sin embargo poco después, entre el año +98 hasta el +180 Roma fue gobernada por emperadores nacidos en Iberia: Trajano, Adriano, Antonino, Marco Aurelio. Les seguirían Septimio Severo (Libia), Heliogábalo (Sirio), Filipo (árabe), …

Procesos parecidos siguieron los imperios africanos y asiáticos, hasta el punto de poder afirmar que la inmensa mayoría de las culturas humanas son, en mayor o menor medida, legados de imperios antiguos o modernos, imposibles de anular. Por eso en la actualidad, por más furibundamente identitaria que sea la cultura local, la población seguirá hablando el idioma de la exmetrópoli, muchas leyes tendrán allí sus raíces, y los edificios del período colonial seguirán siendo un símbolo del país.


Como podréis suponer, esto de los imperios les vino de perlas a los nuestros. Decenas de miles de personas apelotonadas en ciudades, ¡¡yabadabadoo!! No había que esforzarse mucho para que los chiquitines de la evolución – ratas, insectos, carroñeros, etc… – fuésemos felices rodeados de defecaciones y putrefacciones de todas clases, o gozando de la posibilidad de transmitir enfermedades con gran eficiencia.

Ahora bien, os podríais preguntar por la parte teocéntrica de esta parte de la historia: ¿qué papel jugaron las religiones a la hora de consolidar la expansión cultural de los imperios?

Eso ya os lo contaré en una próxima entrega. Ahora tengo que dejaros, que me esperan para acercar a la colonia una pelota de boñiga.

¡Mucha mierda!

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Referencias

Berger, P. L., & Luckmann, T. (2015). La construcción social de la realidad. Buenos Aires: Amorrortu Editores, SA.

Harari, Y. N. (2014). Sapiens. Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial, SAU.

Nixey, C. (2017). La edad de la penumbra. Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial, SAU.

2 comentarios sobre “(5) ¡Mierda, los imperios!

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