Historias de MI puta mili: (7) Disciplinando reclutas listillos.


El teniente que nos había tocado en suerte era joven, probablemente recién graduado, y ocupaba una jefatura de compañía que le correspondía en realidad a un capitán. No sé si quería hacer méritos, o si simplemente quería poner a prueba lo que le hubieran enseñado en la academia militar, pero el caso es que se empeñó en hacer de nosotros un grupo de soldaditos obedientes y disciplinados.

Así lo intentó.


Nuestro teniente debió llegar a la conclusión de que la compañía no desprendía el esperado espíritu castrense, y no dejaba de estar en lo cierto. Hacíamos lo que se nos pedía, pero no desprendíamos entusiasmo, ni mostrábamos el temor que se espera de reclutas. Sospecho que sospechó que la razón estribaba en el alto nivel promedio de educación, ya que en torno a un tercio del grupo había pasado por la universidad, aunque fuera con tan escaso éxito como en mi caso. Ergo, el bajo nivel de temor se debía a la actitud relajada del grupo dominante con estudios, que tenía que romper para alcanzar el control pleno.

Decidió el hombre poner en marcha algunas maniobras de división, de castigo, o de vaya usted a saber qué. El primer paso fue seleccionar a los sospechosos, y componer un grupo de una treintena de reclutas, casualmente los de mayor nivel de estudios.

Empezó la cadena de barbaridades por el agotamiento, con la consabida marcha a paso ligero con el CETME en posición de revista. O sea, sostenido a pulso, en diagonal delante del cuerpo. Os aseguro que, al cabo de unos minutos, eso duele, y mucho.

Cuando nos consideró ya tiernos y receptivos, sacó el recurso de la división del grupo. De vez en cuando nos paraba, le echaba la bronca a alguien por llevar el arma demasiado baja, por perder el paso, o cualquier otra excusa. Y entonces venía la consabida frase:

Por culpa de este inútil, ahora vais todos a correr un cuarto de hora más. Ya se lo podéis agradecer a …  – (Llénense los puntos suspensivos con el nombre del cabeza de turco del momento).

No le funcionó porque la mayoría éramos muy conscientes de lo que estaba haciendo, y el resto estaba demasiado agotado para pensar en nada. Debió de notarlo, porque cambió de táctica.

Nos hizo enfilar la cuesta que según el alférez canijo y canoso era un atajo, pero esta vez cuerpo a tierra y reptando. Entre el esfuerzo físico que requiere hacer de lagartija, el cansancio acumulado, y los rasguños que iba dejando la maleza, llegamos arriba hechos una piltrafa. Aún así, de vez en cuando volvía a intentar culpabilizar a algún desgraciado de la putada que nos estaba gastando, señalándolo con una pedrada que siempre caía cerca, aunque debo reconocer que sin impactar.

Cuando llegamos arriba, cubiertos de tierra, agotados, sedientos, creímos que daría la cosa por acabada porque nos permitió regresar al cuartel caminando con el fusil al hombro. Error.

Nos hizo formar en la plaza de armas, y empezaron los ejercicios en formación. Que si cuerpo a tierra, que si media vuelta, que ahora en firmes, … Como es fácil suponer, allí ya fallaba la mayoría. Si tocaba girar a la izquierda, pues alguno se iba a la derecha, si media vuelta, siempre había alguien que la daba por el lado contrario, … Y claro, cada vez vuelta a empezar por culpa de alguien que ¡faltaría más! no era el teniente.

En un momento dado, me acabó de romper todos los esquemas. Llevamos la escopeta al hombro, y nos hizo apuntar. Enfrente, solo estaba él, así que todos le apuntamos. Por el ángulo de los cañones que veía de refilón, más de uno a la zona media. Nos tuvo así diez minutos que parecieron horas con el agotamiento acumulado.

Si pensáis que yo estaba deseando haber tenido una bala en la recámara, acertáis. Y eso es lo que me desconcierta, porque se supone que nos estaban entrenando para dispararle al enemigo, que para eso servía aquél ejército, ¿no? Pues os aseguro que de haber entrado en acción ya habíamos aprendido la lección: la primera bala para el teniente, luego ya nos preocuparíamos de lo demás.

Para entonces, debía estar convencido de tenernos dominados, de modo que, todavía en formación, mandó descanso y nos dio permiso para movernos en silencio, manteniendo el pie adelantado quieto, advirtiendo que si alguien movía ese pie volveríamos a empezar. Yo me puse a jugar a aguantarme sobre una pierna mientras me equilibraba con el fusil, por hacer algo. Pero un cachondo, que habitualmente me seguía en la formación, tuvo otra idea mejor: manteniendo el pie de pivote, se puso a dar pisotones con el otro, girando hasta donde podía, y luego a la inversa hasta quedar casi de espaldas. Viendo que el teniente no decía nada, un recluta se puso a taconear a ritmo de sevillanas. Otro se marcó un solo de guitarra sorda con el CETME. Y esos eran los que yo podía ver desde mi posición, sin dislocarme el tobillo, pero por el ruido no eran los únicos.

El oficial, viendo que aquello empezaba a ser un espectáculo, pero fiel a su palabra – eso tengo que reconocérselo – rompió filas. Volvimos arrastrándonos a la compañía, totalmente agotados, pero creo que ni vencidos, ni humillados.


El teniente pareció aceptar aquello con deportividad, porque no volvió a intentarlo. Pero sigo pensando que en caso de haber tenido que ir a hacer cosas de militares en serio, ese día él hubiese sido nuestra primera baja, por fuego amigo (es un decir).

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