Historias de MI puta mili: (8) El día del reclutamiento.


Los cuerpos especiales del ejército se alimentaban de voluntarios. Para conseguirlos, en cada reemplazo se reunía a los candidatos y se les dejaba a merced de unos reclutadores, cada uno de los cuales vendía la excelencias de su grupo. Los legionarios, la chulería del uniforme y la posibilidad de ser los primeros en entrar en acción, los paracaidistas y los cuerpos de operaciones especiales (COE), el deporte y la aventura de riesgo.

Lo cuento porque las tácticas no difieren mucho de las utilizadas por los vendedores de colchones y robots de cocina en esas reuniones en las que te regalan el Taj Mahal si acudes, y no deja de ser sorprendente que tengan éxito. La gran diferencia es que en el ejército, una vez firmas el contrato, hacer un simpa se castiga con prisión militar.


Nos encerraron en el salón de actos a unos cuantos. Entraron unos gallardos suboficiales de cada uno de los cuerpos y, mientras ellos soltaban su rollo en el estrado, unos compinches suyos andaban entre nosotros alagándonos el oído.

Y allí estábamos todos, deslumbrados por las maravillas que el ejército ponía al alcance de los temerarios, desesperados – los cuerpos especiales cobraban un sueldo de mierda, pero sueldo al fin y al cabo – y sobre todo, los incautos. El resto procurábamos no establecer contacto visual y pasar desapercibidos.

Más adelante compartiría algunos ejercicios de guerrilla urbana con los COE, y eso daba tiempo para charlar. Efectivamente hacían mucho ejercicio. Por ejemplo, el ejercicio de supervivencia, en el que los soltaban en zonas desiertas sin comida ni bebida y tenían que buscarse la vida durante unos días para regresar al cuartel. O, por ejemplo, ejercicio de natación: los despertaban de madrugada, los metían en botes inflables, los adentraban en el mar, y una vez allí los tiraban al mar. Búscate la vida para regresar al cuartel nadando, sin que se mojasen ni las armas, ni la munición. Por no contar los ejercicios de lucha a cara de perro con y sin arma blanca, las marchas cargados como burros, …

Para terminar este apartado me gustaría contar algo personal. Supe por mi superior que los mandos de la COE habían solicitado que les trasladasen unos cuantos Policías Militares, entre los que yo me encontraba, como voluntarios forzosos. Juro que estuve estreñido durante cuatro días, hasta que se confirmó que las cabezas mandantes lo habían denegado.

Con los paracaidistas compartí unas cuantas guardias, y lo que me contaban también daba miedo. Sí, estaban en una forma envidiable, la paga era buena comparada con otros cuerpos, el uniforme también era chulo, … Por otra parte, allí no se aceptaban miedos al riesgo. Si te decían que tenías que saltar de no sé cuantos metros al suelo sin colchoneta, pues lo hacías. Para conseguir que vencieran el miedo sus reclutas, utilizaban más miedo. Por poner un ejemplo, en las Palmas utilizaban el pelotón de castigo, que consistía en estar todo el día caminando, incluida la hora de comer, desde que se levantaban hasta la hora de retreta.

Los legionarios chuleaban, porque podían hacerlo. Sus uniformes eran descarados, en el sentido de desparpajo: cuellos abiertos, mangas remangadas, … Prometían deporte y aventuras. Y no mentían, si entiendes por aventura que son los primeros enviados allá dónde hay un conflicto, que hacen marchas y maniobras a troche y moche, … Lo que tampoco te decían es que la disciplina y el nivel de exigencia eran brutales, y no he elegido esta palabra por casualidad. Un legionario tenía que estar habituado a todo y reaccionar a una mirada de sus mandos, y eso tiene el precio de una presión brutal. Con un añadido, que la presión se transmite por la vía de tus propios compañeros. Lo que intentó hacernos el teniente en aquél día de disciplina era allí habitual, y es fácil de comprender porque ellos sí dependían unos de otros para salvar el pellejo. Para que os hagáis una idea, alguien me contó que tan pronto bajan los nuevos reclutas del camión, les hacen el pasillo para que sepan dónde están. Obviamente nunca tuve ocasión de comprobarlo, pero me parece verosímil.

Sé de la dureza de las condiciones de los legionarios porque, siendo ya Policía Militar en Las Palmas, me tocó en más de una ocasión trasladar a legionarios desertores, o a gente que ponía la pierna sobre dos sillas y se la partía con el fusil para poder salir de allí, pero cuando nosotros interveníamos, era porque no había colado. Por no hablar de los tiros en el pie, que no son una leyenda urbana. Lo malo es que, si simplemente sospechaban los mandos que fue intencionado, podías acabar en una prisión militar… con la pierna escayolada. En cambio, nunca tuve que intervenir en un asunto de este cariz con los paracaidistas o COE.


Como ya ha quedado claro, tuve contacto con estos tres cuerpos de élite, conocí a sus mandos, y debo reconocer que su nivel era muy superior a la media en lo que respecta a hacer cosas por ellos mismos, pero también eran duros, muy duros. Qué remedio.

Gracias por dejar un comentario. Nota que no se aprobarán aquellos que superen las 250 palabras, o contengan afirmaciones no demostradas. Por ejemplo, si afirmas que la madre de algún personaje público ejerce la prostitución, tendrás que aportar pruebas.

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