Historias de MI puta mili: (10) Últimas anécdotas.

Hubo muchas más anécdotas a lo largo del campamento. Cuando estás en un entorno extraño, y más cuando ese contexto es tan surrealista como el ejército de reemplazo de los años setenta, llaman enormemente la atención los pequeños detalles, que se graban en la memoria. Hoy mencionaré un par de auto-humillaciones, aunque sólo sea para dejar constancia de que ocurrieron, para mi vergüenza.

Con esto, cerraré este capítulo dedicado al recluta Bigardo.


El salto de caballo.

¿Os acordáis del alférez canijo y canoso? Pues se convirtió en algo así como nuestro fitness coach (nótese la ironía).

Como ya conté en este blog, por naturaleza siempre partí con hándicaps físicos y mentales importantes a la hora de practicar deporte. Había aprendido a correr (pero solo si había alguien o algo al que perseguir), a saltar (si había un balón) y algunas cosillas más, pero seguía siendo un total negado para todo lo demás.

Bien, pues a nuestro querido teniente, que en el ejército descanse, se le ocurrió que para salir los fines de semana había que superar algunas pruebas. Desfilar no era un problema, tampoco saltar longitud o altura, correr, … pero hay una cosa que se me resistía: saltar el caballo.

(El de gimnasia, no de los que comen y defecan, que yo era de infantería y no de caballería.)

El caballo maldito. 130 centímetros de alto, 160 de largo y 35 de ancho.

A duras penas me las apañaba con el potro, pero el maldito invento me tenía comida la moral. No se trataba, en absoluto, de un problema de potencia de salto, sino de coordinación. O no ponía las manos donde tocaba, o no abría convenientemente las piernas, o no me impulsaba con los brazos en el último tramo…

El caso es que diez veces de cada diez acababa con una figura congelada en el extremo, y la caída posterior sobre el culo o la barriga en todo lo alto del invento. Como el tipo este del vídeo, pero con el culo aterrizando siempre sobre la parte inclinada. Mi único descargo es que no disponíamos de una palanca para iniciar el salto, como sí tiene él.

Esto no se lo exigían a la gente que tenía sobrepeso, o era demasiado canija, pero al recluta de apariencia atlética que era yo, sí, porque el teniente estaba convencido de que era cabezonería por mi parte.

Bien, esto os explicará por qué solo salí del cuartel una única vez en todo el período de campamento. Llegaba el final del trimestre de formación, y yo no había visto Tenerife ni una vez, así que un viernes decidí que yo iba a saltar el jodío bicho.

Tomo carrerilla, salto con todas mis fuerzas… y no apoyo los brazos en ningún sitio, como si el caballo no estuviese. Dicho de otra forma, no salté el caballo, lo sobrevolé. Tarde o temprano tenía que vencer la gravedad, así que mi abdomen y las piernas golpearon sobre la parte inclinada del caballo, hicieron la palanca perfecta, la cabeza descendió en vertical justo al borde de la colchoneta (por la parte de fuera) y el cuerpo acabó cayendo completamente plano, de espaldas sobre el colchón.

Como ya he dicho antes, éramos jóvenes, en forma e indestructibles, porque salí de aquella prueba con solo un chichón. Me ayudaron a levantarme y miré fijamente al oficial canijo y canoso. Cuando consiguió dejar de reír me dio permiso ese fin de semana.

El resultado en lo sucesivo es que el alférez me prohibió volver a saltar el caballo, por mi bien, y el teniente me prohibió salir si no saltaba el caballo, por mi tozudez en no saltarlo. Un bucle perfecto.

El partido de baloncesto.

Uno de esos fines de semana que no pude salir leí un anuncio en el que se buscaban jugadores para montar un equipo de baloncesto. Como por una cosa – al principio, porque no había uniformes de mi talla – o por la otra – el jodío caballo mencionado, o los arrestos y servicios – tenía que pasar los fines de semana en el cuartel, no tenía nada que perder.

Recordad que, por entonces, yo medía 1,92 y pesaba unos ochenta kilos. Era el típico pívot de las ligas bajas de la época, cuyo trabajo era, básicamente, capturar rebotes, poner tapones y tirar debajo del aro. A nadie se le había ocurrido – Magic Johnson aún no era famoso en España – que un tipo alto pudiese botar el balón, o lanzar a canasta desde lejos. Yo sabía, por tanto, hacer lo mencionado y absolutamente nada más.

El caso es que me fui para el campo de baloncesto a la hora indicada, un individuo se me presenta como entrenador, y me pide que haga una demostración. Yo lancé a canasta, hice un par de entradas, y ya estuve en el equipo.

Debí haberme mosqueado cuando me dijeron que estaba dentro, e insistieron en que ya me podía ir, que estaba todo claro, que me avisarían para el partido, y que no íbamos a entrenar.

El caso es que me citaron para jugar el primer partido a la semana siguiente, efectivamente sin haber entrenado juntos ni una vez. Llego al campo ya vestido con un equipaje improvisado de baloncesto. Éramos seis, uno de ellos el supuesto entrenador. Yo hice unas cuantas entradas y calenté corriendo un poco por el campo, mientras mis flamantes compañeros se quedaban fuera, charlando. Eso también debió mosquearme.

Cuando el árbitro pita los tres minutos para empezar el partido, se acercan los otros, y el entrenador me dice que yo voy a mover el balón. Ahí sí me revuelvo y le digo que una mierda, que yo juego de pívot. Primero se enrolla conque el entrenador es él porque ha inscrito al equipo, que él decide, … Cuando la cosa empieza a ponerse tensa, otro de los jugadores me confiesa que ellos no han jugado al baloncesto en su puta vida, que han montado el equipo para conseguir un permiso extra, y que si no muevo yo el balón no lo hará nadie. En fin, que ese era el momento adecuado para marcharme, pero por un prurito estúpido, me quedé.

Los del otro equipo tenían todo el aspecto de semiprofesionales. Un par de tíos de dos metros, unos cuantos en torno al metro noventa, y un par de bases que manejaban el balón que te cagas. Por reflejarlo en una imagen, yo me sentía como el señor Burns en la imagen de cabecera.

Hice de tripas corazón, hago el salto, se lo lleva el otro equipo, mete canasta y empieza a presionar. Saco de fondo, le paso el balón a un compañero que lo pierde. Repetimos, le paso el balón a un compañero muy cercano, que me lo devuelve. Tengo cuatro tíos como cuatro torres rodeándome y el base de ellos en el centro del campo, esperando no sé muy bien el qué. ¿Y los míos? Pues los cuatro capullos están en el otro campo moviendo los brazos como locos para que les pase la pelota “porque están solos”.

Fue un partido rápido en el que el otro equipo yo creo que ni sudó. No recuerdo el resultado, pero sí que su marcador tenía tres cifras, y el nuestro una. Fue la segunda mayor humillación de mi penosa carrera deportiva. Para la primera aún faltaban un par de años y no pienso contarla.


Hacia el final del campamento de tres meses nos ofrecían puestos voluntarios. Enterado de que me tocaba infantería – o sea, marchas, maniobras, guardias, sargentos, tenientes, capitanes, comandantes… y de todo en abundancia – solicité destino en la Policía Militar de las Palmas. ¿Por qué? Pues por pura lógica, como solían ser mis decisiones irracionales de entonces:

  1. El voluntariado me permitía elegir isla, y yo no pensaba quedarme en Tenerife ni jarto de vino. Vale, no era racional porque apenas había visto una vez Santa cruz, pero me da igual.
  2. Unidad pequeña, luego menos mandos odiosos.
  3. Podía olvidarme de las marchas, y en las maniobras los PM solo iban de apoyo.
  4. La Policía Militar no me podría putear, porque yo sería uno de ellos. Una rama menos cagándose sobre mí.
No os equivoquéis, los de abajo del todo son la Policía Militar en esta analogía. Pero pensad que los soldaditos de Infantería estaban mucho más abajo, al pie del poste.

De mi llegada a las Palmas hablaremos ya en la próxima publicación, en la que el título cambiará ligeramente: serán las historias de mi PM.

En la primera entrada os contaré lo divertidas que eran las novatadas.

Saludos, y a cuidarse que viene un fresquete fortalecedor por el horizonte.

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