Ifigenia: 1.1 – La infancia

Anónimo

Mi nombre no importa, soy uno de esos usuarios avanzados de la red que procura navegar de forma anónima por la cuenta que le trae.

Respecto de este relato, más adelante fingiré que he encontrado un manuscrito, o que alguien me contó esta historia, … Pero la verdad seguirá siendo que es pura ficción, desarrollada a partir de una idea surgida en un momento de debilidad cognitiva y emocional.

Entendedlo en ese contexto, y sed benevolentes con mi esforzada neurona de imaginar.

1. Infancia

Ifigenia nació con el siglo y milenio en los que le tocó vivir. Sus padres eran gente extraordinaria. Es decir, bien educados, poco ordinarios: un doctor en matemáticas que se ganaba la vida como dependiente en una ferretería, y una doctora en biología dedicada a la enseñanza como profesora eternamente interina. Con tales precedentes, es obvio que su nacimiento fue algo calculado y cuidadosamente planificado, sin que nada se dejase al azar. Aparte del espermatozoide concreto que ganaría la carrera, que siempre hay que darle una oportunidad al diablo.

Para redondear sus magras ganancias, los doctos progenitores mantenían una academia de repaso, más o menos legal, a la que asistió pacíficamente Ifigenia desde su más remota infancia.

Fue Ifigenia – cariñosamente, Ifi para sus padres – una niña preciosa y de sonrisa fácil, dedicada a observar todo cuanto ocurría a su alrededor con sus grandes ojos verdes. Incluyendo, por supuesto, las clases que sus padres impartían en la academia a chicos y chicas de bachillerato. Ella observaba, sonreía y callaba.

Ya empezó a resultar un tanto sospechoso que seis años después siguiese haciendo lo mismo, sobre todo lo de callar. En la escuela se dedicaba a contemplar los juegos de sus coetáneos en el recreo, sin intervenir. Y digo coetáneos y no compañeros porque lo único que compartía con el resto de la clase era la edad: ni palabras, ni juegos, ni mucho menos la merienda.

Para entonces ya emitía algunas frases, acompañadas siempre de una sonrisa. Si quería comer decía “tengo hambre”. Nótese que nunca dijo “¡Quiero galletas!”, por ejemplo. Ifi enunciaba una necesidad que convenía satisfacer, sin entrar en más detalles. Si tenía hambre, perseguía el dejar de tenerla. Tanto le daba una galleta con chocolate, que un plato de brócoli. Las sospechas sobre su extraordinariedad (para bien o para mal) seguían creciendo.

Tampoco levantó nunca la mano en clase, pero sus exámenes hubiesen sido perfectos de no ser por su irritante costumbre de enmendar la plana a sus maestros. O maestras, que en eso tampoco mostró predilección alguna. Pero éstos (o éstas) rara vez eran capaces de enfadarse cuando la tenían enfrente, y es que esos ojos verdes subrayados por la luminosa sonrisa diluían cualquier reproche en el momento. Las sospechas ya se iban confirmando: Ifi – a la que todavía se conocía por este diminutivo infantil – era extraordinaria.

Al acabar el colegio se dirigió a sus padres y les dijo, tranquila y sonrientemente, que como no había decidido todavía a qué dedicaría su tiempo de estudio, deseaba prepararse para todas las ramas serias, lo que, en su mente, implicaba todo aquello que empezase por Ciencias. A tal fin, se matricularía libre de dos ramas del bachillerato para poder examinarse ese mismo año, y de paso ahorrarse el aburrimiento de unas cuatrocientas clases rodeada de excedentes hormonales en forma adolescente. Sorprendidos, sus muy racionales progenitores intentaron argumentar, pero no sabemos el qué porque Ifi les comunicó que sólo pretendía mantenerles informados. Sonrió, besó a ambos, dio media vuelta, y se encerró en su cuarto.

Llegado el momento Ifigenia se examinó como había previsto. Obtuvo notas altísimas, pero no perfectas porque no pudo resistirse a la tentación de criticar a la débil mente que había redactado el examen, lo que despertó algunos sesgos malhumorados de los examinadores. Parece evidente que había prestado más atención a las clases paternas que los bachilleres púberes a los que iban dirigidas… y pagaban por ellas.

Poco tiempo después informó a sus doctorales padres que había logrado becas de las más prestigiosas universidades, y que se marcharía en unos días. De nuevo sonrió, besó a ambos, y se fue a preparar las maletas. Por lo que fuera, Ifigenia no consideró importante informar de qué universidades, en qué países, o si pensaba regresar en algún momento. Si sus propios otros significativos, como diría el dicharachero de George Herbert Mead, no fueron informados, tampoco nosotros sabemos mucho al respecto.

Perderemos la pista de Genia – desde ahora nos olvidaremos del cariñoso diminutivo infantil, porque la van a llamar Genia, de genial – durante unos años, y la reencontraremos ya veinteañera, con unos pocos doctorados, becada en una universidad de mucho, pero que muchísimo prestigio, a las órdenes – conociendo a Genia, sabemos que eso es un decir – de un premio Nóbel de Física.

En realidad, la hemos reconocido por sus ojos luminosos y por su sonrisa, porque en este tiempo Genia se ha convertido en una muchacha de enorme belleza, aspecto despistado, y comportamiento aparentemente aleatorio. Al menos desde el punto de vista de los homines vulgaris sapiens que la rodean, porque por supuesto Genia es totalmente racional, si aceptamos que la razón puede ser a la vez sistémica, holística y heurística. Y es que los razonamientos de Genia abarcaban el todo y cada una de sus partes al mismo tiempo, y además lo hace de forma prácticamente intuitiva y sin esfuerzo. Como siempre hemos sospechado, es extraordinaria. Ahora ya sobresale incluso entre quienes calificaríamos de extraordinarios.


Y aquí es dónde acaban los prolegómenos del viaje de Ifigenia, y pasamos (o no, eso depende de quien esto lea) al relato propiamente dicho.


Capítulo anterior: 0.0 – Presentación

Capítulo siguiente: 1.2 – Los apetitos de Ifigenia

2 comentarios sobre “Ifigenia: 1.1 – La infancia

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