Historias de la PM (1): la recepción.

Si recordáis cómo finalizaba la serie anterior, yo me había presentado voluntario a la Policía Militar de Las Palmas huyendo de las marchas, las maniobras y los muchos mandos.

Al finalizar el campamento nos metieron a un montón de reclutas más o menos patosos en un barco y nos trasladaron.

En el cuartel ya corrían muchos rumores sobre las novatadas, pero yo – ingenuo de mí – pensé que eso era cosa de las demás unidades, la Policía Militar no, esos tenían que ser gente seria…


Nada más bajar del barco nos encontramos con un montón de gente uniformada pegando voces:

  • Los de artillería, por aquí.
  • Los de Infantería, que vengan para acá.
  • Los mierdas de la Policía Militar, ¡que vengan cagando hostias!

Aquello mosqueaba, y no poco. Para entonces ya había aprendido a diferenciar por su actitud a los mandos. Al igual que los grandes depredadores, destilaban un sereno peligro. Y así era en todas las unidades presentes en el desembarco, en las que los cabos primero, con su galón dorado, miraban de lejos, los cabos a secas, con tres galones rojos, organizaban y controlaban, y los soldados rasos eran los que metían prisa al reclutamen.

Sin embargo, detrás del Land-Rover de la Policía aparecían un puñado de locos, en los que el nivel de vociferío era directamente proporcional a su jerarquía. Mientras un soldado raso fumaba tranquilamente apoyado en el coche, un cabo primero iba insultándonos y metiendo collejas. Formamos bajo el vuelo de ofensas y golpes, hasta que decidieron subirnos al vehículo.

La trasera estaba pensada para seis humanos, pero allí metieron a ocho y sus respectivos macutos. También nos hicieron una tournée turística, por los caminos peor mantenidos de la isla. Total, que un trayecto que llegaría a saberme de memoria, de unos quince minutos, se transformó en casi una hora de dar saltos, sujetos a dónde podíamos.

Comprenderéis que ya no tuviese dudas, aquello apestaba a novatada. La pregunta es si prefería sufrirla en silencio y vengarme después – había aprobado el curso de cabo – o los mandaba a la mierda de buen principio. Opté por la discreción, porque miraba a mis compañeros de reemplazo y pensaba que cuanto más fuésemos, menos humillante sería la cosa. Aparte de que me quedaban meses de convivencia con aquellos hotentotes, y no era cosa de ganarme su enemistad el primer día.

Tuviese o no razón, que probablemente no, mi decisión fue callarme y sufrir aquello en silencio.

Por entonces, la unidad de la Policía Militar de las Palmas se alojaba en el Castillo de la Mata, en el espacio que se ve de frente subiendo por Bravo Murillo, en unas viejísimas instalaciones que compartíamos con los legionarios. Es decir, en unas ruinas. De hecho, la foto de cabecera es de los años cuarenta, y salvo la desaparición de las dependencias blancas que se ven a la parte de abajo, lo recuerdo igualito.

Nos pasaron por el patio de los legías – nombre cariñoso de los legionarios – para gran cachondeo de estos y nos dejaron sentados en el comedor, una estancia pequeña, en pendiente, ganada a la muralla del castillo. Siguieron las voces, los insultos… Se presenta el que llevaba los galones de cabo primero y pregunta a voz en grito.

  • ¡Quién es el que viene para cabo, que le vamos a explicar cuatro cosas!

Hombre, yo había decidido no enfrentarme, pero tampoco era cosa de ayudarles, así que me puse a mirar a los demás inocentemente. Para mi sorpresa, uno de los compañeros de reemplazo levanta la mano. Se ensañaron con él, pobrecillo.

Luego nos fueron llamando uno a uno a una sala adyacente, y nos hicieron pasar por una especie de circuito de puteo en el que nos robaron ropa, y nos humillaron de todas las formas que se les ocurrió, incluida la conocida broma de pintarnos el ojete con mercromina. Resistí la tentación de peerme, más que nada porque con el estreñimiento que llevaba aquello podía acabar mal para mí.

Cuando salgo, un veterano algo más sereno que los demás me acompañó hacia los barracones, dos salas de techo altísimo que daban directamente a la muralla. Me señaló una taquilla, y una litera en el tercer piso de cuatro. Dejé mis cosas y salí a fumarme un cigarrillo.

Ahí estaba, mirando la ciudad, cuando un tipo enorme sale gritando de la sala de humillaciones amenazando con tirarse desde la muralla. Me asomé, eran unos cinco a seis metros con suelo blando al final. No era buena idea, porque era más probable quedarse tonto que matarse. Una ristra de veteranos andaba detrás de él intentando frenarlo, pero como digo el hombre era muy grande, casi tan alto como yo, pero el doble de ancho.

Aunque solo fuese por solidaridad con mi compañero de reemplazo, y recordando que yo iba a tener que comandar aquella bestia durante nueve meses por lo menos, me interpuse.

  • Para tío, que es una puta broma.
  • No, yo no aguanto aquí, yo me tiro…
  • ¡Que estos hijos de puta nos están gastando una broma!
  • ¿Qué? ¿Que esto es una broma?
  • Que sí, joder, que los galones son de mentira.

El compañero me miró, supongo que llegó a la conclusión de que yo tenía pinta de creíble, se giró hacia todos los que venían detrás de él, y entonces lo tuve que sujetar para que no empezase a repartirles golpes a los veteranos, que yo creo que hubiese podido con todos ellos. Allí la mayoría nos acabaríamos conociendo por el apodo – no recuerdo el mío, pero seguro que lo tuve -. Bueno, pues el muchacho se quedó con “Loco”.

Más tarde averigüé que nos robaban camisas y cinturón de recambio porque era una tradición. A alguien se le ocurrió hace tiempo, y desde entonces quienes estaban a punto de licenciarse robaban la ropa de los reclutas para no tener problemas. Una chorrada, porque yo no lo hice y me licencié igual.


Hasta el día siguiente no sabríamos quién era mando y quién no en aquella casa de locos. Pero eso ya lo contaré otro día.

Un comentario sobre “Historias de la PM (1): la recepción.

  1. Inteligente fue mi hermano al ir a la mili, eran las últimas milicias, y con ello incremento el poder de su paciencia, de la que ya era un maestro, frente a las novatadas.

    La última que le hicieron fue ponerle un chicle en el bigote mientras dormía y la reacción al levantarse fue coger su cuchilla de afeitar i sacarse todo el bigote, sin problemas. Los chulitos pensaban que se enfadaría, iban apañados.

    Un saludo Vicente

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