Ifigenia: 1.2 – Los apetitos


Un año más tarde, Ifigenia trabajaba a la sazón bajo las órdenes – como ya hemos mencionado, es sólo una forma de hablar – de un catedrático patrio que le pagaba por fingir que investigaba un nuevo tipo de superconductor en condiciones ambientales. En realidad, nuestro doctísimo cenutrio – además de arrogante y presuntuoso, según el parecer de Genia – la había contratado para poner a punto una versión de superconductores que podía revolucionar el mercado. Y ya de paso, hacerlo inmensamente rico gracias al genio de Genia (disculpen la redundancia). Sin embargo, nuestra protagonista tan sólo fingía hacer cosas de cenutrios ambiciosos, porque su objetivo estaba puesto en algo más suculento, científicamente hablando.

Para poneros en situación con su entorno laboral, cada día el trabajo matutino empezaba con una conversación tal que así:

  • ¡Buenos días, guapísima, que no eres más guapa porque no quieres! Tenemos que quedar un día después del trabajo a tomar unas copas…
  • Buenos días don Leandro – ojazos abiertos y sonrisa de entre semana – ¿Cómo está su esposa? ¿Y sus cuatro hijos?
  • ¡Ejem! Bien, bien… ¿Cómo progresa el superconductor calentito, como le llamo yo? ¡Ja, Ja!
  • Perfectamente, don Leandro. Ahora mismo estoy a punto de superar el horizonte de singularidad del punto cuántico Congé de Ogino, para enfrentar el misoginio fotópsico de las cuerdas de Falopio. Ya casi lo tenemos calentito, como sólo usted podría decir. ¡Je, je!

Pero no perdamos más el tiempo con la charada de ganarse la vida, y vayamos al grano. Pocas horas antes del momento ¡Eureka! de Ifigenia, ésta se encontraba en su alojamiento alquilado en un barrio popular (o sea, vulgar de la muerte). Uno de esos estudios (es decir, una habitación y vas que te matas) que dicen que tiene mucho ambiente (una docena de hunos de todas las edades por rellano) y grandes posibilidades (de venirse abajo en cualquier momento).

Tenía un sueldo, si no brillante, al menos decente, y pocos gastos, ¿por qué habitaba aquella cochambre? Pues deberíais recordarlo del capítulo anterior: porque Ifigenia sólo se preocupaba de satisfacer necesidades. Un lugar cerrado, ni frío ni caliente, con un catre para dormir, y poca superficie que limpiar (si hubiese pensado en hacerlo, que ni se le ocurrió). Satisfacía por tanto su necesidad de dormir a cubierto, y con eso era suficiente. Tampoco su gata, llamada con escasa imaginación Miss Schrödinger (Miss para los amigos) planteó nunca ninguna queja más allá de hambre, sueño, o juego.

Las paredes de su apartamento (por llamarlo de alguna forma) eran negras como la noche. No por un capricho lúgubre del casero, sino porque Genia las pintó así para disponer de abundante superficie de escritura. Las paredes-pizarra ya estaban abarrotadas de garabatos ininteligibles para cualquiera que no fuese su autora. O quizás, Einstein redivivo hubiese pillado algo, pero es dudoso. Miss simplemente las ignoraba, aunque de vez en cuando se afilaba las uñas en alguna brillantez matemática.

Por poner unos ejemplos para que entendáis fácilmente de qué iba la cosa, rodeando la puerta del baño se encontraban las ecuaciones correspondientes a las curvas cerradas de tipo tiempo, basadas en el postulado de curvatura de la energía comprendido en la Teoría General de la Relatividad. Alrededor de la ventana, incluida la superficie por debajo y por encima de la misma, con alguna anotación secundaria en los visillos, podían leerse las ecuaciones propuestas por Richard Gott para su teoría de las cuerdas cruzadas. En la pared de cabecera de la cama había desarrollado la paradoja EPR de comunicación FTL, aunque con poca esperanza de éxito, casi por obligación.

No quiso escribir sobre el suelo por miedo a que Miss emborronase algo, y se estaba planteando subir a la mesa y escribir en el techo cuando notó que tenía hambre. Y el solo hecho de notar su hambre, la hizo sentir extremadamente hambrienta. Desesperadamente hambrienta, podríamos decir.

No merecía el esfuerzo asomarse a la diminuta nevera, porque ya sabía qué encontraría: medio limón, coherentemente medio podrido. Se puso unos pantalones cortos directamente recogidos del cesto de la ropa sucia, penetró en una camiseta que colgaba de una lámpara, se dirigió hacia la puerta, cogió un billete del cenicero, bajó los escalones y salió a la calle.

En su misma manzana abrieron unos meses atrás un garito presuntuosamente llamado Trattoria de Shangai – tal cual – en el que vendían porciones de algo plano y superficialmente coloreado que el menú se atrevía a calificar de pizza. Claro que para un italiano aquello sería probablemente calificado de ¡pizza de merda, porca puttana!

Tampoco es que el rostro marcadamente oriental de los propietarios, cocinero y camareros impartiese confianza. No obstante, para Genia eran calorías a buen precio, y por tanto adecuadas.

Puesto que estaba atascada y no tenía prisa, se sentó a una pringosa mesita apartada, en un rincón oscuro, y tan a salvo de galanes en celo como una moza de buen ver podía sentirse. Arrancó a deglutir su porción de cosa plana y coloreada, con una cerveza de marca probablemente muy popular en China. Esa era una de las ventajas de disponer de un metabolismo prácticamente perfecto, que le permitía llevar directamente cualquier alimento de la boca al estómago, y de ahí a la cloaca correspondiente, sin que llegase a enfermar, engordar ni adelgazar. Es por tanto coherente a este respecto que utilicemos verbos como deglutir o trasegar, y ni se nos ocurran otros como degustar.

Andaba Ifigenia distraída, pero no tanto como para no observar que en la mesa contigua una pareja de mujeres mantenía una intensa conversación silenciosa por debajo del tablero. Y la discusión debía ser apasionada, porque los sonidos emitidos por encima de la mesa no pasaban de entrecortadas frases y palabras apocopadas, susurradas desde rostros enrojecidos por el excesivo ardor sanguíneo. Por decir algo.

Genia miraba a las mujeres, y a medida que comía y observaba empezó a sentir menos gula y más lujuria. Miró, sonrió y abrió implacablemente sus luminosos ojos verdes para tratar de ganarse una invitación al evento, pero ninguna de las dos mujeres le dirigió siquiera la mirada. Se estremecieron discretamente cada una en su momento, arreglaron sus ropas, pagaron en la barra y se marcharon. Podría decirse que Genia se quedó con hambre y sin viandas que llevarse a la boca, maldiciendo las gentes egoístas que no invitaban a desconocidas abiertamente amistosas.

Abro aquí un pequeño paréntesis para indicar que Ifigenia no es homosexual, ni bisexual, ni lo-que-sea-sexual, es simplemente práctica. Si de lo que se trata es de frenar el hambre, ya sabemos que tanto la satisface una pizza di merda que un plato de brócoli con coles de bruselas, sin ir más lejos. Respecto del sexo, seguía el mismo esquema: hombres, mujeres, o variaciones en la escala analógica de los sexos, el caso era acallar la libido para pasar a cosas más interesantes.

Genia paseó impaciente la mirada por el local. En la barra una pareja de hombres de origen claramente no europeo, y si me apuran dudosamente terrícola, discutía en un idioma que tanto podía ser mandarín como sánscrito a sus efectos. Complicado: no hablaba fluidamente ni lo uno ni lo otro.

Dos muchachas, estudiantes en alguna universidad o colegio privado por su aspecto, susurraban y soltaban risitas animadamente. Ahí se requería discreción en grandes cantidades, podían montarle un escándalo si se equivocaba. O aún peor, ponerse a orar por ella, y hay pocas cosas menos libidinosas que los rezos a voz en grito.

En otro rincón un joven la miraba a hurtadillas. Su apariencia era como un letrero luminoso que dijese – Hola, soy un friki como la copa de un pino, y sólo he visto mujeres desnudas en dos dimensiones -. Parafraseando a Woody Allen en “La última noche de Boris Grushenko”, los frikis dicen ser grandes amantes porque practican mucho cuando están solos. Luego lo intentan en mundos de cuatro dimensiones (incluida la dimensión temporal, una vez descontado su componente imaginario) y la cosa se les complica.

Descartó inicialmente al cocinero, al que había entrevisto por la puerta de la cocina, porque dudaba que su catre fuese a aguantar esos 140 kilos de grasa y sudor mandarín. Pero sólo inicialmente, que nunca se sabe.

Y ya sólo quedaba la ceñuda mamma oriental que cuidaba de la caja registradora. Una mujer menuda, por no decir momificada, con una vaga edad entre treinta y muchos y ochenta y pocos años. Tenía su puntito de suspense, pero si resultaba estar en la franja superior de edad podía acabar dislocada de la cadera, o vaya usted a saber qué añeja articulación. Luego todo es correr al hospital y responder a preguntas embarazosas, un lío.

Sin embargo, debía tomar una decisión porque ya sabía por experiencia que de no satisfacer su libido inmediatamente acabaría en una noche en vela y dos juegos de pilas, y no estaba segura de si había comprado recientemente. Un tostón al que ya había recurrido con demasiada frecuencia últimamente. Si quería compañía, tenía que decidirse rápido, pero ¿cuál era el (la/los/las) mejor (mejores) candidato (candidata/candidatos/candidatas)?


Dejemos a Genia en tensión por un momento y pidamos el comodín del público: ¿qué será, será? ¿Dos chinos? ¿Dos pijas, posiblemente del Opus Dei? ¿Un cocinero gordo? ¿Una mamma oriental de datación indefinida? ¿Un virtuoso del 2D? ¿Otro juego de pilas extra?


Capítulo anterior: 1.1 – La infancia de Ifigenia

Capítulo siguiente: 1.3 – La revelación

Gracias por dejar un comentario. Nota que no se aprobarán aquellos que superen las 250 palabras, o contengan afirmaciones no demostradas. Por ejemplo, si afirmas que la madre de algún personaje público ejerce la prostitución, tendrás que aportar pruebas.

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