Historias de la PM (2): así son las cosas.

Al día siguiente, efectivamente resultó que los individuos más tranquilos que participaron menos en la novatada tenían galones, y los más vociferantes no.

También apareció por allí un sargento profesional que resultó ser el jefe accidental – a falta de asignación de un oficial – de la unidad.Así me enteré de cómo iban a funcionar las cosas a partir de ese momento, al menos en la teoría.


La primera noche dormí lo mejor que pude, teniendo en cuenta que me alojaba en el tercer piso de una litera de cuatro adosada a unas taquillas metálicas. Cuando alguien de la columna se ponía cariñoso consigo mismo, aquello parecía un barco en alta mar para el de arriba, pero cuando era él quién se amaba, la estructura entera empezaba a dar golpes contra las taquillas y nos despertaba a todos. Tuvimos que explicarle al muchacho que no sabíamos si se iba a quedar ciego, pero tonto de las hostias que le íbamos a dar, seguro. No volvió a ocurrir, ignoro si por contención y abstinencia, o si es que encontró un picadero mejor dónde quererse.

Para acabarlo de arreglar, la litera medía metro ochenta de largo, unos doce centímetros menos que yo, y más o menos lo mismo de ancho. Tenía que dormir sacando el brazo sobre las taquillas como se ve en la foto.

Imagen que contiene interior, pared, armario, persona

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Durante el desayuno los veteranos nos explicaron lo bien que lo habían pasado, el susto que nos dieron, y como suele suceder en estos casos, se excusaron en la tradición. Yo pensaba que también era una tradición bonita echar a los leones a los cabrones, pero no lo dije.

De hecho, mantuve perfil bajo toda la mañana hasta que me llamó el sargento. Un hombre ya con muchos años de servicio, que tenía otro trabajo para ganarse el pan, y que lo único que pretendía era vivir una vida sin sobresaltos.

Me explicó que iba a vetar cualquier intento de ascenso porque no les interesaba que saliesen cabos primero de la Policía Militar. Una de las condiciones asociadas al ascenso era el traslado, probablemente a Infantería, y que los recién ascendidos de otros grupos no querían venir ni locos, así que se quedaban sin mindunguis galonados. Hasta ahí, eso no me suponía ningún problema: no pensaba hacer carrera en el ejército, y menos en la Policía Nacional, que era la salida más habitual.

Lo que si me preocupó es que, con mis tristes galones rojos, yo iba a hacer guardias de suboficial de plaza por sus órdenes. Es decir, que mi humilde persona, con una mierdecilla de galones, tendría que ejercer de suboficial de guardia de toda la isla a efectos militares, por encima de sargentos y brigadas que se lo iban a tomar a mal con toda seguridad. Estaría a las órdenes de un oficial de plaza – habitualmente de capitán para arriba – que podría amargarme la vida tanto como quisiera, y además en rotación cada semana, de modo que era estadísticamente seguro que nos cayese algún cabroncete cada dos o tres semanas, por lo menos.

El otro servicio de plaza que nos tocaba era el de la guardia de Gobieno Militar, en la que nos turnábamos con los paracaidistas.

Lo más interesante es lo que no había hecho ni dicho el sargento: no me había amenazado, ni me había exigido un cupo de soldados arrestados.

Teniendo en cuenta que éramos solo dos cabos asimilados a suboficiales por la cara – asimilados solo en las responsabilidades, de la paga ni se habló – , y que a lo anterior había que sumar las guardias de cuartel, saqué cuentas fácilmente: tendría una tarde libre cada seis días, y eso si todo iba bien. Todo por unas trescientas pesetas al mes, gastos incluidos porque tocaba llevar el uniforme impecable. Pues vale.

Ya solo me quedaba comprar unos galones en alguna tienda y coserlos. Allí mismo me dieron la galleta con el emblema de la PM, que también había que coser. Sabía que para todo ello necesitaría aguja e hilo, pero ahí acababan mis conocimientos de costura.

Cuando salí los veteranos me miraban como a un bicho especialmente traicionero por no haberles dicho quién era. Si recordáis la novatada, el que pagó el pato fue el otro compañero que levantó la mano cuando preguntaron quién venía para cabo. Veníamos dos, y ellos no lo sabían, así son las cosas.

Obviamente compuse mi mejor cara de jugador de póker. Uno de ellos se me acercó y me dijo amenazante:

  • No nos gustan los enterados.

Me paré, lo miré fijamente como quedándome con su cara. Luego de unos segundos, me despedí con un alegre “pues vale”. Después de lo que nos habían hecho, y de lo que me había contado el sargento, bastante me importaba su opinión.

Me fui a charlar con mi nuevo colega, el cabo primero de verdad, que me dio algunos consejos sobre dónde comprar los galones, a quién pedirle que me lo cosiera todo por unas pesetas, y uno que resultó ser el más valioso de todos: dónde conseguir que cosiesen una raya en el pantalón para no tener que plancharlo continuamente.

Podéis ver cómo quedó todo en la foto de portada. En cuanto a la intrahistoria de la fotografía, el muchachuelo vestido de legía apareció por allí un día pidiendo hacerse una foto con quién estuviese al mando (ojo, no confundir: yo soy el más alto de los dos), nos la hicimos, y luego salió corriendo. Pero la foto mola.


Obviamente, lo de la formación para realizar nuestras tareas se refería a lo habitual en el ejército: si no te arrestamos es que los haces bien. Ni código militar, ni instrucciones para las guardias, … Por si alguien se lo pregunta, tampoco vino a verme el Espíritu Santo de guardia. Tocaba improvisar.

Al día siguiente hice mi primera guardia.

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