Ifigenia: 1.3 – Revelación


La razón sistémica, holística y heurística de Ifigenia analizó los riesgos y expectativas de beneficio en un plis plas, y eligió. El friki, que tenía la ventaja a priori de ser, con casi total seguridad, humano, y unas pilas de larga duración, por si acaso.

Ifigenia apuró el último sorbo de su cerveza tibia de dudoso origen, se levantó de la mesa y se sentó al lado del atemorizado friki, de quién, por ahora, ignoramos el nombre. Claro, que para lo que nos va a servir, tampoco es que importe demasiado. Por ahora.

Ojazos abiertos al máximo y sonrisa de domingo:

  • Holaaaaa.
  • Esteeee… hola
  • Me estabas mirando, ¿te gusta lo que ves?
  • Esteeee… ¡perdón! – Rojo, como un tomate muy maduro con acné –  yo no quería molestar ….
  • La pregunta no es tan complicada, ¿te gusto lo suficiente para echar un polvo? ¿Sí, o no?
  • ¿Eh? Sí, ¿no? ¿Un qué? ¿Es una trampa? – el pobre friki sospechó una broma pesada de los abusones del Instituto (o de la Universidad, o del barrio, que por abusones no será). ¿Una moza como aquella le preguntaba si le gustaría retozar con una mujer de verdad? ¿Con un bellezón con cuerpo tridimensional y todo? Miró alrededor buscando la cámara oculta televisiva o youtubera – ¿Y la cámara? ¿Va en serio?

Genia empezó a preocuparse por el ajuste de su Sistema 1 de toma de decisiones (también había leído a Kahneman, por supuesto). El tipo parecía estar por debajo de los umbrales de un simple homo-kleenex. ¿Le habría fallado su extra-sensitiva cognición?

Tomó la decisión por los dos.

  • ¿Has pagado la consumición?
  • Eeehhhhh, sí

Lo tomó con fuerza del brazo, descubriendo sorprendida que el húmero parecía venir envuelto en músculos, incluso en músculos desarrollados. Sin embargo, el resto del cuerpo aparentaba entre blandengue y amorfo, como carente de voluntad. Lo empujó hacia la salida.

  • Venga, vamos que aún tenemos que pasar por la tienda a comprar pilas.

El amante potencial, que a eso había sido ascendido el friki, a duras penas fue capaz de afirmar un par de veces con la cabeza. Genia lo dejó en la puerta de la tienda. Pensó por un instante en atarlo, pero eso podría implicar demasiadas explicaciones.

  • Quieto aquí, ¡ni te muevas!

Nuevos cabezazos de arriba abajo con la vista perdida en sus propios pies. Genia aprovechó para escabullirse al interior de la tienda y comprar un juego de pilas grandes, de duración extra. Cuando salió, el joven seguía allí, exactamente en el mismo sitio, con la misma mirada entre asombrada y asustada, aunque ya sin cabecear. Temió asustarle todavía más, de modo que lo tomó suavemente de la mano y lo llevó arrastrando los pies hasta la puerta de su casa (los arrastraba él, ella arrastraba el conjunto).

Dejó al muchacho cuidadosamente apoyado contra la pared, porque temió que se derrumbase al soltarlo. Abrió la puerta, volvió a tomarlo de la mano, lo dirigió hacia el catre ignorando los bufidos de Miss Schrödinger, cerró de nuevo la puerta con cuidado para que no saltasen ni el marco, ni la cochambrosa pared. Observó al chico con algo más de detenimiento. En realidad, de no haber sido por su aspecto atemorizado, la cara llena de granos, el flequillo sobre los ojos, una postura de abyecta conmiseración, y una ropa totalmente inadecuada para un adulto, no habría estado mal. Sintió despertar en ella una cierta ternura, como si hubiese recogido un cachorrito hambriento. Aunque obviamente no haría con un cachorrito lo que pensaba hacer con el friki. Esas eran más bien cosas de adultos.

Compuso su sonrisa más sexy y se acercó tarareando lentamente You can leave your hat on. De dos patadas se descalzó, sacó la camiseta de un tirón, y desabrochó la cinturilla de los pantalones cortos. Los ojos del sujeto de tales detalles se abrieron hasta alcanzar un tamaño sorprendente en un humano (e incluso en un tarsero), mientras la mandíbula inferior se descolgaba, amenazando seriamente con ahogar en saliva la tráquea.

Ya, de paso, empujó con el pie a la irritada gata hacia el baño.

Tarsero, tarsio, o tarsius. Parece que se fijan mucho.

Llegados a este punto me permitiréis que me salte los pasos intermedios, porque al fin y al cabo esta historia no va de la vida amorosa de Ifigenia. Baste decir que efectivamente el sujeto activo – aunque poco centrado – era más musculoso de lo que se intuía por su postura encogida en el cutribar. También, como cabía sospechar, que no era muy ducho en la materia, aunque se le debía reconocer voluntad, esfuerzo y una materia prima de aceptable calidad y cantidad.

En parte para no tener que ver de cerca los granos de la cara del friki, y en parte por simplificarle la tarea a su esforzado amante, Genia había elegido la postura que la rancia cultura sexual española define como “mirando pa Cuenca”. Aunque ni Genia ni quienes suscriben hayamos entendido jamás qué significa eso de mirar hacia Cuenca, porque, al menos que ella supiese, Cuenca queda hacia el sureste desde Madrid (cosa que nosotros incluso ignorábamos), y ella se conformó con apuntar al cabezal de la cama.

Como el viril friki no se reveló como un buen conversador, ni falta que le hacía, y Genia no practicaba el sexo para disfrutar, sino para aliviar sus apetitos, se entretuvo repasando las ecuaciones situadas alrededor de la cabecera de la cama mientras su libido se refocilaba. Ya se sabe: mens sana in corpore fornicatur.

Y ocurrió lo que solía ocurrir en estas circunstancias, que una cosa llevó a la otra, y de pronto Genia tuvo una revelación:

  • …Si el tiempo no fuese más que otra dimensión sin componente imaginario en algún universo paralelo n-dimensional, siendo n un número natural mayor que cuatro… Obvio: la cuarta dimensión espaciotemporal no representa más que una evolución de la entropía del universo cerrado… ¡La clave está en conseguir un gradiente extremo entrópico! ¡Era la puta entropía! ¡Pues claro! ¡Sí, sí, SÍ, SÍ, SÍÍÍ, SÍÍÍÍÍÍ…!¡Te quiero, Rudolf Julius Emmanuel Clausiuuuuuuuuuuuuus!

Ifigenia se irguió de un salto, dejando a su compañero de ejercicio desequilibrado y bombeando en el vacío. Sin prestarle atención se abalanzó sobre el cuaderno y el bolígrafo que siempre dejaba en la mesita para estos casos, y vertió sobre el papel ecuación tras ecuación, hasta que se dio cuenta de la indecisa posición en que había quedado su partenaire, totalmente paralizado por el estupor. Sin dejar de escribir regresó a la posición anterior, ya se sabe: enfilando Cuenca o lo que se enfilase vía cabecero.

  • Adelante, sírvete tú mismo. Cuando acabes te puedes marchar. Acuérdate de cerrar al salir.

De haber sido posible en un ser vivo, los ojos del amante descolocado se hubiesen abierto todavía más. Tras un instante, un simple y vergonzoso instante de duda, nuestro friki, colaborador involuntario en lo que posiblemente sea el hallazgo más importante desde lo de sir Isaac Newton y la manzana, recuperó algo de dignidad. No mucha, habida cuenta de las circunstancias, pero algo de orgullo encontró en algún lugar de su humillado espíritu (entre otros órganos).

Se dirigió hacia el baño. No se sabe qué objeto lo guió inicialmente, pero desistió cuando fue ardientemente recibido por una gata enfurecida, que salió disparada. Aunque no sin antes lanzar unos arañazos hacia las piernas desnudas de quien identificó como responsable de su encierro.

Sea como fuere, prefirió olvidar lo que fuese a hacer, recogió su ropa, se vistió apresuradamente, echó un vistazo hacia Genia, que seguía en la misma postura en que la dejó, maldijo a su orgullo que lo empujaba a ignorar tamaña fuente de lujuria, y se dirigió murmurando hacia la puerta.

  • Por si te interesa, que está claro que no, me llamo Turi-El. Y que sepas que hay un error en las ecuaciones: has integrado mal el efecto Casimir.

Dicho esto, el joven salió cerrando la puerta despacito, como si no quisiera molestar. Genia, abstraída en sus cálculos, no lo escuchó inmediatamente. La segunda frase flotó por el aire – la primera careció de interés en todo momento – y se abrió paso lentamente desde el oído hasta alcanzar la consciencia (ojo, no confundir: la conciencia sin “s” intercalada es algo ajeno a este relato). Cuando llegó, fue como un aldabonazo:

  • ¿Un error? ¡UN ERROR!

Genia saltó atropelladamente de la cama, salió al pasillo, se asomó por el vano de la escalera, corrió a la ventana del rellano que daba a la calle, pero ni rastro de Teruel, o como se llame. Cuando, irritada, se giró para regresar a su cuarto, un coro de adolescentes que salían en ese momento de una de las viviendas (o lo que fuera) estalló en aplausos, vivas, hurras y silbidos. Y es que, con las prisas, nuestra protagonista salió vestida con tan sólo unos calcetines. Ifigenia miró ceñuda a los púberes, que redoblaron su homenaje, y se dirigió corriendo – lo que acabó de entusiasmar a su público – hacia su guarida, cerrando de un portazo que hizo estremecer el edificio.


Como sin duda la mayoría ignoráis, en la tradición ortodoxa se atribuye el nombre de Turi-El a uno de los líderes de los ángeles caídos. Tampoco es que importe mucho para este momento de nuestra historia, pero como nombre de friki suena un tanto pretencioso. Claro, que si abundan los nombres de arcángeles por ahí – Miguel, Rafael, Gabriel, … – ¿por qué no un líder de los ángeles del infierno?

Ahora sabemos algo más del amante frustrado: dice que le llaman como un ángel caído, pero no sabemos si ese es su nombre o un apodo, parece defenderse con las matemáticas, y conoce el efecto Casimir. Hay hombres virtuosos que se apañan con mucho menos.


Capítulo anterior: 1.2 – Los apetitos

Capítulo siguiente: 1.4 – Encuentro

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