Historias de la PM (3): la guardia.


En aquél año de 1977 el Movimiento por la Autodeterminación e Independencia del Archipiélago Canario (MPAIAC) acababa de iniciar sus acciones, y el Rubio se había convertido en una obsesión. Teniendo la perspectiva de ETA, GRAPO, etc. el ejército se lo tomaba bastante en serio, aunque la soldadesca no tanto.

Por eso, la guardia del Gobierno Militar era un servicio en el que, de vez en cuando, se producían alertas, pero el resto del tiempo era un aburrimiento total. Eso inducía al relajamiento y a las pequeñas maldades como forma de escape. Os lo cuento.


El Gobierno Militar estaba – y creo que sigue estando – enfrente del Parque de San Telmo (ver foto de cabecera). Me temía que hubiese que hacer un relevo de la guardia en plan formal, a lo Buckingham Palace, pero según parece al Gobernador Militar le importábamos un bledo porque nunca nos pidió nada. En cambio, le encantaba formar a la guardia saliente (o entrante) de paracaidistas para pasarle revista, seguido por el cabo primero que la mandaba. Las más de las veces, su Excelencia llevaba un notable pedo encima, y alguna que otra, cuando la guardia era saliente, el cabo primero también. Y cuando digo pedo, no me refiero a un pedete lúcido, sino a un pedazo pedo tambaleante.

Como dije, quitando las alertas por supuesto terrorismo y las revistas del general, aquello era un muermo que consistía en controlar quién entraba y salía durante el día, y el resto del tiempo guardar la puerta y patrullar por los jardines por la noche, o simplemente cuando apetecía estirar las piernas.

Todo esto me lo explicó amablemente el cabo primero de los paracaidistas, a quién llegué a tomar aprecio. Uno de las mentes lúcidas más cínicas, o viceversa, que he conocido nunca.

Y si era aburrido para la guardia, imaginaos para su jefe – para mi desgracia, yo mismo – que solo tenía que estar medio atento por si pasaba algo, pero si pasaba se la cargaba de todas, todas. O sea, todo el día con el uniforme de paseo puesto, el puñetero casco blanco de plástico – que solo servía para convertirnos rápidamente en calvos – a mano, las correas puestas y la pistola colgando del costado. Incluida la noche, claro, porque a cualquier oficial de servicio se le podía ocurrir descolgarse por allí para ver si estaba despierto.

La parte buena es que daba para leer mucho, la mala, es que pasarse las casi veinte horas que estaba despierto es excesivo para cualquiera, así que durante el día nos dedicábamos a hacer pequeñas maldades sin maldad, solo por distraernos. Os cuento tres ejemplos.

La más inocua era turnarnos orientando a turistas. Daba igual qué dirección nos pidiesen, como de todas formas no nos sabíamos ninguna, alternábamos señalando a la derecha o a la izquierda, y llevábamos la cuenta de las veces que acertábamos. ¿Cómo sabíamos que habíamos acertado? Pues porque el turista volvía a pasar por delante de nosotros con cara de cabreo, o no.

Otra que solo podíamos ejercer cuando el oficial de guardia no estaba, o andaba por el interior, era aprovechar la estupenda acústica del portón de entrada. Cuando pasaba alguien por la puerta nos cuadrábamos golpeando con fuerza los talones. Aquello sonaba como un disparo y pegaba unos sustos notables. Los de guardia fingían que lo habían hecho para saludarme, por disimular. Cuando la persona en cuestión se alejaba nos tronchábamos.

Quizás la peor era cuando veíamos a alguien que intentaba sacar una fotografía. Eso estaba terminantemente prohibido, no teníamos que inventarnos nada, pero ya que estábamos… Salíamos tres PM caminando en formación a paso ligero y fingíamos reclamar la cámara. Claro, la gente se resistía a entregarla, así que con cuatro gritos de “¡Forbidden, défendu, verboten!” (todo ello con perfecta fonética gallega, andaluza, o lo que tocase) hacíamos como que estábamos de buenas y los dejábamos marchar. Era divertido ver la cara que ponían, especialmente los británicos acostumbrados a hacerles perrerías a los guardias de su Graciosa Majestad.

Con los españoles, en general, no llegábamos a tanto. Les gritábamos que era delito militar fotografiar el edificio o a nosotros, y eso con el franquismo bien interiorizado era suficiente.

Así que esa era mi ocupación un día de cada cuatro. Vigilar la puerta, leer mucho, jugar a todo lo jugable con los compañeros – naipes, dominó, parchís, y lo que fuera –, vacilar a los turistas, y darle gusto a lo que mandasen los mandos, como su propio nombre indica. Y eso porque, a diferencia de otros cuerpos, nosotros habíamos implantado la ley seca, que si no…

Solo recuerdo dos ocasiones en que me llevé un susto. En la primera, uno de los soldados destinado allí hizo una tontería. Como se le había hecho tarde, no se le ocurrió nada mejor que saltar la valla trasera del jardín. Para su desgracia, lo vio la Policía Nacional – supongo que estaríamos en alerta, no lo recuerdo – que nos avisó por radio. Se montó tal revuelo alto va, alto viene, que el oficial de guardia salió a ver qué pasaba. Ya no había forma de disimular lo ocurrido.

Llevamos al amante indiscreto al despacho del oficial, que no fue especialmente duro con él para lo que se llevaba por entonces, no le cruzó la cara ni nada (ojo, no estoy bromeando: era lo normal). Pero el chaval se lo tomó a la tremenda, cogió un abrecartas de la mesa del oficial e hizo ademán de clavárselo en el vientre con la mano derecha. No me costó mucho cogerle la muñeca, doblarle el brazo y quitarle el arma, así que supongo que era más teatro que otra cosa.

De ahí lo acompañamos a las dependencias del personal y lo dejamos en manos de un cabo. Luego supe que la tontá vino porque había estado con su novia, una cosa llevó a la otra, y la postrera a quedarse dormido. No recuerdo cuánto le cayó, pero teniendo en cuenta cómo funcionaban las relaciones en Las Palmas – algún día tengo que hablar de eso – no creo que la muchacha esperase hasta que salió.

El segundo susto ocurrió cuando un individuo ya cuarentón entró un día por la puerta corriendo y se metió hacia adentro, visto y no visto. Fue tan rápido que la guardia de la puerta ni reaccionó, y yo solo lo vi pasar. Salí corriendo tras él y llegué a tiempo de ver que entraba en las dependencias de la soldadesca, y le entregaba algo a uno de los soldados. El chaval vio que yo corría hacia ellos con cara de cabreo, se puso delante y dijo que era su padre. Les iba a meter una bronca cuando oigo al oficial de guardia que me llama a voces por el título – “¡cabo de guardia!” -, lo que nunca anuncia nada bueno.

El teniente en cuestión me puso firmes y me soltó un chorreo de campeonato plagado de amenazas, al final del cual me preguntó qué había pasado. En ese orden, primero la bronca, y luego la inquisición razonable. Le expliqué que era alguien conocido – mentira -, que por eso la guardia lo había dejado pasar – mentira -, que era el padre de un soldado que venía por aquí a menudo – mentira -, y que el paquete contenía un bocadillo – eso debía ser verdad, porque vi cómo se lo comía el soldado -. Mientras estaba en estas vi cómo el individuo se marchaba mirando al suelo y tratando de alcanzar el don de la invisibilidad.

Al final todo quedó en la bronca, que yo me anoté por si volvía el tipo aquél, pero el supuesto hijo debió aleccionarle porque no lo volví a ver jamás.


Como veis este servicio no daba para muchas anécdotas. La patrulla sí, pero de eso hablaremos la próxima semana.

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