Ifigenia: 1.4 – Encuentro

Ifigenia conoció a Turiel un viernes, lo que le dejó todo el fin de semana para rastrear, disparar, cazar, y cocinar el gazapo (si es que finalmente lo había). Primero situó el posible lugar donde encontrar el error. Turiel podía observar desde su posición tres paredes del dormitorio-cocina-comedor-sala-de-estar, pero leer los detalles de las esquinas más alejadas de la ventana y el mini-pasillo-de entrada-vestidor hubiese puesto en riesgo su actividad gimnástica, y ella lo habría notado, o eso suponía. Tampoco había nada escrito en la pared de la izquierda, dónde se encontraba el huequecillo que dicen que contenía, en una hipótesis nunca verificada empíricamente, la cocina.

Por tanto, el hábitat más probable del gazapo se situaba en la pared que soportaba el cabecero de la cama, y que supuestamente se orientaba hacia el sureste de Madrid (o sea, Cuenca). Por allí convenía empezar. En esa zona había desarrollado la paradoja EPR (así conocida por las iniciales de sus autores: Einstein, Podolsky y Rosen), que quizás conozcáis mejor como de entrelazamiento cuántico. De ella se deriva la posibilidad de comunicación FTL (de faster than light, más rápido que la luz). Partiendo de esta paradoja se ha especulado sobre la posibilidad de teletransportación, idea que le parecía a Genia una majadería. No porque fuera una posibilidad real (que nunca lo fue, se transmite información cuántica, no partículas con masa) sino porque la misma idea de poder saltar, por poner un ejemplo, directamente de su cama al encuentro diario con su jefe le causaba una notable desazón.

La pregunta, sin embargo, seguía allí, mirándola fijamente: ¿dónde demonios estaba la integral del efecto Casimir en las ecuaciones de la paradoja EPR?  Y aún menos sentido tenía relacionarlo con las ecuaciones de Richard Gott, escritas en la pared adyacente.

Genia rebuscó en todas las bibliotecas online a su alcance, consultó todos sus apuntes de teoría cuántica, sin fortuna. Por supuesto, tanto sábado como domingo desayunó, almorzó, merendó y cenó cutripizza de la Trattoria de Shangai, en un esfuerzo – totalmente infructuoso – por encontrarse con Turiel. Tanta reincidencia en el consumo de alimentos caducados y mal preparados, más las correspondientes raciones de cerveza de marca esotérica, estuvieron a punto de doblegar el circuito metabólico de Genia. Poco más y hubiese acabado descubriendo lo que es la acidez de estómago en los homines vulgaris.

Para el domingo por la noche el pelo, el aliento, la ropa, y hasta los gases intestinales de Genia olían a cutripizza di merda, lo que entusiasmaba a la gata Miss Schrödinger, que la seguía maullando, desesperadamente hambrienta. La protagonista de esta historia andaba obsesionada por el efecto Casimir, maldiciendo en todos los idiomas que conocía – y eran unos cuantos – al tal Turiel. Apenas había dormido en todo el fin de semana, y las pilas se habían agotado justo el domingo por la mañana, lo que no mejoró precisamente el humor de Genia. Ni el de la gata, dicho sea de paso.

El lunes por la mañana Genia acudió como todos los días laborables al trabajo – repito: lo de “trabajo” es un decir – en la universidad. Entró en el laboratorio cruzando los pasillos de puntillas para no encontrarse con el cenutrio del director. En eso al menos, tuvo suerte: no estaba en su despacho, ni persiguiendo a las féminas del departamento por el pasillo. Es posible, por remota que fuese la posibilidad, que estuviese dando clase. Ifigenia tuvo un relámpago de compasión por sus alumnos.

Hacia las 11 empezó a sentirse hambrienta, con un extraño antojo de pizza con piña. Probablemente algún tipo de adicción perversa generada por las porciones de cosas apestosas de colores – las muy mencionadas cutripizzas – del fin de semana. Se dirigió hacia la cafetería de la facultad, pero a punto de empujar las hojas de cristal de la entrada, adivinad a quién vio dirigirse directamente hacia ella.

¿Turiel? Ja, demasiado traído por los pelos. No, vio venir a don Leandro, su jefe, rodeado de profesores interinos en busca de plaza.

Con un hábil y natural cambio de dirección, sin descomponer ni por un momento la figura, Genia se dirigió hacia el retrete de señoras y susurró:

  • ¡Don Leandro a la vista!

Dos estudiantes que ya estaban saliendo ejercitaron el correspondiente movimiento ágil y continuado, entrando de nuevo, sin detenerse, hasta encerrarse en una de las cabinas. Las dos en la misma, que a grandes males no hay cabina pequeña. Otra mujer, con apariencia de señora madura de clase alta – entre cuarenta y algo y cincuenta y pocos, bien vestida y mejor enjoyada – salió en ese momento del tercer apartado y se dirigió directamente a la puerta de salida. Con buenos reflejos, Genia la sujetó del brazo y la volvió a introducir en ella mientras ponía su dedo índice sobre los labios para indicar silencio y vigilaba los pasos que cruzaban por delante de la puerta del baño. La mujer preguntó en un murmullo:

  • ¿Leandro?

Sin mirarla, Genia afirmó con la cabeza. Cuando los pasos se alejaron, salió cuidadosamente, y al volverse, ¿adivináis con quién se había encerrado en la cabina del retrete huyendo de don Leandro?

Os estáis poniendo ya cansinas si habéis respondido “Turiel disfrazado de señora madura” a mis preguntas retóricas. También os oigo a vosotros decir disparates: no, es obvio que no eran ni el papa, ni el Dalai Lama en un día tonto. Entre otras razones, porque no he dicho que la mujer llevase ridículos gorritos, ni bata-mantas de color azafrán.  No, mucho peor, ¡era Raquel, la esposa de don Leandro!

  • ¿Ifigenia?
  • ¿Raquel?

Ambas mujeres, a las que separaban unas décadas y unos milloncejos, se miraron sorprendidas. La mente de Genia fue más rápida y rápidamente envió las señales apropiadas: sonrisa contenida, ojos abiertos ma non troppo, respiración normal, busto ligeramente echado hacia atrás, manos a los brazos de Raquel.

  • ¡Raquel!¡Qué agradable sorpresa! ¿Cómo tú por aquí? No sabes cómo me alegra que me recuerdes.
  • Oye Ifigenia, tampoco creas que me chupo el dedo. ¿Así huis siempre de Leandro? Entiendo que yo lo haga, al fin y al cabo, me preñó cuatro veces y tengo que aguantarlo todos los días, pero ¿por qué lo hacéis vosotras?

Genia procesó rápidamente la información, y llegó a la conclusión de que no merecía la pena disimular. Al fin y al cabo, tampoco a Raquel parecía apetecerle mucho encontrarse con su marido, si tenemos en cuenta la facilidad con que la convenció para buscar escondrijo.

  • Por las mismas razones que tú, pero sin la ventaja de compartir cuenta en Suiza.
  • Ya entiendo. O sea, que no se conforma con acechar al servicio por la mansión, aquí también persigue jovenzuelas. ¿Tiene éxito alguna vez?
  • No que yo sepa. Pero empeño, le pone.
  • Hace tiempo que me apetece darle un escarmiento conyugal. Creo que nos podremos ayudar mutuamente. ¿Te apetece un café?
  • Ahora sí, que ya no hay Leandros en la costa.

Ambas sonrieron, Raquel tomó amistosamente del brazo a Genia y se encaminaron a una mesa en la cafetería.

  • A todo esto, ¿cómo tú por la facultad, si no venías a ver a tu marido?
  • Estoy esperando a mi hijo León. Imparte clases en la facultad de medicina y hemos quedado aquí para desayunar juntos.
  • No sabía que Leandro tuviese un hijo profesor.
  • No es público, León hace todo lo posible para que no le relacionen con su padre. Es muy suyo con su prestigio. Oye, hace tiempo que tengo pensado darle un escarmiento a Leandro y me vendría bien tu ayuda.
  • ¿Y por qué no le dejas en dique seco una temporada?
  • Hace años que no dejo que se acerque, ¿por qué crees que persigue a todo lo que se mueve?
  • Entonces, ¿en qué habías pensado?
  • Te cuento…. Ah, mira, ahí llega León, hablaremos más adelante.

Genia está sentada de espaldas a la puerta y no puede ver quien se acerca. Sigue dándole vueltas a la inesperada alianza que le ha propuesto Raquel, sin saber muy bien a qué se referirá. Oye una voz conocida a sus espaldas.

  • Hola Raquel y la compañía.

Aquí lo dejamos por hoy. ¿De qué le suena la voz a Genia? Si tiene acento argentino podría ser el papa, pero que se sepa no ha enseñado nunca en la ciudad donde reside Ifigenia, lo suyo es más bien la teología-ficción. Del Dalai Lama ni hablamos, que ya sabemos que él es más experto en ires y venires de humano a cucaracha, y viceversa.

¿Qué, que León podría ser Turiel? Como poder ser, podría ser, pero como me estoy inventando la historia sobre la marcha, igual acaba siendo el papa. O Rajoy vestido de lagarterana.

La solución a éste y otros enigmas, en el próximo capítulo (o no).


Nota del autor. Como supongo que probablemente lo que sabéis de física pasaría holgadamente por el ojo de una aguja, podéis tirar de Wikipedia. O mejor aún: confiar en mí y darlo todo por bueno.


Capítulo anterior: 1.3 – Revelación

Capítulo siguiente: 1.5 – Reencuentros

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