Historias de la PM (4): apatrullando el barrio chino


Si las guardias eran un aburrimiento, el servicio de patrulla era justo lo contrario. No teníamos un itinerario prefijado, a menos que el oficial de plaza decidiese que era buena idea hacer una tournée turística en el Land Rover, lo que solo ocurrió un par de veces.

Así, en teoría era el cabo de guardia el que decidía, pero en la práctica íbamos a los sitios por un acuerdo tácito: allá dónde podían estar oficiales de paisano para que nos vieran, o en sitios especialmente sensibles para el mando, y de vez en cuando escapadas consensuadas para comer algo.


Uno de los sitios que teníamos que vigilar era la calle que lleva desde la zona del puerto hasta los cuarteles de Infantería y Artillería. La parte complicada es que estaba en pleno corazón del barrio chino. Y no me refiero a la etnia de sus habitantes, sino al mucho puterío que por allí andaba ofreciéndose desde casas particulares y bares de aspecto corriente. Nada sofisticado.

Por allí se podían cometer varias faltas según el código militar: detenerse en los burdeles, lo que incluye tomar algo en los bares, ir de putas, y cualquiera de las anteriores con el agravante de ir vestido de paisano sin permiso, o el agravante de ir de uniforme, que también.

De modo que aparcábamos por la zona del Castillo de la Luz, o en el otro extremo, cerca de la salida de los cuarteles, y salíamos de patrulla dejando en el coche al conductor y al escolta. Después, según la cosa, yo volvía a salir con alguno de los otros para aliviar su aburrimiento, o los enviaba a ellos solos si disponía de un soldado de primera que me sustituyese.

Cuento algunas anécdotas, que hubo muchas, pero estas son las que mejor recuerdo.

El primer problema era el cachondeo con nosotros, porque espantábamos la clientela, así que el puterío nos fastidiaba con ofrecimientos que divertían a la tropa que pasaba por ahí.

  • ¡Gratis si me hacéis un sandwich!
  • ¡Dejadme los cascos que me haga un sujetador!
  • ¿Todos los días aquí y no probáis? ¿Sois pareja de verdad, maricones?

Eso, cuando no les daba por masturbarse a nuestro paso, o enseñarnos más de lo que queríamos ver, para gran vergüenza mía. Y digo mía, porque a algunos de mis compañeros la cosa parecía gustarles y había que tirar de ellos. Yo era más remiso a eso del puterío.

En general, no nos molestaban más que de palabra, excepto cuando entrábamos en conflicto directo con su negocio. Si bien de vez en cuando, si un soldado entraba pero decidía no pagar, eran los mismos chulos quienes nos lo servían en bandeja, no siempre era así. En una ocasión hubo una de esas historias tontas de individuos especialmente tontos que pudo acabar en tragedia.

Un recluta decidió que era una buena idea entrar a echar un polvo en una de aquellas casas. Resultó que el hombre era de gatillo fácil, y disparó la munición en la funda antes de que la profesional se desnudase siquiera. Aquella le pidió que pagase de todas formas, el tipo que ni hablar, que ella no se lo había ganado, los chulos que si te vamos a hacer una cara nueva, …

Un compañero del imbécil salió corriendo a buscarnos. Nos explicó la situación y nos acercamos a ver qué se podía hacer, que era más bien poco porque los militares no podíamos entrar en una vivienda particular si no nos invitaban. El caso es que los chulos se unieron y formaron una barrera en la puerta de la casa. Allí estábamos nosotros dos, intentando hablar, y enfrente media docena de tipos con cara de mala hostia y unas cuantas navajas brillando.

Cuando ya estaba pensando en la conveniencia de desenfundar la pistola, nos salvó la patrulla de la Policía Nacional, que pasó por allí. Les expliqué la situación, y negociaron con los chulos que les tenían bastante más respeto a ellos. Al final el imbécil se fue de rositas porque nadie le encontró la documentación militar y él negó serlo, pero habida cuenta de que tenía que pasar cada día por esa calle, no aseguro que no acabase con una cara nueva, como le advirtieron los profesionales.

Comprenderéis que teniendo en cuenta la animadversión de los chulos y el cachondeo de las putas, llegaba un punto en que apetecía cazar a imbéciles para prevenir futuros malos ratos. Si veíamos gente sospechosa de paisano entrar en algún bar, no digamos en un burdel, avisábamos al coche para aparcarlo cerca mientras la patrulla fingía seguir su camino. Cuando el individuo en cuestión salía, los compañeros lo detenían y tocaban el claxon. Si reconocía ser militar lo subían al Land Rover y esperaban a que llegásemos, si lo negaba avisábamos por radio a la patrulla de la Policía Nacional, que también se divertía con esas cosas.

Salvo algún que otro recluta que iba de duro, quienes reconocían ser soldados se largaban con una bronca, pero quienes nos obligaban a llamar a la Policía Nacional terminaban arrestados si se probaba que eran militares.

Si los encontrábamos de uniforme en un bar, entonces sí entrábamos por tratarse de un lugar público. Recuerdo un caso que me llamó la atención por la ingenuidad de los protagonistas. Pasamos por delante de un bar y vimos dos soldaditos de uniforme tomando unos botellines en la barra, de espaldas a la puerta. Entramos en completo silencio y nos acercamos con las manos a la espalda. El camarero se dio cuenta, pero supongo que estaría aburrido porque no hizo nada. Cuando ya estuvimos un metro detrás de ellos, el silencio en el local era absoluto. Fue el momento en el que el barman les hizo a los chavales una seña con la cabeza. Se giraron. Eran bajitos, y el que tenía enfrente se quedó mirando mi chaqueta de uniforme, luego levantó la mirada poco a poco, hasta llegar al casco. Ahí fue cuando empezó a cambiar de color pasando del rojo al blanco, y finalmente al verde. Nunca pensé que un rostro humano pudiese adoptar tantos colores.

El otro tuvo peor suerte, tenía enfrente al Loco, del que ya he hablado, que sabía componer una sonrisa de lo más preocupante. Ese solo adoptó un color entre nieve y yeso.

Tuvimos que sujetarlos para sacarlos de allí porque les costaba caminar. Pensé que con semejante susto no volverían a ser tan idiotas de volver a entrar en esos bares de uniforme, así que los acercamos al cuartel, pero no los entregamos, permitimos que entrasen por su propio pie librándose así del calabozo.

Quizás penséis que nos pasábamos, pero en realidad conseguimos mantener el barrio bastante limpio de soldadesca, al menos de la uniformada, a un precio muy razonable. Y sobre todo, no tuvimos ni un solo incidente con sangre en los nueve meses que me tocó patrullar. Me consta que la generación siguiente de cabos de la PM no fue tan comprensiva y hacían competiciones entre ellos a ver quién enviaba al calabozo a más soldados. No sé cómo les fue, ni me importaría demasiado que se llevasen algún susto.


Por supuesto, no era este el único punto de patrulla, aunque sí el más delicado. En próximos capítulos hablaremos de otras zonas, como las playas o el centro neurálgico de la época: la plaza de Santa Catalina.

Gracias por dejar un comentario. Nota que no se aprobarán aquellos que superen las 250 palabras, o contengan afirmaciones no demostradas. Por ejemplo, si afirmas que la madre de algún personaje público ejerce la prostitución, tendrás que aportar pruebas.

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