Historias de la PM (5): blando y rojo


Cómo era de esperar, las patrullas fueron una fuente perpetua de anécdotas, muchas de ellas risibles, algunas francamente surrealistas, y otras – pocas, por suerte – que dejaron huella.

En cuanto a la categorización de cada una, lo dejo a la elección de quien esto lea.


Como ya he comentado al hablar de mi asignación de tareas en así son las cosas, me tranquilizó enormemente saber que no se nos asignaría un cupo de partes – denuncias militares – a realizar. Nunca he tenido espíritu castigador, ni mentalidad de autoridad, pese a las veces que me ha tocado ejercerla por azares de la vida. No era así para otros cabos de patrulla, que consideraban, sin haber leído a Maquiavelo, que es mejor ser temido que ser amado. Quienes como yo, pero no solo, teníamos como único propósito ser ignorados no éramos bien vistos.

Un ejemplo de ello lo tuve cuando ya llevaba unos seis meses de servicio y estaba bastante pasado de todo como podéis apreciar por una foto de aquellos tiempos:

Si comparáis esta imagen con las del campamento, os daréis cuenta de la degeneración, al menos en la uniformidad. La otra es menos visible.

Iba patrullando por una calle adyacente a la Plaza de Santa Catalina, el lugar de encuentro de militares y civiles por entonces, con un cabo recién incorporado. Unos soldados estaban tomando tranquilamente una cerveza en una terraza. Como el calor apretaba se habían desabrochado el corchete de la guerrera. En condiciones normales, yo les habría llamado la atención, ellos se habrían abrochado el puñetero corchete, nos habríamos ido, se habrían abierto de nuevo el cuello de la chaqueta, y todos tan felices.

Pero no, el nuevo quería ganarse un prestigio, así que empezó a tomar nota para abrirles un parte a cada uno por una falta de uniformidad. Uno de ellos protestó

  • Joder tíos, que hace calor.

El cabito se lo quedó mirando, y le pisó la bota para ensuciarla.

  • Y además, no te has limpiado las botas para salir.

Ahí callaron todos. Yo no dije nada, entre otras cosas porque nada podía decir: el tipo tenía la misma graduación que yo y de todas formas iba pronto a patrullar solo.

Cuando nos alejamos le afeé la conducta. Me contestó que yo era un blando, pero que eso iba a cambiar. Y me temo que cambió, porque los cabos que llegaron en el siguiente reemplazo, justo antes de que yo me licenciara, eran del mismo cariz.

Con el uniforme de patrullar. Ni os cuento el calor que se pasaba en Las Palmas con eso.

No hablo de esto por la anécdota de la bota en sí, sino por el afán de lucir la escasa autoridad que algunos sienten durante el servicio militar. Siempre he pensado que por algún complejo de inferioridad.

En fin, que más adelante el mismo cabo me denunció por rojo, aunque nuestros mandos – el sargento y un teniente que se añadiría después – lo ignoraron, y a mí la verdad es que a esas alturas me resbalaba.

El incidente que me hizo ganarme la fama de rojo entre los jóvenes halcones de la Policía Militar fue un servicio que tocó realizar una noche.

Nos llamaron de la Policía Nacional porque habían detenido a unos militares subversivos. Fuimos a la comisaría y recogimos a un par de individuos vestidos de paisano, con un aspecto tan agresivo como el de unos profesores de filosofía de vacaciones. Llevaban cada uno una denuncia por hacer pintadas, lo que, en aquellos años, podía comportar penas de reclusión.

Yendo hacia el cuartel nos explicaron que, andando un poco cocidos por el ron, no se les ocurrió nada mejor a unos cuantos de la pandilla que hacer unas pintadas sobre lo que se llevaba en aquellos días, teniendo a dos años en el pasado la muerte de Franco, y a un año en el futuro la Constitución democrática (o eso decían). Ya se sabe, amnistía, libertad, y esas cosas futuribles que aún sonaban a utopía en 1977.

El caso es que los detuvieron, y resultó que quienes habían propuesto la charada eran hijos de mandos militares y se fueron con una regañina, pero a ellos dos les cascaron un par de bofetadas y los denunciaron. Se mire como se mire, eran unos pringados tan peligrosos para el estado como un pedo de monja para el cristianismo en general.

Los acusados nos pidieron que pasáramos por su casa para que pudiesen vestirse de uniforme antes de ir al cuartel, y al menos ahorrarse la pena que les pudiese caer por ir de paisano. Personalmente me pareció que su atuendo no iba a cambiar nada, pero supuse que si la iban a cagar, que al menos fuese por su decisión. Nos acercamos al piso que tenían alquilado – o sea, que pobres tampoco serían – y subimos con ellos para vigilarlos mientras se cambiaban.

Ya de regreso al Land Rover, los dejamos en el cuerpo de guardia de Infantería, donde los recibió el suboficial de servicio con otro par de bofetadas a cada uno y el ingreso inmediato en el calabozo.

Confieso que a mí me dejó mal cuerpo, no tanto por el trato dado a los dos soldados, que era el esperable en estos casos y eso lo sabíamos todos, sino por la estupidez de la condena en un momento en que se preveía ya un cambio en la sociedad, y por la injusticia del agravio comparativo con los hijos de militares. Por resumir, que yo andaba cabreado y cagándome en todo, lo escuchó el motivado cabo que he mencionado antes, y me denunció con el resultado que cabe: que yo tuve peor cuerpo todavía, y una inmerecida – por entonces – fama de rojo. Cosa que, por cierto, todavía hoy no acabo de saber qué significa.


Aquí lo dejo por esta publicación, pero quedan algunas anécdotas en la memoria que me gustaría relatar otro día: el vacile de las mozas en la playa, el nulo respeto a la autoridad del bueno de Jaume, y sobre todo quiero contar la fuga de la guardia.

Pero todo esto puede esperar. Otro día será.

Gracias por dejar un comentario. Nota que no se aprobarán aquellos que superen las 250 palabras, o contengan afirmaciones no demostradas. Por ejemplo, si afirmas que la madre de algún personaje público ejerce la prostitución, tendrás que aportar pruebas.

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