Ifigenia: 1.6 – Integrando

Ifigenia regresó a su despacho tras citar allí a Lorenzo. Hagamos un breve inciso para describir su entorno de trabajo. Es una pequeña oficina de cuatro por cuatro metros, atiborrada con dos escritorios, ordenadores, archivos, y estanterías. La superficie de su mesa de trabajo está despejada, con tan solo los utensilios del ordenador y las tres típicas bandejas apiladas para labores de entrada, en curso, y salida. Lo que cabe esperar de una chica ordenada y meticulosa.

La otra mitad del cuchitril es caótica, repleta de papeles aleatoriamente esparcidos. Está asignada a un matemático especializado en la teoría del caos – por lo que pueda tener de significativo – que prefiere trabajar (o eso dice) desde casa. Se rumorea por la oficina que es sobrino de un alto cargo de uno de esos partidos políticos en los que el poder fluye de las manos a las carteras en forma de la más rigurosa tradición democrática: clientelismo, nepotismo y cadenas de favores. No como Genia, que tiene que labrarse su derecho al escaqueo con ímprobo esfuerzo, trabajando duro para evitar a don Leandro y su cohorte de acólitos.

Esta situación es ideal. Pasa la mayor parte de la jornada sola, sin nadie que se inmiscuya en sus asuntos. No fue así a su llegada, porque durante unas semanas el despachito fue un desfile de moscones, cotillas e incluso gente sociable, sin más. Genia aprovechó para sonsacar a sus colegas toda la información disponible sobre el personal de la oficina, y finalmente empezó a utilizarla en forma de chantajes. O quizás sonará mejor si digo que simplemente hizo realidad aquello de que la información es poder. Cuando cundió la voz, la gente se mantuvo tan alejada como pudo de ella, aunque para unos cuantos ya fuera tarde. El caso es que ya no le dirigían la palabra si no estaba presente un abogado.

Cerremos el inciso y sigamos con la historia. Ifigenia extiende un pañuelo de papel sobre la superficie de la mesa, y desenvuelve su bocadillo de beicon con queso y lechuga. Se lanza a deglutir con afán mientras bucea en los trabajos pendientes de publicar de sus compañeros, por si encuentra algo interesante. De nuevo, sin leer nada que no supiese (lo que, por otra parte, es algo que le ocurre continuamente).

Anda dando finiquito al primer trozo de tarta de manzana cuando asoma por la puerta Lorenzo. Nota Genia que el muchacho miraba con más intensidad a la porción de tarta restante que a su escote, de donde deduce, acertadamente, que debe estar hambriento. Con un gesto de la mano señala la silla vacía y polvorienta del matemático mientras le alarga su segunda ración de nutritiva fruta como ofrenda de paz.

Mientras éste saborea la tarta con fruición y deleite, a Genia se le despiertan otros apetitos recordando la ocasión en que estuvieron ejercitando en su cuchitril, exageradamente calificado de vivienda. Se imagina por un momento que aparta de un manotazo los papeles de la mesa del matemático, tumba sobre ella a Lorenzo, le arranca la ropa a puñados, y entonces…

  • …a Casimir.

Espera un momento. ¿Ha dicho el homúnculo algo de Casimir? Parece haber acabado, tiene la mirada gacha. Pasan unos segundos de confusión y Lorenzo hace ademán de levantarse. Genia lo detiene.

  • ¡Quieto ahí! ¿Qué has dicho?
  • Tanto interés por el efecto Casimir, ¿y ahora ni me escuchas?
  • Si quieres te cuento en qué estaba pensando, pero luego te pones como te pones.
  • ¿…?
  • Que repitas, ¡odo! – Hay que disculpar a Ifigenia, estudió una temporada en la universidad de Albacete y se le quedaron algunos modismos orales.

Lorenzo duda por un instante, pero la mirada airada de aquella chiflada no parece anunciar nada bueno. Repite.

  • Vale, pero un poco de respeto y educación estarían bien para…
  • Déjate de tonterías y repite, ¡pijo!

Bueno, vale, además de sus estudios tuvo cuatro novios concurrentes, todos ellos nativos de Albacete, que le contagiaron expresiones como pijo, odo, y algún que otro ea que se le escapan cuando está irritada. Nerviosa no, porque no lo está nunca. Para eso tendría que dudar de sus propias capacidades, y que se sepa nunca ha ocurrido.

  • Te decía que tienes sobre la mugre de la barra de la cocina una tostadora vieja. Al verla, me acordé del efecto Casimir, y me di cuenta de que no lo has tenido en cuenta al desarrollar las ecuaciones del entrelazamiento cuántico. O sea, que no has integrado en tu desarrollo a Casimir.

Abro otro inciso. No dudo que la inmensa mayoría de quienes leéis esto sabéis de sobra en qué consiste, pero para los de letras, o, en general, quienes sufrieron cualquier plan de estudios posterior a los años 80: el efecto Casimir consiste en una fuerza de naturaleza cuántica que actúa sobre dos placas metálicas paralelas – de ahí la imagen de la tostadora – haciendo que se atraigan. Si no lo habéis pillado, esto seguro que os lo aclara: esta fuerza está relacionada con la energía del punto cero, o energía cuántica del vacío.

Simplificando todavía más para los de artes plásticas:

Donde ħ es la constante reducida de Planck, c es la velocidad de la luz, a es la distancia entre dos placas. Cerramos aquí el inciso y volvemos al relato.

  • Me estás diciendo, ¡oh grandioso tonto del culo! que me he pasado todo un fin de semana revisando funciones integrales, ¿cuando en realidad lo que querías decir es que se ha omitido?
  • Eh… Sí.

Lorenzo se hace pequeño en su silla, tratando de ocultarse tras el monitor del matemático. Pero en realidad, Genia se ha tranquilizado al comprender que, como cabía esperar, ella no había cometido ningún error. Si acaso, lo cometieron Einstein, Podolsky y Rosen.

Aclarada la confusión, ahora urge verificar el impacto del efecto Casimir en los planes de Genia, que todavía no hemos revelado por aquello de mantener un poquito el suspense para la gente de letras. Y digo la gente de letras porque quienes hayáis optado por forjar vuestra mente en las ciencias positivas ya lo habréis adivinado en el segundo capítulo. Todo esto dicho sin ánimo de ofender, que, por poner dos ejemplos, también es justo que existan abogados y filólogos. O médicos, profesión que incluso puede llegar a ser socialmente útil en determinadas circunstancias.

Con todo esto, ya es hora de comer en algún país de Europa, de modo que, como parece tradición entre ellos, Genia tomó del brazo a Lorenzo y lo lleva hacia la puerta.

  • Estooo… ¿Dónde me llevas?
  • A la cafetería a comer algo, y luego nos vamos a mi casa, a revisar los cálculos de la paradoja EPR desde la perspectiva de la energía del vacío.
  • ¡No!, ¡no podemos ir a la cafetería!
  • Sí, que dan una alimentación muy equilibrada.
  • Pero puedo encontrarme allí con mi familia, y por ahora prefiero que no sepan que trabajo aquí.
  • Pues no se lo digas.
  • Lo sabrán.
  • Bueno vale, donde nos encontramos sirven pizzas también muy equilibradas.
  • Si tú lo dices…
  • Por cierto, ¿a qué venía eso de que te llaman Turiel, si te llamas Lorenzo?
  • Es mi apodo en internet, Turiel666.
  • Vaya chorrada de nickname.

Lorenzo murmulla entre dientes un:

  • Si tú supieras…
  • Si yo supiera ¿qué?
  • ¿Lo has oído? Si apenas lo he susurrado – Lorenzo está entre sorprendido por la capacidad auditiva de Genia, y temeroso por las consecuencias.
  • Soy prácticamente perfecta. Deberías estar agradecido por haber tenido la suerte de encontrarme.

Lorenzo está lejos de sentirse agradecido por esa suerte, y reza a todos los demonios porque la chiflada de los ojazos verdes olvide su comentario, o a él se le ocurra una convincente excusa. Al fin y al cabo, los suyos tienen fama de excelentes embusteros.


Bien, parece que Lorenzo, aka Turiel, guarda algún que otro secreto. ¿De quién es familia, de los prolíficos Leandro y Raquel, del Papa y/o del Dalai Lama? ¿Y quiénes son los suyos? ¿Conseguirán nuestros protagonistas integrar el efecto Casimir en la paradoja EPR? Y a todo esto, ¿qué pretende Genia analizando la obra de físicos relativistas y/o cuánticos? Pero, sobre todo, lo más intrigante, ¿qué demonios pudo Genia estudiar en Albacete, que fuese compatible con el trasiego de cuatro novios?

De todas estas cosillas, y otras que se me irán ocurriendo, hablaremos en el próximo capítulo. Según y cómo.


Capítulo anterior: 1.5 – Reencuentros

Capítulo siguiente: 1.7 – Eureka!

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