Historias de la PM (6): guardia a la fuga


Una de las patrullas de plaza más movidas ocurrió gracias a los méritos de un oficial de guardia, al que ni siquiera llegué a ver.

Los y las jóvenes que esto leéis, y que no tenéis por qué saberlo, ignoráis la importancia que tenía un cuerpo de guardia en aquella época confusa en que no se sabía muy bien si ese militar con bigote fino y gafas ahumadas del que se habla tendría mañana un puesto en el gobierno. Pues bien, en aquella época un militar de servicio tenía un peso difícil de imaginar en la sociedad actual.

Os lo cuento tal y cómo lo recuerdo, sin más adornos que los que requiera rellenar los huecos de mi memoria.


Recibimos esa tarde un aviso por radio para que pasásemos a recoger al oficial de plaza, lo que no es inhabitual si el mando se aburre en casa, le apetece lucir el uniforme por las calles, o simplemente quiere fingir que ha hecho algo. Hasta ahí, todo normal.

Recogimos al comandante en su casa. Se subió al vehículo con cara de dolor de muelas, lo que me dio mala espina, pero no dio más instrucciones que dar vueltas entre los cuarteles de infantería y la plaza San Telmo. O sea, casi de punta a punta de la ciudad, sin destino fijo.

Al poco nos avisan por radio que se ha producido un incidente entre militares y policía nacional en la puerta de una discoteca. El comandante, que parecía estar esperándolo, ordena ir para allá, y allá que fuimos.

Nos encontramos con dos patrullas de policía nacional, todos más cabreados que una mona. El comandante se va hacia ellos, pero no dejan de maldecir sin dar detalles, así que pregunto a unos chavales con pinta de militares de paisano que se están riendo en la puerta del local, y me lo cuentan.

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Uniforme de guardia de infantería. Cambiad el casco por una gorra, y suprimid el pañuelo de cuello por una camiseta, y esa era la pinta que tenían los soldados en cuestión.

Se había presentado en la discoteca el cuerpo de guardia de un cuartel. Para entendernos, se sabe que un militar está de servicio porque sobre el uniforme de faena lleva unos correajes muy visibles, de los que cuelgan munición y armas. Pues bien, mandaba el grupo un teniente muy perjudicado por el alcohol, escoltado por cuatro soldados en mayor o menor grado de borrachera. Todos ellos armados, y con los correajes de servicio. Con pistola el oficial, con los fusiles de asalto los demás. El teniente se pidió un cubalibre, los soldados cerveza a discreción.

Debo aclarar que nada de esto era demasiado sorprendente de por sí. Yo había entrado más de una vez en discotecas con mi propia escolta armada para echar un vistazo, pero es que eso formaba parte de mis obligaciones, y no cometíamos el error de tomarnos copas o ponernos a bailar con el uniforme. Ellos no tuvieron tantos reparos, lo que llevó a sospechas.

Alarmado ante el aspecto que podía tener aquello si alguien se ponía nervioso, el encargado del local avisó a la policía nacional, que cometieron la ingenuidad de presentarse allí al mando de un simple cabo. Pidieron a los militares que salieran, y perpetraron el segundo error: echarle en cara al oficial lo que estaban haciendo. Aquél, muy imbuido de su estatus de oficial y caballero, les recordó que él llevaba dos estrellas, y ellos ninguna, y además él estaba de servicio y era intocable. Una vez puesto de relieve quién mandaba allí, formó a la patrulla y le pasó revista. Pegó unos cuantos gritos a los grises por llevar el uniforme en mal estado, los dejó en posición de firmes, subieron los militares al Land Rover que llevaban y se perdieron con destino desconocido. Obviamente, el cachondeo de los asiduos a la discoteca fue mayúsculo al ver a los temidos grises siendo humillados por un borracho. De ahí el cabreo de los policías.

A mí, acostumbrado a estar rodeado de gente con armas, y llevándolas yo mismo día sí y día también, aquello me provocó un ataque de risa mayúsculo, que reprimí a duras penas ante las miradas furibundas de mi comandante y de los policías.

La siguiente llamada nos llegó de la policía municipal. Al parecer había estallado una discusión por un tema de tráfico justo cuando pasaba el Land Rover en cuestión. Obviamente el teniente no pudo resistir la tentación de poner orden, así que les echó una buena bronca a los conductores y los mandó para casa. Viendo que al oficial lo secundaban unos cuantos soldados armados hasta los dientes, los conductores fueron lo bastante sensatos para obedecer, así que cuando llegó la policía municipal allí ya no quedaba nadie, excepto unos testigos muy nerviosos. Nos informaban para que supiésemos que había un coche cargado de soldados justicieros, cosa que ya sabíamos.

Cada vez nos costaba más reprimir las risas en la trasera del coche, en la misma proporción en que se iba oscureciendo la faz del comandante.

Acudíamos a los avisos de la policía nacional, que les tenía ganas por motivos obvios, pero para cuando llegábamos, ya no estaban por allí. Es decir, que seguimos dando vueltas, siempre en persecución del fantasma de la guardia de infantería, pero sin alcanzarlos.

La llamada final, ya anocheciendo, provino de un bar de pueblo a unos diez o quince kilómetros, al sur de Las Palmas. De nuevo habían cometido una tropelía, pero nadie se atrevió a avisar a la policía nacional hasta que se hubieron marchado. De nuevo nos íbamos a quedar con las ganas de conocerlos.

Cuando llegamos, los policías fuera del local se estaban tronchando de risa, los del interior del local ponían cara de póquer. Desde la barra, el dueño del bar nos miró como quién ve venir un retortijón de tripa, hasta que comprendió que (a) íbamos serenos, (b) queríamos pillar a aquellos gamberros armados, y (c) no íbamos a pedir ninguna ración de papas, cosa importante como luego se verá. En una mesa, otros dos hombres, civiles, a cual más pálido, siendo interrogados por la policía.

Al final comprendí lo ocurrido a partir de lo que contaba el camarero. La pandilla de golfos uniformados había entrado una hora y pico antes para comer algo. El oficial se situó en la barra, al lado de los dos civiles. Pidieron unas cervezas y la típica tapa de la zona: papas arrugadas con mojo (volvimos otro día para probarlas: ciertamente riquísimas).

Estaban allí conviviendo civiles y militares pacíficamente, hasta que se inició una discusión amistosa entre los dos civiles, que parafraseo.

  • Anda, hombre, tómate una tapa que invito yo.
  • Que no, que tengo la tripa llena.
  • Sí hombre, que estas papas están buenísimas.
  • Que no, ¡y no te pongas pesado!

El teniente se vio obligado a intervenir, sin duda impulsado por su carácter de hombre de acción.

  • Que se coma las papas, joder, que están buenísimas.
  • ¡Usted no se meta!

Craso error. ¿Le dices al increíble Hulk que no intervenga cuando el niño no quiere más puré? ¿Verdad que no? Pues eso.

  • ¡Que se coma las papas!
  • ¡Que no!

¿Para qué sirve ir armado si no usas la pipa? Así que nuestro oficial sacó la pistola reglamentaria, la puso sobre la mesa con el cañón apuntando hacia el negacionista de las papas, y repitió.

  • ¡Que se coma las papas!

Obligó al pobre hombre a comerse todas las papas de la primera a la última. Cuando terminó invitó a otra ronda a los civiles, que por supuesto también comieron porque la pistola no había vuelto a su funda.

Acabada la ronda, con buen criterio, el dueño del bar puso lo consumido a cuenta de la casa, y los militares se marcharon.

Todavía estábamos allí cuando nos avisaron de que el pelotón chiflado había vuelto al cuartel. Regresamos nosotros también, dejamos allí al comandante, y nos marchamos a nuestro propio acuartelamiento para podernos reír a gusto.

No tengo más pruebas de todo esto que lo que me fueron contando, pero tal y como recuerdo la secuencia de hechos lo he relatado, con la excepción de los diálogos que, obviamente, me he inventado porque yo no estuve allí y aquella gente no estaba para dar muchos detalles.


Esta es, con mucho, la historia más surrealista de las que me ocurrieron estando de patrulla, pero no la única. De otras anécdotas de menor cuantía, aunque no menos entretenidas, hablaré en el próximo capítulo.

Gracias por dejar un comentario. Nota que no se aprobarán aquellos que superen las 250 palabras, o contengan afirmaciones no demostradas. Por ejemplo, si afirmas que la madre de algún personaje público ejerce la prostitución, tendrás que aportar pruebas.

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