De colapsos y otras cosas divertidas (IV): La grasa del sistema


Empecé este análisis de estudio de colapsos sociales con la intención declarada de averiguar si es cierto, o no, que nuestra sociedad está abocada a desaparecer en un plazo relativamente corto como estiman algunos estudiosos bastante serios. Para ello, empecé definiendo la palabra colapso, de donde resultó que ni significa necesariamente el fin del mundo, ni la extinción humana. Esta perspectiva se verificó con la presentación de dos colapsos históricos conocidos, el del Imperio Romano de Occidente y el de la Unión Soviética, que no fueron agradables en absoluto para quienes lo vivieron, pero tampoco aparecieron por ahí, cabalgando desde el horizonte, los siete jinetes del Apocalipsis.

En esta cuarta entrega pretendo extraer conclusiones de los dos ejemplos planteados para intentar concretar una regla válida que permita valorar la inminencia de colapso para el actual sistema global de la cultura occidental.


Empecemos por recordar que las dos desapariciones analizadas no son, ni mucho menos, los únicos colapsos de civilización conocidos. Fueron elegidas por tres razones:

  • En sus momentos de esplendor, ambos imperios fueron fuertes y temidos, aparentemente demasiado grandes para caer.
  • No concurrieron en su caída circunstancias externas fuera de la capacidad de control de la sociedad como prolongadas sequías, aislamiento, carencia súbita de recursos naturales, erupciones volcánicas como la del Vesubio que arrasó Pompeya en el 79 (imagen de cabecera) o la explosión del Krakatoa en 1883, etc.
  • El colapso fue precedido por un declive relativamente prolongado.

En ambos casos, la caída final fue causada por un factor detonante comparativamente menor – el ataque de Odoacro en Roma, la caída del muro de Berlín para la URSS – que la degradación del sistema fue incapaz de controlar.

En cuanto a la degeneración del sistema, también presenta aspectos comunes, entre ellos la corrupción y el desvío de fondos y patrimonio públicos hacia bolsillos privados, pero no solo. En los momentos previos al colapso, Roma ya era incapaz de proporcionar a sus ciudadanos los servicios comprometidos por el Estado, hasta el punto de que algunos – véanse los testimonios en el capítulo segundo – preferían convivir con bárbaros. Algo parecido sucedía en el Pacto de Varsovia, con sus ciudadanos deseando huir a Occidente, o incluso aun queriendo permanecer en el territorio del Estado, pretendían que este evolucionara hacia el modelo capitalista. Y no digamos su predecesor, la Rusia zarista, que optó por adentrarse en terreno desconocido por la vía revolucionaria en 1917.

En todos los casos, el desmoronamiento, una vez iniciado, fue muy rápido, lo que no significa que la recuperación de la caída fuese igual de rápida. Un milenio de Edad Media, y ya veremos cuanto necesita la Federación Rusa para recuperar su papel preponderante en la sociedad de naciones.

Largo crecimiento, caída brusca.

La secuencia, por lo que sabemos, viene a ser la siguiente:

  1. Se produce una acomodación del sistema. No hay revisiones en profundidad porque éste parece funcionar correctamente, o porque cualquier cambio sería contrario a la propia existencia del sistema.
  2. El sistema se solidifica hasta la esclerotización, los riesgos se olvidan, la continuidad se asume minusvalorando cualquier posible amenaza.
  3. El sistema degenera de forma paulatina, perdiendo eficiencia y capacidad de actuación por la escasez de energía sistémica. Quienes lo administran, o bien son incapaces de darse cuenta dada la lentitud del proceso, o bien la corrección chocaría directamente con sus intereses personales, o ambos a la vez.
  4. La población sigue creciendo, confiada en la firmeza del sistema, lo que acelera la degradación, no solo en cantidad, sino en calidad, hasta debilitar aquello que lo sostiene. El PCUS en la URSS, o las legiones en el caso de Roma.
  5. Llega un momento en que el sistema ya no dispone de la energía necesaria para reaccionar ante un hecho imprevisto. No imprevisible, sino imprevisto debido al síndrome de Cassandra: el problema puede ser detectado e informado, pero que nadie escuche al agorero. Entonces será solo cuestión de tiempo que se produzca un efecto Séneca por una de estas dos vías, o una combinación de ambas. En todo caso, el derrumbe es súbito y abrupto:
    1. Colapso exógeno: Sucede un hecho imprevisto de origen externo, y la energía disponible para reaccionar no es suficiente.
    1. Colapso endógeno: No sucede ningún hecho externo, pero el sistema pierde su legitimidad al ser incapaz de satisfacer el contrato social y es derribado y sustituido por otro.

Cualquiera de las dos vertientes del punto (5) describen un modelo Séneca, del que ya he hablado en detalle, pero faltaba justificar cómo se alcanza el punto de ruptura de forma algo más gráfica.

Las fugas de recursos.

Elaboración propia

La imagen anterior trata de explicarlo. A la derecha tenemos las salidas de la energía sistémica que están ahí por diseño, a la izquierda aquellas que no por inintencionadas son menos reales. Las gotejas sueltas son simplemente ineficiencias por falta de mantenimiento.

Veamos qué es cada cosa:

  • Los Detritos son los resultados de la externalización de procesos. Externalizar es una palabra que suena muy bien, pero que significa en realidad que quien se beneficia de los deshechos le carga los costes a alguien externo. El problema es que, en un mundo globalizado, no hay a quién pasarle el muerto. Digamos que hablo de la contaminación, los residuos nucleares, los gases de efecto invernadero (GEI), etc. Los excrementos del sistema, para entendernos.
  • Llamo costes de Desgaste a aquellos recursos que ya no son recuperables. Me refiero por ejemplo a los mares rebosantes de plásticos, los montes deforestados, pero también a los parados de larga duración, y a quienes crecen en la marginación. Todos ellos son recursos que no estarán disponibles sin un alto coste de recuperación.
  • La Burbuja requiere poca explicación. Es la energía que se atesora privadamente sin que los gestores legítimos del sistema tengan capacidad de decisión sobre ellos. Ahí entra la corrupción, los paraísos fiscales proveídos desde las elusiones y evasiones de impuestos, …
  • Las burbujillas sueltas en las juntas son costes de incompetencia o ineficiencia pura, y son prácticamente inevitables en un sistema en el que los beneficios son prácticamente invisibles para la sociedad en su conjunto, pero las pérdidas se socializan. Que si indemnicemos a ACS porque el Castor causa terremotos, o páseme usted las multas por incompetencia administrativa, que ya las pagamos a escote, y, por favor, hágales un préstamo a fondo perdido a la banca que invito yo.
  • Las reservas de Capital son aquellos gastos que sostienen elementos de rentabilidad improbable, si es que la tienen, aunque son considerados costes necesarios. Ahí tendríamos los inmuebles de la SAREB, el Patrimonio permanente del Estado, o el ejército.
  • Los Costes de Operación son justo eso, lo que cuesta mantener el sistema funcionando. Desde los tribunales, pasando por el funcionariado, la policía o la estructura política.
  • Por último, lo que queda abajo a la derecha es la energía sistémica disponible para mantener a la sociedad en pie en caso de imprevisto, fuera este previsible, o no. Es decir, lo único realmente útil cuando surgen los problemas, y que resulta de los recursos iniciales, una vez descontados todos los demás costes.

Concluyendo.

Creo que con esta explicación os resultará más fácil comprender cómo países enormemente ricos en reservas naturales caen en la maldición de los recursos. Venezuela, sin ir más lejos, es prácticamente un estado fallido, aún poseyendo las mayores reservas de petróleo del mundo, y la URSS colapsó siendo uno de los productores mundiales de energías fósiles con mayor acceso al mercado europeo.

También explica las decisiones de los dirigentes bienintencionados que acaban hundiendo los Estados que gobiernan. Sin duda, Gorbachov no era un pacifista convencido, no fue su sentido de la ética lo que le llevó a sacar las tropas soviéticas de Afganistán, a reducir unilateralmente el armamento nuclear de la URSS, o a negarse a dominar los países del Pacto de Varsovia por la fuerza. Fue un cálculo mucho más simple: con los limitados recursos con los que realmente contaba, quiso salvar a la URSS dejando caer todo lo demás. Pero no lo consiguió, porque ya no disponía de suficiente energía sistémica para mantener el status quo, y no hacerlo suponía el desmembramiento de un imperio deslegitimizado. Estaba atrapado en una paradoja sin más salida que el derrumbe.


Partiendo de este esquema, debería ser posible emitir indicadores de proximidad de colapso, tanto para el sistema global, como para algunos actores estratégicos como Europa, EEUU y China.

A ello dedicaré los últimos artículos.


Bibliografía

Diamond, J. (2019). Colapso. Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen. Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial SAU.

Hobsbawm, E. (2018). Historia del siglo XX 1914-1991. Barcelona: Planeta, SA.

Judt, T. (2006). Postguerra. Una historia de Europa desde 1945. Taurus Santillana.

Tainter, J. (1990). El colapso de civilizaciones complejas. Recuperado el 22 de feberero de 2020, de https://es.scribd.com/doc/112869581/Joseph-Tainter-El-Colapso-de-Civilizaciones-Complejas

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