Historias de la PM (7): Policía Moral y otras cosillas


Como expliqué en el capítulo quinto de esta serie (¿siete ya? Cómo pasa el tiempo…) las anécdotas de patrullas dan para mucho. Algunas divertidas, otras algo menos.

Aquí os dejo dos.


Una de las zonas que apatrullábamos era la playa de la ciudad de Las Palmas, por si algún soldadito se envalentonaba con las muchachas del lugar, o decidía que llevar la mitad del uniforme era aceptable.

Aquello resultaba un tanto agridulce, porque por un lado pasear por la playa siempre es un placer, pero por el otro el calor apretaba por mucho que dijesen que el uniforme era de verano. Para entendernos, cambiábamos la chaqueta por una camisa de manga larga, pero el resto no variaba: botas cerradas con suela de goma, pantalones gruesos metidos por dentro de la caña de las botas, corbata, y el maldito casco de plástico que nos recalentaba la sesera.

Y lo que no resultaba recalentado por el sol, lo era por la escasa vestimenta de las muchachas, sobre todo si uno no se había echado novia en Canarias, que de eso hablaré otro día.

La cosa es que íbamos patrullando por el paseo que bordea la playa de las Canteras. No recuerdo qué compañero venía conmigo, pero por suerte no era el Follaor (con ese apodo ya os podéis imaginar), o algún otro todavía peor (decidido, tengo que hablar de esto en otro capítulo).

Sea como fuere, vemos que se nos acerca una muchacha joven, de unos dieciséis o diecisiete años, con un bikini normal para la época, yo diría que incluso comedido. Se para delante de nosotros. Recuerdo que la chica me llegaría a duras penas a la altura del pecho.

  • Buenos días.

La saludamos educadamente. Ella parecía nerviosa, incluso diría que levemente asustada.

  • Oigan, esto… ¿Voy bien?

Nos miramos el uno al otro, la miramos a ella de arriba abajo, porque dada la diferencia de estaturas no había otra forma de hacerlo.

  • ¿Perdón? ¿A qué se refiere?
  • A mi bikini. ¿Puedo estar tranquila?

Volvemos a mirarnos el uno al otro, y mi compañero me dice, con cierta guasa.

  • Yo creo que está perfecta, ¿no está usted de acuerdo, mi primero?

Miro al compañero, que está reprimiendo la sonrisa, y de nuevo a la chica.

  • Desde luego, pero ¿por qué lo pregunta?
  • Por si la moral…
  • ¿La moral?
  • Claro, no son ustedes la Policía Moral?

Claro, cómo no se me había ocurrido: si éramos la PM, también podíamos ser la Policía Moral, ¿por qué no?

Levanto la vista y localizo a un grupo de chicas a unos veintitantos metros que se están retorciendo de risa. Decido no darles la satisfacción de humillar a la chica.

  • Efectivamente señorita, pero créame que está usted perfecta. También desde el punto de vista moral. Que tengo un buen día.
  • ¡Muchas gracias!

Y la muchacha se fue tan contenta. No tengo claro si fue ella la que nos gastó la broma, o fueron las amigas a ella, pero saben los dioses lo que me costó mantener el aspecto hierático que acostumbrábamos a componer cuando andábamos en público. Mi compañero también consiguió mantener las apariencias, aunque insinuó…

  • Mi primero, ¿no deberíamos inspeccionarlas a todas?

Demasiado tarde, la pandilla femenina ya se había perdido por la arena. Seguimos caminando y cuando ya les habíamos dado la espalda reímos como locos.

  • ¿Policía Moral?
  • ¡¡Policía Moral!!

En otra ocasión me sentí en un verdadero apuro. Patrullábamos por la Plaza de Santa Catalina, abarrotada a esas horas de la tarde, atentos a la soldadesca, pero sobre todo a cualquiera que pudiese tener pinta de oficial, porque eran los únicos que temíamos.

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Aspecto actual de la Plaza de Santa Catalina.

De pronto, oigo un grito a mi espalda:

  • ¡¡Jaaaaauuuuuummmmeeeeeeeeeee!!

Me giro y veo a mi viejo amigo del campamento de reclutas que viene hacia mí, corriendo con los brazos abiertos, la gorra a media cabeza, el mostacho al viento.

Seguía repitiendo su grito:

  • ¡¡Jaaaaauuuuuummmmeeeeeeeeeee!

Para entonces, toda la gente que andaba por allí nos miraba. Yo sonreía y ya estaba preparando la mano para saludarle cuando pega un salto y se sube sobre mí, los brazos alrededor de mi cuello, las piernas alrededor de mi cintura, y venga seguir gritando en mi oído:

  • Jaaaaauuuuuummmmeeeeeeeeeee, ¡t’estimooooooooooooo!

Tenéis que imaginarlo: una plaza abarrotada, terrazas, turistas, gente entrando y saliendo de los establecimientos, y en medio del paso un tipo de metro noventa vestido de policía militar que soporta a otro que lo tiene abrazado como una garrapata mientras le dice a gritos que lo quiere.

Fue una de esas situaciones de “tierra, trágame” porque a) era mi viejo amigo, y yo también lo quería, pero b) si nos veía un oficial nos la cargábamos, porque como suboficial de servicio en la isla yo era, teóricamente, intocable, y Jaume debería ser condenado a galeras, cuando menos.

  • Baja, tío, por tu padre, baja antes de que nos la carguemos.

El hombre bajó, con su sonrisa de siempre. El uniforme – tanto el suyo como el mío – hecho un adefesio. Por suerte, mi compañero de ese día no estaba en el grupo de los vocacionales, y solo nos miraba con los ojos muy abiertos.

Al final conseguí hacerle entender a Jaume que no era el mejor momento para sentarnos a tomar unas cervezas, de modo que intentamos quedar para otro día, aunque fue imposible debido a mi sobrecarga de servicios, y a los suyos. Una lástima.

Fue, quizás, el momento de mayor confusión en todo aquel período, y, sin duda, mi recuerdo más querido.

Dónde quieras que andes, Jaume, que sepas que te echo de menos.

Con mi buen amigo Jaume, cuando todavía éramos reclutas.

Aquí lo dejo por hoy. En un próximo episodio contaré algo de distinta catadura, aunque no precisamente de moral elevada: las relaciones sentimentales de los soldados cuando están destinados a 3.000 kms de familiares, amigos y novias durante dos períodos de seis meses consecutivos.

Gracias por dejar un comentario. Nota que no se aprobarán aquellos que superen las 250 palabras, o contengan afirmaciones no demostradas. Por ejemplo, si afirmas que la madre de algún personaje público ejerce la prostitución, tendrás que aportar pruebas.

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