La descolonización: del imperialismo clásico al dominio neoimperial

Tras la segunda Guerra Mundial, las dos grandes potencias hegemónicas – obviamente, EEUU y la URSS – decidieron que el colonialismo debía desaparecer, y Gran Bretaña estuvo de acuerdo. No fue una decisión altruista, ni bienintencionada:

  • EEUU necesitaba que existiesen muchos Estados para favorecer el libre comercio, y, ya de paso, que todos esos países pudiesen figurar a título individual en la ONU para romper el bloque de las potencias coloniales.
  • La URSS quería atraer estados hacia su órbita, sin que las metrópoli se entrometiesen.
  • Gran Bretaña necesitaba un sistema colonial más eficiente desde el punto de vista economicista: menos costoso, con mayor rendimiento.

Otras potencias como Francia sólo aceptaron la pérdida de sus colonias tras largas y cruentas guerras de independencia: Indochina, Argelia, …

Así pues, de forma improvisada y por el método de prueba y ensayo – no sin graves conflictos de por medio, como el de India y Pakistán, o el de Israel y los países islámicos, Nicaragua, y un largo etcétera – fue tomando forma el neo-colonialismo que imperó durante toda la guerra fría, y aún hoy mantiene su presencia: pongamos que hablo, por ejemplo, de la Commonwealth.

De eso va este ensayo, de cómo los imperialismos desaparecieron sin que casi nada cambiase para la mayoría de los países colonizados.


El símil más cercano al neoimperialismo – el control de las relaciones con estados dependientes mediante el uso del poder blando[1] – sería probablemente el de las relaciones de clientelismo entre naciones.  A diferencia del imperialismo tradicional, en el que las colonias pertenecen y son administradas por un Estado que actúa como metrópoli, en el entorno neocolonial todos los estados involucrados son independientes de acuerdo con los criterios de las demás naciones, y, por lo tanto, pueden integrarse en la organización de Naciones Unidas (Hobsbawm, 2018, p. 210).

Es decir, en el nuevo entorno cada Estado establece su propia administración y su propio sistema económico, político, militar y social, y por supuesto sus propias relaciones internacionales. El poder de los supervisores es ejercido por la vía de la imposición indirecta, mediante mecanismos de control y acciones puntuales, “quirúrgicas”.

Este nuevo modelo de gestión de las dependencias internacionales se desarrolla en el contexto de la Guerra Fría y del proceso de descolonización.

El colonialismo en el contexto de postguerra.

Si la Primera Guerra Mundial disolvió algunos imperios, al finalizar la segunda guerra mundial la situación era insostenible para los restantes. El imperialismo y la dependencia que conlleva ya habían suscitado rechazo en las mayores colonias tras la Gran Depresión (Hobsbawm, 2018, p. 217), de modo que las exhaustas arcas de las grandes metrópolis al finalizar la guerra debían afrontar nuevas oleadas de revueltas. Ya no resultaba eficiente mantener el dominio sobre las poblaciones mediante costosas administraciones y el mantenimiento de fuerzas represivas.

Adicionalmente, las dos superpotencias emergentes de la guerra, EEUU y la URSS, preferían desmantelar los viejos imperios, manteniendo sus respectivas áreas de influencia. En el primer caso, porque los EEUU eran partidarios de la autodeterminación de las naciones en estados, lo que favorecería un comercio de uno a muchos (y viceversa) de signo librecambista, en el que el poseedor del capital dispondría de una alta capacidad de negociación.  Para la URSS, los imperios eran un estorbo para su expansión, y la descolonización significaba oportunidades de extender su área de influencia (Veiga Rodríguez, 2009, p. 22).

Era, pues, necesario crear un nuevo modelo de gestión neocolonialista más eficiente, que superase los problemas mencionados. Pero también que implicase menos riesgos de conflicto entre los bloques, siempre en el proceso histórico de la Guerra Fría.

Precedentes.

En cualquier caso, el neoimperialismo no nace realmente de una propuesta teórica[2],  sino de un sistema complejo articulado en torno a la mundialización del capital, e implantado paulatinamente a partir de las improvisaciones de las superpotencias.

Es conveniente mencionar algunos precedentes antes de hablar de las herramientas y dimensiones del sistema.

Plan Marshall

Ya las transferencias de capital estadounidenses del Plan Marshall (1947) introducían condiciones en cuanto a la alineación en el bloque occidental, como posteriormente institucionalizarían los organismos internacionales monetarios. Es una de las razones por las que Stalin obliga a los países bajo el control soviético a rechazar los beneficios del plan Marshall, y paralelamente, a los partidos comunistas de los estados occidentales a verse reducidos a actores políticos secundarios, cuando no residuales (Veiga Rodríguez, 2009, p. 14).

Aunque todavía en 1947 no puede hablarse formalmente de una forma de neoimperialismo, puesto que la finalidad de los préstamos conlleva objetivos económicos encaminados a garantizar clientes para la capacidad de producción estadounidense: restablecimiento del mercado europeo y recuperación del consumo de las clases medias europeas (Veiga Rodríguez, 2009, pp. 10-11).

Sin embargo, no deja de imponerse una relación de fuerza negociadora en favor de quien proporciona el capital a estados empobrecidos, social y económica exhaustos. Aunque esos mismos estados europeos fueran todavía, en ese preciso momento, potencias nominalmente coloniales como Gran Bretaña o Francia

Descolonización británica.

En las elecciones del 5 de julio de 1945, los laboristas liderados por Clement Attlee vencieron por un amplio margen. Se enfrentaron a una situación de ruina práctica (Veiga Rodríguez, 2009, p. 22), con un costoso mantenimiento de la administración de unas colonias en abierta rebelión contra el bloqueo de las metrópolis hacia la industrialización y modernización de la economía productiva, como reclamaban sus élites (Hobsbawm, 2018, p. 211). Attlee impulsó una descolonización apresurada, y en 1948 Gran Bretaña se había deshecho ya de las colonias de Iraq, India, Birmania y Palestina. El proceso se llevó a cabo con tanta precipitación que no hubo tiempo de prever conflictos, como el del nacimiento de Pakistán (Veiga Rodríguez, 2009, p. 23).

En cualquier caso, la descolonización no fue un hecho ideológico, venía impulsada por criterios de rentabilidad: se eliminaba la mayoría de los costes militares y de administración, y se sustituían por una red de asociaciones voluntarias dentro de la Commonwealth of Nations[3] británica.

La estrategia del Reino Unido no fue seguida por todos los países colonialistas, y de hecho Francia, que había creado un organismo colonial llamado Unión Francesa en 1946, se vio envuelta en guerras de liberación en, entre otros conflictos[4], Argelia (1954-1962), Indochina (1946-1954), y sufriendo el nacimiento de movimientos terroristas como la OAS (Veiga Rodríguez, 2009, pp. 24-28).

Fundamentos del sistema.

La URSS y los EEUU utilizaron estrategias más similares de lo que pudiera parecer a simple vista, basadas en el control del acceso al ejercicio del poder. Sin embargo, la institucionalización de las relaciones internacionales fue una construcción básicamente estadounidense.

Estrategias de control político y económico

Los soviéticos se aseguraron la retención del poder en los países ocupados a finales de la Segunda Guerra Mundial, mediante una estrategia de alianzas de los partidos comunistas cercanos a Moscú con otros grupos, para posteriormente irlos relegando o absorbiendo (Veiga Rodríguez, 2009, p. 13).  Una vez alcanzado el poder político, éste se mantenía mediante la amenaza del uso de la fuerza militar, una red de seguridad interna de policía política temible, y la dependencia de recursos de Moscú.

EEUU, por su parte, controlaba las ideologías gubernamentales sosteniendo partidos hegemónicos, como la democracia cristiana en Italia, o el partido demócrata liberal en Japón. Su mantenimiento se efectúa mediante presiones económicas – el Plan Marshall es un ejemplo – o amenazas de intervención, como ocurrió en Italia en 1948 con la posibilidad de victoria electoral del PCI (Hobsbawm, 2018, p. 242). Si, pese a todo, el régimen cambiaba hacia ideologías comunistas, o filocomunistas, EEUU planificaba el golpe de estado – ya se ha hablado del golpe de estado en Chile, sin ir más lejos –.

Otra vía de consolidación del control que utilizaron ambos es la educación de las élites políticas, económicas y militares, basada en el principio de que en la mayoría de los países descolonizados el interior, rural y analfabeto, era gobernado por las élites educadas. La socialización de las clases dirigentes en la doctrina de la superpotencia – tanto EEUU como la URSS – aseguraba la continuidad (Hobsbawm, 2018, p. 355).

Institucionalización del control económico.

Los EEUU ya habían iniciado un sistema de control mediante la facilitación de la expansión de grandes empresas de ámbito internacional, que de hecho ejercían una presión importante sobre la economía de los países dependientes, y mantenían grupos de presión sobre los gobiernos donde instalaban sus sedes centrales (Hobsbawm, 2018, p. 243).

Las reglas del juego internacional habían sido definidas en los acuerdos de Bretton Woods (1944) en los que Gran Bretaña presentó una propuesta económica de J. M. Keynes, y EEUU otra de Harry D. White. Se impuso la segunda gracias a que en la conferencia no podían participar individualmente los países todavía sujetos al imperialismo británico, pero sí los latinoamericanos, bajo la influencia norteamericana. De este acuerdo nacen dos prestamistas internacionales a largo plazo, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, y un acuerdo de comercio, el GATT (Hobsbawm, 2018, p. 277).

Estas entidades, bajo la influencia de EEUU, ejercerán a partir de 1946 un control del sistema político y económico de los países deudores mediante condicionantes de ortodoxia económica. Citando a Judt:” Los objetivos e instituciones de Bretton Woods…llevaban implícito un grado de injerencia externa en las prácticas nacionales sin precedentes hasta entonces” (Judt, 2006, p. 170).

El modelo neoimperialista resultante.

Los conceptos descritos definen un sistema en el que los excedentes económicos acaban siendo captados por el capital financiero mundializado y los rentistas locales, mientras que los salarios crecen en proporciones muy inferiores, frenando la creación de mercados locales, y reforzando la dependencia de los grandes centros financieros (Husson, 1996).

Los países dependientes idearon diversas estrategias para cambiar la situación. El primero fue el de sustitución de importaciones (modelo ISI) para reducir de forma directa su dependencia de los países más industrializados. El resultado fue el crecimiento de importaciones de maquinaria y materiales elaborados, con el consiguiente aumento de dependencias de la inversión exterior, además del pago de royalties. El sistema entró en crisis en los años setenta (Vidal Villa & Vilaseca Requena, s.f., p. 21).

El siguiente modelo fue el de sustitución de exportaciones (ISE), en la creencia de que la dependencia se debía al hecho de exportar materias primas principalmente. Funcionó en algunas economías asiáticas – las llamadas tigres[5]  y dragones[6] – pero condujo a lo que Lipietz denominaba “fordismo periférico” al no servir tampoco para crear mercados interiores (Vidal Villa & Vilaseca Requena, s.f., p. 21).

Así, no encontrando un modelo económico que funcionase para cambiar la distribución de los flujos de capital, los salarios se mantuvieron mientras crecía el excedente económico que, debido a la superior rentabilidad de la financiarización, no acaba revertiendo en la economía productiva y la formación de clases medias capaces de sostener un mercado interior fuerte.  De este modo, los países dependientes compiten sólo entre sí, y las divergencias se acentúan, tanto a nivel intra como internacional (Husson, 1996).

Puesto que el sistema tiende a mantenerse estable debido a la corrección de posibles heterodoxias que vendrán condicionadas por los préstamos del BM o del FMI, y a las herramientas de control político y militar, en la práctica podemos hablar de un neoimperialismo que ya no requiere de acciones militares de las potencias, salvo ocasiones puntuales.

Conclusión.

La crisis de Suez en 1956 ilustra el choque entre imperialismo y neoimperialismo. Gran Bretaña y Francia, con el apoyo de Israel, decidieron posesionarse del canal de Suez por la fuerza, sin contar con la aprobación previa de EEUU, a quien pensaban presentar el hecho consumado. En octubre la administración estadounidense amenazó con represalias económicas, y la URSS con represalias militares. Gran Bretaña y Francia tuvieron que retirarse. Las conclusiones de este suceso son evidentes: las superpotencias no estaban interesadas en cambiar el equilibrio, Francia y Gran Bretaña ya no eran más que potencias secundarias en el orden mundial, y los métodos imperialistas habían quedado obsoletos (Veiga Rodríguez, 2009, pp. 28-30).

Desde entonces, el sistema de relaciones internacionales ha demostrado su solidez al permanecer activo desde la guerra fría de un mundo bipolar, al multilateralismo de la globalización. Sin embargo, si lo que se pretendía al finalizar la guerra en 1945 era inaugurar un orden internacional seguro, que permitiese una convergencia real de las naciones, hay que considerarlo un fracaso, porque el neoimperialismo tiende a perpetuar el statu quo, permitiendo el incremento prácticamente ilimitado de las divergencias.

Ahora bien, si lo que pretendían las potencias occidentales es cambiar el sistema imperial de control directo por otro más eficiente en términos de coste y resultado, que proporcione el poder mediante sistemas blandos – siempre salvo situaciones puntuales en las que la intervención militar puede ser más efectiva – el neoimperialismo ha sido una solución realmente eficaz.


[1] El concepto de Soft Power fue acuñado por el profesor Joseph Nye en 1990. Para mayor información puede consultarse Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Poder_blando.

[2] Estoy pensando, por ejemplo, en las ideas de Hayek, y las doctrinas de liberalismo comercial (Hobsbawm, 2018, p. 181), que son requisito necesario para el establecimiento de relaciones económicas neoimperialistas en el sector occidental.

[3] Si bien la Commonwealth británica ya existía, se reforma en 1949 mediante la Declaración de Londres para acoger a las colonias recién independizadas. He consultado la fecha de la Declaración en Wikipedia: https://en.wikipedia.org/wiki/Commonwealth_of_Nations

[4] Cito Argelia e Indochina porque se acercan más al concepto de guerra colonial, pero habría que añadir otros conflictos en, al menos, Camerún, Madagascar, Túnez y Marruecos. Fuente Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Uni%C3%B3n_Francesa#Conflictos_de_la_Uni%C3%B3n_Francesa

[5] Filipinas, Malasia, Tailandia e Indonesia

[6] El ISE funcionó, de hecho, mucho mejor para estos países: Corea del Sur, Taiwán, Singapur y Hong Kong


Referencias y bibliografía

Hobsbawm, E., 2018. Historia del siglo XX 1914-1991. Barcelona: Planeta, SA.

Husson, M., 1996. Las tres dimensiones del neo-imperialismo. Viento Sur, marzo, Issue 25, pp. 61-66.

Judt, T., 2006. Postguerra. Una historia de Europa desde 1945. s.l.:Taurus Santillana.

Veiga Rodríguez, F., 2009. Aparición, apogeo y atenuación de la primera guerra fría. La descolonización: 1945-1973. Barcelona: UOC.

Vidal Villa, J. M. & Vilaseca Requena, J., s.f. La evolución del capitalismo y el proceso de mundialización. Barcelona: UOC.

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