Ifigenia: 1.10 y último – Averno

De momento sabemos un par de cosas más gracias a las pruebas realizadas por nuestros protagonistas (bueno, la que de verdad sabe es Genia, Lorenzo es más como un cruce de gigoló y manitas cuántico):

  1. La máquina del tiempo funciona cuando el cuerpo viaja entero. Si se trocea como le ocurrió a la pobre Rosaura, no tanto. De hecho, el cuerpo de Rosaura no volvió a aparecer por ningún lado en el tiempo actual, aunque no cabe descartar que no lo haga el día menos pensado en el futuro, para regocijo de arqueólogos, o susto de los presentes.
  2. Cuando un miembro de la especie felina gatuna viaja de cuerpo entero, regresa con marcadas mejoras en el cromosoma 7. No sabemos si hay más cambios, pero ya de entrada es, como mínimo, sorprendente.

Partiendo de los conocimientos expuestos, Genia se dedicó a construir un traje bio-aislante con un casco a prueba de ondas de todo tipo. No fuera a ser que en el futuro las comunicaciones fuesen exclusivamente telepáticas y le pusieran la cabeza como un bombo. Mientras tanto, Lorenzo se concentró en realizar una versión modificada del generador de vórtices, que incluyese una especie de esfera de protección para evitar despieces como el de Rosaura. También, a petición de Genia, incluyó una mochila de salvamento con un mini-generador y un ordenador cuántico con capacidad de registro reverso de camino, del tipo IP, para asegurar que, pasase lo que pasase, la viajera llevaba billete de ida y vuelta.

Todo estuvo listo en unas pocas semanas. Un viernes por la tarde Genia convocó de nuevo a Lorenzo a su cutrel general (el juego de palabras es intencionado), y de nuevo Lorenzo acudió con una mochila con una muda limpia, por si caía la breva. Y cayó, ¡vaya si cayó! Ante la duda de cuánto tiempo tendría que pasar hasta encontrar al perfecto co-fundador de la especie Homo vere Sapiens Ifigenius, nuestra previsora heroína decidió irse servida. Bien servida.

El sábado por la mañana despertó con cariñosas collejas a Lorenzo – cosas de la falta de sueño y exceso de consumo energético en los humanos imperfectos, Lorenzo era un tronco a casi todos los efectos – para repasar una vez más la secuencia de lanzamiento. Hacia mediodía, con todos los controles realizados, Genia se vistió con el traje aislante, colgó su mochila salvavidas de la espalda, y con la ayuda del taburete del baño se acomodó como pudo en la esfera de transferencia. Sujetó con fuerza el generador de vórtices en su regazo, se giró hacia Lorenzo, le sonrió, guiñó un ojo, pícara, y se concentró en el inminente viaje.

Lorenzo sonrió a Genia, le devolvió el guiño, y apretó el conmutador. Esta vez la electricidad se fue tanto en el barrio, como en la Universidad. La luz que entraba por la ventana deshizo rápidamente la oscuridad. No había rastro de esfera, ni de viajera. Nada en absoluto, excepto zonas grisáceas en techo y suelo, en la vertical del vórtice.

Lorenzo parpadeó un par de veces, y luego… No sé exactamente como describirlo: se transformó. Desapareció el friki amable, de apariencia sumisa. En su lugar se erguía un hombre joven, fuerte y decidido. Pero el mayor cambio fue su expresión. Donde antes aparecía una mirada temerosa, ahora brillaban unos ojos fríos y calculadores. Su boca débil, de sonrisa fácil, formaba una línea dura. Era, a todos los efectos, otra persona en el mismo cuerpo.

Lorenzo nunca dejó de ser, en realidad, una ficción. Fue Turi-El quien manipuló los códigos de programación de saltos entre universos n-dimensionales (siendo n>3, e incluyendo una dimensión tiempo). También fue él quien saboteó la mochila de salvamento de Genia para asegurar que, si por un casual conseguía sobrevivir a los saltos caóticos entre universos, no pudiera regresar.

Pasado un tiempo razonable sin que reapareciese la esfera, Turi-El tomó el teléfono, apretó una tecla de marcación rápida, y tan pronto le contestaron empezó a hablar rápido en un latín fluido y poco académico.

  • Ave Azra-El! Servavi ordines, Ifigenia delenda est.
  • …..
  • Ego sum tuus. Ave!

Traduzco libremente para los de ciencias, los de EGB, y en general para quienes se han educado en la escuela pública: Saludos Azrael. He cumplido tus órdenes, Ifigenia ha sido destruida. 

Turi-El se dedicó durante las horas siguientes a borrar cuidadosamente las paredes, destruir cualquier nota que pudiese quedar suelta, y desmontar el artificio que montaron para suspender a los viajeros del tiempo. Luego, limpió cualquier superficie que pudiese haber tocado, recogió la ropa de cama y las toallas, que guardó en la bolsa de deporte en la que trajo su muda, se caló su capucha y abandonó sin ruido el cuartucho de Ifigenia, cerrando cautelosamente la puerta con llave.


Nota del Transcriptor: Lamento dejaros en estado de cuentus interruptus, pero mucho me temo que aquí acaba el relato que, confieso, encontré por azar en un servidor de porno de la red profunda (insisto en que fue por pura casualidad, yo no busco porno, nunca). Para ocultarlo a mi vez, he utilizado el truco de “La carta robada” en el cuento de Edgar Allan Poe: dejar a la vista aquello que quieres esconder. Y eso es lo que he hecho, dejar este relato en un blog público que leen cuatro gatos (y no, no es ninguna alusión a Miss Schrödinger).

Tampoco es que lo haya transcrito sin más, no soy tan irresponsable: antes investigué un poco por mi cuenta. Encontré la dirección completa de Ifigenia en una nota suelta del documento y me acerqué por allí fingiendo ser un familiar. Los vecinos adolescentes me confirmaron que allí vivía efectivamente una muchacha – me niego a poner por escrito las palabras exactas con que la describieron – que tenía una gata. También confirmaron que, poco antes de desaparecer, la visitaba con cierta frecuencia alguien que describieron como un informático en horas bajas, y que de vez en cuando se oían ruidos de lo más sugerentes – ellos no los describieron así, evidentemente – a través de las paredes.

En la universidad local me confirmaron que trabajaba un catedrático de física teórica llamado Leandro. Cuando fui a visitarlo, negó conocer a ninguna Ifigenia. Lo mismo exactamente me dijo la gente que trabajaba por allí. La diferencia es que el catedrático parecía genuinamente sorprendido por la pregunta, pero los trabajadores del departamento expresaban un terror profundo tan pronto pronuncié el nombre de Ifigenia.

En cambio, sí reconocieron que había trabajado allí una tal Rosaura, pero que un buen día desapareció. El consenso popular sospechaba que la administrativa encontró a alguien lo bastante desesperado para emparejarse con ella, y huyeron a algún país ultra religioso, o a Estados Unidos donde cualquier chifladura encuentra su terruño.

Al poco de estar preguntando, se acercaron dos guardias de seguridad, sumamente mal encarados, que me acompañaron amablemente a la puerta. Sospecho que a instancias de don Leandro. Cuando ya salía, observé que uno de los ficus de la entrada era enorme, tenía un color vomitivo y exhalaba un olor dulzón, pegajoso. Cuando hice ademán de acercarme a la maceta con ánimo de escarbar, los seguratas llevaron su amabilidad al máximo y me sacaron de allí en volandas.

No pude verificar si alguien llamado Lorenzo había trabajado de informático en la universidad, pero, en cualquier caso, no figuraba en ningún registro oficial.

Me hubiese gustado averiguar más cosas. Por ejemplo, por qué Turi-El (que os recuerdo es el nombre de un ángel caído) hablaba en latín con alguien llamado Azra-El (que entre judíos y musulmanes es el ángel de la muerte). También cuál era el papel real de don Leandro, porque dejándome llevar por la conspiranoia cabría pensar que se hizo el tonto con tal de llevar a Ifigenia hacia su perdición, y lo hizo con la ayuda de su hijo, biológico o no. Por último, ¿qué clase de soldado era Turi-El/Lorenzo para ponerse a las órdenes del ángel de la muerte y enviar a Ifigenia el diablo sabe dónde (y cuándo)? Y pensar que habían tenido una relación física e intelectual tan fuerte… ¿qué clase de ser es capaz de obedecer órdenes tan inhumanas?

En fin, que a menos que aparezca alguien del futuro – Ifigenia incluida – para explicarnos qué ocurrió en realidad, me temo que nos vamos a quedar con ganas de saber más.

Aquí me despido, en un lugar de la meseta castellana, de cuyo nombre me acuerdo perfectamente, pero es irrelevante para esta historia. En el Año de Gracia de 2018.


Capítulo anterior: 1.9 – Telégata


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