0.0 – El predador afortunado

Esta es, en realidad, la quinta novela que escribí, pero siendo la primera en orden cronológico de la serie Miguel Ayala, también ha sido la primera de la trilogía en ser publicada.

En cuanto al argumento, sonará redundante si os digo que Fortunato era un tipo afortunado, aunque no quiera reconocer que esa fortuna se la debe a su gato negro. Quizás por eso, o por su falta de luces, no valoró lo suficiente haber encontrado a alguien que quisiera casarse con él, aunque fuese la hija de un policía de su ciudad, Valencia, y simultáneamente mantener algunas aficiones de soltero que no son bien vistas en sociedad. En realidad, en ninguna comunidad civilizada.

Os dejo con la introducción de la novela, y la presentación de su verdadero protagonista.

Introito

Tuve que abandonar la residencia de mis amos dos semanas atrás. A los viejos les llegó a casa una hembra joven, supongo que parte de su camada, que en el primer descuido me echó a la calle. Seguro que les dijo que me había fugado, la muy rata, pero en el fondo todos sabemos por qué lo hizo: ¡porque soy negro!

El caso es que ahora necesitaba urgentemente un nuevo refugio.

A esas horas no había gran cosa de comer en las calles, y aunque el ambiente de abril era llevadero, todavía refresca mucho al ponerse el sol.

En esas circunstancias andaba yo removiendo unos cubos de basura cuando escuché voces. Me asomé con cuidado a la esquina, y vi venir dos amos potenciales, todavía lejos. Uno tenía aspecto de educado, con su largo abrigo oscuro y zapatos limpios, el pelo peinado con raya, la cara afeitada. El otro, sencillamente, tenía pinta de imbécil con sus vaqueros acampanados y su chupa de cuero de vaya usted a saber qué animal sin cuernos, el pelo largo y lacio, mostacho ralo, las mejillas mal afeitadas, las gafas de sol – ¡de noche! – imitando a las míticas Ray Ban, a punto de descolgarse de la punta de su nariz.

Andaban riendo y gastando bromas. Sin duda algo intoxicados venían, sobre todo Imbécil, porque le costaba caminar recto.

En ese momento estaban acercándose a una escalera apoyada con la pared, supongo que de alguna obra. Educado se bajó de la acera para bordearla, pero Imbécil insistió en pasar por debajo burlándose del otro. No debería, porque ya era bastante malo que estuviésemos en la madrugada de un martes y trece, para encima andar tentando a la suerte. Y créanme, yo, de eso, sé un rato.

Consecuentemente, su aura se oscureció un tanto, virando del color de wiski luminoso a un naranja sombrío.

Los dos amos potenciales seguían caminando, charlando y riendo Imbécil, más serio Educado. Pasaron al lado de un montón de muebles viejos abandonados en la calle por algún humano poco limpio. Imbécil se puso a señalar y a reír a carcajadas. Se acercó mientras Educado movía las manos en clara señal de negación, pero Imbécil lanzó una patada y escuché el ruido de cristales rotos.

Su aura ya aparecía de un color marrón oscuro, con alguna mecha de un naranja difuminado.

Educado parecía molesto con las tonterías de su compañero. Su aura seguía siendo de un amarillo vivo, color de agua de Valencia[1].

Pensé que de perdidos al río, y que podría probar suerte, de modo que salí de mi escondite y caminé hacia ellos maullando lastimeramente.

¡Ah, es verdad! No les he dicho todavía que soy un hermoso ejemplar de felino doméstico, más conocido como gato, de gran tamaño, y negro por más señas. De ahí mi dificultad para encontrar amo propio que me dure. Soy negro como noche sin luna, sin una mancha de ningún otro color. Negro como espíritu de asesino. Negro como un pozo sin fondo. Negro del hocico al rabo, bigote incluido.

Me acerqué hacia Educado para frotarme en sus piernas, que eso siempre los enternece, pero no llegué. Imbécil me tomó en brazos y me acercaba bromeando a la cara de Educado, que se limitó a hacer aspavientos con las manos mientras retrocedía. Finalmente, con un gesto airado, Educado se alejó despotricando mientras Imbécil me acariciaba.

Pensé que bueno, que más valía Imbécil en mano que cien Educados volando, así que me puse a ronronear pensando que, cuando menos, esa noche la pasaría calentito y bien comido.

Claro, que para entonces el aura de Imbécil hacía juego con sus defecaciones, pero eso ya lo compensaría yo. Al fin y al cabo, mi verdadero nombre es Talismán[2].


[1] Aclaramos a los lectores abstemios que el agua de Valencia es un cóctel a base de cava, zumos de frutas, vodka y/o ginebra o ron. Entra suave, refresca, pero deja unas resacas notables. Damos fe.

[2] Dice la RAE que el talismán es un objeto al que se atribuyen poderes mágicos. De ahí que el felino en cuestión, un tanto chulo y con enorme ego, presuma de que es capaz de cambiar el color del aura.


Publicaré su primera parte de a capítulos, poco a poco, en la mañana de domingo, por si a alguien le apetece ir leyendo a cachitos.

Quienes deseen leerla entera, tanto en formato e-Book como papel (tapa blanda) pueden adquirirla en Amazon:


Capítulo siguiente: 1.1 – Fortunato Mediocre

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