El predador afortunado (2) – El gato Lucifer y los Mediocre

Cuando el gato fue liberado dentro del piso que compartía la familia Mediocre, hizo, como cabía esperar, cosas de gatos. Tenía hambre, pero podía esperar. Ahora lo urgente era explorar su nuevo territorio. Fue de habitación en habitación, rascándose contra las patas de mesas, sillas, sofás, y lo que pilló. Bebió agua del fondo de una gran taza blanca en un cuartito pequeño. Caminó por el pasillo rozándose con todo lo que encontró, y disfrutó escarbando en las macetas que fue encontrando por aquí y allá. Hasta ese momento no había detectado ningún olor que no fuese de origen humano, de modo que se sentía bastante seguro.

En un descuido, se frotó con demasiado ímpetu contra algo que estaba en el pasillo, y que cayó con estrépito.

“¡Stercus[1]!”

Corre a refugiarse debajo del sofá del comedor, mientras el padre de Fortu, que por una de esas casualidades se llama Facundo, Facu para amigos y familiares… Pero me estoy desviando. Como decía, el padre aparece en el pasillo armado con una vieja escopeta de caza sospechando de ladrones, o todavía peor, de su hijo. Se asoma al pasillo, recorre la casa, escucha los ronquidos de Fortu, vuelve a dejar el paragüero en su sitio y se acuesta de nuevo con un encogimiento de hombros.

Pasado un rato, el gato recién bautizado, muy a su pesar, como Lucifer, sale de su escondite para reemprender su exploración del terreno. Escucha lo que para él son ronroneos, aunque para otro humano serían ronquidos, que salen de una puerta mal cerrada. Se apoya sobre ella, la abre y entra. Huele a humanos, y no es el olor de Imbécil, aunque sí bastante parecido. De un salto se sitúa sobre la cama y camina hacia la fuente de los ronroneos, que se han detenido. Se enciende la luz, dejándolo completamente deslumbrado por un momento. Justo enfrente de él hay una mujer con la boca muy abierta, que por fin consigue emitir una especie de aullido.

 “¿Qué le pasa a la vieja? ¿Por qué maúlla tan fuerte?”

Al grito el otro humano, el macho, se despierta.

  • ¿De dónde coño habrá salido este gato? Y tú, Pascuala, cállate ya que no hay para tanto.
  • ¡Es un gato negro! ¡Es el diablo!
  • Es un gato, y punto. ¡Fortu! ¡¡Fortu!!

Pero Fortu está durmiendo el sueño de los justos, con la inestimable influencia del alcohol trasegado. No se despierta hasta que su padre lo sacude con fuerza. Se los encuentra a ambos al pie de la cama mirándole fijamente.

  • ¿Qué pasa? ¿No puede uno dormir tranquilamente? ¡Que mañana trabajo, hombre!
  • Hay un gato en la casa.
  • Ah, ¿ya lo has visto, madre? ¿A que es chulo? Se llama Lucifer.
  • ¿Lucifer? Si ya sabía yo que es el diablo…
  • Pascuala, no te desvíes, que aquí la pregunta es de dónde ha salido el gato. ¿Lo has traído tú, Fortu?

Vaya, la vieja ya no bufa. Voy a frotarme contra su tobillo, eso las reblandece. Anda, ¡pues no me rechaza con la pantufla apestosa! A la que pueda, se va a enterar.

  • Mira madre, ya te ha cogido cariño.
  • También a ti te hemos cogido cariño, y eres más animal que ese.
  • ¡Joder, padre, que tampoco hay para tanto! Y ahora dejadme dormir, ya le pondréis de comer mañana.
  • ¡Mañana os vais a la puta calle el gato y tú!
  • Facu, no digas tacos delante del niño, ¡hombre!
  • ¿Niño? ¿¿Niño?? Mira, hoy no quiero discutir, porque alguna hostia te llevarías, Pascuala. Me voy a la cama.
  • Eso, tú también madre, así me dejáis dormir que solo me quedan un par de horas.
  • ¡Caguen mi puta vida!

Se marcha renegando el padre, mientras la madre se despide de su hijo haciendo el gesto internacional de “te voy a dar”, lo que Fortu sabe que no va a ocurrir.

La noche acaba con el gatazo negro enrollado a los pies de la cama de Fortu, pensando que ha caído con una familia de humanos muy entretenida, aunque no demasiado brillantes.

Antes de dormirse, y pensando en el viejo que cruzaba la calle en Alacuás, Lucifer recuerda que tiene que buscar un sitio discreto que esté a su alcance. Tiene que marcar la primera muesca en el libro de cuentas de Imbécil.


El hombre viejo y gruñón se ha ido pronto. Lucifer no se ha atrevido a acercarse por si acaso. Una hora más tarde, la humana gritona ya está levantada y trasteando por la cocina.

Humana, tengo hambre… Va, ponme de comer y te ronroneo un ratito.

Lucifer maúlla con el tono más lastimero que consigue componer, mientras se restriega otra vez contra la pantorrilla de la mujer. Esta se cansa de intentar apartarlo y le pone un platito de leche de vaca. No es que le entusiasme mucho porque los gatos son intolerantes a la lactosa, y desde luego preferiría algo más sustancioso, pero es un principio.

Imbécil se levanta poco después, se viste y sale disparado. La madre intenta llamarlo.

  • Fortu, hijo, tómate al menos un café…
  • ¡Tengo prisa!
  • Y oye, tu gato…
  • El gato no es mío, es un ser libre. ¡Adiós!

La mujer se queda mirando al felino.

  • Y ahora, ¿qué hago yo contigo?

Darme de comer. Yo ya he cumplido: pese al asco que das, que a punto he estado de vomitar una bola de pelo, te he dejado mi olor en la pierna.

Lucifer maúlla en un tono claro de hambre. Pascuala saca dos platos hondos al balcón, pone en uno agua y en el otro vacía una lata de atún. Mientras Lucifer se despista despachando la pitanza, la mujer cierra la puerta del balcón dejando al gato fuera. Luego se marcha a toda prisa para llegar a tiempo. Tomará el autobús para limpiar un par de chalets en el Vedat, de gente bien situada. Más tarde, hará un par de escaleras en el pueblo, y algún piso. Hoy tampoco le queda tiempo para desayunar, y ya veremos si le da tiempo a comer o tiene que arreglarse con un bocadillo.


[1] En ocasiones le da a Talismán – Lucifer según Fortu – por soltar palabrotas en latín, lo que da una idea aproximada de su edad.


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