El cuento de los treinta reinos que fingían ser un dragón (audio)

Si estáis muy ocupados, lectoras y lectores, y preferís convertiros en oyentes, aquí tenéis una versión grabada del cuento de los treinta reinos europeos que fingían ser un dragón, y la escrita la podréis encontrar a continuación.

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Érase una vez que se eran treinta y tantos pequeños reinos belicosos. Digo treinta y tantos porque según la época histórica, podían ser menos cuando alguno de los más grandes engullía a otro, o más cuando las guerras finalizaban. Pero lo único cierto es que las guerras eran la gran afición de sus dirigentes.

En realidad, muchos de ellos dejaron de ser reinos allá por el siglo XIX, pasando a una forma que llamaron pomposamente Estado-Nación. Ya sabéis, queridos niños, cambiar algo para que nada cambie, y de paso aquietar a sus súbditos revoltosos que no querían reyes. Se pasaron ese siglo y parte del siguiente para, una vez construido el Estado, convencer a los mandados de que, además, eran una nación, porque eso facilitaba los enfrentamientos continuos, incluidas las guerras, a los que los súbditos se lanzaban entusiasmado para defender algo que no entendían llamado Patria porque para eso eran una Nación, otra palabra que también escapaba a su comprensión.

Los mandamases siempre se rigieron por el principio de nosotros, o el caos, lo que permitía a sus dirigentes electos afirmar tranquilamente cosas como:

Nosotros, los liberales, estábamos convencidos de que ganaríamos las elecciones. Sin embargo, la voluntad de Dios ha sido otra. – Larga pausa – Al parecer hemos sido nosotros, los conservadores, quienes hemos ganado las elecciones

Cita del cacique de Motril a finales del siglo XIX, recogida por Paul Preston en “La guerra civil española”, página 37 de la edición de 2016 por Penguin Random House Grupo Editorial, SAU.

De vez en cuando, surgía un emperador que pretendía meter los reyezuelos en vereda, pero tardaban poco en cargárselo y regresar a sus alianzas, para destriparse a mayor gloria de sus Naciones. Hasta que finalizada la última gran guerra que libraron estos reinos – en realidad Estados-Nación, pero en un cuento queda mejor hablar de reinos – se dieron cuenta de que aquello no era marcha, y mucho menos si tenían en cuenta que se estaban convirtiendo en territorio de caza de dos grandes dragones, América y Soviet. Un sabio dirigente, para variar, un tal Churchill, dejó caer que igual tocaba unirse, al menos, para que los dragones no se comiesen su producción de carbón y acero, lo que les pareció bien a unos cuantos.

Viendo que aquello funcionaba, fueron sumándose otros reinos vecinos, y añadieron poco a poco instituciones para gestionar los acuerdos. Aquello se fue haciendo cada vez más grande, y más complicado, más grande, y más complicado…

Hasta que, de improviso, murió – o eso pareció entonces – el dragón Soviet, ocasión que los hijos del otro gran dragón de entonces aprovecharon para lanzarse a conquistar más y más poder por todo el mundo. Eran dragoncejos de diversas especies, pero destacaban dos de ellas: los Multinacionales y los Fondos. Con la ayuda de su avaricioso progenitor se expandieron por todo el planeta volando en las corrientes de aire que había creado su padre, a las que llamaron Globalización.

De modo que, asustados por el poder de esa bandada dragonil, algunos de los reinos decidieron inventarse un imperio, y refugiarse bajo él fingiendo que eran otro dragón. Los demás estuvieron en principio de acuerdo, aunque en realidad hubo al menos tres bandos: quienes no se lo acababan de creer, pero pensaron que aquello era mejor que ir a luchar solos contra los bicharracos que se comían a sus escasos caballeros valientes y honrados, y quienes se tragaron el cuento a pies juntillas, tal cual.

Dije tres bandos, y solo he citado dos. Es que el tercero, formado por la alianza de los muy belicosos Reinos del Norte y los de Más Al Norte, llegaron a la conclusión – que obviamente guardaron para sí – que era una gran oportunidad para fingir que estaban con el resto, aunque en el fondo consideraran que era solo una forma de seguir con las guerras por otros medios con mejor imagen. Si llevaban casi un siglo sin ganar en una confrontación bélica, pues tampoco tenían mucho que perder…

Para dar mayor credibilidad a la unión, algunos reinos incluso decidieron compartir su moneda, y crear sistemas fiscales y monetarios conjuntos. A eso, los Reinos del Norte dijeron que la moneda ya les venía bien – porque les facilitaría enriquecerse a costa de los otros, aunque eso tampoco lo dijeron – pero que de las uniones fiscales ya irían hablando un día de estos.

Así estaban, con los reinos más crédulos felices y los medianamente escépticos conformados, cuando descubrieron horrorizados que el malvado dragón americano, utilizando a su prole, les había envenenado los bancos, ¡incluidos los del Norte!

¿Qué hicieron los dirigentes de los Reinos del Norte, y de Más Al Norte? Convencieron a los reinos del sur, con la aquiescencia del gran reino del Casi Sur, al que también le venía bien, de que los súbditos del Sur tenían que pagar el antídoto que necesitaban los bancos norteños, y además con intereses. Así que se dedicaron con esmero a ordeñar las gentes sureñas, mientras las culpabilizaban del envenenamiento y les aplicaban correctivos cuando les renegaban. Lo que han hecho durante siglos los emperadores absolutistas, o sea que nada nuevo.

Diréis que eso es imposible que los reinos del Sur tragasen, pues lo hicieron, y además de buen grado. ¿Con la ayuda de quién? Obviamente, de quienes habían ganado las elecciones en esos Estados-Nación, e incluso de quienes las habían perdido. Lo nunca visto. Bueno, “lo nunca visto“… Mejor lo dejaremos en que es algo que no pasa todos los días.

Transcurrieron unos años, y los reinos del Sur empezaron a levantar cabeza. Los del Norte, como cabe esperar, no la habían agachado en ningún momento. Algunos reinos del Sur incluso se permitieron el lujo de poner como dirigentes a quienes no correspondía de acuerdo con la lógica del cacique de Motril. Y estando en esas, en el lejano, pero al mismo tiempo muy cercano, imperio de China, se inició una epidemia, que transportada por las alas de la Globalización, se convirtió en pandemia sembrando el terror por todos los reinos del universo planetario.

Aunque no a todas partes por igual, porque los Reinos del Norte y de Más Al Norte, con las riquezas acumuladas gracias a sus primos del Sur, tuvieron la ocasión de defenderse mejor contra el virus. Cuando los Reinos del Sur fueron a verles y les pidieron ayuda solidaria, porque al fin y al cabo, eran todos el mismo Imperio y el mismo Dragón, los Reinos del Norte se rieron por lo bajini y les dijeron que Nein, y los de Más Al Norte, además, los volvieron a insultar exigiendo lo suyo para ellos, y lo de los demás, también, y lo llamaron Sandwich holandés.

Para colmo de males, con tantas desgracias e insultos, los ciudadanos se estaban dando cuenta de que no solo el tan predicado dragón Europeo no era ni dragón ni nada, sino que eso de los Estados-Nación no les habían servido de mucho, porque cuando las cosas se ponían mal, los únicos que los defendían eran los de siempre. Y que eso de que eran una única Nación… Pues eso, como lo del Dragón Europeo.

Y mientras tanto, allá por el lejano Imperio Chino, empezó a respirar con fuerza otro dragón aprovechando que el dragón América se estaba lamiendo las heridas causadas por el virus. Empezó a disputarle los territorios de caza a los hijos Fondos y Multinacionales vendiendo, o incluso regalando, lo que los reinos de esa región, y de otras, necesitaban con desesperación para luchar contra el virus.

Pero el dragón China crecía y crecía, el dragón América se encerraba más y más adentro en su cueva echando fuego por la boca, algunos de los reinos crédulos empezaron a darse cuenta de que habían sido claramente engañados, mientras los Reinos escépticos debatían si era mejor el engaño que nada, y alguno incluso se marchaba pegando portazo.

Sin embargo, lo que todos los reinos hacían, aun sin haberlo acordado previamente, era aprovechar el acojono de las plebes para legitimar su creencia en un Estado-Nación protector. Por si acaso, no fueran a tener demasiado tiempo para pensar y decidieran que igual lo que sobraban no eran las instituciones cercanas, sino las lejanas, y las Muy lejanas.


Y colorín, colorado, queridísimos niños, este cuento no ha acabado. Porque ahora le toca al Imperio decidir si sigue fingiendo su grandeza, o si se revela tal y como es, un ratón con ínfulas. Y a los ciudadanos, si de verdad siguen necesitando a eso que los que mandan llaman Estado-Nación para seguir mandando, o se apañan con sus Patrias Chica y Mediana. Y si siguen creyendo en que el gran Dragón Europeo es posible, o no.

De momento algo importante ha cambiado: de pronto, los autónomos son ciudadanos con derechos, y no meras empresas mercantiles; es posible mandar a parar los desahucios, condonar alquileres, aplazar impuestos; pagar rentas por el simple hecho de necesitarlas para comer… Incluso prestar a las empresas un dinero que no se tiene, y que, en puridad, ni siquiera existe.

Algo ha cambiado, ¿será porque el Estado-Nación necesita legitimarse? o ¿será que de repente los mandatarios han descubierto que es posible remontar la crisis financiando a sus ciudadanos, aunque sea de a poco, y arriesgándose a perder el poder?

Dependiendo de la respuesta a esta pregunta, tendremos un cambio de perspectiva que nos puede llevar a un cambio real, o tan solo permita a los poderes de siempre saltar el abismo.

Continuará…

4 comentarios sobre “El cuento de los treinta reinos que fingían ser un dragón (audio)

  1. LO he escuchado porque quería comprobar si eras un buen narrador. Lo eres. Y el cuento, amargamente, un buen remedo de la realidad. Homo homini lupus.
    Me interesa la continuación. ¿La tienes o habrá que esperar?

    Le gusta a 1 persona

    1. Aún falta para eso. Estoy esperando a ver cuál es la próxima trumpalidad que suelta el Holandés Rutter, y qué conejo se saca del sombrero la UE el día 6 de mayo.
      Parafraseando a Churchill, que lo dijo de los americanos, la Unión Europea siempre hace lo correcto, después de haber intentado todo lo demás.
      Gracias por valorar mi capacidad de narrar, esta vez fue solo una prueba a ver qué tal quedaba con el deficiente equipo de sonido de que dispongo, pero no descarto reintentarlo. En la próxima entrega veremos si Merkel es princesa o madrastra…
      Cuídate mucho.

      Me gusta

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