Pongamos que hablo de Sanidad (2): coordinando, que es gerundio

Algo que ha fallado claramente en esta crisis ha sido la coordinación entre el entorno sanitario y el de bienestar social. Ahí tenemos, por ejemplo, a la Justicia teniendo que ordenar en Madrid algo tan evidente como la medicalización de las residencias, la lamentable carencia de medios de quienes cuidan a los mayores, o la ausencia de información sobre lo ocurrido dentro de las viviendas dónde han pasado la enfermedad totalmente desasistidos.

Que la COVID-19 se llevaría por delante a muchas personas mayores, era de esperar con la experiencia china, pero ¿cómo lo ha hecho? En soledad, quitando a la muerte la poca dignidad social que le queda.

Y sin embargo, la solución era barata: coordinar los dos ámbitos de bienestar social y sanidad, integrando los cuidados a mayores y dependientes dentro del sistema sanitario.

Esa es mi propuesta.

Hasta ahora, el sistema sanitario se ha compuesto de tres grandes niveles: primario (ambulatorio), especializado (consultas externas) y hospitalario. Para una medicina reactiva, funcionaría adecuadamente solo con disponer de personal y equipo sanitario suficiente para la población existente. Obviamente no es el caso, como demuestran las listas de espera, pero las dos vías de solución parecen sencillas: incorporar más personal al sistema, y disminuir la demanda mediante la mejora de la prevención en el nivel primario.

Sin embargo, cuando extendemos el ámbito al nivel de lo preventivo y proactivo, es preciso añadir un cuarto nivel: el sociosanitario. Ambas infraestructuras existen ya, pero según la autonomía y la ciudad de la que hablemos, o no se comunican, o están tensionados por las diferentes dependencias jerárquicas, o simplemente el exceso de privatización bajo el falso mantra de que “la gestión privada es más eficiente” ha llevado el ámbito sociosanitario a niveles que resultan sanitariamente ineficaces, cuando no ultrajantes.

Estoy sugiriendo, por ejemplo, integrar las residencias de mayores en el sistema sanitario, porque actualmente son usuarias, pero no parte de él. El propio sistema sanitario no las contempla en su planificación y administración, son algo aparte de lo que muy pocos, cuando alguien, se responsabilizan en el ámbito sanitario de las administraciones públicas. Estoy hablando también de integrar los cuidados domiciliarios en la red sanitaria. Y, en general, de transformar la red asistencial en el cuarto gran nivel del sistema sanitario.

Y por supuesto, es absolutamente necesaria la captura, elaboración y análisis de información desde la base: servicios sociales y medicina primaria. Si este mecanismo funcionase realmente, probablemente se habría detectado mucho antes un número anormalmente alto de consultas por resfriados y gripes extrañas en febrero, y la explosión de las muertes en residencias podría haberse, si no más, frenado.

Al fin y al cabo, recordemos que en China fue un oftalmólogo quien dio la alarma, ¿no deberían disponer los médicos de familia y cuidadores de personas dependientes de un canal similar de alerta temprana? Realmente ignoro si existe o no dicho protocolo de alertas, pero de lo que no me cabe duda es de que, si existe, ha fallado estrepitosamente.

Todo ello exigirá un alto nivel de coordinación que, aparentemente, hoy solo se da en grandes catástrofes – y eso en algunas Comunidades Autónomas, porque desde luego no en todas, ni siquiera en tiempos de pandemia – pero que en momentos de gran tensión funciona poco y mal. No es sorprendente, los centros de coordinación se crean ad hoc, para unos objetivos y prioridades concretos, y posteriormente acaban diluidos, cuando no desmantelados.

Desde un punto de vista externo al sistema, la percepción es que el cuidado a personas mayores y dependientes es algo así como una molestia social, necesaria pero no importante. Sin embargo, y aunque adoptásemos el punto de vista egoísta de la racionalidad económica, el coste de prevenir seguirá siendo inferior al de reaccionar, por más que les parezca una carga a las culturas políticas liberales.


No he querido entrar en detalle en la aberración económica sin prueba empírica alguna que afirma que “la gestión privada es más eficiente”, porque estos temas no van de economía. Creo suficientemente obvio que si el sistema sanitario que tiene que curar – o, al menos, paliar – los males de los mayores y dependientes es un sistema público, el control ejercido sobre las condiciones de los lugares dónde residan esas personas también debe serlo. Aunque solo sea porque la obligación de las administraciones públicas es cuidar de cómo se gasta el dinero público.

O dejémonos de hipocresías y reconozcamos abiertamente que, en este modelo de sociedad, los viejos solo sirven como negocio, para general conocimiento y ahorro de escándalos en tiempos de crisis.

En el próximo capítulo hablaré de mi visión respecto de la red hospitalaria.

Hasta entonces, que no nos falte salud.

NB: Si alguien desea aprender más sobre los resultados de la gestión privada de la sanidad pública, le recomiendo el análisis de Enrique Rodríguez Borja sobre el modelo puesto en marcha en Alzira, publicado en dos artículos en Ctxt. Aquí el primero, y aquí el segundo.

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