El predador afortunado (4) – Día de vino y rosas

Lo más urgente fue localizar la Caja Apestosa con Ruedas de los viejos que viven con Imbécil. No fue fácil, porque esas cajas huelen como los charcos del infierno, y lo sé porque he estado allí. Por suerte, siempre queda algún olor de sus usuarios.

Una vez encontrado, hice lo que me correspondía hacer, dejar que su negra sangre caiga sobre el corazón ruidoso.

Ya desocupado, dediqué la buena parte de la mañana a explorar, frotándome por aquí y allá para ir dejando mi olor. No es que fuese realmente necesario, ya que ningún gato será tan suicida como para disputarme el territorio, pero me encanta ir por ahí oliendo a mí.

Enfrente, y a los lados del edificio donde vivía mi amo Imbécil, no había nada construido, eran puros solares con algún algarrobo y olivo desperdigados entre los deshechos de obra. Subí con la agilidad que me caracteriza a uno de aquellos árboles. Desde la altura atisbé el solar. Un poco más allá se encontraba una bolsa de basura de esas que tiran los humanos a la buena de Bastet, mi diosa, para alimentarnos. Algunos mininos vulgares estaban peleando por la comida, que olía deliciosamente.

Bajé del árbol y me dirigí hacia allí. Cuando estuve a unos cuatro cuerpos de felino del saco, bufé con fuerza. Todos los demás fueron lo bastante sabios para salir corriendo, menos uno. Era un gatazo atigrado, probablemente el que fue líder del grupo hasta que yo llegué. El incauto quería pelea. Supongo que esperaría que yo bufase, él también, nos mostraríamos los colmillos y las zarpas, … En fin, esas cosas que hacen los gatos vulgares para desafiarse. Puro teatro. El muy ingenuo sin duda no esperaba que yo saltase sobre él sin previo aviso, hundiese mis colmillos en su garganta, lo girase panza arriba y desgarrase su vientre. No, no se lo esperaba, me pareció divertidísima su cara de sorpresa.

No crean que yo soy especialmente malvado, o un fiero asesino, es que soy lo suficientemente viejo… No, mejor diré experimentado… para saber que esa pelea desalentará todas las demás. De ese modo, ahorré, en realidad, muchas muertes y heridas. Qué quieren, soy un filántropo… ¿O debería decir filángato? … confeso.

Eliminado el obstáculo, me acerqué a la bolsa. De un zarpazo la desgarré de arriba abajo, encontrando unos deliciosos restos de lasaña de carne que me comí con gusto. Eso me quitó el mal sabor de boca que llevaba toda la mañana, con el olor de la negra sangre de la Caja Apestosa con Ruedas en mi nariz, que mira que cuesta de quitar. Y eso que solo tenía que morder la vena de goma y hacer un par de agujerillos.

Por más que rebusqué, no encontré nada lo bastante bueno para postre, de modo que bebí a mi conveniencia de un charco reciente, para acto seguido subir de nuevo al árbol y echar una buena siesta matutina.

Solo cuando ya estuve arriba, cómodamente estirado sobre una rama baja, mis congéneres débiles se atrevieron a acercarse a la bolsa, y al cadáver de su antiguo líder. Bien por ellos, no hay que desperdiciar el alimento.

Cuando desperté, el sol estaba en todo lo alto. Perezosamente, sin prisas, me acerqué a un lugar donde se amontonaban los cascotes de obra que suelen aprovechar los ratones como refugio. Ya había andado medio camino cuando un excitante aroma a hembra en celo llegó a mis bigotes. No puedo evitarlo, soy un sentimental. Cambié de dirección.

La gatita era una hembra de color manchado negro y blanco. Una preciosidad de no más de un año, rondada por media docena de machos esperando su oportunidad. Por supuesto no la tuvieron. Fue verme llegar y alejarse todos. La jovenzuela se quedó un tanto desconcertada al ver que sus compañeros de manada huían. Quizás fuera por eso por lo que, en su confusión, no supo apreciar a primera vista mis grandes dotes de macho dominante, y por tanto de transmisor genético Premium. Tardó en rendirse a mi poderosa galanura algo más de lo que mandan las convenciones sociales felinas, así que usé mis zarpas para que entendiese que debía someterse como cabe. Una vez notó, literalmente, mi fuerza clavada en su espalda, me aceptó, como no podía ser de otra forma.

Satisfecha mi ansia de sexo, pasé a preocuparme por mi hambre renacida. Seguí mi camino hacia las piedras y, efectivamente, encontré allí una guarida de ratones. No os aburro con las delicias que encontré en ellas, solo sabed que incluso sobró para mis nuevos súbditos.

En fin, que fue un día de descanso reparador, con abundante comida, sexo, y bebida. Un día casi perfecto. Y digo casi y no directamente perfecto porque todavía tenía que ocuparme de mi amo Imbécil. Lo esperé subido a mi rama preferida hasta que lo vi llegar por la calle. Corrí hacia él, me froté contra sus perneras, y luego troté en su vanguardia para llegar antes al portal, sin correr el riesgo de quedarme fuera cuando abriese.

Permítanme un inciso. Es curioso cómo los humanos creen que les hacemos carantoñas porque nos dominan, cuando lo cierto es que les llamamos amos porque son dueños de algo que queremos. Si alguien domina a alguien, somos nosotros a ellos, que al fin y al cabo los gatos no cuidamos de nadie, ni nos esforzamos en obedecer, ni siquiera somos útiles como los perros. Tan solo camelamos a los humanos para que nos cuiden, y van y lo hacen pese a las gatadas que les gastamos. Si los humanos son dioses para los perros, nosotros, los gatos, sin duda somos dioses para los humanos.

Siempre me ha sorprendido lo fácil que resulta vivir a su costa.


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