Pongamos que hablo de Sanidad (4): la capacidad de escalar

Estos días estamos hablando sin parar de la desescalada del confinamiento, que en realidad no es más que un desconfinamiento gradual y condicionado. Ya era todo bastante confuso, cuando se complicó por decisión de los asesores de comunicación, y su búsqueda de palabras que signifiquen lo que ellos quieren que signifique.

De modo que vamos a empezar por el principio, el significado del término escalabilidad, que procede del inglés scalability y no tiene nada que ver con el significado de la palabra española escalar: es la propiedad de un sistema para gestionar una demanda creciente de trabajo mediante la facilidad para añadir recursos al sistema, sin perder calidad.

La diferencia entre un sistema escalable y otro que no lo es, es que el primero puede continuar rindiendo con los niveles de calidad esperados, mientras que el segundo tiende a colapsar. Y, sin embargo, nuestro sistema es adaptable a la escalabilidad, a seguir funcionando añadiendo recursos, pero eso no se improvisa sino que se prepara. Volvemos a la proactividad del sistema, pero desde otro punto de vista.

Pues bien, se me ocurren varias formas de transformar nuestro Sistema Nacional de Salud (SNS) en un sistema escalable. Aquí os enumero algunas ideas, pero como siempre advierto que la lista no es exhaustiva.

En el caso particular de la epidemia – aunque la escalabilidad es una propiedad que atañe en cualquier situación de sobrecarga- consistiría en añadir capacidad de tratamiento al sistema sanitario a medida que se extiende la infección, sin por ello desmerecer en calidad del servicio prestado a cada paciente, ni tener que llevar el triaje más allá de lo deseable. El diseño actual, en este contexto, ha demostrado sobradamente su falta de escalabilidad, probada por la saturación de los hospitales y, en ocasiones y períodos puntuales, incluso su colapso.

Ya hemos hablado de grandes hospitales. Otro problema para ellos se deriva de la limitada capacidad de crecimiento de la oferta de estos centros de forma urgente. Es posible añadir más camas, pero siempre será a costa de desmantelar otros servicios, de masificar la atención, de tener que construir nuevos hospitales provisionales y dotarlos de material y personal a costa de otros niveles de atención, o de todo ello a la vez.

Pero generalmente estos añadidos al sistema se construyen cuando los recursos primarios ya están a punto de colapsar, el tiempo inevitable para su construcción permite el crecimiento exponencial del contagio, producen situaciones inevitables de confusión en sus primeros días de funcionamiento, y, sobre todo, tienden a desproveer otros servicios para servir al nuevo. Así ha ocurrido con IFEMA, que se ha nutrido de personal sanitario a costa de cerrar ambulatorios. El resultado acaba teniendo más de desvío de recursos – mover atención primaria al nivel hospitalario – que de incremento de la capacidad global.

Ni siquiera este débil recurso existe en la España más despoblada, donde la normalidad ya es precaria y muy difícil de gestionar. Basta con ver el caso expuesto anteriormente, en el que el Hospital de Tomelloso llegó a triplicar el número de camas, pero al no disponer de UCI acabó contribuyendo al colapso del Hospital Mancha Centro, en Alcázar de San Juan. O los pueblos de la España vaciada que ya adolecen de una absoluta necesidad de médicos rurales, ¿cómo proporcionar más servicios sin detraerlos de otros lados?

Y, sin embargo, existen facilidades que podrían incorporarse al sistema con mayor rapidez utilizando métodos ya conocidos en otros ámbitos. Citaré algunos de ellos.

Reserva de capacidad.

En el sistema eléctrico existe lo que se denomina el pago por capacidad. Se refiere a las inversiones en capacidad productiva ociosa para el sistema principal, que se activan cuando es necesario. Es decir, se paga para cubrir la posibilidad de que quizás se requiera incorporar una mayor capacidad al sistema principal. No es perfecto, pero sí es muy útil en puntas de demanda.

Es obvio que no podemos tener hospitales cerrados esperando a que se produzca la necesidad… ¿O sí? Si nos fijamos en lo ocurrido estos meses con la sanidad privada, en algunos casos se han utilizado los recursos disponibles de este sector, en otros los gestores han forzado vacaciones o despidos de fuerza de trabajo que había quedado disponible por la bajada de su demanda, sin que se aplicasen allá dónde eran necesarios. ¿Tiene sentido que en la Sanidad pública urólogos, anestesiólogos, etc… acaben sumados al sistema como colaboradores, excepto cuando proceden de la Sanidad privada? ¿Alguien se ha puesto en contacto con esos centros privados para coordinar la cesión de capacidad? Pues ya os lo digo, en algunas Comunidades sí, en otras no, y en varias, sí pero no.

Mi propuesta es muy sencilla, que en tiempos de normalidad se establezcan acuerdos de colaboración mediante los cuales el SNS beneficie a la Sanidad privada – vía fiscal, por ejemplo – a cambio de que estos centros sean capaces de integrarse en el sistema público cuando sea necesario, sin necesidad de improvisar acuerdos, o depender de la mayor o menor generosidad de los gestores privados.

Y por supuesto, en otros órdenes secundarios, pero no menos importantes: acuerdos de colaboración con hoteles, proveedores, etc.

Lo relevante es que esos acuerdos deben existir mucho antes de que la emergencia se produzca, después cualquier retraso comportará muertes innecesarias.

Incorporación rápida de personal.

El procedimiento actual de contratación de personal para cubrir vacantes – las conocidas Bolsas – tiende a desincentivar la participación en situaciones de tensión.

Por un lado, es endogámico en el sentido que premia a quienes son premiados con contratos frecuentes, y deja fuera a todos los demás participantes de forma casi absoluta. ¿Qué incentivo laboral puede tener una persona que ha sido ignorada durante años por el sistema, cuando la aceptación de un contrato es un riesgo para la propia salud? En Castilla-la Mancha ha ocurrido: los gestores de bolsa han llegado a incorporar al sistema a trabajadoras que incluso habían suspendido en las oposiciones, y tenían números de orden en la bolsa de cuatro dígitos. Si eso ocurre, es necesariamente porque – literalmente – miles de trabajadores con puestos más altos han renunciado.

Por otro, no hay incentivo alguno para quienes figuran en esa bolsa con tan solo remotísimas probabilidades de ser incorporadas al sistema mediante contrato.

El procedimiento podría cambiar incentivando la participación y evaluación de personas mediante, por ejemplo, el ofrecimiento de cursos periódicos, rotación total o parcial de las listas, puntuación incrementada en determinadas circunstancias, etc. El objetivo es claro: involucrar a trabajadores y trabajadoras sanitarias en el sistema, de forma que se sientan parte de él, y no un último recurso, que solo es válido en momentos de desesperación.

En otro orden de cosas, están afincados en España profesionales sanitarios procedentes de otros países cuyo título no ha sido convalidado. O, por diversas razones de raíz burocrática, quedan excluidos de la incorporación al sistema. Vale para estos profesionales lo dicho anteriormente, con el añadido de que es necesario revisar y simplificar los procesos administrativos mediante los cuales se incorporan personas al sistema. Quizás no sea oportuno por los niveles de exigencia de los distintos currículos formativos reconocer las titulaciones de origen, pero en todo caso es, como mínimo, una fuerza auxiliar que se está desperdiciando.

En la atención primaria, imprescindible y fundamental en caso de crisis generalizada, es relevante establecer protocolos de refuerzo, y sobre todo prevenir su debilitamiento en favor de los circuitos hospitalarios permanentes o provisionales (pongamos que hablo de IFEMA). La infraestructura no debería ser un problema mediante un mínimo de planificación:

  • Rediseño de los ambulatorios para poder establecer circuitos seguros y servicios auxiliares adicionales.
  • Estudio de requisitos para establecer turnos adicionales de trabajo allá dónde no exista un turno de tarde, o incluso nocturno para trabajos de investigación.
  • Aplicación de conciertos con infraestructuras adaptables, como, por ejemplo, los centros de enseñanza que se entiende estarían vacíos en ese momento.

Por último, a nivel municipal sería importante el establecimiento de protocolos de asignación temporal de personal para distintas tareas auxiliares, como la trazabilidad de contagios, seguimiento telefónico de pacientes, o cuidado de enfermos en sus domicilios. En este aspecto, el personal de atención sociosanitaria sería una base fundamental por su experiencia y conocimiento del contexto social.


Este parece un tema secundario, pero no lo es. Alemania y Francia, por ejemplo, tienen un sistema sanitario menos eficiente en tiempos normales, pero altamente escalable cuando conviene, lo que le ha dado un valor añadido durante la pandemia. Mientras en España la rígida estructura hospitalaria se acercaba al colapso, y la primaria se debilitaba en muchas comunidades, en estos países la incorporación de sanitarios al nivel de atención primaria resultaba relativamente sencilla. Tampoco son sistemas perfectos, y así se ha demostrado, pero algunas prácticas son dignas de ser estudiadas.

No quiero alargar esta serie en exceso, por lo que finalizaré en el próximo capítulo con la faceta económica de cualquier supuesto de escalabilidad.

Hasta entonces, suerte y salud.

Gracias por dejar un comentario. Nota que no se aprobarán aquellos que superen las 250 palabras, o contengan afirmaciones no demostradas. Por ejemplo, si afirmas que la madre de algún personaje público ejerce la prostitución, tendrás que aportar pruebas.

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