El predador afortunado (6) – El entierro

Los dos, hombre y gato, parten al día siguiente de buena mañana hacia Requena, con las pólizas de seguro de enterramiento de los difuntos, de esas que vas pagando toda la vida y te acaba saliendo el nicho a precio de pirámide egipcia.

En 1971 viajar a Requena desde Torrente era una incógnita. Todo dependía de los camiones que encontrases en la cuesta de Chiva. Tardan dos horas largas en recorrer los poco más de sesenta kilómetros que separan ambas ciudades, y llegan ambos exhaustos, el coche y Fortu. En cambio, Lucifer se encontraba mucho mejor tras vomitar unos huesecillos de ratón y una bola de pelo, todo ello envuelto en una sustancia – en opinión exclusivamente del gato – aromática, que ha derrotado al ambientador de pino.

Va preguntando hasta que acaba en el cuartel de la Guardia Civil, donde lo reciben con caras de poco aprecio recordando la conversación telefónica del día anterior, lo que a Fortu le resbala por completo. Lo único que saca en claro, aunque tampoco hizo mucho caso porque las cosas técnicas lo aburren, es que, al parecer, se produjo una fuga de gasolina. Con el calor que alcanza el motor subiendo las cuestas de Chiva, aquello fue generando gases hasta que literalmente explotó. Sus padres ardieron en un instante.

Desde el cuartel lo remiten a la funeraria El Merecido Descanso. La encuentran enseguida, bajo un cartel que reza “El Merecido Descanso: nos preocupamos por sus muertos”.

“Hum, qué bien huele. Aquí tiene que haber cosas interesantes”          

Sin que el conductor pueda evitarlo, en cuanto se abre la puerta del coche Lucifer se escabulle en el establecimiento, para asombro y escándalo de los deudos de otros difuntos que esperan en el vestíbulo.

  • ¡Un gato negro!

“Un gato negro, un gato negro… Como si nunca hubiesen visto ninguno, los muy paletos”

No lo arregla precisamente Fortu, que entra gritando.

  • ¡Lucifer! ¡Ven aquí, cabrón hijo de Satanás!

El caso es que el gato se pierde por una puerta entreabierta, y Fortu se queda solo en la sala de espera en cuanto el resto de los compungidos allegados salen airadamente. A las voces aparece un hombre muy serio, vestido con traje oscuro, que pregunta.

  • ¿Qué es esto? ¿Qué ocurre?
  • ¡Mi gato, que se ha escapado por ahí!

Y Fortu señalaba el pasillo que, casualmente, conduce a la sala de embalsamamiento. El hombre serio desaparece, y al rato regresa llevando en brazos un Lucifer que se relame, mejor será no preguntarse por qué.

  • Aquí tiene su gato, le agradecería que lo dejase fuera.
  • Vale. Tenga estos papeles y se los va mirando, que yo ahora vuelvo.

¡Eh! ¿Por qué me llevas al coche, después de todo lo que he hecho por ti? Yo quiero ver qué es eso que huele tan bien… ¡No me hagas esto, arrumator[1]!

Pero claro, Fortu nada sabe del significado de esos maullidos, así que abre la puerta del coche y echa dentro a Lucifer con tan malos modos, que se plantea vengarse con los asientos de escay, aunque luego decide abstenerse, no fuera su amo a dejarlo allí.

 Fortu regresa al local. El hombre serio ya ha ojeado los documentos.

  • Bueno, entiendo que es usted el señor Mediocre, hijo.
  • Sí señor, el hijo de Facundo Mediocre y Pascuala Gambón.
  • Bueno, pues si pasa conmigo al despacho…

Se sientan ambos a cada lado de una mesa de escritorio.

  • Pues mire, señor Mediocre, el seguro les cubre a ambos el entierro, un féretro de calidad, dos nichos por un período de diez años, las lápidas, y el traslado a un cementerio de su elección en España.
  • Si los entierran sin lápidas, o sin traslado, ¿me pagarán la diferencia?

El rostro del hombre serio empieza a adquirir la apariencia de alguien que está oliendo algo realmente pestilente.

  • ¿Quiere usted sacar provecho del entierro de sus padres?
  • Mire, mis padres estarán dentro del nicho, así que no podrán ver las lápidas, ni tampoco el cementerio, ¿para qué esforzarse?
  • Por respeto, señor.

Y la palabra “señor” chirría entre los dientes del funerario, sonando como un insulto.

  • Vale, lo que usted diga, pero responda, ¿me devuelven el dinero, o no?
  • No, señor. Puede renunciar a lo que quiera, pero no se reembolsa la diferencia, señor.

Y a cada vez que la pronuncia, la palabra “señor” va adquiriendo más y más un tonillo de desprecio, aunque ya sabemos que al huérfano eso le importa más bien poco.

Una idea empieza a cruzar por la mente de Fortu, que en vista de que no sacará provecho monetario, decide al menos permitirse una broma que, en su imaginación, suena muy divertida.

  • Bien, pues tome usted nota. Pongan los féretros que le plazcan, y envíen los cuerpos a la siguiente dirección: Señora Fulgencia Mediocre, calle…

Y le da la dirección de la difunta tía Fulgencia, causante primera de su orfandad. Al fin y al cabo, ¿quién mejor que sus parientes para enterrar a sus padres? Además, tienen la práctica reciente, así que no les cogerá de nuevas.

Rellena los formularios con un teléfono imaginario y una dirección falsa, firman ambos, Fortu se embolsa los certificados de defunción y otros papeles, saluda con un gesto al hombre, ahora más serio que nunca, y sale. Rescata a Lucifer de su encierro, se dirige a una terraza cercana llevándolo en brazos, y allí se sientan los dos. Un plato de ensaladilla y un bocadillo de jamón para el humano, y un plato de atún para el felino, acompañados de un vinito fresco y agua, respectivamente. Finalizado el ágape, montan ambos en el auto para regresar a Torrente. Ahora tocará hacer el papeleo de la herencia, pero eso tendrá que esperar al lunes.


[1] Como ya dijimos, de vez en cuando le sale a Talismán el lenguaje legionario (romano).


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