El predador afortunado (8 y último) – En el nombre del padre

Al día siguiente, Fortu se presenta a las diez en punto en el domicilio de don Rogelio, cargado con Lucifer. Abre la puerta la esposa, que le da dos besos y le expresa sus condolencias.

“Vaya con la hembra vieja, cómo le lame la cara al amo. Y el tipo este ¿quién es, Imbécil? Bueno, tú sabrás que yo ya hice mi parte. Voy a echarme una siestecita en cuanto te estés quieto.”

El médico lo recibe en su consulta, llevando su preceptiva bata blanca, le da la mano y le ofrece la silla de los pacientes.

  • Te reitero mis condolencias, Facu fue siempre un buen camarada y un grandísimo español.
  • Gracias, don Rogelio.

Puede resultar sorprendente que se comportase de forma tan comedida, teniendo en cuenta la respuesta que el dio al director de la sucursal bancaria, pero es que Fortu ha sido educado para temer siempre a la autoridad, y con esa bata blanca el médico impone. Aparte de que, como decía su padre, cuando vas a pedir un favor a quién no sabes si quiere dártelo, ninguna lamida de culo sobra.

  • Bueno Fortu, tú dirás en qué te puedo ayudar.
  • Pues verá usted, don Rogelio, que quiero vender el piso porque es demasiado grande para mí, y tampoco puedo pagar la hipoteca.
  • Pero no está a tu nombre, no podrás.
  • Claro, ni tampoco rescatar los ahorros de mis padres por lo mismo, que me han dicho que el no sé qué del testamento intestado tarda seis meses, y cuesta dos mil pesetas, que no tengo.
  • ¿Eso es todo?

Se sorprende don Rogelio de que el supuesto chantajista no le pida dinero. Más le sorprendería saber que el supuesto chantajista ni siquiera sabe lo que es un chantaje, ni sea consciente de que podría hacerlo. Lucifer se lo podría haber dicho, pero durante toda la conversación se mantiene pacíficamente dormido en el regazo de su amo. Aparte de que seguramente el intelecto de Fortu no habría llegado a comprender los maullidos.

  • Pues creo que sí.
  • ¿Y qué piensas hacer cuando vendas tu piso?
  • Irme a Valencia, buscar trabajo, y a ver qué sale. Y si se me cruza una buena moza con ganas de … usted ya me entiende … tener dónde llevarla para practicar el coito.

En su ímpetu por explicarse Fortu hace con los brazos el conocido gesto del metesaca, lo que molesta al gato y le proporciona una clavada de uñas en el muslo, y una imperceptible arruga de preocupación en el impasible rostro del galeno.

  • Ya veo. Pues no te preocupes, que ya miraré yo lo que puedo hacer. Mientras deberías ir a ver al jefe de tu padre para que te vaya pagando el finiquito que le corresponda.
  • Y los de mi madre.

Don Rogelio recuerda a tiempo que uno de los chalets que limpiaba Pascuala era precisamente el suyo.

  • Uy, esos no creo que puedas recuperarlos, porque ese trabajo que hacía tu madre se paga en negro.
  • ¿En negro?
  • Quiero decir, en mano. O sea, que no le deberán nada.
  • Ah, claro.
  • Fortunato…
  • Sí, dígame.
  • Para ayudarte igual tengo que hacer alguna cosilla que… Quiero decir que quedaría feo si se supiese que te estoy ayudando con esto, ¿comprendes? Así que mejor no le digas nada a nadie.
  • No hay problema, será nuestro secreto, don Rogelio.

Fortu hace el gesto universal de cerrar una cremallera sobre su boca, con tanto entusiasmo que se gana otra clavada de uñas.

“¿Se puede saber qué rabos te pasa, Imbécil?”

  • Y claro, para eso, mejor que no nos viésemos ayer, ¿verdad? Porque si digo que los vi precisamente ayer a usted y Chelo la gente sospechará.

En realidad, Imbécil, en nominación de Lucifer, es literalmente sincero. Para que nadie sospeche, sabiendo que él se encontró el día anterior con don Rogelio y Chelo, e inmediatamente a continuación los problemas se le arreglan. Sin embargo, don Rogelio lo entiende como una velada amenaza no muy sutil, así que esta vez la arruga de preocupación se hace visible.

  • Por supuesto, por supuesto, nadie debe saber no solo que ayer nos viste, sino que hoy hemos hablado.
  • No hay problema, don Rogelio.

El médico se levanta y alarga la mano hacia su peticionario, dando por finalizada la entrevista. Fortu se pone también en pie sujetando al gato y alarga como puede la mano derecha haciendo equilibrios con Lucifer, a quien no le gusta en absoluto que interrumpan su siesta matutina y protesta audiblemente.

“¡Te la estás ganando, Imbécil!”

  • ¿Y ese gato?
  • Lo encontré hace poco y me trae suerte, don Rogelio. Se llama Lucifer, ¿a que es chulo?

“Chulo” no es la palabra que don Rogelio hubiese utilizado, pero no dice nada con tal de que se marchen hombre y felino. Y así es, Fortu se va muy contento, asumiendo que sus problemas se resolverán muy pronto. ¡Vaya racha de suerte está teniendo!

Escarmentado ante los múltiples arañazos en el muslo, Fortu deja al gato en casa, sobornado con una lata de atún y un cuenco de agua.

Decide seguir el consejo de don Rogelio y acercarse por la tienda de electricidad para la que trabajaba su padre. Encuentra allí a don José, el dueño del establecimiento. También fue un buen camarada de su padre en la Cruzada contra los rojos, aunque no tuvo tantos ideales como para no sacar tajada con las corruptelas de la construcción.

  • Buenos días, don José.
  • Buenos días, chaval. Ya me han contado lo de tus padres, una pena. Si es que no somos nadie.
  • Sí don José, tiene usted mucha razón.
  • ¿En qué puedo ayudarte?
  • Pues verá, que mis padres me han dejado sin un duro…
  • Hombre, pero si teníais un piso, y tendrían sus ahorros.

Lo del piso lo sabe de primera mano, porque él fue el constructor, y porque Rogelio lo ha llamado para avisarle de que lo visitaría el mozo. Le ha dejado caer que el chaval sabe algo, y será mejor que se lo pongan fácil.

  • Pues sí, pero no me dejan tocar nada hasta dentro de seis meses, y estoy sin blanca.
  • Hum… Déjame pensarlo e igual podemos llegar a un acuerdo. Tú eras hijo único, ¿verdad?
  • Sí señor.
  • Pues no te preocupes, pasa por aquí esta tarde que igual tengo una solución.
  • ¡No sabe cómo se lo agradecería, don José!
  • Nada hombre, nada, por el hijo de un antiguo camarada se hace lo que sea.
  • Pues ya que lo dice… Me vendría muy bien si me pudiese pagar el finiquito de mi padre.
  • Hum… Acércate por el almacén y habla con el contable. Ahora lo llamo para que te lo prepare.
  • ¡Muchas gracias, don José!
  • Hale, cuídate chaval.
  • Hasta luego, ¡y gracias otra vez!
  • No se merecen, hombre no se merecen…

El almacén está en el polígono, en dirección al Mas del Jutge. Sube al coche y se encamina hacia allí para ver al empleado antes de que cierren para comer. Llega en quince minutos, entra en la oficina, y encuentra a un hombre de mediana edad encorvado sobre un escritorio.

  • Hola. ¿Es usted el contable?
  • Y tú debes ser Fortunato. Siento lo de tu padre, era un buen español. Siéntate que lo termino en un santiamén.

Media hora después, tras escuchar durante todo el rato cómo el empleado le da a la manivela de la calculadora y a la máquina de escribir, este le llama.

  • Chaval, ven aquí que ya está. Mira, te corresponden tres mil quinientas pesetas y pico.
  • ¿Solo? Pero si mi padre siempre me dijo que ganaba…
  • Ya, pero la mayor parte se le pagaba en mano, y de eso yo no sé nada. Anda firma aquí y te pago ahora mismo.
  • Pero…
  • Además, eso que le pagaban en mano se lo dejaba casi todo en ca la Roxanna. Igual hasta les debe dinero todavía.
  • ¿Quién es esa Roxanna?
  • ¡No me jodas que no sabías nada! Pues sí, machote, que tu padre era un putero de tomo y lomo.
  • ¿Putero? Pero ¿en Torrente hay putas?

El hombre se tronchaba de risa ante la ingenuidad de Fortunato.

  • Pues claro, chaval, para cuidar la casa y tener hijos está la santa, y la puta para follar. Pues sí que te ha educado bien tu padre.

Ni por un momento se siente decepcionado Fortu al saber que su padre se gastaba lo que ganaba bajo cuerda en putas, aunque sí se siente herido porque nunca lo hubiese invitado a acompañarlo.

  • Anda, firma aquí y aquí tienes el dinero.

El contable le alarga un sobre en el que suena la calderilla y un recibo, que Fortu firma sin mirar.

  • Hala chaval, que ya estás aviado. Y te acompaño en el sentimiento.

La amplia sonrisa desmiente la última afirmación, pero el aludido no dice nada. Simplemente se embolsa el dinero y sale. Así que su padre era putero, y nunca lo llevó. Pues que se joda en el infierno, por mal padre.

Ya solo le faltan un par de recados por hoy: pasar por la fábrica de paellas a decirles que ha faltado por lo de sus padres, y por la tienda de don José a ver si se le ha ocurrido alguna solución.

Ahora que tiene algo de dinero en el bolsillo, y está cerca, decide comer en Ca la Curra, un restaurante familiar en medio de la huerta donde hacen paella a la leña. Además, una de las camareras había ido al colegio con él y estaba buena, a ver si hay suerte…

Como cabía esperar, no hubo chance con la camarera, que ni siquiera lo recordaba, pero sí con la paella, riquísima en su punto con el aroma de las hierbas que crecen en la huerta. Para acompañar se pulió una botella casi entera de un vino subido de tono de Utiel, que le embraveció los instintos. Ahora ya no quería que lo readmitiesen en la fábrica, lo que quería era mandar a tomar por culo al dueño.

La fábrica se encontraba por entonces en los bajos de un edificio de dos plantas cercano a la Cruz de los Caídos, en la avenida de los Mártires, con las viviendas de los dueños justo encima. Entra en el taller tambaleándose y gritando que vaya una mierda de trabajo, y que se fueran a tomar por culo los dueños, especificando con todo lujo de detalles por dónde podían meterse sartenes y paellas, y qué diámetro era el más adecuado para cada ano.

Los compañeros no paran de decirle que se contenga, que al fin y al cabo necesita el trabajo ahora que es huérfano, pero cada recomendación y consejo le incita a elevar aún más el tono.

Atraídos por el ruido, bajan los dueños. El menor de los dos hermanos, y padre de Chelo, amenaza con partirle la cara al voceras, lo que no deja de ser sorprendente teniendo en cuenta que el mayor peso de su cuerpecillo lo proporciona el bigote. También baja Chelo, asustada por si en su delirio el borracho habla de más.

  • ¡Hola Chelo! ¡Qué buena eres y qué buena estás, caguen diez! –Aúlla Fortu al verla.
  • Cállate borracho, a mi hija ni la mientes que te parto la cara.
  • ¡Aquí no trabajas más en tu puta vida! – grita el hermano mayor.
  • ¡Ni ganas, capullos!

Chelo toma la iniciativa, y se lleva a rastras al gritón hacia la oficina.

  • Fortu, por favor calla, que te vas a buscar la ruina.
  • ¡No quiero!
  • Que sí, que te has quedado huérfano y necesitarás algo de dinero. Yo lo arreglaré con mi padre para que cobres el finiquito y el paro, si te marchas ahora mismo.
  • ¡Vale! Pero que conste que lo hago por ti, porque eres una chica majísima y te quiero.
  • Claro, claro, pero ahora vete, por favor.
  • ¡Sí! ¡Por hacerte un favor, me voy! Y dos favores, te hacía también, ¡guapísima!
  • Fortunato, calla por favor, que me lo vas a poner difícil.

Fortu se lleva el dedo índice a la boca para chistar “shhhttttt”, y así sale del despacho sin mirar a nadie. Cuando está en mitad de la calle se gira para hacerles un corte de mangas a sus ya exjefes. Tan rápido se vuelve, que cae de culo. Se levanta con la dignidad del borracho y sigue hacia el coche. Lo arranca y conduce hacia la tienda de electricidad.

Aparca de medio lado, con una rueda encima de la acera, enfrente del establecimiento. Entra, y le dice al dependiente que don José lo está esperando. Sin levantar la vista siquiera el muchacho le señala un cubículo al fondo del pasillo de materiales y lámparas. Allá que va Fortu rozando varias lámparas que se tambalean. Consigue llegar a la puerta de la oficina sin incidentes. Don José le hace señas para que pase. Él entra y se deja caer sobre la silla, dejando medio culo fuera. Rectifica la posición y sonríe beatíficamente a su anfitrión.

Aunque no haya roto nada en su abrupta entrada, su estado etílico es evidente. Don José sonríe por lo bajo, esto va a ser incluso más sencillo de lo que pensó.

  • Verás lo que se me ha ocurrido, Fortunato. Mira, te voy a recomprar el piso ahora mismo, y al contado, si estás de acuerdo. Te doy cien mil pesetas a tocateja, ¿qué te parece?
  • No es por ser desagradecido, don José, pero si me la recompra, ¿no debería pagarme las ciento cincuenta mil que les costó a mis padres?
  • ¿La casa es tuya? ¿Está a tu nombre?
  • No, pero…
  • Comprenderás que hay un montón de gastos luego para poner la casa a tu nombre primero, luego al del comprador, un lío. Incluso creo que voy a perder dinero, fíjate.
  • No don José, yo no quiero que usted pierda dinero…
  • Pues eso, que no te preocupes, que tú y yo hacemos un contrato en el que me cedes los derechos, yo la registro a mi nombre, y arreglados.
  • Si usted lo dice…
  • Pues me alegro mucho. Mira, el contable ya me ha hecho un contrato, solo tenemos que firmarlo ahora mismo. ¿Te va bien?

¡Cien mil pesetas ahora mismo, a tocateja! Fortu no se lo puede creer, realmente su padre tenía buenos amigos que lo querían muchísimo.

Eso sin contar que la mezcla de vino y paella empieza a tornarse inestable en su estómago y tiene ganas de salir.

  • Sí señor, ¿dónde firmo?
  • Espera que llame al dependiente para que haga de testigo. ¡Manolo!
  • ¿Diga, don José?
  • Vas a hacer de testigo.
  • Lo que usted diga.
  • A ver, Fortunato, ¿quieres leerlo?
  • No hace falta, don José. Usted dígame dónde firmo.

Don José mira significativamente a Manolo, su empleado, y este cabecea en señal de comprensión. No es la primera vez que hacen esto, así que ya sabe lo que toca: si hace falta jurará que el firmante se negó a leer, que estaba bien informado, o incluso que su jefe se resistió, pero se vio obligado por la insistencia del comprador o vendedor,… Según lo que toque.

Le señalan cada una de las páginas del contrato, y Fortu, el vendedor, va firmando en nombre de sus padres, mientras se conjura para retener la comida, no vaya a esparcirse sobre la mesa de este hombre tan generoso.

Mientras tanto, el empresario anda tramando un arreglo con el notario para que conste que Fortu tenía un poder notarial, o lo que se les ocurra.

Cuando ya han firmado ambos, don José saca de un cajón un fajo de billetes de mil pesetas sujetos por una goma.

  • Con gente que sabe lo que quiere da gusto hacer negocios, muchacho. Aquí tienes, cincuenta mil pesetas.
  • ¿Cincuenta? ¿No dijo usted cien mil?
  • Sí, pero de ahí hay que descontar los treinta mil que debes de hipoteca, y los gastos de notario y registro. ¿Ves? Lo pone en el contrato en la segunda página. Ahí, en la letra pequeña, al pie de página.

Fortu está aturdido, ya no tiene claro si realmente ha tenido tanta suerte, pero tampoco se ve con capacidad para discutir. Bastante le está costando no potar.

  • Nada hombre, que no te preocupes. Y tampoco tengo prisa porque me dejes el piso vacío. Tranquilo, conque me des las llaves a principios de la próxima semana, me vale.
  • ¿A principios…?
  • Sí hombre sí, tranquilo. Manolo, acompaña a este hombre hasta su coche, no se nos vaya a caer y hacerse daño.
  • Lo que usted diga, don José.
  • Ah, Fortunato…
  • ¿Sí?
  • Te doy de nuevo mis condolencias, no sabes cuánto quería yo a tu padre.
  • Gracias, don José.

El dependiente, que apenas se molesta en disimular la risa, se pone detrás de Fortu, que contiene a duras penas la vomitona. Lo guía hacia la salida. Incluso lo ayuda a subir al coche, y luego se aparta lo más rápido que puede, por si salpica.

El muchacho conduce erráticamente hasta su calle, deja el coche despreocupadamente en un solar, vomita nada más poner el pie en tierra, y se dirige tambaleándose hacia su ya expiso.

Camina por el pasillo sorteando al gato Lucifer, preocupado al verlo en ese estado.

“¿Qué te ha pasado, Imbécil? ¿Has comido algún ratón enfermo?”

Hasta que, en vista de la imprecisión de los pasos del humano, decide ponerse a salvo.

“¡Eh, que casi me pisas! Pues ahí te quedas que yo me voy.”

Fortu cae boca abajo sobre su cama en un estado de profunda inconsciencia.

Ni siquiera ha caído en la cuenta de que, desde el viernes, nadie le ha preguntado por su madre, ni la ha mencionado siquiera. Es como si hubiese sido invisible toda su vida. O como si no hubiese existido.


Capítulo anterior –> La herencia


Hasta aquí la primera parte de la novela, que contiene cinco en total. Si os ha gustado, y queréis saber cómo continúa la evolución de Fortu y su gato, podéis solicitar la novela tanto en formato eBook como libro de tapa blanda.

Un saludo y gracias por leer.

Gracias por dejar un comentario. Nota que no se aprobarán aquellos que superen las 250 palabras, o contengan afirmaciones no demostradas. Por ejemplo, si afirmas que la madre de algún personaje público ejerce la prostitución, tendrás que aportar pruebas.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

Blog del Gran Baladre

Bacineamos de to lo que se menea

Florent Marcellesi

Blog del eurodiputado de EQUO

BlogSOStenible: Noticias medioambientales y datos... aportando soluciones

Ecología, Economía, y Sostenibilidad, desde los países ricos: Aprender, Ayudar y Disfrutar... desde Málaga (España).

Autonomía y Bienvivir

Bacineamos de to lo que se menea

La proa del Argo

Bacineamos de to lo que se menea

Salva Solano Salmerón

Bacineamos de to lo que se menea

Joven Furioso

Escritos, divagaciones y un chancletazo al libre albedrío.

Vota y Calla

No te metas en lo que SÍ te importa

Blog de Gregorio López Sanz

Bacineamos de to lo que se menea

Colectivo Novecento

Blog de economía crítica y pensamiento político

REMEMORACIÓN

Memoria de las víctimas, Historia y Política

Economistas Frente a la Crisis

El pensamiento económico al servicio de los ciudadanos

A %d blogueros les gusta esto: