Historias de la PM (8): las relaciones

Quedaron en el tintero algunas historias de la PM. Aprovecho que empieza el verano para publicarlas. Espero que os sigan interesando.


Al ser destinados en canarias, solo podíamos disfrutar de un permiso en casa de un mes a mitad del servicio militar. Sumad a esto que no existían más medios de comunicación que el teléfono fijo y las cartas. No es de extrañar por tanto que las relaciones de noviazgo a distancia sufrieran, y que con frecuencia se rompiesen en los primeros seis meses.

Lo que resulta un poco más complicado de entender son las relaciones que se establecían por dinero, y las relaciones paralelas. Voy a intentar explicarlo.


Pero vayamos por partes. Lo primero es dejar claro que yo no andaba en compromisos románticos ni antes del servicio militar, ni durante. No preguntéis por qué, porque no lo sé. Serían las muchas horas de servicio, el agotamiento, la mala alimentación, el abatimiento de estar allí confinado, … Sea lo que fuere, mi libido se mantuvo callada mientras estuve en Canarias. De ahí que lo que afirme sea de oídas en buena parte.

Para empezar, las chicas de Las Palmas tenían fama de resultar muy abiertas para los soldados porque una de sus posibilidades de salir de las islas por entonces era casarse con un militar. Y si era de penalty pues mejor, que así no se les escapaban el último día por sorpresa, como vi hacer más de una vez.

Ahí, como cabe esperar, entraba el nivel moral de cada cual, pero era frecuente que los soldados tuviesen una novia peninsular y, al menos, otra local. Uno en concreto cuyo apodo recuerdo – Follaor – llegaba al extremo de tener un par en la península y otro par en rotación en la isla, pero ese tío era un fenómeno, en el sentido que le da la segunda acepción de la RAE a la palabra: Cosa extraordinaria y sorprendente.

Eso tenía su problema cuando descolgabas el teléfono del barracón donde dormían los soldados, porque te preguntaban por alguien y tenías que adivinar por el acento si sería peninsular o local, eso cuando habías traducido el nombre real del llamado a un apodo que, ese sí, identificabas con facilidad. Porque claro, las novias no llamaban preguntando por el Follaor, el Paleta, el Loco, o el Caralho, por poner unos ejemplos.

Luego tenías que estar atento por lo que pudiese pasar. A un compañero, que hasta donde yo sé fue siempre fiel a su novia peninsular, lo llamó unos días antes de salir de permiso su madre para decirle que su novia estaba preñada y se iba a casar con otro. Imaginad cómo se quedó el hombre que renunció al único permiso que iba a tener en toda la mili.

En otra ocasión descolgó el teléfono un recluta recién llegado que no conocía el protocolo. Cuando dijeron que de parte de la novia de alguien, no se le ocurrió nada mejor que preguntar que cual de ellas, si la novia de la península o de aquí. Cuando la ya ex-novia le preguntó que qué decía, el tipo va y le insiste que sí, que le diga su nombre, porque no quiere equivocarse de novia y tener un lío. Entre cuatro sujetamos al ex-novio para que no matase al imbécil.

En fin, eso en lo que respecta a los noviazgos más o menos habituales, pero las relaciones no acababan ahí.


En Las Palmas, y más en concreto en algunos bares del centro, se reunían pequeñas mafias de homosexuales adinerados. Las Reinonas, como les llamábamos, se picaban entre sí para ir acompañados de los chicos más guapos, y algunos de mis compañeros se prestaban. Según me contaron, la cosa consistía en dejarse sobar un poco en público, ir de la mano, y dar algún que otro besito en la mejilla a la Reinona de turno para que cayesen unos billetes y alguna invitación en restaurantes, bares y discotecas. Me invitaron a ir alguna vez, pero por mucho que el dinero me hubiese venido bien, no tuve estómago.

Otros se inclinaban por ir de gigolós, a la caza de turistas maduras que buscasen sexo con jovenzuelos. Un día, me encontré con uno de ellos, que me dijo que estaba en tratos con dos turistas y que lo acompañase porque así le ayudaría a tener el campo libre con la que le interesaba. Como no tenía nada mejor que hacer, fui.

El tipo me lleva a un bar, donde se acerca a dos mujeres que están en la barra. Por la edad, yo diría que eran madre e hija, y no hablaban ni palabra de castellano, ni nosotros de inglés. El compañero se acerca a la mayor y se pone a darle un poco de sobo mientras le susurra galanterías al oído. Yo miré a la otra, vi la cara de asco que estaba poniendo – su madre, en cambio, no parecía disgustada en absoluto – y tampoco aguanté. Me despedí del compañero y me fui. No me lo reprochó nunca, luego entiendo que al final sí pillaría algo.

Por cierto, que al gigoló castizo no debía irle mal, porque siempre llevaba dinero en el bolsillo, pero por algún motivo lo que hacía me parecía incluso peor que la opción de ir con Reinonas. Cosas de la moral de entonces.


En cuanto a la relación con chicas de nuestra edad, solo una vez estuve a punto, pero me rajé. Lo cuento.

Iba de paisano con otro compañero por la calle, paseando, porque con el dinero que llevábamos en el bolsillo solo nos llegaba para eso. Pasamos al lado de una verja con flores, y sin saber muy bien lo que hacía arranqué una. Henos aquí a dos viriles soldados del glorioso ejército español paseando por la calle, uno de ellos con una nada viril rosa roja en la mano.

¿Qué hacer? Se me ocurrió regalar la flor a la primera mujer que pasase, por no tirarla a la papelera. Cosas del aburrimiento.

Pasaron tres o cuatro chicas, y en cuanto me veían acercarme flor en ristre, daban un rodeo y se alejaban mirando al infinito para no vernos, ni a la rosa, ni a mí, porque mi compañero también se alejaba silbando como si no me conociese.

Al fin una de las mujeres se paró. Me mira, y suelta:

  • Oye, ¿por qué no vas a reírte de tu madre?

Me quedé totalmente paralizado. Ni se me había ocurrido.

  • No es por reírme de nadie, si la quieres la tomas, y si no, pues no pasa nada.

Aquella mujer debió pensar que igual… a lo mejor… quién sabe…

  • ¿De verdad que no hay trampa?
  • Que no. No hay más que lo que ves.

La chica sonrió, me dio las gracias, tomó la flor y se marchó muy contenta.

  • Tenías que haberle pedido su teléfono.

Probablemente tenía razón mi compañero, pero en ese momento me pareció que eso sí hubiese sido hacer trampa. Y, de todas formas, ya he dicho que el romanticismo – ni, de paso, el sexo – eran prioritarios para mí en ese momento.

Además, eso me dejó una idea dando vueltas entre las orejas. ¿Por qué las chicas de Canarias temían a un tipo con una puñetera flor en la mano? ¿Cuántos soldaditos las habríamos engañado, agredido, o lo que fuera para que mostrasen tanto rechazo y desconfianza?

A raíz de esa experiencia seguí dejando en cuarentena el mito soldadesco de que las mujeres canarias iban locas tras los militares para casarse, pero se me grabó la sospecha de que debía haber mucho cabrón suelto entre nosotros para que nos temiesen a simple vista. Esa idea me reafirmó en el convencimiento de abrir un paréntesis vital y no cerrarlo hasta que estuviese licenciado, y si alguien me culpaba, que fuese por méritos propios. Y eso hice.

Sin duda me perdí muchas cosas, porque le llegué a tomar cariño a la cultura canaria, pero no voy a ponerme a jugar ahora a la ficción vital, que siempre me ha parecido una pérdida de tiempo.


Aquí lo dejamos hoy, la próxima semana hablaré de los servicios asquerosos, que también los hubo.

Gracias por dejar un comentario. Nota que no se aprobarán aquellos que superen las 250 palabras, o contengan afirmaciones no demostradas. Por ejemplo, si afirmas que la madre de algún personaje público ejerce la prostitución, tendrás que aportar pruebas.

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