Historias de la PM (9): buscando desertores.

No todo eran anécdotas divertidas, también tocaba hacer de vez en cuando servicios de esos que te hundían la moral. Ya he contado como me gané fama de blando y rojo por haberme tomado por el lado solidario el arresto de dos soldados cuyo gran pecado fue no ser hijos de militares, y un poco idiotas.

Pero lo que peor llevaba era la detención de desertores.


Si para nosotros, los peninsulares, eso de la mili era una putada, para los isleños era putada y media porque con frecuencia estaban casados y eran padres a esa edad, y lo bastante pobres para hacer lo imposible por mantener unos puestos de trabajo, que al ejército le importaban entre nada y cero. Si en general, a los soldados peninsulares los mandos nos consideraban como al culo de la humanidad, los canarios estaban un grado más abajo y se les trataba como a la mierda, para entendernos.

Alguna vez – por suerte, pocas – me tocó intervenir cuando un soldado peninsular se comía una bala, o un legionario se reventaba una pierna a culatazos para conseguir un permiso, pero la captura de desertores canarios era, por desgracia, mucho más frecuente.

Cuando eso ocurría, a la patrulla le llegaba un nombre y una dirección familiar. Solíamos dejarlo para la noche, a la hora de cenar, porque era más probable pillarlos en casa. La razón es sencilla: la mayoría desertaba para ir a ganarse los cuartos para mantener a su familia, así que durante el día estaban trabajando, pero a la noche estaban con los suyos. Cualquier otra cosa no habría tenido sentido.

Así, la patrulla llegaba al pueblo en cuestión – casi nunca vivían en la capital – de noche. Dejábamos el coche a la vista con el conductor y su escolta, pero no demasiado cerca de la casa para que no nos oyesen llegar. Los otros tres nos íbamos a la vivienda haciendo el menor ruido posible.

Como ya he comentado, existía un movimiento de independencia de Canarias que se suponía era más fuerte fuera de la capital, y se sospechaba que armado. Tengo muchas dudas porque en más de una ocasión tuve ocasión de charlar con esa gente y jamás vi un arma, pero eso era lo que nos llegaba de arriba, y quieras que no, nos influía un cierto respeto durante esos servicios en aldeas perdidas en la montaña.

Por eso, además del escolta del vehículo, de los tres policías que llamaban a las puertas, dos llevaban subfusiles – metralletas para los no versados – y yo una pistola cargada y con una bala en la recámara. No la llevaba en la funda sino en el bolsillo del pantalón, por si acaso alguien intentaba quitármela. Cuando nos abrían, delante de la puerta solo estaba yo, mis compañeros se quedaban a los lados para poder intervenir con sus armas si surgían problemas.

Como veis, nos tomábamos la cosa en serio, pero jamás nos encontramos con nada más que resignación, aceptación, y rara vez algún insulto murmurado por los familiares en voz baja. Enseñanzas del franquismo, supongo.

En algún caso nos intentaron despistar diciéndonos que el individuo que buscábamos no vivía allí, que había salido, que no sabían dónde estaba. En esos casos, yo daba un par de pasos dentro de la vivienda, alzaba la voz, y me dirigía al individuo en cuestión explicando que si no venía con nosotros al día siguiente sería peor. Y era cierto, porque nosotros solo teníamos jurisdicción sobre el militar, pero los policías civiles no se cortaban a la hora de llevarse a la familia al cuartelillo y apretarles las tuercas.

En todos los casos el soldado apareció al poco rato, y en algunos incluso nos abrió la puerta. Según el nivel de enfado que mostrase, lo esposaba por delante o detrás. Para entonces el coche ya se había acercado, así que subíamos al hombre a la trasera y se quedaba allí, vigilado por los otros tres miembros de la patrulla.

Insisto en que, salvo reniegos y blasfemias diversas sotto voce, nunca tuvimos un problema serio.

Para que lo entendáis mejor, os cuento un caso que recuerdo especialmente. Nos abrió la puerta el propio desertor, y al verme saludó con educación y pidió permiso para vestirse de uniforme. Envié a uno de los compañeros con él para asegurarnos de que no hacía ninguna tontería contra sí mismo.

Mientras, estuve mirando el comedor donde estaba el resto de la familia. Dos personas mayores le daban de cenar a un niño pequeño, y una chica joven amamantaba a un bebé. Razones de sobra para desertar, supongo, pero también razones de más para que lo pillásemos en su propia casa porque no eran capaces de abandonar a sus familias.

El hombre salió vestido de uniforme, seguido de mi compañero. Se despidió de su familia besando a todos y me ofreció las muñecas para esposarle, porque de forma automática yo ya llevaba los grilletes en la mano. No sé por qué, decidí no ponérselas.

Se sentó en el lugar de la trasera del Land Rover donde le dijimos, y no dijo ni una palabra más hasta que llegamos al cuartel. Al bajar me dio las gracias, supongo que por no esposarle delante de la familia, no le pregunté, y se perdió en el cuerpo de guardia. La acción en total nos habría llevado poco más de una hora, entre el viaje y la espera mientras se cambiaba. En todo ese tiempo, ni siquiera escuché un suspiro. Fue una lección de dignidad natural en toda regla.


Pero si bien estos servicios no comportaban más riesgos que los que atañen a la moral y la vergüenza, de vez en cuando también me llevaba sustos bastantes peores que los de tener que llevar a cuestas a Jaume en actitud amorosa. De eso hablaré en un próximo artículo.

Gracias por dejar un comentario. Nota que no se aprobarán aquellos que superen las 250 palabras, o contengan afirmaciones no demostradas. Por ejemplo, si afirmas que la madre de algún personaje público ejerce la prostitución, tendrás que aportar pruebas.

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